El romance del falso caballero: capítulo 6

En esta entrada, para quien prefiera leerlo de seguido, está colgado el capítulo 6 al completo. Una incursión por otras tierras…


CAPÍTULO 6

Elin se incorporó de inmediato dirigiéndose a la puerta de la casa de Firdánir a grandes zancadas. En el exterior, el Bello Desconocido volvía a implorar, con voz trémula:

—¡Os lo ruego! ¡Abridnos!

La joven estuvo a punto de echarse a los brazos del caballero al verlo; solo cierto recato de último momento evitó que lo hiciera. O, quizá, fuera porque al lado se encontraba Perceval, y no quería que ninguno de los dos pensara que mostraba mayor cariño por el otro.

—¿Qué os ha ocurrido? —preguntó ella. Firdánir se colocó unos pasos tras ella después de coger unas toallas de algodón, mirando con curiosidad a los recién llegados.

—Nos perdimos —contestó el Bello—. Erramos nuestro camino y no supimos dónde nos hallábamos cuando, de repente, una gran sierpe alada cayó desde el cielo buscando devorarnos. Oímos un grito terrible y la sangre se heló en nuestras venas. —Perceval asintió mostrando su conformidad con el relato ofrecido—. Era un monstruo como nunca jamás se ha visto en el mundo, Elin.

—Así que echasteis a correr. —Morgana, que no se había movido del sitio, lo interrumpió con voz áspera. Tras el impertinente comentario que en tan mal lugar dejaba la valentía de los caballeros, continuó con una tarea sin duda más satisfactoria para ella que escuchar: chuparse los dedos del jugo de cerezas que corría por ellos.

—En efecto —respondió el Bello sin asomo de molestia—. Supimos en cuanto vimos al monstruo que no podríamos hacer nada contra él…

—Una decisión inteligente, sin duda —terció Firdánir, tendiéndoles por fin las toallas con las que procedieron a secar sus cabellos mojados por la tenue llovizna que había comenzado a caer hacía poco—. Es de tontos querer librar una batalla perdida de antemano. ¿Un dragón, decís? —Los dos caballeros asintieron y el elfo cruzó los brazos, pensativo, sobre el pecho, soltando un “hummm” —. Pero pasad, por favor, os lo ruego —continuó—. Os daré comida y cobijo en el que poder pasar la noche. Mañana, al alba, decidiremos qué hacer.

—¿Sobre qué? —se interesó el Bello, accediendo al interior de la morada. Morgana, entonces, dejó el diván en el que estaba recostada y se acercó al grupo.

—Sobre los planos de mi famila —respondió alborozada Elin, como una chiquilla—. ¡Desciendo de un linaje de cartógrafos! ¡Y quizá podamos hallar algo que nos sirva entre las pertenencias de mi abuela! —concluyó, expresando la feliz ocurrencia que acababa de tener.

Sin embargo, el gozo expresado por Elin pronto se tornó en asombro, y un grito de horror surgió de lo más hondo de su garganta en cuanto vio lo que Morgana acababa de hacer.

Puesto que, habiéndose deslizado de forma subrepticia a espaldas de Perceval, movió con rapidez la mano, y de ese floreo surgió una luz azulada con forma de puñal, una ilusión que fue muy física y mortal para el caballero al entrarle por la nuca y asomar la punta por la garganta.

Con un gorgoteo, llevándose las manos al cuello sangrante, Perceval se derrumbó en el suelo de la cabaña.

Elin no podía creer lo que sus ojos acababan de contemplar e, incapaz de reaccionar, se sintió como atrapada en un bloque de melaza enorme, una espectadora que veía desarrollarse una terrible tragedia ante sus ojos sin que tuviera poder de decisión alguno sobre ella.

Morgana parecía una diablesa enfurecida, con su pelo moreno revoloteando en torno a ella, cargado de electricidad y la piel destellando con reflejos azulados. Comenzó a mover la mano, en la que instantes antes había conjurado el arma, en dirección al Bello.

El caballero supo que su vida corría peligro y tenía que hacer algo para impedir acabar como Perceval, y cargó contra la hechicera con la idea de embestirla y lanzarla por los aires.

Como si lo previera, Morgana hizo un floreo semicircular frente a su cuerpo y una poderosa corriente de aire, salvaje como un huracán, barrió la escasa distancia que los separaba. El Bello salió despedido hacia atrás y se golpeó contra una de las alacenas de Firdánir, cuya madera crujió con estrépito al romperse. El caballero cayó al suelo entre un confuso montón de platos y jarras destrozadas.

—¡Morgana! —gritó Elin; por fin había logrado sacudirse la estupefacción de encima—. ¡Alto! ¡Parad!

—¡Silencio! —ordenó ella por toda respuesta, concentrada como estaba en el Bello, comenzando a ejecutar un nuevo pase mágico mientras el caballero, con torpeza y aplastando los trozos de vajilla, se incorporaba.

La joven no dijo nada más y miró en torno suyo, buscando cualquier cosa que le pudiera servir como arma, pues su espada estaba al lado del diván que había ocupado hacía poco, demasiado lejos. Se decidió por un taburete cercano y lo lanzó con excelente puntería contra Morgana, que solo en el último momento vio venir el improvisado proyectil… sin poder hacer nada por evitarlo.

El impacto le abrió una brecha en la cabeza y, desorientada por el golpe, no pudo mantener la concentración de su hechizo, que se disipó sin más consecuencias.

El Bello aprovechó entonces la ayuda que le brindaba Elin y, desenvainando su acero, corrió con rapidez hacia Morgana, que con gesto confuso se tocaba la herida y contemplaba los dedos manchados de la sangre que manaba de ella.

En la mirada del Bello había una furia asesina.

—¡Alto! ¡Parad los dos! —exigió de nuevo Elin, interponiéndose en el camino del Bello, el cual no solo no hizo caso sino que, para sorpresa de Elin, acometió contra ella con la espada por delante, dispuesto a atravesarla.

Con un gemido de sorpresa, la joven se apartó a un lado al tiempo que el mundo adquiría un ritmo pausado. La habilidad de Elin volvía a acudir en su ayuda y vio con total diafanidad el movimiento del Bello, interponiendo su pierna entre las dos del caballero, quien tropezó en su frenética carrera y, tras un par de trastabilleos, acabó con su cuerpo en el suelo.

Soltó la espada al caer y Elin, de inmediato, la tomó entre sus manos, apoyándola contra la nuca del Bello. El tiempo recuperó su normalidad cuando amenazó:

—¡Quieto os digo! ¡Y también a vos, Morgana! —Miró al elfo, que había contemplado toda la escena sin hacer o decir nada, por completo pasmado ante el despliegue de violencia ocurrido en su propia casa, y le dijo—: Vigilad a Morgana.

La hechicera, aturdida, precisaba en realidad poca vigilancia. El golpe del taburete había sido fuerte, muy fuerte, y solo por su enorme fuerza de voluntad no había caído inconsciente.

Tras unos instantes en los que solo se escucharon las agitadas respiraciones de todos ellos, Firdánir, arrodillado junto a la hechicera sujetando un lienzo de blanca pureza sobre su herida, dijo:

—¿A qué ha venido esto, dama Morgana? —Su voz no era agresiva, pero sus ojos destellaban con recelo. A Elin no se le escapaba que el elfo no acababa de fiarse de Morgana.

Por toda respuesta, la interpelada gimió y chascó la lengua mirando a la muchacha con enfado, una vez comenzaban a pasarse las nieblas del atontamiento. Elin no hizo caso de la dureza en sus ojos y comprobó que el Bello permanecía inmóvil, sin resistirse ante la amenaza que suponía la punta de su propia espada colgando sobre su nuca.

—¿Vais a calmaros vos también, Bello? —le preguntó Elin. Este respondió con un “sí” entre dientes, como escupido, y ella pareció satisfecha, retirando el filo para ordenar—: Bien. Arriba entonces.

Se hizo a un lado y el caballero, despacio y sin dejar de mirar a Morgana, se arrodilló para luego terminar de incorporarse. Las cosas parecían empezar a calmarse, pero en cuanto el Bello abrió la boca para decir algo, Elin lo mandó callar chistando:

—Callad. No empeoréis las cosas. Suficiente hemos tenido ya todos —continuó mirando a Perceval, tendido en un profuso charco de sangre—, así que silencio.

»Firdánir —dijo dirigiéndose al elfo—, ¿está Morgana en situación de explicar lo que ha hecho, antes de que la atemos para ser juzgada por el Rey Arturo en Camelot?

El elfo comprobó que de la herida había dejado de manar sangre y asintió justo antes de que la hechicera lo apartara de un empellón.

