El romance del falso caballero: capítulo 1

Estaba yo pensando que esto de colgar enlaces y enlaces que remitan a las anteriores entradas es un poco engorroso. Como he llegado al final de lo que sería la primera parte de este divertimento con el que estoy, voy a proceder a colgar todo el texto (es un poco tocho, a fin de cuentas es un capítulo), por si alguien quiere leerlo de una tacada.

Y, ya que estamos, le doy una sección aparte. Total…

EL ROMANCE DEL FALSO CABALLERO

–¡¿Acaso nadie de mis osados caballeros ha logrado abatir al gigante Tremolgón?¡

Era el Rey Arturo quien gritaba, como un Zeus tonante y enfurecido, en la sala de la Tabla Redonda de Camelot. Sus palabras reverberaban con fuerza al chocar contra los muros cubiertos de frescos que narraban hechos y andanzas cometidos en los últimos años por los caballeros que se sentaban junto al más poderoso de los reyes de occidente.

–¡¿Nadie?! –repitió, mientras la reina Ginebra ponía una mano sobre su puño crispado, intentando calmarle.

Los hombres, embutidos en sus hermosas corazas, bajaron la vista avergonzados. Ninguno de ellos había logrado encontrar el escondite del malvado gigante que recorría la campiña destrozando las granjas de la gente del común, la cual comenzaba a protestar con grandes voces al sentir que su monarca no les confería la protección que les prometió al recibir la corona de Inglaterra.

Ni siquiera Gawain, el más astuto de todos ellos, cuyas dotes de cazador rivalizarían con las de la misma Artemisa, había sido capaz de hallar las huellas de Tremolgón.

–Señor –se excusó Gawain, levantándose lentamente entre un tintineo de piezas armadas que entrechocaban–, este enemigo no parece ser de este mundo. Creo que obra una magia que le hace aparecer en un sitio para devastarlo, huyendo luego con el mismo medio antes que nadie pueda siquiera reaccionar a su presencia.

El rey miró a Merlín. El sabio hizo crujir su túnica celeste al mesarse la barba puntiaguda y asintió cuando Arturo le hizo una seña para que hablara.

–Es posible –dijo– que se trate de uno de los hijos perdidos del demonio. De todos es sabido que esas criaturas son capaces de obrar prodigios.

–Y lo dice él –susurró Bors jovialmente al oído de su hermano Ban, haciéndole soltar una risita–, que todos sabemos quién fue su padre.

–¡Silencio! –ordenó Arturo mirándolos con reprobación.

–Como decía –continuó Merlín mostrando los dientes, aunque dirigiéndose al rey–, si domina la magia, puede ser un enemigo demasiado poderoso para cualquiera de tus caballeros, señor. Como siempre en estos casos, me tocará cabalgar hacia donde se haya producido el último incidente y ver qué averiguo.

Las puertas batieron con fuerza al ser abiertas por una figura vestida con una armadura que bien podría pertenecer, por hermosura y solidez, a cualquiera de los caballeros de la estancia. Todos se levantaron y echaron mano a sus espadas. Kay incluso sacó un buen palmo de acero de su vaina.

–¡¿Quién osa?! –el humor del rey empeoraba por momentos.

–¡Majestad! –dijo el recién llegado, quedándose en el umbral sin atreverse a dar un paso en la sala pese a la osadía con la que se había comportado–. No es necesario que el eminente Merlín salga hoy en busca de Tremolgón.

La voz llegaba a Arturo sofocada por el yelmo, bajo cuya cimera emplumada había una máscara lisa, con solo dos rendijas para los ojos y que cubría por completo el rostro de su propietario. No portaba escudo ni blasón, en los relieves de su coraza no había mención a ninguna casa, y la figura les resultaba por completo desconocida.

–¿Quién sois? –preguntó el Bello Desconocido, intrigado.

–¡Soy quien ha dado muerte a Tremolgón, mis señores! –exclamó con tono triunfante.

Los presentes quedaron anonadados por un instante muy breve, justo antes de prorrumpir en gritos y maldiciones, acusando al caballero de falso y ladino.

–¡Silencio, mis amables caballeros! –imploraba la reina, la única que permanecía sentada en el sitio–. ¡Os lo ruego, dejad que hable!

–¿Por qué deberíamos, mi reina? –preguntó Kay crispando los puños–. ¡Este bellaco viene diciendo que ha logrado cumplir aquello que ninguno de nosotros ha podido hacer y ni siquiera nos ha dado su nombre!

