La punta del iceberg

En esta película, es inevitable hablar de Maribel Verdú. Simplemente, porque en la inmensa mayoría de las escenas, está presente. En muy poquitas no sale, lo cual, para mí, es una ventaja, pues la considero una de las mejores actrices españolas. Es Maribel Verdú la que lleva absolutamente todo el peso de una historia cuyo guión está por completo al servicio de su personaje, una ejecutiva de una corporación que ha sido mandada por la sede central de la empresa a una filial para que investigue los suicidios de trabajadores de la misma. Tres suicidios, nada menos.

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Cartel promocional

Por supuesto, algo huele a chamusquina, y mediante una sucesión de diálogos acertados, la trama, y la investigación con ella, avanza descubriéndonos los tejemenajes del director de la zona, un tipo francamente desagradable bien interpretado por Fernando Cayo, sin caer en el histrionismo y la vulgaridad. Y nada que desmercer del trabajo del resto del reparto, desde un Carmelo Gómez sobrado pero simpático, a un Álex García que no solo se limita a lucir palmito.

Los actores están, simplemente, soberbios, comedidos y son la mejor baza de una película que, en lo argumental, viene a ser una crítica nada velada a los desmanes que se cometen en las empresas para lograr el máximo beneficio, el cumplimiento de plazos, o lo que sea, sin importar lo que se sacrifique en el altar del capitalismo sin miramientos.

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¿Confrontación? ¡Sí!

Flaquea quizá en su final, un tanto flojo si se compara con la tensión que se vive durante el resto de la película, en la que la sensación de opresión, aumentada por la claustrofobia que produce la mayoría de localizaciones (1), deja al espectador cuando menos incomodado. Es este final, para mi gusto, un tanto manido y, si bien casa con la personalidad del personaje de Maribel Verdú, dado su poso rebelde y ético a pesar de iniciar la historia como alguien también plegado al sistema, no acaba de resultar satisfactorio.

Una crítica, pues, a los nuevos sistemas de control presentes en las empresas, que adolece de cierto maniqueísmo, pero que no resulta ramplón al ser presentado de una manera que podría decirse objetiva, con pruebas que el espectador va descubriendo conforme la protagonista las va encontrando. Casi como un relato policíaco. Como un thriller de despachos empresariales en el que se desnudan las podridas tripas de un sistema representado en la corporación que se muestra en pantalla.

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Estos son los malos de verdad

La labor de dirección es correcta; no se me ocurre decir otra cosa. Es cierto que esa localización en espacios cerrados no da para muchas virguerías, y el director, David Cánovas, realiza los clásicos plano/contraplano para los diálogos. Una labor sobria, pero efectiva, pues no en vano la trama avanza de ese modo, mediante las conversaciones.

Si el reparto hubiera sido otro, o si no hubiera estado inspirado (2), posiblemente estaríamos hablando de una obra menor, pero, con el equipo capitaneado por Maribel Verdú, no me cabe otra cosa que decir que se trata de una gran película.


1: Por lo general, despachos.

2: La solvencia actuando de todos ellos está demostrada, pero un mal día lo tiene cualquiera.

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