—Quita —dijo ella—. Tus simples remedios élficos no son nada comparados con los míos. Deja de mirarme como si fuera algo que no has visto nunca y aparta, o te juro que desataré toda mi ira contra ti si no me dejas sitio para respirar.

El elfo, sorprendido por las zahirientes palabras de Morgana, se echó hacia atrás como si le hubieran abofeteado. Incluso vapuleada, no dejaba de desprender un aura poderosa y enérgica. Sin embargo, Elin no se arredró y exigió:

—¿Qué es lo que habéis hecho, Morgana? —Señaló al cadáver—. ¿Os habéis vuelto loca acaso? No quería creer lo que de vos se dice, pero…

—¿Ah, sí? —replicó ella entornando los ojos—. ¿Qué se cuenta? ¿Que hago pactos con demonios? ¿Que soy una bruja sin corazón? Vamos, Elin… ya hablamos de esto. No me digas que además de joven, eres tan simple como un campesino.

Elin se sonrojó ante la puya, pero no se amilanó y dijo a voz en grito:

—¡No soy tonta, así que no me toméis por tal! ¡Perceval yace a vuestros pies! ¡Vos lo habéis matado, y me venís con milongas sobre lo mal que os tratan en Camelot! ¡Sois… sois… una maldita arpía!

Para su sorpresa, Morgana echó la cabeza atrás y lanzó una estruendosa carcajada que desarmó por completo a Elin. Sin saber qué decir, cerró la boca de inmediato, lo que Morgana aprovechó para decir:

—Apestan. —Con un índice coronado por una larga y afilada uña, apuntó al Bello, que parecía no saber muy bien qué hacer—. Apestan a magia élfica. Ni él es el Bello Desconocido, ni él…

Entonces, Elin sintió un fuerte golpe en el costado y notó que algo en su interior se rompía. Quizá una costilla, pues el dolor fue tan agudo como si le atravesaran las entrañas con un hierro candente.

El Bello había decidido que tenía que hacer algo, y había lanzado un tremendo puñetazo contra el costado de la joven, que se dobló y estuvo a punto de vomitar por el dolor.

El Bello comenzó a correr hacia Morgana.

Entre las nieblas del dolor que sentía, Elin vio que la hechicera no era capaz de reaccionar, sorprendida por la rapidez con que el Bello iba hacia ella, pero, por fortuna, Firdánir se interpuso en su camino; bloqueó con su propio cuerpo la carga del caballero, recibiendo el salvaje empujón de todo el peso acorazado que portaba. La violencia del impacto hizo que el elfo saliera despedido, pero había conseguido lo que quería: el movimiento del Bello había sido interrumpido un breve momento, instante que aprovechó la hechicera para levantar su defensa.

Con rapidez, Morgana hizo que el fuego de la chimenea creciese en intensidad, y crepitando con la fuerza de un incendio forestal, las llamas abandonaron su lugar como brazos aleteantes de un animal flamígero, golpeando al Bello en torso y piernas, haciéndole gritar preso de una agonía terrible cuando la coraza se calentó de tal modo que lo estaba cociendo vivo. Con saña, Morgana gritó y ordenó que una nueva llamarada golpease al Bello en el rostro, envolviendo su cabeza como un terrible yelmo anaranjado.

El repulsivo olor a carne quemada inundó la casa, y los alaridos del Bello continuaron durante unos interminables momentos contrapuestos a la carcajada que lanzó Morgana. Elin, dominada por el dolor y el terror, no sabía qué hacer o decir, y contempló al caballero que manoteaba intentando, sin resultado alguno, soltar las correas que sujetaban las dos partes del torso de la armadura.

Por fin, cesó su tortura y se derrumbó, al tiempo que las llamas se extinguían habiendo cobrado su vida.

—No quiero escucharos decir una sola palabra. —Morgana, con voz dura, se adelantó a cualquier posible recriminación—. Lo que hecho, es posible que nos haya salvado la vida a todos, y como habéis demostrado tal ceguera, desde ahora yo seré quien esté al mando. Se acabaron las dudas, las contemplaciones y las discusiones. ¿Está claro, Elin?

La joven, respirando con dificultad, movió la cabeza asintiendo aunque en su fueron interno se revolvía ante las palabras y actos de la hechicera.

—¡Elfo! —La mujer miró a Firdánir—. Atiende su herida y mira que no tenga el pulmón perforado.

Él, solícito a la par que asustado por el despliegue de salvaje poder de Morgana, cumplió la orden y presionó con cuidado, tras pedir disculpas, el costado de Elin, que gimió.

—Es solo una costilla, gracias a los cielos —susurró.

—Duele como mil demonios.

—Sí, lo imagino. —Firdánir posó con cariño su mano en el hombro de la joven y dijo—: Pero podría haber sido mucho peor. Gracias a tu resistencia y a que eres joven, no tardará en sanar.

Elin agradeció las palabras del elfo y consintió que la ayudara a llegar a la cama que se encontraba en el lugar más alejado de la casa, sintiendo cierto alivio al tumbarse. No olvidaba, sin embargo, los dos cadáveres tendidos en el suelo, y volvió la cabeza para mirar a Morgana, mientras Firdánir comenzaba a preparar una infusión calmante, que estaba arrodillada junto a Perceval, posando las yemas de sus dedos en su cabeza y musitando algo incomprensible con los ojos cerrados.

Elin sintió un cansancio terrible, fruto de la costilla rota y el horror de lo que había contemplado, y no quiso saber nada más por el momento. No se sentía con ganas de enfrentarse a Morgana, así que, aunque ardiera en deseos de una explicación por somera que fuese, calló.

La joven cerró los ojos pero no durmió. Escuchaba a Firdánir y Morgana bisbiseando al otro lado de la casa, y aunque no lograba captar todas sus palabras y el tono de voz no era en absoluto de enfado, imaginó que no sería una charla muy amigable, visto lo que había pasado hacía poco.

Tenía mucha razón: Firdánir había hecho señas a Morgana para hablar con ella en un aparte, cerca de la zona de la cocina, y la hechicera escuchaba al elfo divertida mientras arrancaba con tranquilidad las pequeñas hojas de un ramo de perejil.

—Explicaos, Morgana —exigía Firdánir—. Decidme por qué no debo expulsaros de mi casa ahora mismo.

—¿Acaso estáis sordo, elfo? —replicó con saña—. Ya lo he dicho: no eran los caballeros de la Tabla Redonda; aquellos a los que he matado eran creaciones, cuerpos animados por magia para parecerse a Perceval y el Bello, imágenes tomadas a partir de los modelos reales. ¿No sois vos capaz de olerlo? ¿Acaso no tenéis ninguna familiaridad con la magia de vuestro pueblo?

—Yo… —Firdánir pareció avergonzado, pero se defendió al decir—: No todos los nuestros conocen la magia. Yo no me encuentro entre ellos…

—Sí, eso lo he visto. —En la voz de la mujer no había un ápice de amistad—. Manejáis el arco, sabéis algo de hierbas y poco más. Así que, como ni vos ni ella —señaló a la joven en la cama— sois expertos en hechicería, mejor que me dejéis estas cosas.

»Si no hubiera sido por mí, es posible que ahora estuvierais muertos.

—Quizá no querían matarnos —especuló él.

—Quizá. Quizá solo querían raptarla a ella. ¡No seáis bobo, Firdánir! ¿Cuántas veces tengo que decir que Elin es la respuesta a la brecha entre mundos? Yo quiero cerrarla. Él, ese al que pareces conocer, aunque no hayas dicho mucho, quiere abrirla. No hay más, elfo: somos enemigos y los poderes que se pueden desatar son grandes. ¡Mucho más grandes de lo que las mentes de un anciano desterrado y una joven inexperta son capaces de entender!

La reprimenda de Morgana hizo que Firdánir callara con aire triste, quizá por la referencia a su vejez y la escasa ayuda que podría prestar en una batalla de magos, y se dirigió a la cama sentándose junto a la cabecera del lecho, contemplando a Elin respirar de forma apacible y suave.

La joven abrió los ojos y dijo:

—Quiero irme a Camelot. —Pugnó por incorporarse, pero el dolor en el torso era grande y desistió.

—Tranquila, Elin, tranquila… Ahora debéis dormir. Por la mañana estaréis mejor…

—Sí —interrumpió Morgana—. Que duerma esta noche y mañana hablaremos de qué hacer. Yo tengo que ir… a un sitio.

—¿Qué? —inquirió Elin, incapaz de seguir aguantando la rabia—. ¿Matáis a dos caballeros y ahora os vais?

