El romance del falso caballero (V)

(Parte I)(Parte II)(Parte III)(Parte IV)

Sin saber qué decir, los presentes se miraron entre sí. No podían imaginar que el gigante que había estado asolando el reino los últimos meses hubiera sido derrotado tan fácilmente por una dama. Elin, sin embargo, no se sentía orgullosa; cabizbaja, tenía unas ganas horribles de llorar por todo lo que había perdido y la reina Ginebra, todavía a su lado, le cogió la mano con cariño.
–Sois muy valiente, Elin –dijo, y la muchacha agradeció sus palabras con una hermosa sonrisa.
Arturo se puso en pie lentamente, atrayendo las miradas de todos y habló:
–No dudo de vuestra historia, hermosa dama, pero quisiera que uno de mis caballeros confirmara la verdad de lo dicho…
–Y lo confirmo… ¡hasta cierto punto, mi señor! –Fue Perceval quien habló, saltando de su asiento con la cara enrojecida–. Fue ella quien dio muerte a Tremolgón, doy fe, pero fue una cuestión de mera suerte, ¡no de habilidad o valentía!
–¿Cómo osáis? –preguntó Elin, al ponerse en entredicho su honor–. ¡Empuñé la espada y tajé con ella el cuerpo del bellaco! ¡Fue gracias a las lecciones que se me impartieron…!
–¡Vos misma habéis dicho que, por fortuna, el sol cegó al gigante! –terció Kay con el ceño fruncido.
–Pero sin habilidad para aprovechar los golpes favorables del destino, no hay victoria posible en el campo de batalla –la defendió el Bello Desconocido, que había quedado prendado de los ojos oscuros y los labios como rubíes de Elin.
–Gracias por vuestras palabras –dijo Elin, asintiendo ligeramente en la dirección de este último–, pero no es necesario que me defendáis, señor. Puedo demostrar aquí y ahora mi habilidad con la espada.
Elin desenvainó su acero reflejando la luz del sol que entraba por los ventanales, y varios de los caballeros, vencida la primera sorpresa de ver a alguien que mostraba su espada en presencia del rey, rieron a carcajadas.
–¿Acaso queréis –preguntó Perceval– que se os de una tanda de azotes en el trasero, señora?
Elin clavó los ojos en el caballero furibunda, pero fue Ginebra quien dijo con voz grave:
–Eso ha sido grosero e innecesario, señor.
–La reina habla con palabras ciertas. –Merlín, mesándose la barba, habló por fin después de un buen rato sin abrir la boca–. Perceval, deberíais excusaros de inmediato.
El aludido, enrojeciendo hasta las orejas, hizo una reverencia y masculló:
–Siento profundamente lo dicho y ruego me perdonéis, señora. Pero mantengo mi opinión: no sois ducha en el arte del acero.
–Dejadme mostrarlo entonces –le retó Elin–. Combatid conmigo hasta que uno de los dos sea desarmado.
El desafío fue hecho con voz tan solemne que Perceval no pudo negarse:
–Sea entonces, señora.
–¡No! –exclamó Kay–. ¿Estamos volviéndonos todos locos, señores? Como senescal y guardián de las tradiciones de Camelot y todo el reino, no puedo sino mostrar mi más profundo desacuerdo con lo que se está hablando; jamás una mujer ha cruzado sus filos con un caballero desde que el mundo es mundo, y así debemos seguir obrando. Cada cual tenemos nuestro sitio, y el de las damas no es el de ir por ahí repartiendo estocadas…
Un nuevo tumulto se levantó entre los caballeros; todos gritaban su opinión, y parecía que media Tabla Redonda se inclinaba por dejar a Elin combatir, mientras que el resto optaba por seguir manteniendo las leyes de antaño. El pandemonio fue súbitamente interrumpido por una explosión, como si un trueno hubiese estallado en el interior de la sala, y los ojos se volvieron hacia Merlín, rodeado por una nube de azufre.
–¡Dejad de comportaros como niños! ¡Que sea el rey quien decida, pues es su potestad!
Todos los caballeros, galvanizados por la poderosa voz del mago, esperaron las palabras de Arturo.

¡Sigue leyendo!

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