Luchar por los recursos

En la antología de terror En la oscuridad, de los compañeros de Carpa de sueños, aparece mi microrrelato Luchar por los recursos. Si es en la oscuridad, será de terror, claro.

LUCHAR POR LOS RECURSOS

“A ver”, pensó, sacudiendo la cabeza. “Tengo que centrarme”.

Había recuperado la consciencia hacía escasos minutos, y tras una dura lucha con el atontamiento que le atenazaba, logró recordar algo, no todo, de lo que le había pasado: copas, muchas copas en muchos bares, un torrente etílico que se le había deslizado por la garganta desbordando su capacidad de aguante. Las horas habían pasado de forma neblinosa, y se imaginó dando tumbos, riendo tontamente, cantando y berreando con sus amigotes por las calles mientras atraían las miradas reprobadoras de la gente decente.

Estaban de celebración, y el exceso había sido la norma no escrita por la que se habían guiado. A una expulsión de vómito le seguían gárgaras con ginebra. Y, al final, habían ido a pillar unas putas, ¿no?

Sí, así era. Habían ido al garito ése que está en la carretera, fuera de la ciudad, para terminar la fiesta follando hasta reventar.

Solo que no recordaba…

Se levantó del suelo, tiritando por el frío que reinaba en la habitación en la que se encontraba. Porque estaba desnudo. No veía nada, ningún rayo de luz exterior se filtraba y la oscuridad era densa, casi palpable.

Tanteó a un lado y otro, pero no había nada frente a él, así que comenzó a deslizarse a cuatro patas, arañándose las rodillas con el duro cemento por el que avanzaba. Por fin, tocó una pared.

Subió la mano hacia arriba palpando las rugosidades y, al tiempo que encontraba una pieza de plástico, notó un olor agrio, como a leche pasada, que venía de detrás de él. Se giró a la vez que apretaba el interruptor, pero no se encendió ninguna luz, y escuchó una respiración pesada, jadeante, que se acercaba hacia él.

Pulsó frenéticamente, cada vez más asustado, el pulsador, pero seguía sin obtener respuesta. Estaba ahí, solo, y gritó pidiendo ayuda, notando que el esfínter se le aflojaba y un líquido caliente le corría por las piernas.

Se incorporó dando manotazos al aire, llorando de terror, intentando traspasar la estigia oscuridad sin resultado, y notó un dolor punzante en el tobillo derecho. Supo, por el fuego que le recorrió el cuerpo, que le habían hecho un profundo corte, y volvió a gritar, ahora histéricamente, implorando piedad y auxilio a un tiempo.

Otro corte. Otra herida. El muslo se abrió pareciendo una pelarza de fruta madura y la orina se mezcló con la sangre que manó como de una fuente, desbocada. Entre sus propios aullidos de dolor y miedo, escuchó un rumor parecido al de miles de patitas corriendo por una pizarra, y, en su agonía, imaginó que era la comida de un ejército de alimañas. Que le treparían por el cuerpo. Que lo desgarrarían y lo devorarían. Que dejarían de él nada más que un esqueleto, ahí, olvidado, para siempre.

Otro tajo. Abrieron su abdomen y las entrañas, perezosas, salieron de su interior para derramarse en el suelo, cayendo con un gorgoteo repugnante.

Solo sintió una herida más. La que le seccionó el cuello.

Un poco más tarde, se abrió la puerta de la cámara que el dueño del lugar utilizaba para conservar la carne. Iluminó con su potente linterna el interior, con una bombilla en la mano. Se había fundido la noche anterior, justo cuando había dejado a ese pelele borracho tirado en el suelo. Giró el cono de luz hacia la derecha y vio al pobre imbécil, destripado y degollado como un gorrino, hecho un guiñapo sobre un charco de sangre, con el cuerpo mordisqueado, medio devorado.

–¡Mierda! –masculló, y cogió el cuchillo más grande que colgaba de su mandil de carnicero apuntando con él hacia el fondo de la inmensa cámara–. ¡Es la última vez que me destrozáis la comida! ¿Me oís?

Por supuesto, nadie respondió a su amenaza. El problema que tenía con las ratas, ratas enormes, inteligentes como el demonio, e infinitamente más malas que éste, se había agravado desde que habían comenzado a utilizar herramientas y a infiltrarse por las oquedades que ellas mismas cavaban en el duro suelo desde su reino subterráneo.

Si eso seguía así, tendría que empezar a pensar en utilizar la escopeta. No podía consentir que le robaran su comida.

De eso nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s