El romance del falso caballero: capítulo 6 (XVIII)

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I) (II) (III) (IV) (V) (VI) (VII) (VIII) (IX) (X) (XI) (XII) (XIII) (XIV) (XV) (XVI) (XVII)

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Salón de trono élfico (vía http://lostgenerations.darkbb.com/t2092-throne-room-ballroom)

Guedin’has rompió la guardia de la joven: deslizándose hacia un lado con una rapidez inusitada, interpuso el antebrazo acorazado en el camino de la espada de Elin y atacó con la punta de su mandoble, clavándosela en el costado. Elin gritó de dolor al notar entrar y salir el acero de su interior. La sangre comenzó a manar en abundancia aunque, por fortuna para ella, el golpe no había alcanzado ningún órgano.

El rey de los elfos aplaudió y un murmullo de admiración recorrió la sala; alguno de los elfos asistentes incluso aplaudió con timidez. Elin supo que, pese a que la herida no era seria, si el combate se alargaba sus fuerzas se irían desvaneciendo y el general solo tendría que rematarla, así que tenía que dar la vuelta a la lucha.

Apretando los dientes, comenzó a soltar una estocada tras otra con toda la rapidez y fuerza que su joven cuerpo era capaz de desprender, y pronto Guedin’has estaba luchando a la defensiva, parando con acierto, aunque en algunos momentos con dificultad, lo que Elin le lanzaba. El rostro del elfo comenzó a mostrar una expresión de preocupación, el ceño fruncido y los labios prietos, y Elin redobló la fuerza de sus ataques, sin hacer caso al dolor punzante, como si le hurgaran con un hierro al rojo, del costado.

Entonces, vio su oportunidad: había lanzado un ataque en un tajo descendente, y el elfo había interpuesto su acero de forma un tanto ladeada, lo que permitió a Elin, tras el choque, deslizar su arma por el filo de la de Guedin’has. Con un movimiento de muñeca digno del más hábil de los espadachines, Elin proyectó su espada hacia delante, acompañándola con el torso para imprimir más fuerza a la punta de la espada… que se clavó justo donde ella quería.

En la juntura que presentaban la placa del pecho con la del abdomen.

Sintió satisfacción al notar su espada deslizarse como entre mantequilla, destrozando la carne y el músculo de Guedin’has hasta llegar al pulmón, perforándolo de parte a parte. Con una mirada de incredulidad, el elfo tosió, esputando sangre espumosa, y una terrible flojera se adueñó de él; la gran espada de Guedin’has cayó al suelo, el único y tremendo ruido en un salón que había enmudecido por completo, y, con su último aliento, la mirada ya perdida en la infinitud de la muerte, dijo:

—Me habéis… vencido.

Guedin’has expiró.

El rey Calau’dar’Onieril se levantó con una mirada furibunda en los ojos. No podía creer lo que había visto y estaba a punto de hablar, pero Firdánir se adelantó y con una voz plena de autoridad, dijo:

—¡El Ajik man duamar ha terminado, señor Calau’dar’Onieril! ¡El resultado es claro! —Miró con preocupación a Elin, que aunque sonreía, respiraba con esfuerzo y se sujetaba la herida sangrante—. ¡Cumplid con el rito y ofrecednos paso franco, como estáis obligado a hacer!

—¡Ah! —replicó el rey con el ceño fruncido y los ojos convertidos en rendijas—. No incumpliré mi palabra, Firdánir ap Viassing, pues estoy atado a ella. —Levantó la mano derecha y apretó el puño con fuerza antes de continuar, amenazante—: Mas tenéis una hora. ¡Idos de mi castillo y corred como las ratas que sois, pues en una hora mis tropas os buscarán y os destriparán como a cerdos!

No hizo falta que dijera más. Perceval ayudó al Bello a levantarse y Firdánir se rasgó su camisa para aplicar una compresa de emergencia sobre la herida de Elin. Cansados, pero vivos, los cuatro dejaron con toda la rapidez de que fueron capaces el castillo del rey de los elfos, donde comenzaron los llantos por la pérdida de tan valioso general entre los elfos, rezando para ser lo bastante rápidos como para escapar de su ira.

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