Omar

Como he comentado en el post anterior, un reblogueo del blog de El Destrio, el siguiente relato es mi humilde colaboración con la antología de textos que Israel está preparando. Os invito a visitar su blog para saber más de ello si os interesa, y espero que os guste lo que he escrito:

OMAR

La gente desfilaba tras los ventanales del bar y los contemplaba mientras pensaba en el gran paso que iba a dar al día siguiente. Serían casi las ocho de la tarde, y apuraba los últimos sorbos de un café humeante, delicioso y bien azucarado. Cuando mi chica viniese, le contaría lo bien que me había ido en la entrevista de trabajo de la que acababa de salir; por fin, tras dos años, había encontrado algo en un sitio mejor. Ahora me preguntaba por qué demonios había sido capaz de aguantar tanto en esa empresa. Horas sin pagar, la norma. Mal ambiente, lo general. Nula organización, lo típico.

Acerqué la taza a la boca y algo me detuvo. Creí ver por el rabillo del ojo una cara conocida. El hombre llevaba bajo el brazo una variada colección de relojes, corbatas e insignias variopintas sujetas a un corcho. Dudé en saludarle cuando, con gesto fatigado, abrió la puerta que daba acceso al interior del bar, porque no lo acababa de creer. Teóricamente, Omar terminaba de trabajar en mi misma empresa a las siete, por lo cual… o era muy parecido a él, o había empalmado una cosa con otra.

Y si el trabajo en mi empresa era duro, no digamos la venta ambulante.

Se acercó al primer cliente y éste, aburrido sin duda de la mala programación presente en la enorme televisión de pantalla plana, se prestó al emocionante y socorrido juego que podríamos llamar regatear al negro. Las respuestas de Omar, tan paciente él con la socarronería del blanco, dejaron traslucir el suave acento francés debido al idioma de su país natal. Omar me dijo una vez que era de una antigua colonia gala, pero no recuerdo el nombre… lo que me hace pensar que, para ser un continente que ha sufrido la expoliación de casi todos los países industrializados, poca conciencia tenemos de su geografía. ¿Acaso no nos vienen más rápidamente nombres de ciudades estadounidenses, por poner un ejemplo, mientras que tenemos que hacer un gran esfuerzo para localizar imaginariamente a Sierra Leona? Una gran injusticia, sin duda. Típico del primer mundo el llegar, saquear y olvidar.

Cuando el del regateo se cansó, despidió a Omar con palabras no muy amables y este, siempre estoico, continuó con gesto amable hacia el interior. Correspondí a su sonrisa, porque el siguiente en la barra era yo y, cuando me reconoció, levantó la mano libre, como hacía todas las mañanas, cuando nos veíamos en el trabajo:

–¡Javier!

–Hola, Omar –contesté, haciendo ademán de invitarle a sentarse a mi lado–. ¿Qué quieres?

–Nada, nada. –Sacudió casi frenéticamente la cabeza, como era su costumbre al hablar–. Gracias.

–¿Un café? –insistí–. Éstos son mejores que los de la máquina del curro…

–Bueno, un cortado. –Desde que llegó a España, su pronunciación había mejorado notablemente y parecía que solo ahora me daba cuenta de ello. Es curioso lo que apreciamos cuando estamos fuera del hábitat natural en el que nos relacionamos con otros.

El camarero, solícito, puso un par de cortados que pagué negando con la cabeza a Omar cuando éste quiso invitarme.

–Yo pago, tío. Para celebrarlo.

–¿El qué? –preguntó.

–Me cambio de curro.

–Oh. ¿Para mejor?

–Claro –respondí–. Mejor que eso, cualquier cosa.

–Sí.

Por un momento, se quedó pensativo y me di cuenta de la estupidez que había dicho. Ante mí tenía a Omar, un hombre que trabajaba de siete a siete en una empresa que le pagaba lo justo para no tener problemas con los sindicatos y que, luego, se colgaba un montón de baratijas de las que sacaría un poco de calderilla más. De repente, me sentí desgraciado. Desgraciado por no poder remediar las injusticias, por no poder arreglar los terribles delitos que se cometen a la sombra. Por permanecer casi indiferente a las calumnias que los seres humanos deben soportar.

Quería cambiar de tema, pero las ideas no me llegaban a la cabeza. Por fortuna, Omar me ayudó:

–¿Y qué haces aquí? –preguntó.

–Espero a mi novia. Trabaja aquí al lado.

–Ah.

Un incómodo silencio de nuevo. Parecía que Omar también se había quedado sin ganas de conversación. Bebimos nuestros cafés en silencio y, cuando hubimos terminado, Omar se levantó de la silla mientras la tele cambiaba por enésima vez de canal. Creí ver sus ojos brillantes, como si fuera a romper a llorar y casi inmediatamente, le tendí la mano, que él estrechó agradecido:

–En fin –dije–. Mañana ya no voy a trabajar. Que tengas suerte.

–Igualmente –contestó–. Voy… a ver si vendo algo.

Las palabras le salían entrecortadas y, casi a la carrera, se dio la vuelta y salió del bar, sin siquiera terminar de hacer la ronda por entre los clientes.

Y entonces recordé algo que me dijo un día, en el almuerzo:

«Mi mujer y mi hijo aún están ahí y quiero sacarlos antes de que les ocurra algo. Dicen que va a haber una revuelta, y mi familia vive en la zona de más riesgo»

Eso fue hace siete meses, lo que explica que casi ni me acordara. Lo más seguro era que ni siquiera tuviese noticias de ellos, así que no sabría si seguirían vivos o, por el contrario, habrían muerto.

Pero Omar, incansable, seguía trabajando, dejándose la vida y el aliento en el trabajo. Todo por su familia. Permitiendo su explotación porque no tenía otro remedio. Y porque este mundo no tiene sentido. Porque este mundo es un cabrón con muchos desgraciados dentro.

Cuando Elena vino a buscarme, no me encontró alegre y satisfecho, sino sobradamente cariacontecido. Al preguntarme que me ocurría, sólo pude contestarle un escueto:

–Omar… Pobre hombre.

Ya le explicaría el resto cuando mi gorda conciencia primermundista lo hubiera digerido.

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9 thoughts on “Omar

  1. Es un retrato fehaciente de lo jodido que anda el mundo, cada uno miramos a nuestro bolsillo y nos quejamos de todo, salvo de que nadie se preocupa en castigar a los culpables. Y es que la ignorancia nos lleva a considerar que somos inocentes. Un abrazo.

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