Renato, el agente castrato: En su salsa

EN SU SALSA

Renato contempló con disgusto el plato que le sirvieron, un disgusto que se sumó a la hosquedad que sentía desde que había entrado en el salón de banquetes del Palacio Ducal de Génova: nunca le habían gustado las recepciones que se daban a los miembros del servicio de diplomacia y espionaje, en las que el mismísimo Vacca otorgaba la medalla de la república al mejor agente de los últimos doce meses.

Así, mientras a su alrededor la gente hablaba por los codos midiendo sus hazañas en pro de Génova, él permanecía con la vista clavada en la comida, llevándosela a la boca y masticándola despacio para evitar tener que responder a cualquier pregunta inoportuna de los vecinos de mesa. ¿A quién le gusta que le conteste alguien que come a dos carrillos, arriesgándose a que le salte un trozo de manduca masticada al ojo?

Cuando menos, el maestro de cocinas de Su Excelencia había hecho bien su trabajo, y Renato no tenía nada que objetar acerca de la calidad de lo servido… hasta el momento. Cuando hundió el tenedor –muchos de los presentes no compartían el gusto de Renato por su uso al considerarlo un amaneramiento francés y seguían cogiendo la comida con sus manos– en el puré de castañas que acompañaba como guarnición al filete de venado, torció el gesto. No se había hundido como debía. Al introducir el cubierto de modo lateral, debía haber cedido con suavidad, pero ofreciendo un tanto de resistencia; como dicha resistencia no existió, Renato supo que estaba excesivamente líquido, quizá debido a que habían hecho corto con las castañas y echado agua en demasía para que llegara a todos los presentes.

La tragedia continuó cuando metió en la boca el puré y no pudo evitar mascullar:

–Por la Corona de Cristo… ¿Es que acaso no conoce la pimienta este idiota?

–¿Disculpad? –Por desgracia para Renato y su intento de resultar invisible, lo había dicho en ese preciso momento que de vez en cuando, en todas las multitudes, se da: cuando todos parecen ponerse de acuerdo para callarse. Su compañero a la izquierda, un sacerdote orondo y de aspecto jovial remarcado por los círculos rojizos de sus mofletes debidos a una ingesta más que considerable de vino, lo miraba con gesto extrañado, pero educado.

–Decía –contestó Renato, entendiendo que sería imposible rehuir la conversación sin parecer un maleducado– que parece que al cocinero le hayan impuesto un arancel extraordinario para el uso de pimienta.

–¡Ja! Nunca se sabe lo que el muy católico Rey Felipe va a hacer, amigo mío. –El cura tendió la mano y Renato no tuvo más remedio que estrecharla–. Giovanni Tuco, destinado en Turín.

–Mucho gusto. –Renato estrechó con fuerza la mano. Giovanni respondió con más fuerza todavía. La soltó con rapidez antes de que le rompiera algún dedo–. Renato. Venecia, por el momento al menos.

–¿Itinerante?

–Más bien sí. –Hundió de nuevo el tenedor en el puré, lo puso frente a sus ojos e hizo un gesto de asco dejando que la crema resbalara de nuevo hasta el plato. Cayó con un siniestro plof.

–No he podido escucharles, si me excusan el atrevimiento… –Un tercer hombre vino a sumarse a la conversación. El de la derecha de Renato; a ese paso, iban a tener un sarao muy animado, justo lo que Renato había estado intentando evitar–. Sé de buena tinta que Felipe II de España va a intentar quedarse con el comercio exclusivo de las especias aprovechando la presencia militar que posee en las islas que llevan su nombre.

–De Castilla, querrá decir –puntualizó el sacerdote.

–¿Y vuestro nombre es? –preguntó Renato, con no excesivo interés.

–Nicolo de Padua, para servirle. –Si hubiera estado de pie, era muy probable que hubiera hecho una reverencia que le habría salido muy grácil, dado el cuerpo esbelto y vestido con galas ajustadas que portaba. Era un joven muy bien parecido, con una pinta un tanto truhanesca dada esa barbita rubia–. ¿Y qué decíais vos de Castilla, señor párroco?

–Sacristán. Y decía que, si hablamos de Felipe como rey de las Indias Orientales, es rey de Castilla, no de España.

–Bueno, es un detalle bastante poco importante –protestó el otro mientras Renato cortaba el filete. Un poco de sangre mojó el puré de castañas y el espía volvió a torcer el gesto sin saber muy bien por qué–. Fernando e Isabel, que Dios los tenga en su gloria, se casaron precisamente para llevar a cabo la unidad de la nación española…

–Perdonad, amigo Nicolo, pero Fernando casó tras enviudar con la hermosa Germana de Foix, teniendo la clara intención de engendrar un heredero al que dar la Corona de Aragón…

–No debió poner mucho interés, a lo que se ve –rio el joven, y Renato no pudo evitar acompañarle en sus carcajadas. De todos era sabido que el viejo intentó pócimas, elixires y hechizos para preñar a su joven esposa. Sin resultado alguno.