—¡Argh! —rugió Morgana, dándose la vuelta y abriendo la puerta de la casa con tanta furia que golpeó la pared—. Que te lo explique Firdánir, chiquilla.

Sin más, con paso vivo, Morgana salió a la noche. Había dejado de lloviznar y las nubes se habían retirado, de forma que la Luna y las estrellas tachonaban la cúpula del firmamento. En el interior de la morada, Firdánir resumió lo que Morgana le había dicho sobre los caballeros que no eran tal y Elin, con ojos brillantes, dijo al cabo:

—¡Pero entonces quizá vivan y estén presos! ¡En ese caso, debemos ir a buscarlos!

Firdánir apoyó con ternura, si bien con decisión, las manos en el hombro de Elin, impidiéndola levantarse. La muchacha contrajo la cara en un rictus de dolor al sentir la costilla rota arañar el interior de su cuerpo, y el elfo dijo con voz calmada:

—Ya ves, Elin. No llegarás muy lejos en tu estado.

Los ojos de ella relampaguearon por un instante pero reconoció que tenía razón y, suspirando, se tumbó de nuevo.

—Debo… sacar los cuerpos. —Firdánir se levantó y miró hacia los dos cadáveres con gesto cansado; llegó hasta el del Bello y se arrodilló junto a él, procurando que sus ropas no quedaran manchadas por la abundante sangre estancada en el suelo—. Intenta dormir, Elin.

Con los ojos cerrados, hundiéndose poco a poco en la bruma de los sueños, la joven escuchó al elfo ir de aquí para allá, lanzando gruñidos por el esfuerzo que le suponía arrastrar los fornidos cuerpos de los caballeros, y pronto quedó dormida.

Entre la oscuridad, Elin vio una luz, un pequeño alfiler lejano que fue creciendo en intensidad hasta amenazar con cegarla por completo. Entornando los ojos, se fijó en que una figura oscura estaba en el interior de la esfera resplandeciente, alguien vestido con una túnica de amplias mangas que se acercaba hacia ella, tan rápido que pronto su cuerpo tapó la luz, permitiendo a Elin ver el rostro del recién llegado.

—¡Merlín! —exclamó. El mago asintió con dulzura y se mesó la barba en un ademán paternal, riendo a carcajadas.

—Me ha costado dar con vos, muchacha —dijo él—. Estás en un sitio indeterminado… entre este reino y el otro…

—¡Oh, vos también! ¡No, por favor! —Elin giró los ojos sobre sus órbitas al pensar en que, al hablar con magos, siempre se llegaba a las mismas chaladuras.

—¿Yo? Bueno, es igual. —Merlín manoteó para restar importancia al comentario de Elin—. ¿Estáis bien, Elin? Os noto cansada.

Ella se señaló el torso, diciendo:

—Una costilla rota, al parecer.

—No es cuestión baladí —replicó él—. Os aconsejo volver lo antes posible a Camelot. Para sanaros. Y porque tenemos que hablar…

—¡Pero el Bello y Perceval!

—¿Qué pasa con ellos? —En su pregunta, Merlín deslizó sin disimulo un tono de molestia por la interrupción.

—¡Están presos! ¡Los tiene el señor de los elfos!

Las cejas de Merlín se enarcaron de tal modo que parecía iban a salir disparadas, pero mantuvo la calma y, cruzando los brazos sobre el pecho, dijo:

—¿Cómo ha sido eso? ¿No estaban con vos? Los mandé con instrucciones bien claras…

—¿Claras? —Merlín volvió a torcer el gesto ante la impertinencia de la joven—. Dijisteis al Bello que encontraría su nombre perdido en este bosque, y a Perceval, que hallaría la Copa de Cristo.

Él se encogió de hombros y sonrió, como si fuera un niño pillado en medio de una travesura.

—No fueron esas exactamente mis palabras, si hemos de ser justos. Y la cuestión principal era que os acompañaran, Elin.

—Los engañasteis —dijo escandalizada.

—Eso parece, sí. —Merlín manoteó de nuevo, dando por terminada esa parte de la conversación y dijo—: ¿Qué ocurrió? Decidme.

—Morgana. —Ante la mención de la hechicera, el rostro de Merlín se agrió como si chupara limones—. Con sus artes, hizo que se apartaran de nosotros y persiguieran una ilusión.

—Ya. Era de imaginar que esa arpía no pudiera permanecer al margen.

—¿Al margen de qué?

—Eso, querida Elin, no puedo decirlo aquí y ahora —contestó él—. Queda para Camelot. Cuando volváis.

—¿Y Perceval? ¿Y el Bello? —insistió—. No pensáis dejarlos a su suerte, ¿no?

Merlín se toqueteó el labio inferior, pensando en si dar una respuesta afirmativa o negativa, y al fin dijo:

—No. Por supuesto que no. Pero ahora, seguid durmiendo. Las cosas estarán más claras por la mañana.

Sin dar opción a Elin a protestar, el mago hizo un gesto con la mano y volvió la oscuridad de una noche sin sueño.

Por la mañana, Elin se levantó descansada, sin sentir dolor en el costado, como si nunca hubiera sido herida. Su mente comenzó a trabajar de inmediato y, con la lucidez que da un nuevo día, supo a la perfección lo que iba a hacer. En cuanto se removió en la cama para levantarse, Firdánir acudió corriendo hasta ella.

—Espera, espera… Deja que te ayude. —El elfo le ofreció la mano y ella la aceptó, más por cortesía que nada, pues tampoco notó nada de dolor en cuanto comenzó a moverse.

—Estoy bien, Firdánir. En serio —dijo.

—Aun así, espera que te caliente otra tisana. Aliviará el dolor…

—Bien, pero no es necesario. Me encuentro bien, de verdad.

El elfo enarcó una ceja, incrédulo, pero ella se presionó en el lugar donde la mágica copia del Bello había hundido su puño enguantado en acero y no hizo siquiera una mueca de dolor.

—¿Puedo…? —preguntó Firdánir boquiabierto, acercando la mano al torso de la muchacha.

—Sí, Firdánir —contestó ella riendo—. Puedes. Como Santo Tomás —añadió, aunque él no entendió la referencia.

Confuso, Firdánir comprobó que no había signo, al menos hasta donde él alcanzaba a saber de medicina, de una costilla rota. Retiró el vendaje con el que la noche anterior había rodeado el cuerpo de la joven y miró por poco tiempo para evitar que la vergüenza, por estar siendo examinada por un hombre, asomase al rostro de Elin. Cuando ella se cubrió al fin la piel con la camisa, asomó a su rostro un gesto interrogativo.

—Es… asombroso —reconoció él—. Quizá sea debido a tu facultad.

—¿Qué tiene que ver? —preguntó Elin.

—Verás… el tiempo pasa a otro ritmo cuando tu capacidad se hace presente, así que es posible que, mientras que haya pasado una noche para el mundo, en el interior de tu cuerpo el tiempo se haya enlentecido permitiendo que tu costilla se curase… No lo sé, la verdad —dijo al fin, incapaz de seguir por esos derroteros aunque no sonaban tan ilógicos como podía parecer.

—Es lo de menos, Firdánir. —Elin dio una palmada con energía—. Morgana no ha vuelto, ¿verdad? —Miró en rededor.

—No. No sé donde puede estar.

—Mejor.

—¿Por?

—Porque estoy cansada de sus tejemanejes. Y de los de Merlín, ya puestos —añadió críptica—. Es hora de hacer que mi destino sea mío, que yo sea la artífice de mi propio camino.

La decisión en su voz era tal que el elfo se sorprendió a sí mismo asintiendo con una sonrisa de orgullo.

—Saldré ahora mismo hacia el castillo de ese señor élfico del que hablas. Mis amigos esperan a alguien que los libere. ¡Perceval y el Bello cuentan conmigo!

El momento de satisfacción que había sentido Firdánir se evaporó al instante, en cuanto ella se puso de pie y comenzó a abrocharse el cinto del que colgaba la vaina de su espada.

El elfo no tuvo más remedio que callar, asentir y rezar para que la muchacha recuperase el sentido y se diese cuenta de que lo que había decidido hacer era una locura. ¡Asaltar el castillo nada menos! ¡El castillo del señor de los elfos, que había conquistado el lugar de procedencia de Firdánir! Elin era tan testaruda como todos los miembros de su familia, cabezota hasta el absurdo cuando algo se le metía entre ceja y ceja, y Firdánir consideró que lo único que podía hacer era acompañarla, pues no se perdonaría si le pasaba algo.