–¡Mi nombre no importa, senescal! –gritó la figura aludida para hacerse oír.

Arturo golpeó la mesa con la palma abierta, provocando un estruendo que hizo que todos callaran. Merlín, ajeno a la vehemente demostración de furia caballeresca, observaba al caballero, que se postraba de hinojos mientras el rey hablaba con voz grave:

–Háblanos entonces, caballero –dijo Arturo–. Cuéntanos cómo diste muerte al gigante Tremolgón y, si te place –concluyó sardónicamente–, nos dices cómo hemos de llamarte.

Varios de ellos rieron la puya, pero permanecieron atentos a las palabras que les dirigió, aún de rodillas, el caballero:

–Perdonadme si os he ofendido, mi señor. No deseaba cometer tal falta de delicadeza, pero he debido abrirme paso entre un pequeño ejército de sirvientes y criados que no me dejaban llegar hasta vuestra presencia. –Kay pareció un tanto molesto al ver que las órdenes que impartía al personal del castillo de no permitir la entrada a desconocidos habían sido vulneradas–. Mi nombre no importa, mas si he de responder por alguno, os lo ruego, llamadme Cowgeran, en honor a mi padre.

–¿Cowgeran? –dijo Arturo, interrumpiéndole–. ¿Como el señor barón de las tierras de Colchester?

–El mismo, señor –asintió–. No porto sus emblemas o pendones, pero formo parte de su orgulloso linaje.

–Un gran hombre es, a mi parecer –dijo Arturo, pensativo.

–Debéis decir que lo era, mi señor. –Bajó la cabeza con pesadumbre al decirlo, y la voz distorsionada por el casco pareció trasmitir una gran dosis de amargura–. Ha muerto.

–¡Muerto! ¿Cómo es posible? –preguntó Arturo con el gesto demudado.

–No solo él, mi señor. También mi madre y mi hermano cayeron bajo la terrible hacha del gigante Tremolgón, que acudió a la aldea donde mi familia tenía su casa para esquilmarla y matar a todo ser viviente que en ella encontrara.

–¡Eso es terrible! –Arturo temblaba de cólera, pero Merlín sonreía, cruzado de brazos. Nadie se había dado cuenta de la verdad oculta en lo que el caballero estaba contando.

–Contad cómo ocurrió –pidió el Bello Desconocido, mesando las puntas de su fino bigote.

–Así lo haré, mis señores. Así lo haré, si tenéis unos minutos para escuchar cómo vengué la muerte de mis padres y logré acabar con el monstruo.

Pero, antes de poder empezar siquiera, por segunda vez en esa mañana alguien entró como una tromba en la Sala de la Tabla Redonda, vociferando e interrumpiendo la reunión. Se trataba de Perceval, sudoroso y agitado, que llegó justo al lado de quien se había hecho llamar Cowgeran y gritó:

–¡Mientes! ¡Bellaco mentiroso y falaz! ¡Vi con mis propios ojos a quien dio muerte a Tremolgón, y no erais vos!

El caballero se levantó poco a poco, y todos vieron que, junto al fornido y musculoso Perceval, Cowgeran era una figura liviana, esbelta, de su misma altura, que daba una impresión de agilidad pese a las piezas de acero que la recubrían por completo.

–¿Qué decís, buen Perceval? –inquirió Merlín, visiblemente divertido.

–¡Digo que quien mató a Tremolgón no es este villano, sino que se trató de…!

Cowgeran lo interrumpió quitándose el yelmo con rapidez y dejando caer una cascada de pelo moreno sobre los hombros acorazados que enmarcaba un hermoso rostro de mujer, asombrando a los presentes.

–¡Se trató de una mujer, bien podéis decirlo! –concluyó.

Los caballeros de la Tabla Redonda enmudecieron al contemplar a la mujer que les lanzaba una mirada desafiante. Nadie se atrevía a romper el silencio en el que, atónitos y boquiabiertos, se habían sumido. Colorada la cara por la ira que sentía, fue Kay quien se decidió a protestar por tamaña osadía, pero Merlín, en un veloz movimiento, puso la mano en su hombro y, con unas fuerzas que desmentía su delgado cuerpo, le impidió incorporarse.

El senescal permaneció en su sitio, lanzando chispas por los ojos.

–Contadnos, noble dama –dijo Merlín, sonriendo–, cómo fuisteis capaz de tal hazaña, entonces. Mas antes… ¿hemos de seguir llamándoos Cowgeran, como vuestro finado padre?

