La sombra dorada: La cuentacuentos

Una vez más, vaya en este post mi agradecimiento personal a Mónica, del blog Volando entre libros abiertos, por su maravillosa reseña de mi novela La sombra dorada. No tengo problemas en repetirme al respecto: invertir parte del precioso tiempo en leer la novela de un autor novel y autopublicado, para luego además reseñarla, es todo un lujo, así que… ¿qué menos que dedicar un relato a Mónica, deseando que su aventura en la blogosfera siga siendo tan exitosa como hasta ahora?

Eso sí, tengo que advertir: en el resto de relatos basados en La sombra dorada, suelo evitar hacer spoilers, pero, en este caso, lo cierto es que destripo bastante de la trama. Transcurre, de hecho, después del final del argumento central, así que…

Una vez más, antes de dejaros con La cuentacuentos, agradezco a Mónica su reseña de todo corazón, esperando que le guste. ¡Un abrazo!


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LA CUENTACUENTOS

Le gustaba pasear por las calles de la ciudad. –Munique, con voz dulce y un tono casi infantil, miró con sus enormes ojos marrones a la absorta audiencia. Era el tercer cuento que estaba contando a los niños y no parecían cansarse lo más mínimo, al contrario que ella: notaba la garganta irritada y la lengua rasposa. Alargó la mano para beber un sorbo de agua, descubriendo que la jarra estaba vacía. Chasqueó la lengua y se quitó de la cara un mechón de pelo ondulado y moreno con el que la brisa marina había jugueteado–. La hija del barón de Falábrez era conocida por todos los habitantes y la saludaban al pasar entre los tenderetes, los grupos de niños jugando, los grupos de ocas que anadeaban zangoloteando con gracia.

¿Qué es eso de zango… zango…? –la interrumpió un chico pecoso y delgado.

Zangolotear –repitió ella–. Quiere decir ir de aquí para allá. Como tú antes –añadió riendo–, cuando te han gritado que te quitaras de en medio.

El chico enrojeció hasta las orejas y agachó la cabeza cuando su compañera más cercana, dándole un codazo, aumentó la puya:

Es que no dejabas trabajar a los marineros, bobo. –Le sacó la lengua para añadir más sal a la herida. El chico torció el morro, pero no dijo nada.

Este es un sitio pequeño en el que estamos mucha gente –asintió Munique–. Tenemos que procurar no molestar, ¿sabéis?

Los niños asintieron y esperaron a que continuara.

¿Por dónde iba? –se preguntó–. ¡Ah, sí! Os decía que todos en la ciudad conocían a la hija del barón, Enilia. La querían y respetaban, pues aunque joven, había ayudado desde pequeña en las tareas de gobierno a su padre, mostrando inteligencia, un gran sentido de la justicia y…

¡Este cuento no me gusta! –protestó enfurruñado otro chaval, de unos diez años.

¿Y por qué no? –Munique mostró toda la paciencia de la que fue capaz. Nunca había tenido que tratar con niños, ni en su trabajo ni en su vida privada. Todo su mundo habían sido los libros, estantes y estantes cubiertos de libros en la Sala de Etnología de la Gran Biblioteca de Vetero, de la que era directora.

Porque las niñas no pueden gobernar –explicó él. Munique pestañeó con incredulidad.

¿De dónde eres, chico? –Su voz se había tornado un tanto dura.

De Zarintia –respondió con orgullo, hinchando el pecho. Eso explicaba muchas cosas: era una de las provincias septentrionales de Vetero, famosa por sus costumbres tradicionalistas y cuyos representantes en la capital imperial habían mostrado su oposición a las medidas tomadas desde la corte en más de una ocasión.

Ya. Y seguro que tu familia es una familia de sangre azul, ¿no?

Sí… –Iba a decir algo más, pero Munique no lo dejó continuar.

Pero ahora no estamos en Zarintia, majo. –Señaló el ancho mar océano en torno al barco–. Las reglas han cambiado.

