La guerra de Sufyan (VI)

(I)(II)(III)(IV)(V)

Fue gratificante dormir en las tiendas que se asignaron a los guerreros de Narawfal. Tuvieron que apiñarse un tanto, pero tener un techo, aunque fuera de lona, resultó una agradable variación a la rutina de marcha y sueño al raso de los días anteriores. Se les indicó, además, que tendrían acceso al pabellón donde se servían las tres comidas diarias a la hora establecida, lo que les convenció acerca de las bondades que un campamento militar podía ofrecer.

Sin embargo, la contrapartida consistiría, como le indicó el guardia que les había acompañado a sus tiendas la noche anterior, en una rutina de entrenamiento para enseñarles a luchar como parte de un ejército; guiados por Sufyan, se dirigieron a la gran explanada en la que miles y miles de soldados llevaban a cabo maniobras bajo la atenta mirada de los instructores.

La inmensa zona estaba rodeada por una pequeña cerca con una única abertura en la que había varios hombres. Uno de ellos, sentado a una mesa y ocupado en garrapatear notas sobre una hoja, les miró al acercarse e hizo señas a Sufyan para que se acercara, reconociéndolo de modo intuitivo como el líder del grupo.

–¿Quién sois? –preguntó.

–Somos el grupo de Narawfal, señor –contestó él. Se fijó en que en la mano izquierda le faltaban dos dedos, amputados a la altura del nudillo.

–¿Narawfal? –El hombre rebuscó entre una pila de documentos y asintió cuando encontró el que necesitaba–. Ya veo. Cincuenta hombres.

–Sí, señor –asintió Sufyan.

–Cada uno recibirá un uniforme –comenzó a recitar–; cuidadlo, porque es un regalo que muestra la magnanimidad del gran Sauron. Veo que lleváis lanzas, eso es bueno. A ti –señaló a Sufyan– se te concederá un alfanje como símbolo de autoridad. ¿Quién es tu segundo?

–¿Señor? –inquirió confuso.

–Tu segundo al mando. ¿Quién es?

–Umayr –respondió sin pensar dando el nombre de su amigo.

–Bien. Él también tendrá un alfanje. Pasad por la armería –ordenó señalando un edificio hecho con troncos– y luego preguntad por el sargento Meharad. Será vuestro superior. ¡Siguiente!

Los jóvenes hicieron lo que se les dijo y recibieron unas prendas con las que se vistieron. Acostumbrados a poco más que faldellines, sintieron cierta extrañeza al ir tapados por completo con una túnica escarlata que se ceñía al cinto con un cordón de cuero, mientras que la cabeza se cubría con un turbante negro al que había que dar varias vueltas para sujetarlo. Tan solo los ojos quedaban al descubierto, de modo que los jóvenes, cuando se incorporaron al resto de guerreros en el campo de ejercicio, se fundieron con la masa uniformada, amalgamándose y diluyendo su identidad.

Se habían convertido en unas piezas más del enorme ejército del Ojo Sin Párpado, indistinguibles del resto.

El arma pesaba demasiado en las manos de Sufyan. No era un alfanje hecho con la habilidad que muchos artesanos herreros poseían, sino que se trataba de un arma realizada, como todas las que los soldados portaban, con moldes sobre los que se vertía el hierro fundido. No había mimo ni arte en su hoja, pero al joven eso no le importó. Nunca había utilizado un arma que no fuera una lanza o una honda, y el peso era excesivo, aunque la enarboló frente a sí gracias a la fuerza que su juventud le daba.

–Imagino que nos darán lecciones de cómo manejarla –comentó Umayr mirando su filo de forma desconfiada.

–Siempre podremos enfrentarnos a Gondor con los puños, ¿eh? –bromeó Sufyan antes de llegar frente al sargento, que les indicó cuál iba a ser su rutina durante la próxima semana: se centraría en la comprensión de los rudimentos básicos del combate entre grandes formaciones. A Umayr y Sufyan, como jefes del grupo, les correspondería además aprender sobre señales y órdenes en batalla, así como algunos otros aspectos relativos a la cadena de mando.

