La sombra dorada: La compañía de teatro

Como agradecimiento personal (y personalizado) a Iris Montes Meseguer, también conocida por su blog Agathatelocuenta, cuelgo el siguiente relato ambientado en mi novela La sombra dorada.

Como siempre, espero que lo disfrutéis.

LA COMPAÑÍA DE TEATRO

La joven era una preciosidad, del tipo que hace que los hombres se atraganten y las mujeres suspiren con envidia, esbelta de cuerpo, pechos firmes y pequeños, cuello de cisne coronado por una faz ligeramente aceitunada en la que los ojos esmeralda rutilaban con luz propia. Se tocó, con un gesto infantil, el mechón de trigo maduro que le caía sobre la mejilla sonrosada por el esfuerzo de haber cantado una pieza de excepcional complejidad.

Que cantó a la perfección.

Ágata la contemplaba boquiabierta sin poder moverse en su asiento, al igual que el resto de integrantes de su pequeña compañía de teatro. Nunca jamás imaginó que, cuando colocó los carteles en Vetero anunciando que necesitaban una nueva actriz para su función, se iba a presentar… ¡Demonios, de la impresión había olvidado hasta cómo se llamaba!

–¿Y bien? –preguntó la muchacha bajando la vista hacia las maderas del tablado en el que estaba subida, como avergonzada.

–Estupendo, cielo. –Ágata, saliendo del hechizo, se levantó de la incómoda silla de madera sintiendo el cuerpo agarrotado y se acercó con pasos torpes hasta ella. La gelatina en la que se habían convertido sus piernas podía deberse a la mala postura en la que había estado sentada, pero suponía que era más bien por la emoción de escucharla–. ¿Nunca has actuado, has dicho…?

–No, señora.

–¡Oh, vamos! –Ágata meneó la mano riendo–. Llámame Ágata. Sin más.

–Entonces tú a mí solo Fedra. –Ágata se palmeó la frente de modo mental. Fedra. Eso era–. ¿Estoy contratada?

–Mira, cielo –contestó la dueña y creadora de los textos de la compañía “Cuentos de Ágata”–, no te voy a mentir: este mundillo es duro y, a veces, sucio. Eres buena, pero te falta experiencia… –Era cierto, pero Ágata no estaba dispuesta a dejarla pasar, así que suavizó su voz al decir–: Aunque eso tiene fácil solución. No puedo ofrecerte mucho… somos un grupo con un teatro pequeño… –La mujer señaló con el brazo en rededor, indicando la estructura de madera de tamaño bastante más pequeño que las enormes construcciones de ocio que salpicaban la capital imperial, propiedad de grandes dramaturgos y patrones con mucho dinero e influencia–. Pero tenemos ambición, Fedra.

Cogió las manos de la muchacha entre las suyas y la miró con una sonrisa que esperaba fuera maternal, pese a que, como mucho, le sacaría diez años.

–Me encantaría formar parte de tu compañía, Ágata. Esta obra es… maravillosa.

–Bueno –objetó Ágata con falsa humildad–, tengo que reconocer que es una de mis mejores obras, pero lo cierto es que el personaje de Serena se escribe solo.

–Sus hazañas al frente del ejército merecen ser contadas por una pluma como la tuya. –La voz de Rento le llegó desde su espalda; el hombre siempre estaba dispuesto a lanzarle un halago, deseando que algún día ella correspondiera a sus avances y flirteos.

Ágata meneó la cabeza, esperando que la inoportuna intervención de Rento no hubiera destejido la red de fascinación que estaba intentando tender en torno a Fedra. Por fortuna, la joven estaba más que emocionada con la posibilidad de interpretar el papel de la Consejera de Asuntos Militares de Vetero:

–Me encantaría participar, de verdad –dijo–. Siempre he soñado con ser actriz.

–Fino. –Ágata respondió sin querer en el término que en el veterés dialectal de su región, Deplonía, significaba “bien” –. Tendremos que empezar a ensayar hoy mismo, para ser los primeros en estrenar la obra que relate el épico triunfo de Serena…

–¡Fedra Cureña! ¿¡Quién de los presentes es Fedra Cureña!?

El vozarrón de un hombre se impuso a todo otro sonido. Se giraron hacia la entrada del teatro y vieron un par de soldados del imperio, vestidos con uniformes grises y ambarinos, grebas y media coraza de desfile, un tanto malcarados y con pose desafiante, los brazos en jarras, las miradas posadas con atención sobre los actores.

Fedra levantó con timidez la mano, mascullando algo que podría interpretarse como un “soy yo”.

