La guerra de Sufyan (VII)

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El adiestramiento continuó haciendo de los jóvenes de Narawfal unos guerreros disciplinados y certeros en el manejo de sus lanzas, y Sufyan y Umayr se sentían orgullosos de ser los jefes de unos hombres tan bien preparados para la lucha y dispuestos a morir por el futuro de su pueblo. De vez en cuando, el sargento que los instruía les lanzaba arengas en las que mezclaba insultos y vituperios contra los Hombres del Oeste con promesas de valles fértiles cubiertos de cosechas y corrales de ganado, un paraíso que les esperaba tras la victoria en el que los países antiguos serían olvidados y un nuevo mundo resurgiría bajo la égida del Ojo Sin Párpado.

Los haradrim, cada vez más enfervorizados, no veían el momento de escuchar las órdenes que les pusieran en movimiento hacia el norte, para atravesar la región de Harondor y llegar a la frontera sur con Gondor, para llevar la muerte y el fuego a los altaneros moradores de Minas Tirith.

Como oficial con tropas a su mando, a Sufyan le habían proporcionado una pequeña bolsita de cuero con monedas en su interior, para gastarla en lo que deseara. Aunque en realidad no sabía qué hacer con el dinero, una noche decidió ir a la ciudad junto a su amigo, para ver qué uso podían darle. Dudaba mucho que, una vez marcharan hacia la guerra, tuviera ocasión de hacerlo, y Umayr estuvo de acuerdo.

Como a los soldados solo se les exigía permanecer dentro del campamento durante el día, entre los dos sonidos de trompa que marcaban el inicio y el final de la dura rutina de entrenamiento, nadie les miró siquiera cuando salieron del campamento.

Iluminada por las antorchas que colgaban a intervalos regulares de las paredes de las casas, Kârna les pareció en verdad amenazadora. Los fuegos anaranjados provocaban trémulas sombras en las que parecían ocultarse peligros muy diferentes a los que ofrecía su jungla natal. Con todo, dudaban mucho que ningún bribón fuera a intentar nada con dos soldados haradrim, pues vestían la característica túnica escarlata del ejército y habían decidido colgarse los alfanjes del cinto.

Muchas de las calles de la ciudad estaban silenciosas y vacías, los ocupantes de las casas seguramente durmiendo, así que siguieron los sonidos de fiesta y jolgorio que parecían provenir de un barrio situado al oeste. Entraron, de ese modo, en una zona de tabernas y fondas, y se dieron cuenta entonces que era el lugar donde habían estado con Muzlug el primer día que llegaron. No sabiendo muy bien por qué local optar, decidieron acudir a la tasca que ya conocían.

El interior de la misma les recibió con una bofetada de calor en el rostro. La posada, atestada y sofocante, reunía a una variopinta colección de haradrim procedentes de diferentes regiones, desde los más oscuros de piel, más aún que Sufyan y Umayr, a los norteños de piel cobriza. Sentados a las mesas sucias, llenas de charcos de vino y cerveza, comiendo y bebiendo y cantando, jugando a los dados, contando las hazañas que habían realizado con sus armas y que iban a realizar, entre ellos iba y venía un pequeño ejército de camareras que portaban humeantes viandas en sus bandejas, devoradas con fruición a cambio de las doradas monedas que les daban por ellas.

El posadero, un hombre alto y delgadísimo con cara afilada y ojos saltones, parecía tener una sonrisa perpetua instalada en la cara al ver lo bien que marchaba su negocio, y se frotaba las manos, de manera inconsciente, cada vez que veía el brillo del oro reluciente.

–¿Qué va a ser amigos míos, valientes haradrim? –les preguntó obsequioso cuando se acercaron hasta la barra.

–Queremos dos jarras de vino, posadero –dijo Sufyan.

–¿Algo de comer? ¿Chuletillas de cordero? ¿Lomo de cerdo? ¿Quizá muslo de camello? Tengo algo de cocido realmente exquisito…

–No, gracias, ya hemos cenado –replicó el joven.

–¡Ah, ya veo! De todos modos, si desean una escudilla y una cuchara, no tienen más que pedirla, nobles señores… ¡Aunque quizá cuando lo hagan me haya quedado sin existencias, tal es el ritmo al que comen mis buenos invitados!

Sufyan rio la ocurrencia, pero negó con las manos.

–Gracias, señor, pero no comeremos nada.

–Con la bebida nos basta –apostilló Umayr, guiñando un ojo.

–Sea entonces –dijo el posadero–. ¡Dos jarras de mi mejor vino!

Tras buscar con la mirada un sitio libre, los dos amigos se sentaron en un par de taburetes junto a una mesa que era poco más que un tablero puesto sobre un tocón de árbol, en la esquina del fondo, y bebieron despacio, saboreando el licor mientras bajaba por sus gargantas. Su conversación pronto derivó hacia su pueblo, Narawfal, que tan al sur quedaba entonces, y si bien su ánimo no se ensombreció, sí sintieron una profunda nostalgia por todo aquello que habían dejado atrás. Sufyan pensó en su padre y madre pero, sobre todo, su mente vagó hacia su querida mujer, Rumaylah, quien quizá estuviera a punto de dar a luz a su hijo.

–Te juro –dijo, con un tanto de valentía producida por el efecto embriagador del vino– que mi hijo conocerá un mundo mejor, Umayr. Daré mi sangre si es necesario para que nuestra gente pueda vivir en una tierra que no sea yerma y estéril, en la que conseguir el alimento no suponga un laborioso trabajo, muchas veces no recompensado.

–Te oigo y así lo juro yo también. –Umayr levantó la jarra y bebió un largo trago para remarcar sus palabras–. ¡Espera! ¡Mira ahí! ¡Mira quien entra!

–¡Es Muzlug! –exclamó Sufyan tras fijar su vista en la puerta de la posada, donde le había indicado su amigo–. ¡Saludémosle!

No lo habían visto desde el día en que les dejó a la entrada del campamento, y si bien aún recordaban su trato brusco e incluso brutal en ocasiones, entendían que todos formaban parte del mismo ejército, que todos eran camaradas de armas.

–¡Alto! –Umayr le cogió del brazo y le obligó a sentarse–. Va con ese rufián con el que se juntó aquí mismo.

–¿Rufián? –preguntó Sufyan; los vio hablar ese día, pero para nada hubiera calificado al hombre como tal.

–Sí –asintió Umayr moviendo con vehemencia la cabeza–. ¿No viste el brillo de sus ojos? Había en ellos algo malo, amigo mío.

–Hummm…

Sufyan miró pensativo a Muzlug y su acompañante, que pasaron con rapidez entre las mesas y se dirigieron directos hacia la escalera que conducía a las habitaciones del piso de arriba, sin siquiera saludar al posadero.

–Sigámosles –dijo de repente Sufyan, pensando que estaba a punto de dar comienzo a una aventura.

–¿Seguirles? –Umayr lo miró pestañeando, confuso–. ¿Para qué, si puede saberse?

–Bueno, vamos a ver qué hace Muzlug con ese tipo, ¿no? –dijo guiñándole un ojo, pareciendo por un momento un chiquillo que deseaba hacer una travesura.

Umayr se encogió de hombros y siguió a su amigo escaleras arriba.

¡Sigue leyendo!

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9 thoughts on “La guerra de Sufyan (VII)

  1. Si la curiosidad mató al gato, temo que el conocimiento de lo que se está cociendo acabe con las esperanzas de los sureños para llenar el puchero en el futuro. A ver que sucede, oculto en un rincón, disfrazado de autillo casero me quedo espiando. Un abrazo.

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