La guerra de Sufyan (V)

(I)(II)(III)(IV)

Kârna era una ciudad que cobijaba a unas cien mil almas tras sus altas murallas de adobe situada en la orilla del río Harnen, del que obtenía el agua necesaria para regar los cultivos que la rodeaban y le proporcionaban alimento. Mediante un ingenioso sistema de acequias, sus habitantes llevaban el precioso líquido que permitía a los campos ofrecer, año tras año, abundantes cosechas. Muchos de los cereales y frutas obtenidos esa temporada de recolección viajaban en los carros, que iban y venían desde la ciudad al formidable campamento al que se llegaba tras cruzar los diversos puentes de madera levantados para permitir el paso de las provisiones que ofrecían sustento al ingente ejército que se estaba reuniendo.

Los hombres de Narawfal quedaron boquiabiertos al contemplar la enormidad de Kârna, pues no habiendo nunca ido más allá de los límites de los territorios selváticos que su aldea dominaba, no podían concebir una aglomeración de gente y edificios de tal magnitud.

–¡Vamos, holgazanes! –les exhortó Muzlug riendo–. ¡Solo es una ciudad! ¡Me gustaría ver la cara que ponéis cuando veáis Minas Tirith!

–¿Es aún más grande? –preguntó uno de los jóvenes.

–¿Que si es más grande? –Muzlug volvió a carcajearse–. ¡Kârna es una cochiquera a su lado, muchacho!

Sufyan pensó entonces en la gran labor que tenían por delante si el objetivo del ejército era derrotar a Gondor y sus aliados. Dudaba que pudieran tener fuerzas suficientes como para demoler las casas de los Hombres del Oeste, si contaban con fortalezas todavía mayores que la ciudad que tenían delante.

–¿Crees que Sauron habrá calculado correctamente la fuerza del enemigo? –preguntó Umayr, quizá habiendo llegado a la misma conclusión que él.

–Espero que sí –contestó, no muy seguro.

El camino de Harad, como era conocida la enorme vía que cruzaba desde el río Poros las regiones del sur de la Tierra Media, atravesaba Kârna justo por su mitad y los guerreros lo habían seguido desde que abandonaron el desierto; ahora, entraban por la enorme puerta que indicaba el inicio de la ciudad y esperaron mientras Muzlug hablaba con el destacamento que vigilaba la entrada. Eran unos haradrim de tez no tan oscura como Sufyan y ojos oscuros, pelo ensortijado y moreno y expresión adusta, que miraron con desconfianza a los recién llegados pero a los que, tras un rápido escrutinio, dejaron pasar sin problemas.

–¡Tenéis suerte, muchachos! –les dijo Muzlug nada más entrar, golpeando su palma con el puño–. Hemos llegado un día antes de lo previsto, así que os voy a llevar a conocer la comida de la zona. ¡Tenéis que rellenar esas carnes tan magras!

Los jóvenes gritaron mostrando su satisfacción, pareciendo olvidar todas las penalidades pasadas durante la marcha. Siguieron a Muzlug apretando de modo inconsciente el paso hasta una serie de callejas laterales, alejadas del ruidoso barullo provocado por el tráfico de personas, carros, caballos y camellos de la avenida central. Unos edificios bajos, en piedra, madera y adobe, se apiñaban a un lado y otro, y las gentes miraban a los soldados con curiosidad al pasar. Algunos de ellos prorrumpían tímidamente en aplausos y los muchachos les devolvían la cortesía con un saludo y una sonrisa.

–Sois héroes, disfrutadlo –dijo Muzlug abriendo la puerta de un edificio de dos plantas desde el que salía una sinfonía de olores y música.

Estaba resultando ser un día de novedades maravillosas. Sufyan entró por primera vez en su vida en una taberna y no podía dejar de mirar todo asombrado, pues no dejaba de pensar que las gentes de Kârna vivían en la opulencia viendo cómo las jarras de vino y cerveza corrían de un lado a otro, los platos repletos de comida eran devorados sin mesura por los parroquianos, y buhoneros ambulantes ofrecían todo tipo de preciosos abalorios. Aunque sabían qué era el dinero, en los poblados de la jungla era innecesario, y le produjo una fuerte impresión ver cómo las doradas monedas cambiaban de mano con una rapidez mayor que la carrera del jaguar.