–Que no lo consiguiera –replicó el cura, algo molesto– no significa nada. Castilla y Aragón son dos entidades políticas diferenciadas, con sus leyes y costumbres…

–Bajo la autoridad de un mismo rey, así que forman una nación, amigo mío.

–¿Una nación? –El cura empezaba a calentarse y se sirvió otro vaso de vino que trasegó con rapidez–. Decídselo a aragoneses, valencianos, catalanes, navarros, mallorquines, napolitanos, sicilianos… por no seguir fuera de Europa: indios, americanos, los mismos filipinos que habéis nombrado… ¿Una nación? ¡Un imperio, señor mío! ¡Y se lo digo yo, que he estado destinado en varias ciudades de España!

–Vamos, vamos –intentó calmar las aguas Renato–, no se nos acalore, padre. Coma un poco de venado, que está exquisito. Tierno como si fuera recién nacido.

Giovanni le hizo caso y empezó a cortar su carne. Con escaso resultado, porque parecía hecha de tendones y suela de zapato. Tras varios intentos de hincar el cuchillo, dejó los cubiertos con frustración en el plato, produciendo un ruido que se sobrepuso al motete de Palestrina para cantante y dos violines que estaba siendo ejecutado por dos artistas. Curiosamente.

–¡Este venado, entonces, será el padre del vuestro, Renato! –exclamó el sacerdote iracundo–. ¡Quizá incluso su abuelo!

Renato y Nicolo se miraron y apretaron los labios para evitar reírse debido al cómico estallido del cura. Por fortuna, el otro bebió dos vasos más de vino y pareció calmarse.

–De todos modos, y sea como sea –dijo Renato, volviendo a pensar en la corona española–, es cierto que bien podríamos los italianos aprender de esos otros peninsulares. Que hasta Portugal han unido a sus posesiones.

–¿Quiénes? ¿Nosotros? –En la voz de Nicolo había una incredulidad mayor que la de Santo Tomás–. No lo verán los cielos, por desgracia. ¿Acaso os imagináis al Santo Padre de Roma como un Augusto redivivo llevando a sus guardias suizos a la conquista de los sabinos? No, amigo. Bastante tiene con sus concilios y sus basílicas a medio construir…

–Algún duque habrá capaz…

–¿Duques? ¿El de Saboya, quizá, que tiene que lidiar con los franceses día sí y día también? ¿Los inexistentes Sforza del Milanesado? ¿El patán que gobierna la República de Venecia?

»No, estimado Renato. Más fácil vería que un estibador descamisado de alguna ciudad costera lograra la unificación de Italia que esos dirigentes centrados en sus pugnas internas y en el logro de beneficios comerciales.

–Es posible que tengáis razón –dijo Renato encogiéndose de hombros–. Quizá el sino de Italia sea por siempre estar desunida.

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12 thoughts on “Renato, el agente castrato: En su salsa

  1. Jamás supuse que Garibaldi, premonición tricentenaria de Nicolo, fuese estibador. Lo tenía, eso sí, por marinero.
    Jamás supuse que hubiese malos cocineros en cualquier sitio. De hecho, siempre lo supe positivamente, que no ha de faltar un cocinero escaso de sal y sobrado de pisto.
    Genial la prosa, genial la disquisición sobre la unidad española desde el punto de vista de la época y genial este rato leyendo.
    En cuanto a lo de Tuco, me recordó el nombre a Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez. No lo puedo evitar, la pasta del oeste bien hecha es una de mis debilidades. Una más, ¡tengo tantas!

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    1. Juas, es que Nicolo no iba a acertar en todo lo que profetizaba, que si no sería de nota… bien pillado, sí señor. Aunque el duque de Saboya algo tendría que decir quizá también sobre unificaciones 😀
      Lo de España y todos los territorios de la Corona es porque la ristra de títulos (que aún se conservan por parte del actual Felipe VI, por cierto) es más larga que un día sin pan. ¡A ver quién es el guapo que la dice sin respirar y de memoria!
      Ains, tú y tus referencias al spaghetti western… Que no ha sido intencionada por mi parte (de hecho, confieso que he tenido que buscarlo 🙂 )

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    1. Es lo que tiene… que empiezas hablando de una cosa y terminas por los Cerros de Úbeda. ¿Has hecho alguna vez la prueba de hacer la concatenación inversa de pensamientos relacionados? Es decir, si estás pensando en algo, saber cómo has llegado hasta ahí (en plan, estoy pensando en zapatillas porque estaba pensando en deporte, porque estaba pensando en la NBA, porque estaba pensando en Denzel Washington, porque estaba viendo su última peli). Es curiosa la cadena que se puede llegar a montar 😀

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