–¿Qué es lo que ocurre? –Con pasos rápidos, Ágata se plantó frente a los dos hombres. Sabía que eran reclutadores, así que nada bueno podía esperarse si preguntaban por la que, estaba segura, iba a ser la próxima estrella teatral de Vetero.

–Señora –dijo él, mientras el otro miraba a las molduras en escayola del techo que representaban figuras de cuento–, hemos sabido que Fedra Cureña se encontraba aquí con la intención de… –Ágata meneó la mano interrumpiendo al reclutador; sabía muy bien por qué estaba Fedra ahí esa hermosa tarde de finales de primavera–. Ha sido llamada a filas, señorita Cureña, así que tendrá que acompañarnos.

Pese a que el hombre había estirado el cuello para dirigirse a la joven, Ágata se interpuso todavía más inundando su campo de visión y, con voz dura, dijo:

–¿Reclutar? ¿Acaso el ejército de Vetero no tiene suficientes efectivos ya? ¿O es que ahora nos hemos convertido en una nación agresora?

–Señora… –balbució el soldado–. Solo cumplo órdenes.

–Y las órdenes –terció el otro reclutador– son llevar al cuartel a Fedra Cureña para su inscripción en el censo castrense. Señora –añadió con retintín.

Ágata los miró con la misma cara que pone alguien cuando toma leche agriada. Tendió la mano y el soldado, dominado por el aura de autoridad que de repente desprendió ella, le dio el papel que contenía la orden. Lo leyó y, para su desgracia, vio que todo era correcto, devolviéndoselo con un juramento entre dientes.

–Sigue vigente la ley de engrosamiento de filas sustitutoria, ¿no es así? –El reclutador asintió–. De acuerdo. Perfecto.

»Iré yo por ella.

–¿¡Qué!? –gritaron al unísono todos los integrantes de la compañía.

Ágata se volvió con una sonrisa triste en el rostro y elevó los brazos con teatralidad, como si estuviera desempeñando el último papel de su vida, y dijo:

–Amigos míos. Llevad a escena esta obra y haced que el teatro se derrumbe con los aplausos. Hacedlo por mí y recordadme cuando estéis actuando ante el público, pues yo os tendré presente siempre en mis corazones allá donde esté.

»Y tú, Fedra, aprovecha este regalo que te doy y actúa como si la siguiente bocanada de aire que respires dependiera de ello. Te lo ruego: haz que me sienta orgullosa de mi Serena.

Fedra asintió compungida y, con un hilo de voz, replicó:

–Pero… no puedo aceptarlo…

–No, cielo. Tu destino no está en el campo de batalla. Has nacido para llevar la alegría y la pena a los corazones de quienes te vean. Mi pasado vuelve de nuevo a mí, y veo que no puedo seguir evitándolo.

Pues Ágata, antes de convertirse en una empresaria dramaturga de moderado, o más bien pequeño, éxito, sirvió en las guarniciones de Deplonía y su experiencia militar sería más útil para el ejército de Vetero que la vida de Fedra.

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16 thoughts on “La sombra dorada: La compañía de teatro

  1. Un texto teatral y melodramático cual corresponde al contexto, casi diría un clásico que parece revolucionario por el genero de las protagonistas con un elevado nivel emocional. Sí bien ya no estamos habituados al todo por la patria, desde que se la quedaron cuatro mangantes para uso exclusivo, al menos salvemos la literatura nacional. Sí señor Bravo, bravo y bravo.

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    1. Gracias, gracias y gracias 😉
      Como se ha comentado, tiene bastante autonomía, y la idea, en efecto, es la del sacrificio, aunque en este caso, más que por la patria (ya hablaremos de los mangantes que se la apropian, a la de verdad, en otra ocasión, que hay para rato) Ágata lo hace por el espectáculo, por el teatro, por su compañía y por una joven que en el campo bien poco podría hacer salvo ser carne de cañón…
      ¡Gracias por leer!

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    1. Gracias mil 😉
      En efecto, la idea es que todos los textos que dedico a las personas que gastan su tiempo dando una oportunidad a “La sombra dorada” y reseñándola sean personalizados y contando acontecimientos “en la periferia” de la novela 🙂

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  2. ¡Qué capacidad para emocionar en unas pocas líneas! Debo tomarte como ejemplo, lo sé, pero acabo escribiendo al buen tuntún, sin fijarme y salen cosas farragosas, profusas… ¿No ves? Ya me enrollo.
    En fin, que me ha gustado.
    La verdad es que estas dedicatorias son un gran regalo, te lo digo yo 😉
    —Yo tengo una impresa en casa en la cajita de los grandes recuerdos de la familia.—

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