–Si os place –contestó ella, inclinando la cabeza en un gesto de agradecimiento por las palabras del mago–, llamadme con el nombre que mi madre eligió para mí el día de mi nacimiento. Llamadme Elin, os lo ruego.

–Elin entonces –dijo Arturo, dando una palmada y concediendo permiso regio para que la mujer relatara su combate con Tremolgón.

–Gracias, majestad. –Perceval tomó asiento, mirando aún con cierta reticencia a Elin–. Hace cuatro días, poco después del alba, mi hermano y yo nos encontrábamos paseando. Las mañanas de verano son muy hermosas en las tierras donde vivo, y solía dar largas caminatas por los caminos que se adentran entre las espigas de trigo maduro, los árboles de jugosas manzanas y las vides de negras uvas. Mi hermano Seirian disfrutaba más montando a caballo, pero le gustaba escuchar cómo cantaba y siempre aplaudía regocijado cada vez que terminaba una canción.

»Decía que era como escuchar a un ruiseñor.

Bors se giró hacia su hermano, bromeando:

–Quizá hechizó a Tremolgón con una nana y le cortó la cabeza, ¿no crees?

Sin percatarse del comentario, Elin continuaba:

–Sin embargo, mi hermano se encontraba alicaído, y ni siquiera mis canciones más alegres conseguían animarlo. Le pregunté qué le pasaba. “No es nada, hermanita”, contestó, pero supe que me estaba mintiendo. Insistí y tras preguntárselo varias veces y amenazarle con enfadarme, me confesó sus cuitas.

»” Padre ha hablado con su amigo, el duque Ronet. Han hablado de casarte con su hijo”. Lo miré sorprendida, porque no podía creer que mi padre estuviera considerando siquiera el casarme con alguien a quien ni siquiera conocía.

»”¡No!”, le dije, pero Seirian me tomó la mano con delicadeza y la besó en el dorso, un consuelo que evitó que mis lágrimas fluyeran como un torrente por la pena e ira que sentía. No estaba dispuesta a consentir que un desconocido me arrancara del lado de todo aquello que conocía y amaba.

»Pero, por desgracia, toda esta historia quedó olvidada cuando llegó Tremolgón. Sentimos un fuerte viento que azotó nuestros cabellos y escuchamos un silbido tan potente que nos obligó a arrojarnos al suelo, tapándonos los oídos. El aire se enrareció, como ocurre justo antes de estallar una potente tormenta, y una luz azulada, terriblemente brillante, apareció cerca de nuestra casa, como un óvalo resplandeciente del que, un instante después, salió el horrible gigante.

»Sus piernas eran como dos troncos de haya, sus brazos tan gruesos como cinco jabalíes puestos uno junto a otro, y su cabeza, pelada como un huevo, apuntaba hacia arriba, deforme, tan repugnante que me produjo un escalofrío de terror al contemplarla. Mi hermano gritó algo, no recuerdo qué, y Tremolgón, que estaba a punto de descargar su poderoso puño contra el tejado de la casa donde estaban mis padres, se giró y nos vio, soltando una risotada que retumbó como el trueno.

»Paralizada, vi cómo Seirian se lanzaba a una desesperada carrera, sin armas ni armadura, y aunque intenté advertirle de la locura que estaba a punto de cometer, las palabras no abandonaban mi boca.

»Contemplé con horror cómo Seirian, que tantas justas había vencido y tantos combates ganado en justa lid, era aplastado por Tremolgón, que no paraba de reírse mientras lo reducía a pulpa.

La reina, con el rostro demudado, aprovechó que Elin había callado en su relato al recordar los tristes momentos de la muerte de su hermano y se acercó hasta ellas, casi de puntillas, como temiendo quebrar el silencio. Pese a no ser mucho mayor que ella, Ginebra la rodeó con amorosos brazos, y ambas permanecieron por un instante fundidas en un tierno abrazo que devolvió la fuerza a Elin.

–Sentí –continuó– como si un hierro al rojo retorciese mis entrañas y un grito desgarrador surgió de mi garganta que no fue escuchado por Tremolgón, ocupado entonces en descargar sus gigantescos puños contra el techo de la casa de mis padres.

»El edificio cayó bajo su inmensa fuerza, aplastando a los que en el interior se hallaban, y supe que toda mi familia había abandonado este mundo. La pena y el horror, sin embargo, fueron pronto sustituidas por una furia que me invadió amenazando desbordarme.

