La semilla (II)

Por si te lo perdiste: (I)

Javier hizo girar la sierra con la que abriría el cráneo de la víctima. Había dudado entre atacar en primer lugar el pecho o la cabeza, decidiendo por fin empezar por la parte de arriba del cuerpo. El sonido zumbón del instrumento cortando hueso llenó el ambiente junto con las anotaciones verbales que dictaba, y la tapa de los sesos pronto reposó en una mesita auxiliar cercana. En efecto, el hueso había sido machacado y algunas astillas se desprendieron en la mesa pese a que puso todo su cuidado al retirarlo. Otras estaban incrustadas en la masa encefálica, pero el cerebro aparecía frente a él, en todo su esplendor. El forense parpadeó, sin creer del todo lo que veía.

Las circunvoluciones y surcos estaban ahí, con su característico color rosado, pero en la zona en la que el pobre hombre había recibido el impacto, se apreciaba una mancha negruzca, oleaginosa, que en principio le pareció un hematoma si bien, al contemplarla más detenidamente, vio con toda claridad cómo se movía por la superficie y se infiltraba por uno de los giros, desapareciendo en su interior.

Tragó saliva y acercó su cara al cadáver, despacio, sintiendo en su interior una aprensión como nunca antes. Su cara estaba cubierta por la pantalla protectora de plexiglás que utilizaba siempre que trabajaba, y el aliento comenzó a condensarse, al respirar agitado.

La retiró para poder ver mejor.

El corazón le comenzó a martillear con fuerza en el pecho, sin razón aparente, y movido por una sensación instintiva de terror, decidió apartarse.

Retrocedió un par de pasos y se rio, sintiéndose como un tonto. Sin duda, habría sido un efecto de la luz, una sombra provocada por él mismo al inclinarse sobre el muerto. Sí, sin duda.

Cogió el bisturí y trazó el corte en “Y” que le permitiría acceder a las entrañas del difunto.

–Veamos qué tienes que ofrecerme –dijo, olvidado el susto.

Cuatro horas después, cuando el sol empezaba a ocultarse tras los altos edificios acristalados que dominaban el paisaje urbano reflejando la gloriosa esfera rojiza en sus ventanas, Javier entró en casa y sonrió al ser recibido con alborozo por sus dos perritos, Lúa y Ren, a los que correspondió rascándoles tras las orejas. La hembra, la más mayor de ambos, se dio por satisfecha y se dirigió a su camita para seguir dormitando, pero Ren lo siguió y permaneció junto a él cuando se puso a cocinar, esperando que le cayera algo.

Como Lucía le avisó que llegaría tarde, no se dio excesiva prisa en la cocina y, de hecho, tuvo que apagar el fuego para que no se quemara la comida. Si fuera necesario, la calentaría en el microondas. Se sirvió una copa de vino y ya iba por la segunda cuando su mujer entró en casa, repitiéndose el ritual de recibimiento canino.

Le dio un beso con desgana, cansada, y aceptó la copa que él le tendió.

–¿Un día duro? –preguntó.

–Bastante –respondió, quitándose los zapatos y reduciendo, como por ensalmo, su estatura unos cinco centímetros–. Hemos tenido que ir a ver el lugar de trabajo de tu cadáver. El banquero… ¡Oh! ¡Se me ha olvidado la leche!

–Ya lo he visto –sonrió él, encogiéndose de hombros–. La pillo mañana.

–Lo siento, pero tenía la cabeza en el caso…

–Desde mi punto de vista –dijo Javier–, es sencillo.

–Sí, desde tu punto de vista –asintió–. Pero resulta que el muerto estuvo en el banco donde trabajaba una hora antes de ser encontrado por la policía local.

–¿Y?

–Que, tras entrar en la zona de las cajas de seguridad, se fue del banco sin dar ninguna explicación. –Lucía torció el gesto, dejando la copa vacía a un lado.

–Tendría prisa, no sé…

–Por eso hemos preguntado sobre si era un tipo normal o le iba hacer cosas por el estilo.

–¿Y? –preguntó Javier, llenándole la copa y rascando al cruce de terrier y podenco, que se había puesto a dos patas, apoyándose en su pierna.