Apretó los labios, convirtiéndolos en una fina línea, y miró al chico entrecerrando los ojos, como retando a que le llevara la contraria. No lo hizo. Quizá había sido un tanto brusca, pero en ese proyecto de noble engreído se concentraba buena parte de lo que más repelús le daba como hija de unos pequeños comerciantes que habían trabajado mucho para poder salir adelante y dar a Munique un futuro. Si comentarios bruscos como el suyo podían hacer que su forma de pensar cambiara, no sería el último que le dedicaría en la travesía que tenían por delante.

Si sobrevivían a ella, era posible que no reprodujese unos patrones de conducta caducos y deleznables.

A ver si puedo continuar –suspiró–. Uno de esos días en que la muchacha dejaba atrás las puertas del castillo donde vivía con su familia, se encontró a una chica de su edad que llevaba un pesado bulto sobre los hombros, tan pesado que su espalda se inclinaba haciendo que andara a trompicones. Al tropezar con un adoquín suelto, no pudo mantener el equilibrio y cayó al suelo, golpeándose las rodillas. La parte superior se abrió por el brusco movimiento y su interior se desparramó por la calle: unas calabazas de color naranja brillante, hermosas y gordas, rodaron hasta los pies de Enilia, que corrió junto a la niña y la ayudó a levantarse.

¿Se hizo daño? –La niña más tímida de todo el grupo se decidió a abrir la boca por primera vez en toda la tarde.

Sí, se hizo daño –contestó Munique, pasándose la manga de lino azul de la blusa por la frente, enjugándose el sudor–. Enilia le preguntó por qué cargaba con todo ese peso, con lo joven y delgada que era, y la niña le respondió que su familia estaba trabajando en el campo, sin poder abandonar la parcela que cosechaban, y que ella tenía que llevar las calabazas al tendero que las vendía en la ciudad.

Un grito desde la cofa del palo mayor interrumpió su concentración. Empezaba a resultar claro que no iba a poder terminar la narración del tirón. La marinera repitió:

¡Ah del Herrado! –Se refería al barco que navegaba junto a ellos, a estribor. Al mismo tiempo, agitaba un par de banderas–. ¡Cambiad el rumbo o chocaremos!

Munique no tuvo ninguna duda de que en el otro barco habrían oído a la perfección el vozarrón de la mujer. Aunque entendía que esas señales eran necesarias para que la abigarrada flota mantuviera un mínimo orden de viaje, no acababa de gustarle tanto grito y jaleo. Jamás en su vida había pisado un barco antes, acostumbrada al silencio y la tranquilidad de su biblioteca. Sonrió. Su biblioteca. Tras diez años trabajando en ella, tendía a considerarla no su segunda casa, sino más bien la primera.

Ese sitio quedaba ya tan lejos… tan lejos.

Niños –dijo, levantándose–. Me parece que lo vamos a dejar por hoy. –Hubo varios gemidos de protesta, pero Munique no hizo ni caso, recogiendo la jarra vacía del suelo. Tenía tanta sed…

Los chavales se desperdigaron por la cubierta superior del Terrón, y la mayoría descendieron por la portilla que daba paso a los camarotes inferiores, donde se encontrarían sus familias, hacinadas y temerosas de que la pesadilla no hubiera acabado. Frotándose las sienes, Munique se acercó a proa, esquivando cabos de soga y tripulantes, apoyando las manos en la borda. Echó un vistazo hacia delante, hacia donde, sin esperanza real de encontrar una nueva tierra, se dirigían huyendo de Abaven.

Al imaginar cómo los siervos del dios de oro estarían inundando las calles de Vetero, hormigueando por las salas de la Biblioteca Imperial mientras buscaban presas vivas con las que alimentar las hogueras de odio y muerte de su señor, un temblor le recorrió el cuerpo y el llanto manó, incontrolable.

¿Munique?

La mujer bajó los ojos anegados en lágrimas hacia la chica que se había reído del pecoso; se había colocado a su lado.

¿Sí? Dime.

Mañana nos contarás el final del cuento, ¿verdad?

Ella rio con suavidad y asintió:

Si, pequeña. Lo haré.

¿Sabe? –Puso las manos detrás de su espalda y se balanceó sobre las puntas de los pies–. Creo que Enilia habría derrotado a esos monstruos.

Munique abrió la boca, sorprendida.

