La sombra dorada: Oscuridad

A la compañera Paula de Grei, cuyo blog es este, le tengo que agradecer su amable reseña de mi novela La sombra dorada y el que haya montado un concurso cuyo premio es un ejemplar de la misma, que podéis consultar en este enlace. Así que… ¿qué menos que dedicarle el siguiente relato que tiene lugar en el mundo de La sombra dorada?

Para ti, Paula, de todo corazón.

OSCURIDAD

Era noche cerrada, la más cerrada que Poline recordaba haber visto en mucho tiempo. La luna se ocultaba tras unos nubarrones de tormenta que habían amenazado con descargar durante toda la tarde y que no se habían esfumado pese al aire que se había levantado cuando el sol se puso. Aunque entre los apretados troncos de los árboles el silbido del viento era menor, no podía evitar estremecerse de frío, arrebujándose en su capa de lana.

La gris, la llamaban por el color de su capa, de la que no se desprendía ni siquiera en verano, último recuerdo de su madre, una capa avejentada y deshilachada por el uso y el tiempo pasado desde que se tejiera con mimo, amor y dedos hábiles de costurera.

Poline la gris.

Era un mote que le gustaba, y cuando los niños gritaban llamándola para jugar, pues les sacaba pocos años, corría hacia ellos sacando la lengua y gritando que se los iba a comer. ¡Ñam! ¡Ñam!

Esa capa era la única herencia que le dejó su madre cuando, hacía dos años, había abandonado este mundo dejándola a ella joven y sola, pues ni siquiera habían tenido nunca casa propia: se había casado en segundas nupcias con Piteo, y aunque siempre se había portado bien con su madre, a Poline no acababa de aceptarla como a una hija; permitía que siguiera viviendo en su hogar, pero poco más.

Por eso, Poline buscaba las ricas y gordas setas que crecían en lo más umbrío del bosque que rodeaba el pueblo de Pisavacas, una colección de dos docenas de casas en las que vivían gentes sencillas y humildes dedicadas, en su mayor parte, a la agricultura y el talado de los árboles por los que el reino de Lorry era tan famoso. Poline solo cubría un hueco existente al ocuparse de la recolección de hongos, pues nadie más tenía interés en trasnochar y pasar frío para llenar el cesto. Durante la mayor parte del año, esas setas marrones crecían a los pies de los árboles, así que ella gozaba de una pequeña fuente de ingresos al venderlas a sus vecinos. Poline pensaba que, si no fuera por ese puñado de monedas, quizá Piteo la habría echado de su hogar hacía tiempo.

Con una seta más, un ejemplar que era tan grande como una escudilla, terminó su trabajo por esa noche y rehízo el camino de vuelta hacia Pisavacas cubriéndose la cabeza con la capucha que remataba su capa; así evitaría que, en cuanto dejara el bosque, el viento despeinara su espesa mata de pelo castaño.

La sonrisa que se había dibujado en su cara al pensar en las monedas que conseguiría al día siguiente se le congeló en el rostro al mirar hacia la aldea, situada en el fondo de una pequeña hondonada dominada por el altozano del bosque en el que ella estaba. Su posición ventajosa le permitió ver que Pisavacas relucía con mucho más fulgor del que podía ser debido a las lumbres de las casas. El aire le trajo un olor a madera quemada.

A madera y a carne quemada.

Aguzando el oído, escuchó un grito sobreponiéndose al aullido del viento.

Corrió sin saber muy bien qué podía hacer, sujetando aún la cesta de las setas, algunas de las cuales se cayeron por el brusco bamboleo; al acercarse lo suficiente como para poder distinguir parte de lo que pasaba en su pueblo, los ojos se le desencajaron, pues una cohorte de criaturas desfilaban entre las chozas silenciosas, temibles, agitando armas de horrible aspecto con las que tajaban los cuerpos de sus vecinos y antorchas que prendían fuego a las humildes construcciones.

Pisavacas estaba siendo destruida y Poline supo que era la única habitante que quedaba viva. Su mente le ordenó que corriera, que se alejara, que dejara atrás esa pesadilla, pero sentía el cuerpo paralizado, incapaz de hacer que sus piernas se movieran.

