El romance del falso caballero: capítulo 7

De nuevo, para quien prefiera leerlo de seguido, en esta entrada está colgado el capítulo 7 al completo. Una huida y un pequeño reposo… antes de acometer una nueva aventura.


CAPÍTULO 7

Firdánir, cerrando el grupo, meneaba la cabeza en silencio cada vez que Elin procuraba insuflar ánimos en los otros. El elfo estaba convencido: no podrían llegar a un lugar seguro antes de que los encontrasen y, entonces, quizá sus enemigos se dieran cuenta de quién era Elin en realidad. Habían escapado del castillo, pero no estaban a salvo, ni mucho menos.

Perceval y el Bello habían insistido en que no necesitaban ayuda, que tenían fuerzas suficientes para caminar por sí solos. También la joven decía que estaba bien, aunque de vez en cuando se echaba la mano al costado, allá donde Guedin’has la había herido, y la retiraba manchada de sangre; la gasa improvisada no conseguía restañar el tajo. La única opción con la que contaban era que los elfos de Calau’dar’Onieril erraran en la persecución y no vieran que habían seguido el túnel horadado en la pared del acantilado, pero Firdánir no contaba con ello.

Soltarían a sus macabros sabuesos —criaturas repelentes, negras como la noche, que recordaban a los perros de los humanos, pero que eran todo hueso y pellejo, con fauces enormes y babeantes y ojos como carbones encendidos— y darían con ellos antes de encontrar el pasaje entre mundos.

Y, si por un casual lograban llegar a Bretaña… poco podrían hacer, pues el jirón en la realidad era tan grande que podrían pasar por él y registrar el pantano de Genindas.

No, el futuro no se presentaba nada halagüeño. Firdánir volvió a menear la cabeza.

—¡Vamos, caballeros! —Elin volvió a intentar animarlos, pero solo le respondió un coro de jadeos fatigados—. ¡No queda nada para llegar!

Su voz, de modo apenas perceptible, había descendido en la última palabra, y su rostro se contrajo en una mueca de dolor. Volvió a llevarse la mano a la herida y miró, viendo para su disgusto que, aunque no de manera abundante, seguía fluyendo la sangre. El elfo no había alcanzado ningún órgano, pero Elin sentía las fuerzas mermar cada vez más, a cada paso que daba; sabía que, de continuar así, acabaría desangrándose.

Mas, en efecto, alcanzaron al fin la salida del túnel. El círculo de luz que se filtraba desde el exterior les indicó que llegaban al aire libre y, con cuidado de no despeñarse, de forma lenta e incluso torpe dada la condición de todos ellos, pusieron los pies en la cornisa, preparándose para continuar el ascenso. Antes de continuar, sin embargo, Elin echó un vistazo hacia abajo: muchísimos codos por debajo del pequeño grupo, los elfos del rey hormigueaban saliendo por las puertas del castillo. Se oyeron los graves toques de cuerno que llamaban a la cacería. Hasta ellos ascendió un sonido como el que producirían unos feroces mastines, si estos fueran habitantes del Infierno. Y, en una de las torres que formaban el perímetro, se abrió la cúpula como se abren los pétalos de una flor, descubriendo lo que contenía dentro de ella.

—¡Por Dios bendito…! —gimió Perceval, recordando el modo en que Guedin’has, en el pantano, había llegado hasta ellos.

Incluso Elin, con ojos desencajados, sintió temor al ver a la gigantesca serpiente alada elevarse en el aire, portando en su lomo una ornada silla con correajes de seguridad que impedían caerse a la elfa que montaba la criatura.

Firdánir contempló a la sierpe con ojos desencajados, incapaz de seguir avanzando por el estrecho camino que, a duras penas, habían empezado a recorrer unos momentos antes tras salir del túnel. Elin, justo tras él, lo empujó con suavidad y, con voz de urgencia, lo apremió:

—Vamos, Firdánir. ¡Debemos continuar!

El elfo miró el lento ascenso de la bestia, que se elevó en el aire con un pesado batir de alas correosas, y agitó la cabeza para intentar despejar la mente.

—Es el último draco… Creía que era una leyenda, pero aquí está… Calau’dar’Onieril posee…

—¡Dejad eso para otro momento más oportuno! —estalló la joven. Lo hubiera zarandeado si no estuvieran en una zona tan precaria—. No tenemos tiempo que perder, ¡aquí no podremos defendernos!

