La guerra de Sufyan (III)

(I)(II)

El día de la partida se levantó todavía más caluroso que el anterior; el sol, rojo y enorme como si quisiera rendir tributo al estandarte de Sauron, fue desplazándose en el cielo mientras la cincuentena de jóvenes se terminaba de preparar para la marcha.

–¡Mirad! –dijo uno de ellos, señalando al sol–. ¡Es una señal de buen augurio!

Muzlug asintió carcajeándose mientras examinaba los correajes que ceñían el petate de uno de los muchachos. Todos ellos portaban un zurrón que contenía las provisiones para las dos semanas de marcha que les aguardaban junto con un par de lanzas y un machete para abrirse camino entre la frondosa jungla, imprescindible para poder avanzar hasta que llegaran al Nâfarat, el gran desierto que atravesarían siguiendo la ruta que les llevaría de oasis en oasis hasta alcanzar el gran campamento haradrim que se había levantado a las afueras de Kârna, en las orillas del río Harnen.

El caudillo se aproximó a Sufyan y lo abrazó besándole en ambas mejillas.

–Hijo mío –dijo–, me siento orgulloso de ti. Serás el comandante de los aguerridos soldados de Narawfal y los conducirás a la batalla. Recuerda que el futuro de los haradrim está en tus manos.

–Padre, exageras –protestó él–. Solo somos cincuenta en un vasto ejército de miles y miles de hombres. Entre todos conseguiremos mejores tierras para nuestro pueblo, para todos los haradrim.

–Lo sé, hijo mío, lo sé –repuso Jubayar–. Es solo que me siento tremendamente feliz. ¡Ojalá pudiera acompañaros y matar a cuantos gondorianos se me pusieran por delante!

–Te dedicaré aquellos que traspase con mi lanza, padre.

Jubayar posó ambas manos sobre los hombros del joven y, con voz grave, dijo:

–Nuestras tierras se mueren, Sufyan. Hace años que no producen cosechas y el suelo no es sino un lecho muerto que se convierte en légamo improductivo cuando el cielo descarga sus ríos de lluvia. Los haradrim tenemos que salir de esta jungla o pereceremos de hambre, puesto que la caza no es abundante para darnos sustento.

–Sí, padre –asintió él; sabía perfectamente de los problemas que los acuciaban.

–Quiero que sepas algo: nuestro pueblo, Narawfal, no es el único en esas tristes condiciones. Desde hace meses, sé de los problemas que tienen los poblados cercanos que nos rinden tributo, y me han llegado noticias de lo mismo en aldeas más allá.

»La jungla está enferma, hijo mío. Se muere.

Sufyan escuchó anonadado lo que su padre le decía. Eso sí le era desconocido y se sorprendió al pensar que el caudillo debía haber cargado con ese peso él solo, sabiendo que las perspectivas de futuro eran terribles para la supervivencia de los haradrim.

–Necesitamos nuevas tierras –concluyó Jubayar.

–Necesitamos conquistar Gondor –coincidió Sufyan.

Hubo innumerables besos y abrazos de despedida ese día en Narawfal. Madres y padres, hijas e hijos y esposas sollozantes deseaban la mejor de las suertes a los soldados que, hinchando el pecho, desfilaron orgullosos siguiendo a Muzlug, que enarbolaba el estandarte del Ojo Sin Párpado, hasta que salieron del claro que ocupaba Narawfal y se perdieron entre el follaje. Sufyan, a la cabeza de todos ellos, se volvió una última vez antes de ser engullido por la vegetación y vio a su esposa. Rumaylah se despedía agitando una mano y, pese a la distancia, le pareció ver una lágrima que en su rostro reflejaba la luz del sol.

Abriéndose paso a machetazos, devoraron las leguas espoleados por el paso inclemente que les imprimía Muzlug. Bajo sus pies calzados con sandalias, el terreno negro y umbroso dio paso días después a un paisaje de arbustos y matorral bajo, indicativo de la próxima llegada de la estepa previa al Mar de la Arena. Los haradrim marchaban sin descanso, deteniéndose apenas el tiempo justo para probar un bocado, y la noche era bienvenida, el único momento en que Muzlug les permitía tumbarse para dormir unas pocas horas antes de volver a continuar el camino.