Muzlug les hizo sentarse en varias mesas cercanas tras desalojar a algunos reticentes rufianes y encargó una serie de platos que pronto desfilaron ante los hombres. Sufyan se extrañó al ver el arranque de generosidad de Muzlug y así se lo hizo saber a su amigo:

–¿Entiendes este cambio de humor? –preguntó.

–La verdad es que no. –Umayr se encogió de hombros mientras cogía un pedazo de carne de un guiso que desprendía un aroma dulzón y lo echaba sobre una gruesa rebanada de pan; probarlo le hizo poner cara de absoluto deleite–. Pero no me importa. ¡Come, amigo mío!

Sufyan así lo hizo, y comió y bebió mientras escuchaba los cantos que de modo espontáneo se producían en las mesas de la taberna. Muzlug, cuyo humor se volvió todavía más bueno conforme las jarras de vino vacías se amontonaban frente a él, les animó a cantar algo de su tierra y Zeika, que destacaba por su hermosa voz, se puso en pie. Después que Muzlug hiciera callar a gritos a los presentes, entonó la canción del mono y la vieja:

Andaba la vieja en la selva, trán–trán,

buscando raíces y bayas que comer,

pero solo encontró unas setas, trán–trán,

de aspecto tan feo que no las quiso coger.

Oyó un sonido en las ramas de un árbol

y miró con gran miedo en el cuerpo, trán–trán.

Había allí un mono pelón agazapado

que comía una fruta de muy buen aspecto, trán–trán.

–¿Por qué no me das un poquito de eso?

preguntó la vieja cuyas tripas rugían, trán–trán,

y el mono la miró y con guasa le lanzó un beso

subiendo por el tronco para esconderse, trán–trán.

–¡Maldito mono glotón! –gritó ella, trán–trán,

–¡Me muero de hambre y todo te quedas!

Y el mono, que la entendió, riendo, trán–trán

le tiró el hueso y le dio en la cabeza.

La canción fue celebrada con risotadas y los gritos que pedían con insistencia que cantara otra hicieron que Zeika entonara diversas piececillas de tono cómico, aportando un aire festivo a la taberna. Algunos de los clientes, cuyas mejillas presentaban el color rojizo que da el vino bebido en abundancia, apartaron sillas y mesas para lanzarse a un baile caótico y deslavazado que acabó con más de uno de ellos rodando por el suelo.

Sufyan sonreía al ver la escena, pero para nada obnubilado por los vapores del alcohol, vio que un hombre, de la misma raza que Muzlug, entraba en el lugar y, tras echar un vistazo en rededor, se dirigía hacia la mesa a la que se encontraban sentados. Muzlug lo vio y se levantó para ir a su encuentro, saludándolo con efusividad cogiendo su antebrazo. Pese a que intentó captar algo de la conversación, el barullo era demasiado como entender nada de ella, y Sufyan olvidó el asunto.

Ya estaba muy avanzada la tarde cuando por fin Muzlug les dijo que tenían que salir de la taberna y dirigirse al campamento para pasar la noche. Algunos de ellos tenían problemas para mantenerse erguidos y Sufyan ordenó a los más sobrios que los ayudaran. Despacio, con algún que otro trastabilleo y caída, los guerreros avanzaron por las calles de Kârna bañadas por el rojo ocaso y atravesaron el puente hecho con piedras que cruzaba el río Harnen, una construcción de tiempos antiguos que se debía a las magníficas artes que trajeron los hombres de la isla de Númenor antes de ser engullida por las aguas, un ancho puente cuyos cinco arcos se erguían desafiantes sobre la tumultuosa y oscura corriente de agua y permitían el paso de seis carretas una al lado de otra por su tablero pavimentado.

Dejaron atrás, pues, el bullicio de la ciudad para adentrarse en el ordenado y silencioso campamento marcial, una colosal estructura rodeada por una empalizada y cuyo tamaño rivalizaba con el de Kârna para poder albergar los miles y miles de efectivos que combatirían bajo el estandarte del Ojo Sin Párpado. Tiendas y más tiendas formaban hileras cobijando a los regimientos de haradrim, y los jóvenes de Narawfal vieron cómo los soldados caminaban en su interior manteniendo en todo momento una postura profesional y seria.