Mientras, podría intentar convencerla de dar media vuelta y volver a un lugar seguro, como Camelot, donde podrían encontrar ayuda. Por eso, le pidió un poco de tiempo para vestirse y coger su arco, diciéndole que, si estaba decidida, por lo menos dejara que fuese con ella. Elin accedió, sonriendo encantada, ya que tampoco quería despedirse de él en malos términos. Además, el elfo dijo que ella no tenía ni idea de cómo llegar al lugar donde se encontraban presos el Bello y Perceval, pero que él podía guiarla.

En realidad, Firdánir no sabía con certeza el camino que había que tomar para llegar al castillo del señor élfico, pero gracias a que el pantano de Genindas había sido su hogar durante tantos años, lo conocía al detalle, palmo a palmo, y cualquier cosa fuera de lugar podría suponer una pista para alcanzar su destino.

Así fue como Elin y Firdánir llegaron a un lugar en el que los charcos lodosos y los árboles de ramas retorcidas y nudosas daban paso a una tierra seca y quebradiza que se deshacía bajo sus pasos. Un viento azotaba la superficie y levantaba remolinos de un polvo gris y denso, silbando con una cantinela que parecía el lamento de los muertos.

La joven no podía creer que tal sitio se encontrara en medio de un pantano, pues más bien parecía un seco desierto colocado de mágicas maneras frente a sus ojos. Firdánir, carraspeando, llamó su atención y dijo:

—Esto, Elin, es parte del reino en el que nací. El reino del que huí junto con tu abuela y otros —añadió con tristeza.

—Pero… ¿cómo es posible…? —preguntó ella mirando hacia atrás, al pantano que, en efecto, continuaba ahí.

—Hay muchas formas de atravesar las barreras entre mundos. Tú ya has visto alguna, según has contado. —Elin asintió, recordando su aventura con Perceval—. Aquí, la barrera se ha rasgado tanto que no es un jirón, sino un agujero en el que se solapan ambos mundos.

»Lo que ves —continuó señalando la tierra marchita frente a ellos—, es lo que queda de mi mundo, sacrificado en los altares de la vanagloria y el poder.

—Es… terrible. —La joven puso la mano en el hombro del elfo, consolándolo—. Lo siento mucho, Firdánir.

El elfo asintió agradecido con lágrimas en los ojos.

—Sigamos —dijo, con un hilo de voz—. El castillo no debe estar lejos.

—¿Cómo lo sabes?

—Simple: Los secuestradores de tus amigos no pudieron recorrer mucha distancia en el tiempo que pasó entre que se separaron de ti y llegaron sus sosias.

“También es verdad”, pensó Elin, y siguieron andando hacia lo que imaginó debía ser el norte, a juzgar por la posición de un sol que colgaba sobre un cielo inflamado en llamas por la luz rojiza que desprendía. Sin duda, estaban en otro mundo.

Tal y como había dicho Firdánir, no tardaron mucho en llegar a su destino. Sin embargo, este no resultó tal y como la joven esperaba; en vez de en un altozano, como hubiera sido lógico para dominar el territorio circundante, el castillo se encontraba en una profunda hondonada, de forma tal que lo contemplaron por encima de sus altas torres de guardia.

—Extraño —musitó Elin, fascinada por la extraña arquitectura. No se parecía a nada que hubiera en Inglaterra y, estaba segura, en toda Europa, pues el castillo consistía en una amplia explanada que bien podría ser un patio de armas, pero que no contaba con muralla que la circunvalase, presentando numerosas aberturas por las que un ejército enemigo podría aventurarse. Las torres, sin embargo, eran muchísimo más altas que la más alta torre de Camelot, elevándose como queriendo arañar el cielo, y Elin pensó que, de no estar construido en un sitio tan profundo, sin duda atravesarían las nubes.

El color de todas ellas era negro como la pez, y algunas ventanas aquí y allá, sin ningún tipo de regularidad, se abrían en los muros arrojando alfilerazos de una luz anaranjada, como la del fuego crepitante en la chimenea. En un par de ellas, el tejado cónico que las remataba estaba truncado, y por la parte superior salía un humo espesísimo; alguna voluta llegó hasta la nariz de la joven haciendo que la arrugara, pues el pestazo era hediondo, una mezcla entre carne descompuesta y aceite ardiendo.

En el centro de toda la estructura se erguía lo que sería el lugar desde el que aquel que llamaba Firdánir “Señor de los Elfos” dominaba su reino, un edificio triangular cuya altura sería de tres pisos —o eso pensó Elin, pues ni la perspectiva era la mejor para tales cálculos, ni sabía si la altura de un piso sería igual en ese mundo que en el suyo—; en la techumbre, plana, ondeaban decenas de estandartes en los que aparecía un dragón rampante sobre fondo verde montado por un pequeño jinete.

Elin se dio cuenta de que su compañero enarcaba una ceja, extrañado, mientras examinaban el castillo.

—¿Ocurre algo? —preguntó.

—Sí —asintió Firdánir, acariciándose el mentón preocupado—. Este no era el lugar del castillo.

—¿Qué queréis decir?

El elfo la miró con expresión desconsolada y contestó con un hilo de voz:

—Es su castillo, pero lo ha movido. No sé cómo ha podido, pero ha logrado trasladarlo…

—¡¿Cómo?! —Elin no podía creer lo que estaba oyendo. Había visto muchas cosas que desafiaban toda lógica en los últimos meses, pero lo que Firdánir estaba sugiriendo era… abrumador.

—No imagino —explicó él, pero hablando más bien para sí mismo— la cantidad de energía que ha utilizado para… esto. Si quedaba poca magia en el mundo, en mi mundo… seguro que ya no existirá ni una pizca. Va a terminar consumiéndolo todo.

—Ya habéis explicado eso, Firdánir —cortó Elin, pues estaba deseosa de bajar y rescatar a los caballeros.

—No, Elin. —El elfo meneó la cabeza, triste—. Esto es algo peor: cuando no quede un ápice de magia, el mundo se consumirá en las llamas del horror. Unas llamas reales, Elin. El mundo arderá hasta que no queden sino cenizas y el viento del Cosmos las disipe.

La joven, sin embargo, no pareció apreciar la honda tristeza de Firdánir y miró inquieta hacia abajo, pensando en cómo podrían descender para entrar en el castillo. El elfo suspiró y la tocó en el hombro para llamar su atención.

—Mira ahí, Elin. —Señaló una estrecha senda que discurría pegada a la pared del risco y descendía de forma un tanto abrupta. Estaba tan absorta en la fantástica arquitectura de la fortaleza que no había reparado en ella. Firdánir continuó—: Podemos bajar por ahí, pero es muy accidentado.

—¡Podemos hacerlo! —Elin era todo fogosidad y ganas, así que el elfo no tuvo más remedio que encogerse de hombros y seguirla, pues ella ya se encaminaba a grandes pasos hacia el camino.

Con cuidado, pero para nada despacio, los dos avanzaron con la espalda pegada a la pared en la mayor parte de las ocasiones, agradecidos de que no soplaran ráfagas de viento que pudieran desequilibrarlos y hacer que se estrellaran contra el suelo, que parecía llamar con cantos fúnebres desde muy abajo. Por desgracia, la senda se cortaba en seco a mitad del recorrido, asomándose al inquietante vacío. Elin miró desconsolada al elfo: tendrían que volver sobre sus pasos.

—¿Te has fijado —preguntó Firdánir, nada deseoso de desandar el camino— en que hemos pasado cerca de un agujero en la pared por el que podríamos pasar?

—¿Una cueva? —El elfo asintió a la pregunta de Elin—. Pero… ¿y si no lleva hacia abajo?

—Podríamos intentarlo. A ver qué pasa.

—De acuerdo. Aunque quizá sea una pérdida de tiempo, y ese extraño sol parece que avanza muy rápido en el cielo. No quiero seguir en esta pared de noche.

—Sí, lo he visto —añadió él—. Nunca antes en mi mundo el sol había mostrado tantas ganas de ponerse. Hasta el cielo está mal en este lugar por culpa de él —concluyó con pena, mirando al lugar donde el señor de los elfos reinaba.

Retrocedieron y Elin vio la oquedad a la que se refería Firdánir, un agujero por el que una persona de constitución recia podría caber sin problemas, pero que se encontraba por encima de sus cabezas, debiendo saltar para alcanzarla. Dado que no estaban en un sitio adecuado para cabriolas, quizá no fuera tan buena idea después de todo.

—Sube —ordenó Firdánir, haciendo una sillita con sus manos para que Elin pusiera el pie.