Hizo otra pequeña pausa, elevando con orgullo su blanco rostro, y dejó salir las siguientes palabras entre los dientes apretados:

–Habéis de saber, nobles señores, que no solo mi hermano Seirian fue entrenado en el arte de la lucha con espada y escudo, pues debido a mi deseo de jugar y compartir todo el tiempo posible con él, mi padre atendió a mis ruegos y me permitió recibir lecciones del instructor que fue contratado para ello.

»Aun a riesgo de pecar de altivez, he de deciros que el instructor decía que no había visto a nadie en su vida, hombre o mujer, que fuera tan grácil manejando el filo ni tan ducho parando con el escudo.

El rey cruzó pensativamente las manos frente a sí, contemplando a la muchacha que estaba resultando ser todo un pozo de sorpresas.

–Decidí que mataría a Tremolgón o caería en el intento –siguió hablando Elin–, y me dirigí lo más rápidamente que pude hasta la armería, no muy lejos de nuestra hermosa casa convertida en cascotes, y aferré el pomo de mi espada. Por un momento valoré coger también mi escudo, pintado con los colores verde y negro, pero supe que no podría salvarme de un golpe del gigante.

»Sin protección alguna, por tanto, me dirigí a enfrentarme con el malvado.

»”¡Tremolgón!”, grité una y otra vez intentando que mi voz se sobrepusiera al infernal ruido que con su destrucción provocaba. “¡Tremolgón, demonio! ¡Lucha conmigo!”, y ese desafío sí pareció escucharlo, porque lentamente se dio la vuelta hasta mirarme, con el mismo gesto en el rostro que alguien tiene cuando mira a una insignificante hormiga.

»Sin arredrarme, levanté el acero de mi espada hacia él, y quiso la casualidad que el sol se reflejase en el arma provocando un brillo que incidió directamente en los ojos de Tremolgón. El gigante bizqueó. Lo vi y, dispuesta a aprovechar cualquier mínima ventaja, lancé un tajo contra sus pantorrillas con toda la fuerza de la que fui capaz.

–¿Cayó a tierra? –preguntó el Bello Desconocido, subyugado por la historia de Elin.

–Cayó, mi señor –respondió ella–. Y fue como si una montaña se desplomara cuando, aullando de dolor, su rodilla se posó en el suelo, levantando tal polvareda que mis ojos lagrimearon.

–¿Y después? –inquirió entonces Galahad, cuyos ojos brillaban al escuchar un relato de bravura y valor–. ¿Le disteis el golpe mortal?

–Así es, mi señor. –Elin asintió con gravedad y asió la empuñadura de su espalda, colgada al cinto–. Con este acero corté su garganta, haciendo que Tremolgón sangrase de tal modo que parecía que un torrente había sido liberado tras permanecer siglos confinado por un dique. Aun tuvo presencia de ánimo para dar un par de manotazos en mi dirección, pero lo esquivé sin problema echándome hacia atrás. Poco después, se desplomó por completo, y su cara quedó oculta en un mar de su propia sangre.

Sin saber qué decir, los presentes se miraron entre sí. No podían imaginar que el gigante que había estado asolando el reino los últimos meses hubiera sido derrotado tan fácilmente por una dama. Elin, sin embargo, no se sentía orgullosa; cabizbaja, tenía unas ganas horribles de llorar por todo lo que había perdido y la reina Ginebra, todavía a su lado, le cogió la mano con cariño.

–Sois muy valiente, Elin –dijo, y la muchacha agradeció sus palabras con una hermosa sonrisa.

Arturo se puso en pie lentamente, atrayendo las miradas de todos y habló:

–No dudo de vuestra historia, hermosa dama, pero quisiera que uno de mis caballeros confirmara la verdad de lo dicho…

–Y lo confirmo… ¡hasta cierto punto, mi señor! –Fue Perceval quien habló, saltando de su asiento con la cara enrojecida–. Fue ella quien dio muerte a Tremolgón, doy fe, pero fue una cuestión de mera suerte, ¡no de habilidad o valentía!

–¿Cómo osáis? –preguntó Elin, al ponerse en entredicho su honor–. ¡Empuñé la espada y tajé con ella el cuerpo del bellaco! ¡Fue gracias a las lecciones que se me impartieron…!

–¡Vos misma habéis dicho que, por fortuna, el sol cegó al gigante! –terció Kay con el ceño fruncido.

–Pero sin habilidad para aprovechar los golpes favorables del destino, no hay victoria posible en el campo de batalla –la defendió el Bello Desconocido, que había quedado prendado de los ojos oscuros y los labios como rubíes de Elin.

