El romance del falso caballero (IX)

(Parte I)(Parte II)(Parte III)(Parte IV)(Parte V)(Parte VI)(Parte VII)(Parte VIII)

Agradeciendo la indicación del caballero, Elin puso rodilla en tierra frente al rey y fijó la vista en el suelo empedrado, temblando de emoción al ver que estaba a punto de conseguir algo digno de las más heroicas gestas. Arturo iba a nombrarla una igual al resto de hombres de la Tabla Redonda, lo que merecía perpetuarse en la memoria de la humanidad.

Un leve chirrido le indicó que el rey estaba desenvainando lentamente su espada. Excalibur, la que fue sacada de la piedra, la unificadora de Inglaterra, la ungida por la Dama del Lago, se elevó hacia el cielo libre y poderosa, reflejando en su hermoso brillo de acero azulado la límpida luz solar que proporcionaba a la escena una cualidad etérea, mágica. Con suavidad, el rey posó la hoja sobre los hombros de Elin y dijo con voz que destilaba autoridad:

–¡Levántate, Dama Elin, como dignísima componente de la Tabla Redonda! ¡Que tu espada esté siempre al lado de los débiles y necesitados!

–¡Que el honor sea tu guía y la justicia tu objetivo! –exclamó el resto de caballeros, mientras Merlín levantaba el báculo que, en realidad, nunca utilizaba para ayudarse al caminar.

Elin se alzó al sentir la poderosa mano de Arturo sobre su cabeza, posada como la de un amoroso padre sobre su hija, y lo miró a los ojos con agradecimiento, pues sabía que había ganado una nueva familia que le ayudaría a sobrellevar la terrible pérdida.

–Una cosa sin embargo he de deciros, dama Elin –dijo el rey, cogiendo la mano de Ginebra–. No volváis a entrar en la Sala de la Tabla Redonda como un huracán enfurecido…

Elin dio un respingo, pero pronto sonrió al ver que en los ojos de Arturo brillaba la diversión. Comprendiendo que no se trataba en realidad de una reprimenda, sino más bien de una chanza amistosa, la muchacha asintió:

–Pido mil perdones por mi comportamiento, Majestad.

–No son necesarios, chiquilla –terció Merlín, que le tendió un torque de fino oro labrado con imágenes de batallas del pasado. Elin aceptó gustosa el regalo, aunque no podría ponérselo hasta que se quitara la armadura con la que aún cubría su cuerpo.

–Es muy hermoso, señor –dijo, apreciando su bella factura.

–Llévalo contigo cuando combatas –aconsejó Merlín-; creo que puede serte muy útil. Mandaré recado a nuestro maestro herrero para que te modifique la coraza y no sientas incomodo cuando adorne tu cuello.

Elin enarcó una ceja, extrañada ante las palabras del hechicero, pero no dijo nada. Pronto hubo de recibir las palmadas y abrazos de felicitación de sus nuevos compañeros, incluso por parte de sir Kay, que aún sentía cierta aprensión por la decisión real tomada. Por el contrario, el Bello Desconocido, su primer valedor, y Perceval, su primer retador, fueron quienes más alabanzas le dedicaron, pareciendo competir entre ellos por ser quien más glosara sus virtudes. Elin, abrumada, tuvo que prometer a ambos que cenaría compartiendo mesa con ambos, que pasearían por los jardines de Camelot para oler las hermosas fragancias florales, que navegaría en bote en el cercano lago de aguas cristalinas junto a ellos y que cabalgaría a su lado por los bosques que rodeaban el castillo.

Se sintió querida, casi como en casa.

Era la dama Elin, un falso caballero que se sentaría en la Tabla Redonda.

 

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