La muchacha lo hizo sin pensárselo dos veces y se impulsó, aferrando el borde del agujero, por el que se deslizó en un momento. Dándose la vuelta, tendió los brazos para que Firdánir se agarrara a ellos y subiera. Sin dificultad aparente, los dos estaban en el interior de una especie de cueva, o más bien un túnel en la roca, que, para alegría de ambos, se internaba en el acantilado con una suave pendiente hacia abajo y con altura suficiente como para que andaran sin tener que agacharse.

—¡La fortuna nos sonríe! —exclamó Elin, que parecía la persona más feliz del mundo, incapaz de pensar que su misión de rescate tuviera otro fin que uno dichoso. Mas Firdánir no dijo nada, sumido en preocupaciones mientras andaban entre tinieblas, pensando en cómo iban a enfrentarse a toda la gente que en el castillo hubiese.

No obstante, la alegría de la joven parecía fundada, pues cuando divisaron la trémula luz anaranjada que bañaba el exterior del paisaje, indicando que la salida estaba cerca, se encontraron al pie del altísimo risco.

Habían descendido y el castillo se erguía ante ellos.

—Bien. Ahora, ¿cómo entramos? —Firdánir adoptó un tono pragmático e incluso frío, que molestó a Elin, nada dispuesta a dejarse vencer por lo que le parecían nimiedades. A fin de cuentas, no había un alma a la vista, y todas las torres y el edificio principal tenían puertas por las que poder acceder a su interior. Solo tenían que escoger una.

Elin señaló a la torre más cercana.

—Vamos a esa —dijo, resolutiva—. Seguro que encontramos alguna pista que nos lleve adonde tienen presos a mis amigos.

Firdánir enarcó una ceja, pero no dijo nada. Dado que la joven estaba más que dispuesta a lanzarse de cabeza al peligro, él pondría algo de su parte para que no les mataran en cuanto dieran un par de pasos. Con sus agudos ojos de elfo, miró el castillo, buscando signos de vida.

La fortuna les sonreía, pues no había nadie a la vista, ni a campo abierto, ni espiando desde los ventanucos que se abrían en las torres.

La sensación de peligro, no obstante, no disminuía; más bien al contrario, conforme se acercaban a la torre que Elin había decidido sería su objetivo. El ambiente resultaba extraño, cargado como antes del estallido de una fuerte tormenta, y olía… en realidad, no olía a nada. Firdánir venteó como un sabueso intentando captar cualquier traza con su nariz, pero fue en vano. No tuvo más tiempo de pensar en ello, porque Elin ya estaba abriendo la puerta, un grueso tablero de madera pintada de negro cuyo gran peso hizo que la joven tuviera que utilizar toda su fuerza.

El interior de la torre era oscuro, una tiniebla sofocante que pareció salir hacia el exterior, tenebrosos tentáculos que pugnaron por unos momentos con la mortecina luz que bañaba el lugar. Ni siquiera Firdánir era capaz de traspasar el negro manto y Elin, por fin, se detuvo incapaz de decidir si adentrarse en tan tétrico lugar.

—Encenderé una antorcha. —Firdánir ató un trozo de su propia camisa al astil de una flecha y, utilizando yesca y pedernal, la prendió fuego, arrojando un débil resplandor que les ayudó un tanto a moverse por el interior.

Era una sala amplia, con una escalera pegada a la pared junto a la puerta que ascendía a los pisos superiores, carente de cualquier mobiliario, y cuyo suelo era de mera tierra batida. Sin embargo, Elin contuvo a duras penas un grito y cogió el brazo de Firdánir. La llama tremoló por efecto del brusco movimiento.

—Ahí. —Elin señaló con un movimiento de barbilla un agujero en el suelo, cuadrangular—. Si hay mazmorras, tienen que estar en el subsuelo.

Dicho pensamiento no carecía de lógica, así que Firdánir asintió, diciendo:

—Vayamos pues, pero saquemos las armas —concluyó, y Elin desenvainó su espada.

La oquedad era todavía más oscura que la sala en la que estaban, por imposible que pareciera, y tuvieron casi que tenderse en el suelo para descubrir la forma de una escalera de madera por la que poder descender. Ni olor ni sonido surgía del agujero, y al tocar el primer peldaño, Elin dijo:

—Está resbaladiza. Bajad con cuidado, Firdánir.

—Lo tendré —dijo, aunque tendría que apañárselas con una sola mano, pues en la otra portaba la improvisada antorcha.

Con todo, descendieron sin percances, y avanzaron dando un círculo en torno a la base de la escalera, intentando encontrar algo, lo que fuera. El suelo, ahí, era de piedra dura, y sus pasos, aunque livianos, producían un sonido como el del martillo en el yunque del herrero.

Palpando y adivinando más que viendo, descubrieron una arcada en la pared, y decidieron seguirla tan solo con mirarse, recorriendo un pasillo al fondo del cual, tras unas buenas decenas de pasos, se vislumbró una luz. De nuevo animada, Elin apretó el paso y Firdánir descolgó el arco del hombro, dispuesto a tirar la tea a la menor señal de peligro.

La fortuna les seguía sonriendo, pues, conforme la luz que se veía al fondo crecía en claridad, escucharon unas voces que les pusieron sobre aviso de la proximidad de enemigos. Elin preguntó entre susurros:

—¿Son elfos?

Firdánir asintió con la cabeza y dejó a un lado la improvisada antorcha, pues ya no era necesaria. Sacó una flecha del carcaj, preparado para la batalla y siguió avanzando con pasos todavía más sigilosos que hasta el momento.

Por la intensidad de las voces —reconocieron dos distintas—, supieron que no estaban lejos de ellos, quienes fueran; habían llegado a una zona en la que el largo corredor comenzaba a parecer un pasillo propio de un sótano, con paredes enlucidas y soportes en las paredes de las que colgaban no teas, sino unos curiosos orbes que desprendían una luz amarillenta y pálida, pero suficiente como para poder ver sin problemas. Elin miró uno de ellos, fascinada, pero Firdánir le tiró de la manga, instándola a seguir.

—Creo que debemos estar bajo la casa que había en el centro de todas las torres —dijo, deteniéndose en una esquina y adelantando la cabeza. De inmediato, se echó hacia atrás y llevó un dedo a sus labios. Mediante señas, indicó que esos dos que habían escuchado estaban frente a ellos; no había otro camino por el que seguir, así que tendrían que enfrentarlos y acabar con ellos lo más rápido posible.

Con mucho cuidado, Firdánir colocó una flecha en la cuerda y la tensó haciendo un gesto de asentimiento a Elin, que emprendió una carrera todo lo rápido que pudo para intentar aprovechar la sorpresa. La flecha del elfo pasó junto a ella y se clavó, con excelente puntería, en el ojo de uno de los sorprendidos soldados, que hasta el momento estaban conversando tan tranquilos y despreocupados.

Al ver una mujer que se le echaba encima espada en mano, el elfo que quedaba vivo sacó con un rápido movimiento el arma que le colgaba del cinto y se levantó del taburete en el que estaba, parando a duras penas el golpe de Elin y trastabillando, sin caer al suelo gracias a que la pared tras él frenó su movimiento. No pensó ni por un momento en gritar pidiendo auxilio, por suerte para Elin y Firdánir.

Aunque Firdánir tenía otra flecha preparada, no podía dispararla sin arriesgarse a impactar en el cuerpo de Elin, así que se limitó a contemplar el duelo de los aceros, que chocaban y repiqueteaban lanzando destellos azulados y sonidos tintineantes. La joven lanzó un tajo en arco hacia el abdomen del elfo, pero este lo paró colocando su espada en paralelo a su cuerpo, y la joven deslizó su filo hacia arriba, buscando tajar los dedos de su enemigo, que respondió con pericia y giró la muñeca, convirtiendo el movimiento de Elin en algo inútil. No obstante, el elfo no tenía suficiente espacio para maniobrar, con la pared a su espalda, y estaba a la defensiva, así que Elin solo tenía que aprovechar un fallo para romper su guardia. Por fin, tras un furibundo intercambio de golpes, el elfo se equivocó al creer que la finta de Elin se dirigía a su pecho, con lo que no pudo interponer el acero cuando ella cambió de dirección como un rayo y clavó la punta de su espada en el muslo de su enemigo. Al retirar el arma, un grueso chorro de sangre surgió de la herida, pero el elfo no tuvo tiempo de gritar de dolor, pues Elin, aprovechando la ventaja que le daba haberlo herido, dio una estocada a la altura de la garganta que atravesó el cuello del elfo, quien ya no se levantaría más.

Se volvió sonriente hacia Firdánir, señalando los cascos de los elfos, unos yelmos completos con estrechas rendijas para los ojos, que reposaban en el suelo, junto a los taburetes volcados.