¡Sigue leyendo!

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17 thoughts on “La guerra de Sufyan (III)

  1. Estupendo… capítulo, sección, tomo o parte.
    Por criticar, que es que hoy he dormido poco y me he levantado con ganas de incordiar, me llama la atención la frase:
    «Rumaylah agitaba una mano, despidiéndose, y pese a la distancia le pareció ver el brillo de una lágrima en su rostro reflejando la luz procedente del sol.»
    No es que esté mal, ni mucho menos, pero como que la cadencia final más que conclusiva, parece de engaño y creo que es por la palabra «procedente». No sé si modificando la forma verbal —eliminando el gerundio— y cambiando o quitando «procedente» podría mejorar: «La lágrima que en su rostro reflejaba la luz del sol…» o algo así, seguro que a ti se te ocurre algo mejor.
    En cualquier caso, buenos diálogos, buen ritmo y que me tiene enganchadito.

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    1. Tienes razón, es una frase muy enrevesada, bien visto. Vamos a pensar…
      Opción 1: «Rumaylah se despedía agitando una mano, y pese a la distancia le pareció ver en su rostro el brillo de una lágrima que reflejaba la luz procedente del sol.»
      Opción 2: «Rumaylah se despedía agitando una mano, y pese a la distancia le pareció ver el brillo de la luz procedente del sol reflejada en una lágrima en su rostro.» (No. No me gusta :D)
      Opción 3 (que toma tu idea más o menos): «Rumaylah se despedía agitando una mano, y pese a la distancia le pareció ver una lágrima que en su rostro reflejaba la luz del sol.»
      La 1 y la 3 son similares, aunque el orden de las “piezas” varía bastante la cadencia, como bien señalas. ¿Qué te parece? 😉

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      1. Sí, de acuerdo, la uno o la tres, pero sin ser capaz de decidirme, ¿podría, en todo caso, seguir insistiendo en lo de «procedente»?
        Ya sabía yo que le darías forma a la frase… así. Éstas dos suenan mucho más a tu prosa habitual.

        1: «…y, pese a la distancia,…»
        3: «…y, pese a la distancia, le pareció ver una lágrima que reflejaba la luz del sol…» —¡¿Cómo?! ¡Yo siendo comedido! No me lo puedo «de creer».—

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      2. Cierto, la coma está mejor de otro modo. Me voy a quedar con la 3, que además no lleva el “procedente” que me sobra bastante mirándolo bien. Veamos con:
        «Rumaylah se despedía agitando una mano y, pese a la distancia, le pareció ver una lágrima que en su rostro reflejaba la luz del sol.»

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    1. Ni que fuera yo la cocaína 😀 😀 😀
      Nah, en serio, me alegra que os gusten mis textos. Es una satisfacción enorme 😉
      Estos debates de construcciones sintácticas, además de enriquecer un texto pues varias mentes piensan y trabajan mejor que una, son indicativas de colegueo, lo que siempre es bienvenido.

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  2. ¿Y considera Milord que después de esas jornadas a marchas forzadas llegaran a la batalla para cosa distinta que servir de carnaza ante las lanzas de Gondor? La intendencia como bien dice vuecencia resulta fundamental en la guerra. Un abrazo.
    Tengo una duda. ¿Los orcos no salen ya afilados de un horno para cocer barro?

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    1. Grandes preguntas. De hecho, para Sauron todo es carnaza. Incluso sus Nâzgul, ya que estamos, que lo que le importa el malaje es dominar todo a cualquier coste y sin importar lo que se pague. Es malo, malo, malo 😦
      Y lo de la génesis de los pueblos en Tolkien, ahí me da que la mojigatería y el reaccionarismo del buen inglés fue clave para, por ejemplo, no presentar ninguna enana (impagable el chiste de Gimli en la película, que no sale en los libros y que remite a otro de Terry Pratchett) o hacer que los orcos también parezcan surgidos como Atenea, de la cabeza de Zeus.

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    1. No te voy a decir mucho sobre los buenos/malos, que te hago spoiler 😉
      Sí que diré que ese maniqueísmo que impregna toda la obra de Tolkien es de lo que más me molesta en él, aparte de la prosa pretendidamente lírica que resulta, en realidad, plomiza (como ya hemos dicho alguna vez)

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