–Gracias por vuestras palabras –dijo Elin, asintiendo ligeramente en la dirección de este último–, pero no es necesario que me defendáis, señor. Puedo demostrar aquí y ahora mi habilidad con la espada.

Elin desenvainó su acero reflejando la luz del sol que entraba por los ventanales, y varios de los caballeros, vencida la primera sorpresa de ver a alguien que mostraba su espada en presencia del rey, rieron a carcajadas.

–¿Acaso queréis –preguntó Perceval– que se os de una tanda de azotes en el trasero, señora?

Elin clavó los ojos en el caballero furibunda, pero fue Ginebra quien dijo con voz grave:

–Eso ha sido grosero e innecesario, señor.

–La reina habla con palabras ciertas. –Merlín, mesándose la barba, habló por fin después de un buen rato sin abrir la boca–. Perceval, deberíais excusaros de inmediato.

El aludido, enrojeciendo hasta las orejas, hizo una reverencia y masculló:

–Siento profundamente lo dicho y ruego me perdonéis, señora. Pero mantengo mi opinión: no sois ducha en el arte del acero.

–Dejadme mostrarlo entonces –le retó Elin–. Combatid conmigo hasta que uno de los dos sea desarmado.

El desafío fue hecho con voz tan solemne que Perceval no pudo negarse:

–Sea entonces, señora.

–¡No! –exclamó Kay–. ¿Estamos volviéndonos todos locos, señores? Como senescal y guardián de las tradiciones de Camelot y todo el reino, no puedo sino mostrar mi más profundo desacuerdo con lo que se está hablando; jamás una mujer ha cruzado sus filos con un caballero desde que el mundo es mundo, y así debemos seguir obrando. Cada cual tenemos nuestro sitio, y el de las damas no es el de ir por ahí repartiendo estocadas…

Un nuevo tumulto se levantó entre los caballeros; todos gritaban su opinión, y parecía que media Tabla Redonda se inclinaba por dejar a Elin combatir, mientras que el resto optaba por seguir manteniendo las leyes de antaño. El pandemonio fue súbitamente interrumpido por una explosión, como si un trueno hubiese estallado en el interior de la sala, y los ojos se volvieron hacia Merlín, rodeado por una nube de azufre.

–¡Dejad de comportaros como niños! ¡Que sea el rey quien decida, pues es su potestad!

Todos los caballeros, galvanizados por la poderosa voz del mago, esperaron las palabras de Arturo.

–Es cierto –dijo– que resulta sumamente extraño ver a una dama vestida de acero, pero estos son tiempos confusos y nos ha tocado vivirlos. La muerte de Tremolgón es un dichoso acontecimiento para todo el reino, y por ello hemos de dar… he de dar personalmente… las gracias a la dama Elin. Ello me lleva a recordar a los nobles caballeros de la Tabla Redonda que prometí grandes honores a quien trajera la cabeza del gigante.

»Por ello, su vencedora merece obtener el premio que le corresponde. Sin embargo –continuó alzando las manos para acallar cualquier comentario–, queda resolver la cuestión planteada por Perceval. Es mi decisión, para que quede fuera de toda duda, permitir a la dama Elin combatir a quien le ha ofendido, hasta que uno de los dos quede desarmado.

»He de advertiros, señora, que las armas no estarán embotadas ni serán de entrenamiento; lucharéis con vuestro propio acero y, si bien no es mi deseo que ninguno de los acabe herido, es posible que por accidente alguno de los dos sangre. ¿Estáis dispuesta a seguir con esto, dama Elin?

Ella se irguió y sujetando con fuerza el casco bajo su brazo, respondió con firmeza:

–Deseo seguir adelante, majestad.

–Sea entonces –dijo Arturo, al ver que Perceval asentía señalando que él también estaba de acuerdo–. Saldremos hacia el patio de armas, donde tendrá de inmediato lugar la lid.

Los caballeros se retiraron precedidos por Merlín, que caminaba junto a Elin, hablándole en voz baja al oído. Ginebra tocó levemente al rey en el hombro, haciendo que se detuviera.

–Arturo, ¿cuál será la recompensa que daréis a Elin si vence?

Él la miró sonriendo con ojos juguetones.

–¿Tan segura estás de su victoria? –preguntó–. Perceval es uno de los mejores caballeros del reino…

–Puede ganar –respondió ella–. Lo presiento.

–En ese caso –sentenció Arturo, besándola–, la haré caballero de la Tabla Redonda.