—Podemos disfrazarnos —dijo, con gran satisfacción.

Poco después, Elin alzó los brazos por encima de su cabeza para ajustarse el yelmo. Se había recogido el pelo en un nudo y sonreía, como una niña en una fiesta, cuando dijo:

—Todo va a pedir de boca, Firdánir. ¿Por qué esa cara tan seria?

El elfo meneó la cabeza con el mismo gesto que los padres dedican a sus chiquillos traviesos. Aunque era cierto que hasta el momento no habían tenido ningún problema y se habían adentrado en las entrañas subterráneas del castillo con tan buena fortuna que incluso las ropas que llevaban los guardias les sentaban a la perfección, no podía dejar de pensar en el poderoso señor que estaba no muy lejos de allí. En cuanto les descubriera, ¿qué pensaba la joven que iban a hacer? ¿Enfrentarse a todo su ejército?

Por de pronto, ambos podían pasar por miembros de las tropas élficas, con sus sobrevestes de color azul pálido que presentaban, con hermoso hilo plateado, un bordado con la forma de un elegante cisne de largo y erguido cuello. Bajo ella llevaban una camisa de escamas de acero, flexible y ligera que ofrecía una gran protección al portador, con mangas hasta la muñeca. Así disfrazados, con solo los ojos visibles, podrían moverse sin despertar sospechas, o eso esperaban.

—Sigamos buscando. —Elin no había olvidado que debían encontrar a los caballeros de la Tabla Redonda y se dirigió a una puerta gruesa con remaches de hierro, añadiendo mientras la abría—: Las mazmorras tienen que estar aquí cerca.

Un nuevo pasillo se abría frente a ella, iluminado por los mismos orbes que resplandecían con una luz amarilla; vieron unas rejas en los muros de gruesa piedra, celdas que bien podrían contener al Bello Desconocido y Perceval. Con pasos rápidos, esperanzada, Elin recorrió el pasillo hasta que, a mitad del mismo, se detuvo y puso las manos en una de las puertas, tirando con insistencia y rugiendo de frustración.

—Es lo lógico —ironizó Firdánir, agitando las llaves que había cogido del cinto de uno de los elfos muertos—. Mala cárcel sería si las puertas estuvieran abiertas.

Elin lo fulminó con la mirada, pero Firdánir se permitió acercarse hasta ella con parsimonia, disfrutando de la impaciencia de la joven. Cuando llegó hasta la celda, vio la causa de la urgencia de Elin, pues en su interior, sobre un montón de paja sucia que era lo único que le protegía del frío y húmedo suelo de piedra, estaba tendido Perceval.

Instantes después, Elin hacía que se incorporara, dejando a un lado el casco y sujetando su desnudo y lastimado torso, pues mostraba signos de haber sido golpeado. Uno de los feos cardenales hinchaba su ojo de forma grotesca.

—¿Sois vos, Elin? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Es acaso esto un sueño?

—No lo es, Perceval. —Elin estaba a punto de llorar al ver el estado en que se encontraba el caballero, y acariciaba su cabeza como si fuera un animalillo indefenso. El hombre hizo un movimiento que le arrancó un gemido y colocó la cabeza contra su pecho, buscando consuelo. El nudo del pelo de Elin se deshizo y cayó como una cascada de trigo maduro—. Soy yo. Soy Elin. He venido a rescataros.

—Yo… —Perceval elevó el rostro hacia el de la joven, mostrando una sonrisa cansada al ver el angelical rostro que, por efecto de las luces que provenían del exterior de la celda, parecía enmarcado por un halo—. Os debo la vida, entonces. —Tragó saliva, y Elin supo que el caballero se callaba algo, aunque ella misma no quería oírlo. No, desde luego, en esas circunstancias. Y no, desde luego, teniendo también que salvar al Bello Desconocido. Por un instante, la mente y el corazón de Elin volaron hacia los dos, sus compañeros de aventura, de Tabla Redonda, de amistad.

—Debéis levantaros, Perceval —dijo al fin Elin, pasando sus brazos por las axilas del caballero. Aunque tembloroso, parecía capaz de caminar—. ¿Sabéis dónde se halla el Bello?

—Por desgracia, sí… —Perceval dejó la mirada perdida, pero no respondió.

—¡Hablad, os lo ruego! —apremió Elin.

—Vinieron a por él no hace mucho, Elin —explicó Perceval—. Dijeron que iban a ajusticiarle ante el trono del mismísimo señor del castillo.

Elin ahogó un grito llevándose las manos a la boca. ¿Habían llegado tarde, entonces? No obstante… si se lo habían llevado hacía poco…

—¡Aún podemos salvar al Bello! —exclamó, comenzando a andar hacia la salida de la celda con aspecto decidido.

—Pero, Elin… —protestó Firdánir.

—No. Sin peros. —Elin ni siquiera se volvió para hablarle. La testarudez volvía a adueñarse de sus actos y dijo—: Si existe la más mínima posibilidad de llevarlo de vuelta a Camelot, no puedo rendirme. A fin de cuentas, soy miembro de la Tabla Redonda. He sido armada por el mismísimo Rey Arturo. Y he jurado defender el sueño de Camelot.

»Así pues —concluyó ahora echando un rápido vistazo por encima del hombro, hacia atrás—, daré mi vida si es necesario. Pero la daré intentando rescatar a mi amigo.

Al elfo se le descompuso el rostro en un gesto de auténtico dolor físico. La joven no entendía, o le daba igual, que si se lanzaba a los brazos del señor del castillo estaría regalándole lo que más quería en el mundo: obtener a Elin para rasgar la frontera entre los mundos y conquistar Inglaterra.

Elin había huido de quienes la perseguían… solo para lanzarse de cabeza a su perseguidor. Por desgracia, ya había mostrado que, cuando algo se le metía en la cabeza, no había quien se lo sacara, por lo que lo único que podía hacer, una vez más, era seguirla e intentar protegerla, aunque dudara mucho de la existencia de un dichoso final en un futuro cercano.

Perceval asintió cuando le preguntó si podía andar y fueron tras la joven, que ya les sacaba varios pasos de ventaja y se asomaba a la puerta enfrentada a aquella por la que habían entrado en el pasillo de las celdas, contemplando una escalera de piedra que subía. Se giró con una sonrisa de triunfo y se caló de nuevo el casco del guardia élfico antes de comenzar a ascender.

—Quizá deberíais quedaros, caballero —dijo Firdánir, preocupado por el estado de Perceval, pero este negó con la cabeza. El elfo pensó en que, a falta de una cabezota, tenía dos que manejar. Y ni siquiera contaban con ropas con la que disfrazarlo…

Cada escalón era una tortura para Perceval, que comenzó a resoplar fatigado enseguida. El elfo temió por el estado de sus pulmones, dado que quizá alguno de los golpes que habría recibido se los hubiera afectado en algún modo. Sin embargo, Perceval dio un paso tras otro, ayudado por Firdánir, hasta que llegaron al final de la escalera.

Elin los esperaba y dijo:

—He echado un vistazo. —Parecía contenta. Los ojos le brillaban de emoción—. No hay nadie a la vista y se oye un rumor, como cantos, de allá. —Señaló un punto de forma vaga—. Deberíamos seguirlos.

Firdánir enarcó una ceja, no muy convencido de la sabiduría del plan, si es que podía considerarse tal cosa, pero no protestó.

Avanzaron por el piso inferior de la construcción central del castillo del señor de los elfos, atravesando pasillos largos y en penumbra, como si a los habitantes no les gustara en demasía la luz, echando vistazos rápidos a algunas salas vacías junto a las que pasaban, hasta que el sonido de los cantos que Elin había mencionado se hizo más fuerte. Sabiendo que estaban en el buen camino, aunque ello supusiera meterse en una trampa, los tres alcanzaron una gran estancia de techo alto decorada con frescos de vivos colores que mostraban escenas de sangrientas batallas entre tropas de elfos y criaturas de horrendo aspecto, similar a las que pudieron contemplar cuando estuvieron en el castillo del barón Melquíades, retorcidas y libidinosas.

Una doble puerta, que duplicaba el tamaño de Elin, ahogaba un tanto el sonido de los cánticos pronunciados en una lengua extraña, pero muy musical, acompañados por algo que parecía el suave rasgueo de un instrumento de cuerda. Eran voces femeninas que se alternaban con las masculinas, preñadas de belleza y ritmo, y Elin no pudo evitar afirmar, aunque fuera algo que cantaban sus enemigos:

—Es muy bonito.