Y como si fuera un lobo que había detectado su olor, una de las criaturas fue hacia ella. Poline sintió la orina corriendo entre sus piernas al ver que no era hombre ni mujer, sino algo terrible, una pesadilla hecha carne compuesta por el cuerpo malherido y agujereado de una vecina de Pisavacas. Poline supo que no era ya ella, que el ser que había sido hasta hacía poco Eliana no podía seguir viva. No desde luego con esa tremenda herida que le recorría el abdomen de costado a costado y por la que se derramaban las entrañas conforme corría devorando el espacio hasta ella.

Se fijó, fascinada y asqueada, en la tenue luz dorada que su cuerpo maltratado desprendía.

La criatura no iba armada y se lanzó contra Poline con las manos engarfiadas, buscando tirarla al suelo, golpearla, asfixiarla… pero la joven reaccionó en el último momento e hizo un fuerte y rápido arco con la mano en la que sostenía el capazo, alcanzando con el golpe al monstruo en la sien. La mayoría de las setas se desparramaron en el suelo.

Las dos figuras se embarcaron en una pelea silenciosa, pues Poline sentía la garganta seca y era incapaz de emitir ningún sonido, mientras que la otra estaba antinaturalmente callada: ni siquiera un nuevo golpetazo en la cara con el cesto que produjo un chasqueante sonido de dientes y nariz rotos hizo que lanzara un gruñido de dolor.

Y aunque Poline nunca había creído que podría luchar por su vida con tal habilidad, golpeó una y otra vez al servidor de Abaven mientras intentaba, en vano, alcanzarle para matarla y convertirla en una de ellos. El terror que la había paralizado al principio le había dado alas y despertado en ella unas fortísimas ganas de sobrevivir. Un golpe tras otro, dados a una velocidad pasmosa y con más fuerza de la que hubiera imaginado tener, hizo que la criatura cayera con la cara convertida en un amasijo de carne destrozada.

Las arcadas la dominaron y lanzó un chorro de bilis que se mezcló con la sangre del horror que yacía a sus pies. Limpiándose la boca del sabor a hiel, miró hacia el pueblo, que ardía como una tea lanzando hacia la noche sus llamas anaranjadas, viendo que una gran cantidad de figuras se dirigían hacia donde se encontraba.

Sin embargo, esa vez pudo reaccionar de inmediato.

Y corrió. Poline corrió para salvar la vida, huyendo de la locura que había asesinado a sus vecinos y estado a punto de acabar con ella. Corrió dejando atrás lo que hasta entonces era su vida, para evitar la muerte.

Corrió esperando poder llegar a la no muy lejana capital del reino de Lorry, donde sin duda estaría segura, refugiada tras sus muros.

Poline corrió en la noche.

oscuridad

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11 thoughts on “La sombra dorada: Oscuridad

    1. 😀 😀 😀 😀 😀
      Que sepas que en estos relatos dedicados no hago spoiler. No mucho, al menos. Es decir, que no reviento la trama de la novela 😉
      De todos modos, los voy colgando en la nueva sección del menú “Relatos de La sombra dorada”, por si te apetece seguir en el mundo ese cuando termines de leerla 😉

      Le gusta a 2 personas

  1. Me has hecho rememorar la novela, ese regusto dulce y ácido, placentero pero crudo, del recuerdo de la lectura. No sabría cómo expresarlo sin reventar nada, pero me gustaría que «Poline de Gris» llegase a dónde los lectores sabemos que tiene que llegar.
    Gran relato. Como en la novela, movimiento, emoción, lectura fácil.
    ¿Y dices que tienes dificultades para los nombres? Mentira cochina.

    Le gusta a 3 personas

    1. Bueno, en este caso, tenía casi todo hecho 😉 Como en el tuyo, jurjurjur.
      Sobre tu deseo… no sé yo si eso de llegar a la capital va a ser bueno para la pobre Poline. Quizá si se desviara y fuera hacia el sudoeste. Y luego tirara muy al oeste… 🙂
      ¡Me alegra que te haya gustado, compañero!

      Le gusta a 2 personas

    1. Si te he provocado escalofríos… ¡me alegro! En el buen sentido, por supuesto 😉
      Esa era la intención con este pequeño relato: coger la parte más oscura y tétrica de La sombra dorada, la parte de terror podría decirse, como dedicatoria a Paula por su amabilidad.
      ¡Un saludo!

      Le gusta a 2 personas

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