Una vez reunidos en el patio de Camelot, los caballeros formaron un amplio círculo, dentro del cual se produciría el combate. Elin y Perceval, completamente armados, se colocaron en el centro, separados por apenas unos pasos y la cabeza aun descubierta. Merlín tocó a cada uno de ellos en el hombro y musitó unas palabras que nadie pudo entender para luego alzar los brazos hacia el cielo y, tras aguardar a que los reyes se colocaran en el lugar reservado para ellos, dijo con una voz tan potente que retumbó en los muros del castillo:

–Sed testigos del combate que se va a librar en este día para probar la habilidad de la dama Elin, cuya familia fue asesinada por un monstruo y que encontró el coraje necesario para acabar con él; se defenderá con el acero de la acusación vertida contra ella por el caballero Perceval, y será ganador quien logre desarmar al enemigo.

»¡Sed bravos y corteses! ¡Sed honorables a la hora de enarbolar vuestra espada y no busquéis daño al contrario, pues aquí todos somos amigos y servidores del auténtico rey de Inglaterra, Arturo!

Todos aplaudieron las palabras del mago y Arturo sonrió con benevolencia, moviendo la cabeza amistosamente.

–¿Quién será el padrino de Perceval, os pregunto? –inquirió el rey.

De inmediato, Gawain adelantó su enorme corpachón de buey y, con dos zancadas, se puso al lado de Perceval.

–Yo mismo, señor –anunció.

–¿Y de la dama Elin?

Por unos segundos, los caballeros se removieron inquietos ante la pregunta del rey. Como nadie parecía dispuesto a ello, fue el Bello Desconocido quien se colocó junto a Elin. La dama se lo agradeció con una sonrisa que inflamó el corazón del caballero.

–Yo, señor.

–Embrazad entonces vuestros escudos –ordenó Arturo– y desenvainad el acero. Que Dios os proteja y que venza el mejor de ambos. ¡Comenzad!

Ambos contendientes se miraron a los ojos con respeto y bajaron levemente la cabeza como muestra de cortesía antes de colocarse los yelmos. Elin echó el brazo a un lado y dejó que el Bello Desconocido pasara las asas del escudo verdinegro de su casa por su antebrazo.

–Suerte –le dijo sonriendo, y la joven inhaló una profunda bocanada de aire, sacando la misma espada que había cercenado la cabeza de Tremolgón y que sería la herramienta que defendería su honor entredicho.

Frente a ella, Perceval cubría su torso con un escudo de círculos de gules sobre campo de oro, de forma ligeramente apuntada en su parte inferior, y tenía el brazo de la espada ligeramente retrasado; Elin supuso que el plan de Perceval era lanzar un molinete veloz para alcanzarla, lo que sería lógico si se pensaba en lo que se decía de su forma de luchar: veloz y furiosa, como un lobo rabioso.

Se lamió los labios, repentinamente secos, y comenzó a dar pequeños pasos hacia él, con el cuerpo ladeado para ofrecer el menor blanco posible. Aunque no quitó sus ojos del caballero ni un solo momento, el golpe le vino de improviso. Vio un destello de acero e, inmediatamente después, sintió el terrible mazazo en el borde de su escudo, pues solo por una cuestión de mero instinto había logrado elevarlo lo suficiente como para evitar que alcanzara su hombro.

Ginebra ahogó un gemido, mientras los caballeros, la mayoría de ellos, aplaudían la ejecución del golpe, y Merlín se frotó el caballete de la nariz preocupado. En su rostro siempre misterioso pareció crecer una nube de duda, como si no se hubieran cumplido sus previsiones.

–Podéis dejarlo cuando queráis –decía Perceval, lanzando otro tajo que arrancó astillas del escudo de Elin, como si fuera un leñador talando gruesas hayas–. No deseo haceros daño.

–Y no me lo haréis –dijo entre dientes Elin, soportando la tormenta de golpes aunque empezaba a no sentirse capaz de vencer el combate.

La joven estaba a la defensiva, totalmente a merced de Perceval, que sonreía con satisfacción aunque nadie pudiera ver su cara. Descargaba tajos y estocadas que hacían retroceder a Elin un paso tras otro, gritando como un poseso con cada golpe que daba, dispuesto a vencer e incluso, si fuera necesario, humillar a la dama que se había creído en su orgullo un caballero digno de manejar el acero y proclamar ante el Rey Arturo que con su habilidad había acabado con el terrible castigo que asolaba Inglaterra. Mellar el escudo no era como darle unos azotes en las posaderas, pero tendría que bastar para enseñarle modales.

