La semilla (IX)

Por si te lo perdiste: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)

Tsathoggua
¡Qué boca más grande tienes! (Vía http://es.hplovecraft.wikia.com)

No había sido un sueño. Lucía lo supo con claridad meridiana. Un sueño no es tan ordenado, tan… lógico… incluso teniendo en cuenta las espeluznantes escenas que había presenciado. Recordaba cada detalle, cada palabra pronunciada, y supo que aquel que tenía retenido a Javier se había comunicado con ella de una forma arcana, misteriosa y temible. Una forma que no podía ser rastreada en modo alguno.

También supo que no podía decir nada a nadie, o tomarían el asunto como una muestra de trauma psicológico. Nada de eso. Era consciente por completo de la realidad de lo que había pasado, en el interior de un paisaje onírico compartido que la había puesto en contacto con… eso. Una retorcida lógica dominaba el asunto, pero lógica al fin y al cabo, y Lucía también comprendió, como en un ramalazo fugaz e instintivo de iluminación, que en cuanto ella supiese dónde se encontraba el cadáver, el extraño de su sueño también lo sabría.

Porque notaba como si algo o alguien estuviese tras ella, observándola, invisible cuando volvía su cabeza, pero poseedor de una presencia casi palpable.

Por tanto, tenía que saber adónde se habían llevado el cuerpo los agentes Sanz y Rebollo. La vida de Javier, y estaba segura que la de Guillermo también, dependían de ello.

Primero, lo más importante: Llamó a la niñera de Guillermo y le pidió que llevara a su hijo a casa de sus padres, en el pueblo. Suponía que, cuanta más distancia hubiera entre ellos, más seguro estaría el niño, por mucho que le doliese. Antes de colgar, se fijó en Ren, que estaba a sus pies, en el suelo, mirando cómo hablaba.

–¿Podrías llevar también a Ren y Lúa, por favor? –preguntó, sabiendo que los perros le gustaban y no pondría inconveniente en llevarlos en su coche.

Quedaron en que pasaría en una hora, y Lucía comenzó a planificar qué hacer. Mientras había estado durmiendo la desapacible siesta, el resto del equipo había vuelto, trayéndole un bocadillo de tortilla al que se había quedado de guardia. Preguntó al hombre que estaba frente al portátil –fijándose en que la miraba con cierta suspicacia–, más por cortesía que otra cosa y se fijó en que había un agente nuevo, sentado en el sillón, mirándola con aspecto profesional, neutro. Era muy joven, quizá de la última promoción, un novato. Decidió presentarse.

–No nos conocemos –le dijo Lucía, tendiéndole la mano, que él cogió tras levantarse muy tieso–. Soy Lucía, aunque supongo que ya lo sabrás.

–Sí, señora –contestó–. Lo sé. Su nombre, quiero decir.

–¿Y tú eres? –preguntó, sonriendo.

–Antonio, señora –respondió–. Antonio Ardán. El comisario me ha asignado para su escolta…

–¿Escolta? –Eso lo complicaba todo, porque si su superior había decidido que necesitaba alguien que estuviera con ella, moverse iba a ser un quebradero de cabeza. Por tanto, el primer punto de la agenda sería dejar atrás al novato.

–Sí, señora –decía él–. El comisario cree que debo acompañarla, por si el secuestrador se pone en contacto con usted en persona.

–Ya veo –masculló Lucía, dando la conversación por terminada.

La cuidadora de Guillermo, Merche, se llevó a su hijo. A Lucía le costó horrores separarse de él, y lo abrazó tan fuerte y durante tanto rato que el niño comenzó a protestar hasta que logró escabullirse de su presa. Tras varias despedidas, cada cual más amarga que la anterior, Merche desapareció escaleras abajo con el niño y los dos perros, que también estaban cariacontecidos, como si supiesen que algo no iba bien.

Al cerrar la puerta de su casa, Lucía se sintió más sola que en toda su vida.

Dejó pasar media hora antes de ejecutar su movimiento. Se entretuvo echando un vistazo a la televisión, cambiando los canales sin reparar en ninguno de ellos en particular, y se vistió para salir. Se enfundó unos cómodos tejanos y zapatos de suela plana, junto con una blusa de tirantes. Pensaba que quizá fuera más importante la movilidad que la elegancia, y completó el conjunto recogiendo su melena castaña en una coleta.