–Era cuadriculado hasta la médula –dijo ella–. Ni una baja médica, ni una ausencia, ni una falta injustificada en todos los años en los que llevaba trabajando. Un empleado modelo, que nunca había dado ningún problema a nadie. Así que salir así, en medio de la jornada de trabajo, para ir a la otra punta de la ciudad, resulta curioso.

–Vaya. ¿Cenamos? En la autopsia no encontré nada raro, por cierto –mintió, pero sin que ella se diera cuenta, esperando que su mujer tuviera suficiente hambre como para sentarse a la mesa y dejar la conversación.

–Los de la científica están trabajando en el callejón –dijo mientras sacaba los platos del armario–. Mañana tengo una reunión con ellos.

No hablaron más del trabajo durante la cena, perdiéndose en frivolidades, y, cuando terminaron, Javier cogió a los dos perros para darles un paseo.

–Ahora traigo a Lúa. Me llevaré a Ren a correr un poco –dijo, calzándose unas zapatillas, para aprovechar que el calor había remitido algo a esas horas.

Lucía asintió, bostezando. Tenía ganas de echarse a la cama y se durmió enseguida, antes que volviera su marido; con sumo sigilo, este se echó junto a ella.

No obstante, Javier estaba desvelado. Había esperado que el ejercicio que solía hacer todas las noches le cansara, permitiéndole dormirse con rapidez, pero no fue el caso. Una y otra vez, las imágenes que había contemplado al rajar el cuerpo se reproducían tras sus párpados. La misma sustancia negruzca que le pareció haber visto en la superficie del cerebro inundaba, por completo, el interior del cuerpo del hombre, formando una especie de sopa en la que parecían flotar el corazón, los pulmones, el estómago… como órganos suspendidos en una piscina de petróleo, regados con sangre oscura y repugnante que desprendía un olor a podredumbre y goma quemada que se expandió por la sala de autopsias en cuanto realizó la incisión.

Si no le había dicho nada de esto a Lucía, era porque, cuando aún no se había recuperado de la impresión, un par de hombres altos, imponentes en sus caros trajes grises y de aspecto peligroso, entraron en la sala.

–No pueden estar aquí –consiguió decirles Javier, aunque con voz trémula.

Por toda respuesta, ellos sacaron un par de placas identificativas que casi estamparon en la cara de forense.

Del Centro Nacional de Inteligencia.

Javier tragó saliva y no pudo pronunciar una palabra.

–Señor Ocón –dijo uno de ellos, el rubio con barbita y cara de rata–, lamentamos haber llegado tarde. Hubiéramos retirado el cadáver antes de que usted le practicara la autopsia.

–¿Es algo contagioso? –preguntó, asustado de veras, el forense.

–No, señor –contestó el agente de inteligencia, mientras el otro paseaba por la sala mirándolo todo–. No hay motivo de preocupación. El agente que ha provocado la muerte del señor Cruz se vuelve inerte en el momento del fallecimiento. Sin embargo, sentimos todo este inoportuno incidente. Un error burocrático ha hecho que acabase tendido en su mesa, doctor.

–En realidad, no tengo el doctorado –acertó a decir, y se sintió de inmediato como un estúpido. El agente del CNI asintió y lo miró casi con simpatía.

–Tendrá que firmar unos documentos –continuó, sacando del maletín que llevaba unos cuantos folios–. Se trata de un asunto de seguridad nacional, me temo, y no puede usted hacer partícipe a nadie de lo que ha visto.

–Pero es un caso en marcha –protestó con voz débil, pensando en que estaba asignado a su esposa por una de esas casualidades de la vida.

–No, no lo es –le contradijo, mientras quitaba el capuchón de una pluma–. Tendrá que firmar aquí –señaló un lugar en una hoja–. Y aquí.

Javier hizo de forma mecánica lo que le dijeron, como en un sueño. Se preguntó cómo y por qué había acabado teniendo tratos con agentes del servicio de inteligencia justo después de contemplar algo tan espeluznante como era el interior del muerto.

–Muy bien, señor Ocón –dijo satisfecho el hombre, guardando los papeles–. Ahora le pido que salga de aquí. Necesitamos una hora para limpiarlo todo. Nosotros nos encargamos.

Sin una palabra de protesta, Javier salió de la sala, su sala, sintiendo los ojos de los agentes clavándose en su espalda.