Elin casi no sentía el brazo. Era como si se lo hubiesen arrancado a la altura del codo, pues las vibraciones de los fuertes golpes que paraba resonaban hasta el tuétano. Estaba terriblemente cansada y no había logrado siquiera lanzar un triste tajo, y notó cómo la amargura de la derrota la poseía, llenando de bilis su boca y lágrimas sus ojos. Iba a ser derrotada y…

Entonces, tropezó, para aumentar aún más su mala dicha. Al ser obligada a retroceder continuamente, no podía asentar sus pies con firmeza en el suelo y trastabilló, perdiendo el equilibrio. Dio un par de pasos hacia atrás agitando el brazo de la espada con torpeza en el aire al tiempo que un gran “¡oh!” se levantaba entre el público. Solo gracias a su agilidad no cayó de culo al suelo, lo que habría provocado una mayor vergüenza, y logró mantenerse en pie justo para ver cómo Perceval se lanzaba como un toro enfurecido contra ella, con la espada como si fuera una lanza, dispuesto a embestirla sin preocuparle que la dejara malherida.

Algo, como le había ocurrido cuando luchó con el gigante, se despertó dentro de ella. La mente de la joven calculó de inmediato todas las posibilidades y tomó la decisión más favorable. Si tuviera que explicarlo, Elin diría que era como si el mundo se detuviera, lo que le permitía contemplar lo que tenía alrededor y pensar sobre lo que iba a pasar en los momentos siguientes, como si ella permaneciese al margen del tiempo por un período pequeño, pero suficiente como para poder reaccionar con acierto.

Así, Elin colocó el escudo adelantado sacando fuerzas de flaqueza y gimiendo de dolor debido al entumecimiento que sentía, y Perceval, que no pudo frenar el ímpetu ni la trayectoria de su propio movimiento, hizo que la punta de su espada se clavara hondamente en la madera, de tal forma que la traspasó arañando la coraza que cubría el antebrazo de Elin y produciendo un desagradable chirrido.

El caballero permaneció inmóvil, atónito, pero antes que pudiera dar un tirón con el que liberar su arma, Elin soltó una patada contra su torso al tiempo que atrasaba con rapidez el brazo de su escudo.

Perceval acabó en el suelo, despatarrado y desarmado.

Los caballeros gritaron y aplaudieron, y Elin respiró profundamente, recuperando el aliento. Al subirse la visera, en su cara enrojecida por el esfuerzo lucía una amplia sonrisa.

Elin, unos instantes después, se acercó a Perceval y le ofreció la mano; el caballero, con lentitud, se sacó el yelmo sin haberse levantado y la miró con una expresión a medio camino entre la incredulidad y la admiración.

–Os ruego me perdonéis, dama Elin –dijo, aceptando la mano tendida–. Antes he hablado sin saber qué decía y me he comportado como un grosero patán. He deshonrado todo aquello que defiendo al poner en duda…

–No sigáis, os lo ruego –le atajó ella, tirando de Perceval para incorporarle–. Sois el mejor modelo de caballería de toda Camelot…

–¡Ja! –rio él sin humor–. ¡Valiente idiota he demostrado ser dudando de vuestro valor y destreza, señora!

–Algo es cierto, Perceval –dijo el Bello Desconocido, que había llegado hasta Elin y le estaba ayudando a quitarse el escudo–. Habéis demostrado gran grosería.

Ambos, amigos desde hacía muchos años, rieron a mandíbula batiente y Elin, confusa al principio al creer que entre los dos había cierta enemistad, se sumó al coro de carcajadas con un sonido limpio, fresco y amable.

Arturo contemplaba la escena sonriendo y miró a la reina, que tenía las manos cruzadas sobre el regazo.

–Debes hacerla caballero –le dijo al oído Ginebra.

–Así es. –Se giró hacia Kay y le hizo un ademán para que se acercara. El senescal se colocó junto a él y escuchó las instrucciones que el rey le dio con una cara que adoptó distintos tonos purpúreos. Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Kay asintió envarado y, dando pasos firmes y rígidos, se colocó frente a Elin levantando las manos.

Todos callaron, pendientes de las palabras de Kay, que exclamó:

–¡Majestades! ¡Nobles caballeros de la Tabla Redonda! Dama Elin… –Hizo un gesto ladeando la cabeza hacia ella–. Hoy es un día para ser anotado en los anales de los cronistas. Hoy es el día en que el terrible azote del reino ha sido derrotado gracias a la brava dama Elin. Hoy es el día en que, en recompensa por tal gesta, Arturo ha tomado una decisión que no es otra que otorgar a la dama Elin el derecho a sentarse en la Tabla Redonda.