Sin embargo, Firdánir, pálido como la cal, meneó la cabeza negando y dijo:

—No, Elin. Si supieras qué están cantando, no dirías eso. —La joven la miró con gesto interrogativo y el elfo explicó—: Es lo que se canta previamente a cualquier ejecución.

Elin apretó los labios ante las funestas palabras de Firdánir. Sus ojos relampaguearon y cuadró los hombros, dispuesta a abrir de una patada la puerta y anunciar a quienes estuvieran detrás de la misma que estaba dispuesta a todo para salvar al Bello Desconocido.

Antes de poder lanzar el golpe, Perceval la detuvo:

—¡Deteneos! —Elin lo miró molesta, pero le hizo caso. El caballero continuó—: Cuando fui llevado al salón del trono, no entramos por esta puerta.

—¿No? —preguntó ella, esperando a que continuara.

—Fue una arcada, en un lateral del salón del trono. No había ni quince pasos de ella hasta el lugar donde se sentaba… —Se estremeció al recordar lo que le había ocurrido dentro.

—Busquémosla entonces —decidió Elin, alborozada—. Los sorprenderemos y amenazaremos al señor élfico antes de que puedan reaccionar. ¡Vayamos!

Los cantos seguían sonando, pero en cualquier momento podían cesar, significando que la vida del caballero estaba a punto de terminar. Un sentimiento de urgencia los poseyó y dejaron atrás, de forma inconsciente, toda prudencia, casi corriendo por los pasillos y salas cercanas, buscando la arcada a la que Perceval se refería.

Por fin, la encontraron, y ni un momento pronto: las voces de los elfos habían callado, y una gruesa cortina de silencio dominó el ambiente.

Sin pensarlo siquiera un momento, Elin se lanzó al interior de la estancia, provocando gritos de sorpresa e indignación. Echando un rápido vistazo, la joven se hizo cargo de la situación. Un trono oscuro, rojizo, bañado por la luz filtrada a través de unas siniestras vidrieras. Una figura tenebrosa sentada, pero de tal porte y tamaño que parecía un gigante. Una mujer de fiero aspecto junto al señor del castillo, de mirada torva. Un grupo de al menos cincuenta elfas y elfos vestidos con túnicas de color gris que sujetaban gruesos cirios entre sus manos. Y el Bello Desconocido, protagonista indiscutible de lo que estaba sucediendo.

El Bello, arrodillado y con la mirada perdida, cuya cabeza estaba a punto de ser cortada por el enorme mandoble que se cernía sobre él, empuñado por un guerrero acorazado de blanca cabellera y facciones hermosísimas.

Todo pareció suspenderse por unos instantes ante la inesperada aparición de Elin. Tras un momento de confusión y sorpresa, Calau’dar’Onieril, el rey élfico, se levantó apoyando sus manos en los brazos del trono. Con lentitud y majestad, mostró los dientes al decir con voz grave:

—¿Cómo osas? —Señaló a Elin, que ladeó la cabeza sonriente. La muchacha sentía el fuego de la ira y el deseo del combate recorriendo sus venas, y balanceó un tanto su acero frente a ella, retando al rey, en cuyos ojos brilló una chispa de comprensión súbita al mirarla. Dijo—: ¡Tú! —Y soltó una risotada.

—Yo —replicó Elin, que dio rápidas zancadas con la intención de atacarle.

No había recorrido la mitad de la distancia, sin embargo, que la mujer junto al trono interpuso su espada. Los aceros chocaron con estrépito y el eco del metal ascendió al techo. Calau’dar’Onieril ordenó, lleno de furia:

—¡Matadlos! ¡Matadlos a todos!

Ya se preparaba la elfa para atravesar a Elin. Ya daba también pasos hacia Firdánir y Perceval la siniestra figura que había estado momentos antes a punto de decapitar al Bello, olvidando su tarea de verdugo. Elin mostró los dientes y se colocó en guardia, dispuesta a combatir hasta su último aliento, pero la voz potente y clara de Firdánir se elevó por encima del rumor de pasos sobre las baldosas de mármol, los bisbiseos ultrajados de los asistentes a la macabra ceremonia y el estruendo del acero al chocar entre sí:

—¡No! —El grito hizo que todos se volvieran hacia Firdánir, que tenía ambos brazos levantados y las palmas abiertas. Dejándose caer de rodillas, dijo entonces—: ¡Invoco el sagrado Ajik man duamar!

El rostro de Calau’dar’Onieril se convirtió en una máscara de furia cuando las mejillas le enrojecieron y, escupiendo cada una de las palabras, muy a su pesar, respondió:

—¿Quién eres tú que conoces tal rito?

—Firdánir ap Viassing, señor. Llamado en su día “El que siembra flechas en los corazones enemigos”. —Se quitó con parsimonia el casco, revelando sus facciones. Un gemido ahogado surgió de la mujer que estaba frente a Elin. El yelmo rebotó varias veces cuando Firdánir lo arrojó a un lado. Parecía haber crecido en estatura y reflejar una menor edad ahora que Elin lo contemplaba bañado por la luz del extraño sol de ese mundo que se filtraba por los ventanales. Con una sonrisa aviesa, concluyó—: ¿Me recordáis, Calau’dar’Onieril?

—Sí —gruñó el elfo sentado en el trono, removiéndose inquieto—. Te recuerdo bien, traidor…

—¡No es momento para reproches! —interrumpió Firdánir—. Exijo que el sagrado rito sea contemplado, o que los dioses antiguos hagan descender la ignominia sobre tu cabeza, rey de los elfos.

Calau’dar’Onieril torció el gesto y apretó los reposabrazos de su trono con tanta fuerza que la sangre abandonó sus nudillos, pero, tras unos instantes que parecieron eternos, accedió:

—Sea. Que mi general Guedin’has quien acabe con tu vida, Firdánir.

—¿Qué? —Elin se apartó, sin quitar la vista de la elfa, colocándose entre el rey y su amigo.

—Lucharé por nuestra libertad. —Su voz era grave cuando apartó a Elin con suavidad para mirar a Calau’dar’Onieril a los ojos. Señaló al arrodillado Bello y dijo—: También por la de él. —El rey de los elfos se encogió de hombros, aceptando los términos.

—¡No! ¡Nada de eso! —protestó Elin—. ¡Yo seré quien luche!

Calau’dar’Onieril lanzó una carcajada y dijo:

—Acepto. Y no se hable más, Firdánir, o no habrá Ajik man duamar. —El tono lapidario del rey hizo que el elfo agachara la cabeza, sin replicar—. Y tú, muchacha… ¿Cuál es tu nombre? Dilo, para que mi general sepa a quien va a asesinar.

—Yo… —comenzó a decir Elin.

—Es Gisela —dijo con rapidez Firdánir. Elin lo miró de soslayo y entendió por qué el elfo mentía: no convenía que Calau’dar’Onieril supiera en realidad quien estaba frente a él—. Procede de la corte de Lyonesse y…

—Basta de palabrería. —El rey hizo un ademán con la mano, como espantando una mosca—. Lucha, Gisela, contra mi general Guedin’has. Lucha. Y muere.

Elin asintió con un firme movimiento de la cabeza. Confiada en que la elfa con la que había cruzado la espada respetaría el duelo ritual, le dio la espalda y se encaró con el enorme general. Antes de dar un paso, no obstante, Perceval susurró:

—Cuidaos de su espada, Elin. Es capaz de dividirla en dos.

La joven guiñó los ojos, extrañada, pero guardó la información y dio dos pasos hacia Guedin’has, que permaneció firme, las piernas abiertas y el mandoble ante él en diagonal, apuntando al suelo; todo en él destilaba calma y superioridad, como la de quien sabe que va a salir victorioso de un trance en exceso fácil, y Elin sintió una punzada de ira al entender que su enemigo no la tomaba en serio.

Lanzó una estocada de tanteo que el general rechazó sin problema.

Elin sabía que no podía contar con su capacidad mágica: había atado cabos y entendía que, de una forma instintiva, era capaz de canalizar la energía mágica de la realidad que la rodeaba. Por desgracia, como había explicado Firdánir, nada de ella quedaba en el mundo de los elfos, así que Elin solo podía contar con su pericia, destreza y habilidad con la espada.

Las espadas volvieron a chocar una y otra vez, todavía en la fase de medir la habilidad del oponente. Elin desplazaba su cuerpo en torno al general con pasos suaves y cortos, mientras que él pivotaba sobre sí mismo, sin avanzar y clavando los ojos en los de la joven con una mirada que parecía burlona. Guedin’has volvió a rechazar otro ataque con la punta.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer? —preguntó con la voz más grave que jamás hubiera escuchado Elin—. ¿Dar golpecitos como si estuvieras jugando? Más valdría que te hubieras dedicado a las muñecas de trapo y el horneo de pasteles, chica! —se burló, parando otro golpe.

