El romance del falso caballero: capítulo 3 (V)

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3: (I)(II)(III)(IV)

La joven sintió la mano del caballero tocándola con suavidad en el hombro. Le estaba preguntando algo, pero solo fue a la tercera vez que lo dijo que se dio cuenta:

–¿Estáis herida, Elin?

–No, no. Estoy bien. –Elin mintió poniendo su mejor cara; aunque se sentía como si hubiese sido arrollada por un carro de ladrillos, no se permitió mostrar debilidad. Con esfuerzo, resoplando, se puso en pie–. Han sido unos pocos golpes, nada más.

Tras el caballero, los cadáveres de las criaturas con las que se había enfrentado eran testigos de la victoria de este. Antes de hacer otra cosa, Perceval clavó la espada con saña en el pecho del que tenía la rodilla reventada por gracia de la patada de Elin.

–Deberíamos entrar en la casa –dijo Perceval mirando al edificio con aire arrojado, el mentón enhiesto, los labios fruncidos–. Creo que ahí encontraremos respuestas.

–Dadme un minuto –pidió Elin frotándose el brazo, que empezaba a cosquillearle al circular de nuevo por él la sangre.

–Si queréis volver…

–No, no. Entremos.

Perceval, decidido ya a resolver el misterio del castillo de Melquíades, empujó la puerta, en la que no había pomo ni aldaba. No se movió, y el caballero masculló algo que mentaba a los demonios burlones que le contemplaban desde las tallas.

–Tendremos que entrar por la ventana –propuso Elin, dirigiéndose a la más cercana. Él asintió.

Con cuidado, la joven fue la primera en atravesarla y, desde el interior, tras echar un rápido vistazo y percatarse de que no había ningún enemigo cerca, ayudó a Perceval a pasar a lo que resultó ser una habitación cuadrada, de no muy gran tamaño, en la que se apiñaban contra la pared anaqueles con redomas, jarras y damajuanas. El centro de la estancia estaba ocupado por un atril, de esos mismos que en las iglesias sostienen los misales, pero que se encontraba vacío. Elin pensó en que sería muy raro que, de haber un libro sobre el mismo, fuera de carácter sacro.

–Parece un laboratorio –comentó Perceval, pensando en el lugar donde Merlín pasaba la mayor parte de su tiempo.

–Alquimia. Hechicería. –Elin se acercó a un estante y contempló los diversos líquidos que flotaban en los recipientes. En uno de ellos, oscuro como el carbón, creyó ver que algo se movía, pero no podría jurarlo.

–Mejor no tocamos nada –sugirió Perceval, dirigiéndose con cautela hacia la arcada del fondo que daba a un pasillo. El suelo era de piedra basta, sobre el que habían echado paja hacía tanto tiempo que estaba podrida, atufando a moho y acritud.

No se oía ni un sonido.

–No perdáis de vista las puertas. –Perceval se refería a las que se abrían a un lado y otro del pasillo, un pasillo tan largo que por un momento sintieron vértigos al pensar que no era posible que la casa pudiera albergar un corredor de ese tamaño.

Elin asintió cogiendo con fuerza su espada. Aunque aún sentía algo de dolor en el torso, se encontraba de nuevo dispuesta para el combate, preparada para cualquier enemigo que se le abalanzara.

–Esperad –dijo la joven, pasando los dedos por algo que había visto en las paredes encaladas–. Mirad esto.

Los dos contemplaron unos signos grabados.

–Son runas gaélicas –dijo Perceval en un susurro.

–¿Podéis leerlas? –El caballero sacudió la cabeza negándolo–. ¿Cómo sabéis entonces…?

–Mi padre, Pellinore, es un estudioso de todas las lenguas que en Europa se hablan. Intentó que yo sintiese el mismo amor que él por las letras y los símbolos, pero…

–Pero os interesaba más montar y luchar con espada. –Elin lo dijo sin maldad, con una sincera sonrisa, y Perceval rio bajito, mirándola con ojos amistosos.

–Tenéis razón, Elin. Pero soy capaz de reconocerlas. Algo se me quedó en esta cabezota.

La conversación de ambos quedó interrumpida por un golpetazo proveniente de uno de los pisos superiores.

–¿¡Qué…!? –exclamó Perceval dando un respingo–. ¡Ha sonado como si se derrumbara una atalaya de piedra!

Elin se lanzó a la carrera, sin reflexionar, hacia las escaleras que se veían un poco más adelante. Perceval intentó retenerla con la mano, pero la muchacha era rápida y, cuando pudo reaccionar, se encontraba fuera de su alcance.

–Maldita sea, chiquilla –masculló–. Vas a hacer que nos maten a los dos.

¡Sigue leyendo!

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24 thoughts on “El romance del falso caballero: capítulo 3 (V)

  1. Bien, lo he leído casi con precipitación. Emoción al máximo. ¡Y aparece un libro desaparecido —si no hago este juego de palabras, no soy yo—!
    Un laboratorio de un hechicero que por accidente o intención ha abierto una puerta que da al armario empotrado del dormitorio de Melquíades —más o menos—. Un espacio infinito en un contenedor finito. Ruidos en el ático. Y dos guerreros listos para cotillear: es que en aquella época los guerreros eran unos marujones.

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      1. Quiero decir, en mitad de su casa. Podía haber dicho en el retrete, de no estar en aquel entonces al otro lado del patio, bien alejado de todo. —Hoy en día el retrete es el corazón de la vivienda… diferencias arquitectónicas históricas 😉 .—
        Vamos, que le pusieron su castillo lleno de porquería interdimensional.

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  2. Pues que me he quedado de piedra, Acabáis de luchar contra unos bichos que cuando menos son ágiles ¿Y vais y os encerráis en una iglesia/laboratorio/templo y no os aseguráis una vía rápida de escape? ¡Que las puertas están abiertas so…!
    ejem… digo:
    Espero que nuestra doncella se sienta mejor de sus golpes aunque por la forma que salió corriendo tal parece que sí.
    Iremos tras ella como invisible séquito.

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      1. Me parece suficiente pago la participación…

        Me volveré sombra,
        y me desprenderé del légamo maldito
        de la entrada del castillo,
        flotaré invisible
        y me apoyaré a la vera,
        de la historia en espera,
        de aportar mis maldades,
        susurrar demoniacas verdades.
        Decidme que hacer y me hare presente.
        Una sombra, alma muerta a su servicio.

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  3. Una carrera vertiginosa que lleva a la doncella hermosa en pos de de un ruido sospechoso? Y Perceval que? Arrastrando como acostumbra el traje de hierro a lo largo del pasillo? ¡No corraís que es peor! Gritaba el maldito, mientras murmuraba por lo bajito: ¡Sobre todo para mí que voy el último!

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