Un coro de murmullos se levantó entre los presentes acallado de modo inmediato por Kay, que volvió a levantar los brazos. Quizá no estuviera de acuerdo con la orden real, pero era su deber anunciarla.

–¡Eso quiere decir, hermanos, que la dama Elin será conocida, ahora y por siempre, como Sir Elin, campeona de Tremolgón y vencedora del duelo con Sir Perceval! ¡Que esos sean solo los primeros títulos de una larga lista!

–¡Que sean solo los primeros! –gritaron todos al unísono, y Elin bajó la cabeza, consumida por la dicha y sintiendo las lágrimas de alegría fluyendo sin mesura. Recordó con cariño a sus padres, a su hermano, su hermosa casa destrozada, y les dedicó un largo momento hasta que sintió la mano del Bello Desconocido en su hombro, diciéndole con voz suave y cariñosa:

–Dama Elin, debéis arrodillaros ante el rey.

Agradeciendo la indicación del caballero, Elin puso rodilla en tierra frente al rey y fijó la vista en el suelo empedrado, temblando de emoción al ver que estaba a punto de conseguir algo digno de las más heroicas gestas. Arturo iba a nombrarla una igual al resto de hombres de la Tabla Redonda, lo que merecía perpetuarse en la memoria de la humanidad.

Un leve chirrido le indicó que el rey estaba desenvainando lentamente su espada. Excalibur, la que fue sacada de la piedra, la unificadora de Inglaterra, la ungida por la Dama del Lago, se elevó hacia el cielo libre y poderosa, reflejando en su hermoso brillo de acero azulado la límpida luz solar que proporcionaba a la escena una cualidad etérea, mágica. Con suavidad, el rey posó la hoja sobre los hombros de Elin y dijo con voz que destilaba autoridad:

–¡Levántate, Dama Elin, como dignísima componente de la Tabla Redonda! ¡Que tu espada esté siempre al lado de los débiles y necesitados!

–¡Que el honor sea tu guía y la justicia tu objetivo! –exclamó el resto de caballeros, mientras Merlín levantaba el báculo que, en realidad, nunca utilizaba para ayudarse al caminar.

Elin se alzó al sentir la poderosa mano de Arturo sobre su cabeza, posada como la de un amoroso padre sobre su hija, y lo miró a los ojos con agradecimiento, pues sabía que había ganado una nueva familia que le ayudaría a sobrellevar la terrible pérdida.

–Una cosa sin embargo he de deciros, dama Elin –dijo el rey, cogiendo la mano de Ginebra–. No volváis a entrar en la Sala de la Tabla Redonda como un huracán enfurecido…

Elin dio un respingo, pero pronto sonrió al ver que en los ojos de Arturo brillaba la diversión. Comprendiendo que no se trataba en realidad de una reprimenda, sino más bien de una chanza amistosa, la muchacha asintió:

–Pido mil perdones por mi comportamiento, Majestad.

–No son necesarios, chiquilla –terció Merlín, que le tendió un torque de fino oro labrado con imágenes de batallas del pasado. Elin aceptó gustosa el regalo, aunque no podría ponérselo hasta que se quitara la armadura con la que aún cubría su cuerpo.

–Es muy hermoso, señor –dijo, apreciando su bella factura.

–Llévalo contigo cuando combatas –aconsejó Merlín-; creo que puede serte muy útil. Mandaré recado a nuestro maestro herrero para que te modifique la coraza y no sientas incomodo cuando adorne tu cuello.

Elin enarcó una ceja, extrañada ante las palabras del hechicero, pero no dijo nada. Pronto hubo de recibir las palmadas y abrazos de felicitación de sus nuevos compañeros, incluso por parte de sir Kay, que aún sentía cierta aprensión por la decisión real tomada. Por el contrario, el Bello Desconocido, su primer valedor, y Perceval, su primer retador, fueron quienes más alabanzas le dedicaron, pareciendo competir entre ellos por ser quien más glosara sus virtudes. Elin, abrumada, tuvo que prometer a ambos que cenaría compartiendo mesa con ambos, que pasearían por los jardines de Camelot para oler las hermosas fragancias florales, que navegaría en bote en el cercano lago de aguas cristalinas junto a ellos y que cabalgaría a su lado por los bosques que rodeaban el castillo.

Se sintió querida, casi como en casa.

Era la dama Elin, un falso caballero que se sentaría en la Tabla Redonda.

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