Elin no hizo caso. Su naturaleza de por sí rebelde y un tanto inconsciente quedaban a un lado cuando tenía que cruzar su espada con cualquier contrincante. Siguió examinando la coraza de placas negras del general, buscando las junturas y planificando la mejor forma de llegar hasta ellas. El menor tamaño de su brazo y espada era una desventaja, pero estaba segura de ser más ágil que él, aunque por el momento no había dado muestra de su forma de moverse.

Decidió que ya tenía toda la información que necesitaba y comenzó a luchar en serio, alternando tajos de barrido y estocadas con rapidez, balanceando el torso y empujando con la cadera para intentar quebrar la guardia de Guedin’has. El elfo, entonces, empezó a tomarse en serio a la joven y a tener que mover las piernas para evitar los ataques que le lanzaba.

Los asistentes contemplaron fascinados el duelo, una sucesión de golpes y paradas que provocaron la admiración entre quienes sabían de combatir con espada, mas Firdánir se mordisqueaba el labio, temeroso por la suerte de Elin. Dudaba mucho que lograra vencer al general Guedin’has, pues antes de abandonar el mundo de los elfos, ya le era conocida su fama de impío asesino, inclemente destructor de aldeas y conquistador incapaz de sentir remordimientos por las vidas que había quitado, un bárbaro que en su día luchó con todas sus fuerzas contra Calau’dar’Onieril, pero que, tras jurarle fidelidad, se había convertido en su mano derecha.

Guedin’has rompió la guardia de la joven: deslizándose hacia un lado con una rapidez inusitada, interpuso el antebrazo acorazado en el camino de la espada de Elin y atacó con la punta de su mandoble, clavándosela en el costado. Elin gritó de dolor al notar entrar y salir el acero de su interior. La sangre comenzó a manar en abundancia aunque, por fortuna para ella, el golpe no había alcanzado ningún órgano.

El rey de los elfos aplaudió y un murmullo de admiración recorrió la sala; alguno de los elfos asistentes incluso aplaudió con timidez. Elin supo que, pese a que la herida no era seria, si el combate se alargaba sus fuerzas se irían desvaneciendo y el general solo tendría que rematarla, así que tenía que dar la vuelta a la lucha.

Apretando los dientes, comenzó a soltar una estocada tras otra con toda la rapidez y fuerza que su joven cuerpo era capaz de desprender, y pronto Guedin’has estaba luchando a la defensiva, parando con acierto, aunque en algunos momentos con dificultad, lo que Elin le lanzaba. El rostro del elfo comenzó a mostrar una expresión de preocupación, el ceño fruncido y los labios prietos, y Elin redobló la fuerza de sus ataques, sin hacer caso al dolor punzante, como si le hurgaran con un hierro al rojo, del costado.

Entonces, vio su oportunidad: había lanzado un ataque en un tajo descendente, y el elfo había interpuesto su acero de forma un tanto ladeada, lo que permitió a Elin, tras el choque, deslizar su arma por el filo de la de Guedin’has. Con un movimiento de muñeca digno del más hábil de los espadachines, Elin proyectó su espada hacia delante, acompañándola con el torso para imprimir más fuerza a la punta de la espada… que se clavó justo donde ella quería.

En la juntura que presentaban la placa del pecho con la del abdomen.

Sintió satisfacción al notar su espada deslizarse como entre mantequilla, destrozando la carne y el músculo de Guedin’has hasta llegar al pulmón, perforándolo de parte a parte. Con una mirada de incredulidad, el elfo tosió, esputando sangre espumosa, y una terrible flojera se adueñó de él; la gran espada de Guedin’has cayó al suelo, el único y tremendo ruido en un salón que había enmudecido por completo, y, con su último aliento, la mirada ya perdida en la infinitud de la muerte, dijo:

—Me habéis… vencido.

Guedin’has expiró.

El rey Calau’dar’Onieril se levantó con una mirada furibunda en los ojos. No podía creer lo que había visto y estaba a punto de hablar, pero Firdánir se adelantó y con una voz plena de autoridad, dijo:

—¡El Ajik man duamar ha terminado, señor Calau’dar’Onieril! ¡El resultado es claro! —Miró con preocupación a Elin, que aunque sonreía, respiraba con esfuerzo y se sujetaba la herida sangrante—. ¡Cumplid con el rito y ofrecednos paso franco, como estáis obligado a hacer!

—¡Ah! —replicó el rey con el ceño fruncido y los ojos convertidos en rendijas—. No incumpliré mi palabra, Firdánir ap Viassing, pues estoy atado a ella. —Levantó la mano derecha y apretó el puño con fuerza antes de continuar, amenazante—: Mas tenéis una hora. ¡Idos de mi castillo y corred como las ratas que sois, pues en una hora mis tropas os buscarán y os destriparán como a cerdos!

No hizo falta que dijera más. Perceval ayudó al Bello a levantarse y Firdánir se rasgó su camisa para aplicar una compresa de emergencia sobre la herida de Elin. Cansados, pero vivos, los cuatro dejaron con toda la rapidez de que fueron capaces el castillo del rey de los elfos, donde comenzaron los llantos por la pérdida de tan valioso general entre los elfos, rezando para ser lo bastante rápidos como para escapar de su ira.

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25 thoughts on “El romance del falso caballero: capítulo 6

  1. Se nos viene tremenda persecución, no nos defraude Mi Lord.

    —Se desempolva la ausencia de encima.

    Tengo unas cuantas trabas en torno al capitulo eso sí que —se aclara la garganta— si no es mucha impertinencia me gustaría compartir. La mayoría sino todas, no las he analizado a plenitud, son de gusto personal por lo que es libre de no tomarlas en cuenta.

    Me ha encantado el adolescente optimismo de Elin, pero he sentido que va perdiendo protagonismo en esta parte de la historia, apenas sabemos lo que piensa, lo que siente limitándose a actuar siendo Firdanir sobre quien recae esta tarea. Aunque me hubiese gustado ver más su sufrimiento a lo largo de la narración.

    La palabra flojera, la encuentro, valga la redundancia, floja y como que rompe lo epico en la narración. Maybe cansancio, agotamiento, pudieran ser buenos reemplazos.

    Ese Deux ex Machina del Ajik man duamar me sorprendió, pero no ha bien. me olió a trampa… quizás si Firdanir nos diera más pistas durante el capitulo de que es lo que hará si algo llega a salir mal, no sé, tratar con los D.E.M. no siempre es fácil.

    Y por último no he podido evitar imaginarme al elfo al final de la historia desgarrando su camisa en la pose más heroica posible con los pectorales y abs al aire y el pelo al viento XD. La misma camisa que ya le había sacado un pedazo para hacer la antorcha, por cierto.

    Camisas elficas, el último grito en kits de supervivencia. Y si llama ahora le agregamos un taburete proyectil a mitad de precio!

    Con todo y como siempre un gusto volver a acompañar a Elin en sus aventuras.

    EPA! se me olvidaba! La descripción de las batallas es, por lo menos, sublime. Adoró la maestría con la que plasmas los movimientos de los combatientes.

    Pues eso. con una venia me retiro.

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    1. 😀 😀 😀 😀 😀
      Tus sugerencias son muy, muy, muy bienvenidas. El problema de esta “novela por entregas” es que, entre que inicio un capítulo y lo termino, median bastantes días, por lo que detalles (como la camisa de Firdánir multiusos… ¡anda que no me he reído con la escena que imaginas!), trasmas y asuntos de personajes se me pueden escapar. Tengo previsto (creo que ya lo he dicho) publicarla en formato novela cuando la acabe… lo que implica que tendré que repasarla antes de darle mi visto bueno. Y esas cuestiones que señalas, mirando hacia atrás, son verdad verdadera. Las imprimo y me las guardo en el “cajón de cosas para arreglar”, dándote muchas, muchas, muchas gracias por ello.
      PS: Me da que flojera lo utilizamos mucho por donde vivo y se me fue el localismo a los dedos. Intento evitarlos, pero a veces, bueno… cosas que pasan. Lo cambiaré 😀

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      1. Por acá también se usa mucho el flojera, por eso lo encuentro común y corriente. Indigno de vuestra prosa su merced. De hecho… podría decirse que —bosteza— soy un experto en la materia y me extendería, pero me da una Idem.

        Para eso estamos, para disfrutar de su adelanto y dar sugerencias con cada paso. Las pocas que me permite mi inexperiencia.

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