A la entrada del campamento, Muzlug mantuvo una pequeña conversación con los guardias, que hicieron llamar al encargado de intendencia para señalar cuál era el lugar que los recién llegados tenían adjudicado.

–Bien, muchachos –les dijo, volviéndose hacia ellos cuando terminó de hablar con el intendente–. Uno de los guardias os acompañará hasta vuestras tiendas y os explicará qué es lo que tenéis que hacer. Aquí os dejo.

Sufyan lo miró con una mezcla de extrañeza y alivio. La tarde pasada a su salud no podía borrar los arbitrarios estallidos de violencia que había tenido a lo largo del viaje, pero, para no terminar enemistados, le tendió la mano. Muzlug la apretó firmemente, diciendo:

–Buena suerte, Sufyan. ¡Y vosotros, haced lo que os diga o volveré para despellejaros!

¡Sigue leyendo!

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23 thoughts on “La guerra de Sufyan (V)

  1. Casi que de este capítulo se podría hacer un relato independiente, con unas pocas explicaciones iniciales y con un final algo más contundente: Le da la mano y lo apuñala simultáneamente —¿a quién le habré leído algo así últimamente?— en venganza por los excesos cometidos.
    Genial todo: personajes, descripciones, ambientes, argumento —como he dicho al principio—, incluso ¡una canción! Sí, lo dicho, genial.
    A ver si vemos en qué termina la cosa, que ya me tienes en ascuas…

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    1. Gracias, buen hombre. Una vez más, me haces feliz como escritorcillo 😉
      Y la canción, es que si es un fan fiction de Tolkien, es obligado que exista. ¡Que Tolkien es bastante palizas con las cancioncitas! 😀 😀 😀
      Lo reconozco, por cierto: la inspiración de esta escena es muy evidente, la posada de Cebadilla Mantecona en Bree, pero sin hobbits, ni anillos, ni montaraces de rostro adusto que fuman en pipa…

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  2. Bueno al menos al final de tantas calamidades, los salvajes de la jungla se han topado con los placeres que ofrece la mesa de una rica región. Ese orco, que de repente se muestra tan contento, es sospechoso desde el primer encuentro. ¿Y dice vuecencia que mañana mismo les toca combate con esa resaca de oso? Mal síntoma. Un abrazo.

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    1. Cierto: ¿Qué sería de un texto ambientado en el mundo de Tolkien sin canciones? Que a veces, se hacen un poco pesadas, todo hay que decirlo… Y es que, en realidad, y pese a lo que parezca, no soy un fan de Tolkien (lo fui, pero renegué de su prosa, su mundo me sigue gustando). ¡Un saludo de vuelta!

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      1. No no no, No quiero decir que seas un fan de Tolkien, de los que corren por bosques con espadas de madera. 🙂 Sino que siendo escritor saber imaginar y recrear los mundos ajenos muy bien ambientados. Y la canción no no es pesada de nada, es perfecta. 🙂

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      2. En su día lo fui, de verdad 😉
        Eso sí, nada de ir disfrazado, que siempre he tenido bastante sentido del ridículo y demasiado orgullo como para ir con pintas raras, hecho un adefesio. De hecho, he sido (y sigo siendo, no lo voy a negar) friki de muchas cosas, por muchos años que pasen, aunque lo disimulo (nadie diría que escucho heavy, leo comics y me chifla la fantasía, por ejemplo) 😀 😀 😀
        En fin, ¡gracias mil por comentar!

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    1. Bien vista la coma, que si no la frase es muy larga. Edito ya mismo.
      Tolkien y sus canciones. ¿Los hobbits se paran a comer? Canción. ¿Los hobbits tienen miedo? Canción. ¿Frodo se va a mear? Canción 😀 😀 😀 😀
      La escena está inspirada en el Poney Pisador, así que una cancioncita no podía faltar. Aunque reniegue de Tolkien (no de su universo, insisto), al crear este fan fiction he intentado captar su esencia y adaptarla a mi forma de escribir, plasmando situaciones paralelas, como esta de la posada.
      Me alegra mogollón que te enganche 😉

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