¿Viste… los viste? –preguntó. La niña asintió, pero su cara no reflejaba el miedo que había visto en los rostros de muchos adultos que fueron perseguidos por la hueste del dios de oro y que habían sobrevivido a duras penas. Munique, por fortuna, había sido evacuada de la capital en los primeros días tras la derrota en la Batalla de las Planicies Ardientes, cuando aún existía algo de orden y las instrucciones de Adía eran obedecidas. Se consideró que, gracias a sus estudios sobre saber popular, tradiciones orales y folclore literario, podría ayudar a Glabro en sus investigaciones sobre la Plata.Tocó la cabeza de la chica con suavidad y dijo, intentando ser lo más cariñosa posible–: Seguro que sí habría podido con ellos. Enilia era muy valiente.

Claro que sí –sonrió la niña.

Esa valentía es la que necesitamos ahora, pequeña.

Munique volvió de nuevo la vista hacia el horizonte, al lugar donde el sol se pone, esperando traspasar el velo de la distancia. Confiando en que allá, a lo lejos, existiría un Nuevo Mundo.

La cuentacuentos
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13 thoughts on “La sombra dorada: La cuentacuentos

  1. De nuevo sorprendes, aunque no debería ser así, después de conocer tus escritos. La prosa, absolutamente inteligible, nos pasea por el relato, construido a su vez de manera ordenada y organizada, mientras nos regodeamos con las vistas del paisaje. Un relato con un argumento abierto, como corresponde a un viaje y que pese a las quejas del autor no «revienta» realmente la novela aunque, eso sí, adelanta alguna cosilla. El personaje Munique – Mónica es toda una declaración de intenciones… er… mejor de hechos, sin duda.
    PS.—No sé cuántas veces lo he dicho ya, pero me encanta esa portada: la sota de espadas gore con la luna al fondo y el fulgor dorado del dios de los oropeles flotando alrededor.

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    1. Gracias, caballero. En efecto, la idea era hacer una triple narración entre el cuento y el diálogo (sí, cierto, toda una declaración, tanto de la novela como mía propia, lo reconozco) por un lado, el viaje de la huida por el otro, y los pasajes descriptivos marinos, que no se prodigan en “La sombra dorada” pero que, en “Resurge la plata”, son bastante importantes.
      Mil gracias por comentar y por lo que dices sobre la ilustración de Jonay. Sobre lo que tengo que decir, ya que estamos, que estamos trabajando en un comic él y yo. ¿Intrigado? 😉

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      1. No, ¿intrigado yo? ¿el mayor cotilla del universo? ¡Qué va! —Kebab: a estas horas ya tengo hambre.—
        Sólo un par de cuestioncillas:
        a) Para cuándo «El resurgir de la Plata».
        b) ¿Cómic?, ¿qué cómic?, ¿para cuándo el cómic?, ¿de qué va el cómic?, ¿… cómic? ¡Quiero saber!

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      2. A ver, alcahuetón. Dos respuestillas:
        a) Espero que para diciembre la pueda publicar. Por ahora, va todo bien (acabo de escribir la palabra número 97662). De todos modos, en breves te mandaré un correo al respecto. Más intriga 😀 😀 😀
        b) Jonay y yo estamos trabajando en cinco páginas de muestra para un proyecto crowdfunding, pero vamos con calma, que estamos muy liados. Y el tema es histórico. Más concretamente, sobre la figura de Aníbal. Y ni el caníbal ni el del Equipo A 😉

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    1. Jeje… no, creo que diciembre si va todo bien. Estas vacaciones que me he pillado, sin embargo, no han sido todo lo fructíferas que deseaba y no voy a terminarlo antes de que empiece Mayo. Creo que a mitades del mes que viene, si no me equivoco, estará el primer borrador, al que daré un primer repaso y, espero, en junio lo pasaré a las/os lectoras/es cero. ¿Te parece bien?
      PS: Se habla del viaje, se habla. Que ya lo he escrito. Y lo de personajes… me callo 😛

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    1. ¡Gracias por tu comentario! Siempre he sido un seguidor de contar cosas dentro de otras cosas, creando estructuras anilladas en las que la historia subordinada tiene repercusión de un modo u otro en la principal, la verdad 🙂

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