–En tres semanas, el ejército se moverá hacia el norte –había terminado el sargento, antes de empezar a ordenar ejercicios de entrenamiento.

Y, conforme Sufyan lanzaba tajos y estocadas, haciéndose con el manejo de un arma de una forma más fácil de lo que creía, miraba a un lado y otro, contemplando la gran marea escarlata que conformaban los compañeros del ejército haradrim, miembros de la poderosa coalición bajo la bandera del señor de Mordor, una masa imponente e invencible que tomaría las fértiles tierras al norte del río Poros para su cultivo; así obtendrían abundantes cosechas que alimentarían a las gentes de tez oscura y a sus hijos, dándoles por fin el futuro que se merecían.

–Me sigue sin gustar –le comentó un día Umayr tras lanzar un tajo que Sufyan paró con su propio filo–. Este maldito alfanje es demasiado pesado y el brazo se me cansa en cuanto lanzo tres golpes.

–Eso es –rio Sufyan fintando y barriendo frente a sí, obligando a su amigo a echarse hacia atrás– porque tienes menos fuerza que las niñas del poblado, amigo mío. Quizá podrías intentar matar con tus lloriqueos a los gondorianos.

–¡Ja! ¡No tiene gracia, Sufyan! –protestó él, parando el tajo, lo que hizo que las armas cantasen un tono metálico y grave–. Sabes que soy mejor que tú con la lanza.

–No te lo niego. –Sufyan volvió a hacerle retroceder–. Pero ahora eres un jefe, alguien importante, y tienes que llevar un arma importante.

–¿Importante esto? –Levantó las manos pidiendo cuartel y levantó el alfanje a la altura de los ojos–. Esta espada es basura, según he oído.

–¿Ahora eres experto en espadas? –inquirió sonriendo Sufyan, recuperando el resuello y envainando su alfanje.

–No. Pero he hablado con soldados de la Cercana Harad más acostumbrados que nosotros a ellas. Y dicen que estas las ha hecho un herrero manco y ciego, que incluso en sus pueblos más pobres las armas que salen de las fraguas son mucho mejores.

–Siempre puedes utilizar las lanzas –comentó Sufyan encogiendo los hombros.

–Y creo que será lo que haga. En la batalla, no pienso sacar el alfanje de su vaina.

Sufyan enarcó una ceja, pero no dijo nada. Al contrario que a su amigo, a él le gustaba pelear con el alfanje, sentir la empuñadura al aferrarla con fuerza y escuchar el silbido que producía el filo al cortar el aire cuando tajaba frente a sí. Se había acostumbrado en un lapso de tiempo bastante breve y, aunque no se lo decían, estaba seguro de satisfacer a los instructores de espada que le desvelaban los secretos de la esgrima.

–Como quieras –dijo al fin–. Lo importante es el número de gondorianos que caigan frente a ti. No importa cómo ni con qué arma.

Entonces, se giraron al escuchar un murmullo que creció en intensidad, un agitamiento que estremeció las filas de soldados haradrim. Sucedía algo tan interesante, por lo visto, que la disciplina de entrenamiento se había roto y todos se empezaron a mover hacia la zona de entrada de la explanada, sin atender a los gritos y amenazas de los instructores que, por fin, se rindieron y dejaron que los hombres acudieran a ver qué pasaba.

Sufyan y Umayr se miraron con extrañeza y comenzaron a seguir al torrente de soldados, pero por mucho que preguntaron, nadie sabía qué pasaba. Alguien gritó lo suficientemente fuerte como para hacerse oír:

–¡Mûmak! ¡Mûmak!

Una enorme criatura, grande como una casa, se hizo visible para todos ellos. Conducida por un hombre sentado en su poderosa testa, el titán avanzaba despacio, la enorme trompa balanceándose como un péndulo. Sufyan, boquiabierto, contempló los gigantescos colmillos capaces de empalar a un caballo, y comprendió la fascinación que tantos haradrim sentían por unos animales que vivían al sur, muy al sur, más allá de Narawfal, y cuyo adiestramiento era tan arduo y peligroso que muy pocas veces habían acompañado a los hombres a la batalla.