–Voy a salir a comprar, agente Ardán –dijo, y este se puso en pie de inmedito, como impulsado por un resorte–. ¡Oh, no es necesario! Vuelvo en un momento.

El chico, pues no podía impedir pensar en él como tal al sacarle con toda probabilidad unos quince años, meneó la cabeza, resuelto, aunque en su voz había cierto timbre dubitativo:

–Señora, debo estar con usted en todo momento.

Primer intento de esquivarlo al garete, aunque ya lo imaginaba.

–Bien, vamos entonces –concluyó, cogiendo el bolso, en el que había metido una pistola de su propiedad, y dirigiéndose a la puerta.

Bajaron al garaje de la comunidad y entraron en el vehículo. Al encender el motor, el reproductor de compactos siguió en el punto donde se había quedado el día anterior, y la musiquilla infantil que Guillermo y Javier habían cantado llenó el habitáculo, haciendo que Lucía cerrara los ojos con fuerza. Apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea blanquecina y apagó el aparato.

–¿Está bien, señora? –preguntó el agente.

Ella meneó la cabeza asintiendo y puso primera.

El coche pareció brincar como un caballo al darle un brusco acelerón para arrancar.

Se dirigió hacia un pequeño supermercado situado a tres manzanas. Le explicó a Antonio que tenía que comprar bastantes cosas; de ahí que cogiera el coche, para cargar el maletero. Había escogido el negocio a sabiendas, pues estaba en una manzana en la que aparcar era algo imposible, una zona saturada de vehículos parados, badenes y zonas de carga y descarga. Paró en una de estas últimas y miró al novato con cara tristona.

–Por favor, agente –le dijo–, quédese aquí mientras compro. Vigile que la grúa no se lleve el coche, ¿vale?

El pobre se removió inquieto en el asiento, pero Lucía no le dejó protestar:

–Serán diez minutos, como mucho. Si hay algún problema, llámeme al móvil. Tiene mi número, ¿no es así?

–Sí, sí, pero…

–Bien, pues enseguida salgo, agente –sentenció, con cierto tono autoritario, y soltó el cinturón de seguridad, abriendo la puerta para salir.

Sintió una punzada de culpabilidad. El pobre se había tragado una mentira tras otra; ni siquiera llevaba el móvil encima, porque no quería estar localizable por ningún medio. No sabía dónde se estaba metiendo, pero tenía un pálpito que le indicaba que tenía que llevar el asunto con el mayor sigilo.

¡Sigue leyendo!

la-semilla

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37 thoughts on “La semilla (IX)

  1. Leído y deleitado.

    En el segundo párrafo, entiendo que en lugar de punto y a parte deberías hacer uso del punto y seguido, pues lo que sigue no es más que la explicación a lo narrado anteriormente.

    “–Serán diez minutos, como mucho. Si hay algún problema, llámeme al móvil. *¿Tiene mi número, no es así?”. Aquí entiendo que “Tene mi número” debería aparecer fuera de la interrogante: ya que ella no está segura de si lo tiene y quiere que se lo confirme.

    Saludos

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    1. Sobre el punto, tienes razón en que sigue el parlamento del narrador, pero se trata de un recurso que es bastante usual (lo he visto sobre todo en narrativa actual de terror y fantasía) para recalcar, con ese cambio de párrafo, una idea sobrecogedora o con la que se desea impactar. Es cierto que las reglas normales de puntuación no son así, pero me gusta el efecto que tiene al leerlo mentalmente: queda potente.
      Lo del interrogante, toda la razón. Procedo a editar 😉

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      1. Nop, eso no se lo niego y no me lo esperaba. Las protagonistas madres suelen tener a sus crios bien metidos bajo su ala. Ahora no tengo la respuesta a las otras preguntas (o tendría que cambiarme el nombre) pero con gusto las esperaré mientras sigo la lectuira ;).

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  2. En este momento Lord, estoy muy mal, me da mucha rabia no seguir leyendo, podías hacer una excepción y poner al menos cuatro capitulos por semana. Es injusto, ahora Lucia se dirige al supermercado supuestamente, el escolta se queda en el coche y yo pensando… joooooooo, necesito saber… Sé que no tengo paciencia, pero jooooooo. Estoy impaciente no tardes en continuar por favor. Mi admiración y un beso a tu alma.

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