–¡Recuerde! –dijo el otro, que no había hablado hasta el momento–. Ni una palabra. Ni siquiera a su esposa Lucía.

Fue la gota que colmó el vaso. Que un par de desconocidos irrumpan en uno de los sitios que tomas por un santuario privado, te obliguen a hacer cosas sin dar explicaciones y, para terminar, lancen una especie de amenaza contra la persona a la que amas, es suficiente como para desarmar al más valiente. Se alejó lo más rápido que pudo, a grandes pasos, dispuesto a poner la mayor distancia posible entre él y esos tipos.

Aunque había sentido escalofríos, creía haber disimulado bastante bien frente a Lucía, y ella no había notado la comezón que aún sentía en su interior.

Solo una cosa le inquietaba: ¿Por qué el comisario había hecho ir a su mujer al banco, si el caso era del CNI?

¡Sigue leyendo!

la-semilla

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48 thoughts on “La semilla (II)

  1. Has incluido mi tercera cosa favorita, sustancias negras semivivas sombrías, palpitantes y reptantes ¡just like my soul!

    Asi que mejor me traigo una silla porque me voy a quedar un buen tiempo por aquí. Ahora, dos cosas:

    1.-

    “–Los de la científica están trabajando en el callejón” Quizás por allá sea algo común pero por acá no lo es. imagino y deduzco que es como el equipo criminalistico de la unidad o algo así sin buscarlo por google, pero lo dejo igual, por si os interesa el detalle.

    2.-

    Si Fran (si me permite la confianza de llamarle así) no tiene nada que objetar no queda más que dejar este escrito en un altar que esas son cosas que no ocurren todos los años.

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    1. Me alegra haber acertado con el “bicho” repugnante y viscoso 😀
      Sobre la policía, estuve indagando un tiempo y, en España, hay diferentes Comisarías, entre ellas, las de la Policía Judicial (que se dedica, entre otras cosas, a los asesinatos) y de Policía Científica (los CSI de las series), entre otras. Estas dos son las que aparecen en el relato 😉
      PS: Si te interesa: https://www.policia.es/cnp/estructura.html

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      1. Sí, señora. Aunque Lovecraft tiraba más por la posesión mental desde “los insondables abismos del espacio tiempo” o la mezcolanza genética con seres “deformes servidores de otros dioses”
        Ahí está uno de los toques lovecraftianos, aunque la cosa está por explicar 😉

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  2. Uy, qué interesante! Esa sustancia negruzca me ha recordado a la mejor serie en años, Expediente X y el mal negro de origen alienígena que era como un parásito en cuerpos humanos!! 👏👏
    Me permites una observación? Entre en segundo párrafo y el tercero, en unas pocas líneas, repites tres veces la palabra “interior”, me ha sonado redundante. Comprueba a ver si te ocurre lo mismo.
    Me encanta la historia.
    Un abrazo, Lord! 😊

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    1. Expediente X bebía también (Carter lo reconoció) de la literatura lovecraftiana. Ahora que lo dices, sí, es verdad, esa sustancia negruzca… pero no. Mi “inspiración” para esa cosa repugnante va por otro lado 😉
      Tienes mucha razón con lo del “interior”. Elimino el segundo, que no hace falta (se entiende que el aliento se le condensa por dentro, es, en efecto, redundante). Gracias 😉

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  3. Que asco Milord, esas sombras que se cuelan por los resquicios de la corteza cerebral ¿De dónde las sacas? Puaghhh, esperemos que ya hayas terminado con los homenajes al terror y entremos en los entresijos del caso. Me huele a un choque de competencias entre los que deben y los que pueden resolver el caso. Un abrazo.

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    1. La tenía por ahí, perdida en el bolsillo, y me dije: ¡Oye, por qué no utilizar este manchurrón que parece petróleo y hago algo de miedo! Venga, va, sí.
      Y el resto es historia 😀
      ¿Choque de competencias como en las películas en las que el FBI se enfrenta a la estatal y se une con la NSA para echar del caso a los SWAT de la ciudad? Ya verás, ya verás…

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    1. Espero que te guste. No escribo mucho terror (principalmente, me inclino por fantasía y ci-fi algo menos), pero algo tengo, como esto. Son unas 30.000 palabras, así que hay para un ratito 🙂

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