Y sin embargo, ahí estaba, frente a ellos, con el Ojo Sin Párpado pintado en sus flancos y portando el estandarte de Sauron sobre la plataforma que descansaba en su ancho lomo.

El mûmakil, con paso lento y poderoso, fue guiado tras atravesar el gran puente de Kârna a una zona anexa al campamento, donde los cuidadores del coloso le colocarían los pertrechos que le convertirían en una máquina de guerra todavía más poderosa, capaz de aplastar a sus enemigos y barrerlos con sus embestidas.

A lo largo de la tarde, los haradrim vieron cómo se sumaban más mûmakil al ejército, y, aunque ya no supuso un espectáculo emocionante verlos desfilar barritando, todos tuvieron el firme convencimiento de ser los seguros vencedores en la guerra que les esperaba, diciéndose que nadie podría detener las hordas del Señor Oscuro si era capaz de contar con tan poderosas bestias.

¡Sigue leyendo!

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13 thoughts on “La guerra de Sufyan (VI)

  1. Creo que hay una errata Milord. “así obtendrían ferales cosechas”. A lo mejor nos podemos conformar con que sean abundantes? Bien, al lío, mal asunto porque la calidad del equipo augura un peor futuro para los soldados equipados con armamento de baratillo. Veo que ya entramos en la materia que justifica la acción bélica de los cincuenta. La cuestión de la manduca familiar. Siempre de tan triste actualidad. Y el bicho ese que, como un mamut cabreado, no reconoce amigos entre las gentes que aplasta no promete nada bueno. Pero nada de nada. Un abrazo.

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    1. Cierto. No sé en qué estaba pensando. Cambio lo de las cosechas pero a la voz de “ya”.
      Y es que, a fin de cuentas, el principal móvil de todo ser vivo es poder asegurar la comida (bueno, a veces, es secundario, pero ya me entiendes), y si hay que guerrear, pues se guerrea, claro. Otra cosa es que a Sauron, que todos sabemos que no come, le importe mucho el tema…
      Y siempre podrán zamparse un muslo de mûmakil si eso, ¿no? 😀

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  2. Poderosas criaturas los mumakils, yo apostaría que Tolkien se inspiró en los elefantes de Aníbal sin dudar 😉 Genial esta parte también!
    Propuesta de mejora: hacia el final, durante un largo diálogo, dices “(…) con soldados de la Cercana Harad”, supongo que cercana no debería ir en mayúsculas.

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    1. Yo pienso más en los elefantes indios, más grandes y capaces de albergar casamatas en sus lomos, pero la esencia es la misma, en efecto.
      Cercana Harad es el nombre de la región, así como Lejana Harad, como… no sé… dos provincias de la misma región que se diferencian en el toponímico dado con respecto a la situación geográfica de Gondor (que son quienes cortan el bacalao a la hora de hacer los mapas 😀 ), así que ambas son nombres propios 😉

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  3. Bueno, bueno, bueno, historias de la p.t. mili.
    La verdad es que me parece que refleja bastante bien esa sensación de «orden desordenado» que debía —oso decir yo— existir en los ejércitos antaño y el asombro de unos «paletos» ante el despliegue de medios del Ojo sin Colirio.
    De la forma, ni hablo, por no repetir… 😉

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    1. A la hora de describir campamentos militares, tengo en mente dos modelos básicos: el romano, con su orden (y desorden como dices) básico, por un lado, y el que surge en plan aleatorio, más medieval, por así decirlo. Tanto aquí como en La sombra dorada he optado por el primer tipo, en una decisión, creo yo, lógica: tanto Vetero como las hordas haradrim (que recordemos tuvieron gobernantes descendientes de los Númenóreanos) son tirando a ordenadicos y disciplinados. Nada que ver con los orcos, que se tiran allá donde caen y a correr, como bien plasma Jackson en sus películas sobre Tolkien.
      ¡Un gusto leer tus comentarios! 🙂

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