Firdánir asintió a las palabras de Elin y comenzó a desplazarse con la espalda pegada al risco lo más rápido que pudo, una velocidad que no era mucho mayor que la que sus compañeros heridos podían alcanzar. Un coro de feroces aullidos y ladridos llegaba desde abajo, tan estridente que, pese a la distancia, les resultaba en exceso molesto. Ello, junto con la visión de la horrible montura alada, llenaba de temor sus corazones, pero Elin, aun herida, no dejó de animar a los otros:

—¡Vamos, caballeros! ¡Cuando lleguemos arriba, estaremos a salvo! ¡Solo unos pasos más y podremos volver a nuestro hogar! —La joven sentía un dolor punzante en el costado, pero no estaba dispuesta a desfallecer y, aplicando presión sobre la herida todavía sangrante, apretaba los dientes y daba un paso tras otro mientras decía—: ¡Casi estamos, Perceval! ¡Solo unos pocos pasos más, Bello Desconocido!

Sin embargo, los mastines del rey de los elfos habían captado su olor. La jauría se lanzó hacia el acantilado y pronto encontró el túnel, por cuya entrada desaparecieron. La elfa que montaba la sierpe, contemplándolo, elevó la vista y los vio, cuatro motas superpuestas contra la pared a la luz del astro que iluminaba el mundo yermo en un perpetuo ocaso de cielos inflamados.

La elfa tensó las gruesas riendas de cuero con las que dominaba su montura y la hizo elevarse hasta alcanzar la altura de los cuatro fugitivos. Perceval gimió y dijo, desesperanzado:

—Es el fin…

Ella los miró y sonrió de forma aviesa, saboreando el momento previo a aquel en que ordenaría a la sierpe lanzarse contra ellos, pero no contó con que Firdánir, para entonces, ya había recuperado la sangre fría y, pese al escaso sitio para maniobrar con que contaba, colocó una flecha en el arco y disparó con rapidez y certeza, con el objetivo de alcanzar a la jinete de los vientos.

No obstante, reaccionó con rapidez y dio un brusco tirón a las riendas haciendo que la criatura girara en el aire de modo portentoso, aunque no lo suficiente como para evitar por completo el proyectil, que se clavó en el lomo de la sierpe. Esta lanzó un berrido grave y salvaje y voló, para alejarse del origen del dolor, en dirección contraria al acantilado, lo que fue aprovechado por Elin y sus compañeros para recorrer la distancia que los separaba de lo alto del mismo.

No tuvieron tiempo para recuperar el resuello, sin embargo: en cuanto coronaron la cima, los cuatro contemplaron con horror que la elfa había controlado a su herida montura, elevándola por encima de sus cabezas y obligando a que iniciara un picado mortal contra ellos.

—¡Corred! —gritó Elin volviendo a sofocar una mueca de dolor al notar la herida en su costado. Perceval y el Bello la obedecieron, desperdigándose para no ofrecer un único blanco al monstruo, pero Firdánir no se movió, plantándose con firmeza en el sitio.

—Firdánir… —La joven no dijo nada al ver la resolución que había en el rostro del elfo, que sacaba con toda la ceremonia de la que fue capaz una flecha del carcaj y la colocaba en la cuerda.

Sin apartar la vista de la criatura que se lanzaba con sus dos poderosas extremidades por delante, el elfo dijo:

—Elin, escúchame. —Su voz era tranquila, la de alguien en paz o, mejor, decidido a hacer el último sacrificio—. Viaja al Cabo de las Almas Dichosas… Busca una antigua villa romana… —La frente del elfo comenzó a perlarse de sudor por la tensión que le suponía mantener el arco preparado para disparar; la sierpe seguía acercándose, dispuesta a devorarlo de un solo y terrible bocado, las fauces abiertas—. El medallón es la llave, Elin. —Giró su cara solo un poco hacia la joven, que escuchaba con atención y miedo a un tiempo, sabiendo que eran los últimos momentos de Firdánir en esta vida; no pudo evitar que los ojos se le anegaran.

—Firdánir…

—No, muchacha. —El elfo volvió a centrar toda su atención en la criatura—. Llórame luego. Ahora, debéis huir. ¡Volved a Bretaña y alertad a Arturo! ¡Vamos!

Con su última orden, soltó la cuerda del arco y la flecha silbó rasgando el aire, en una trayectoria ascendente que cruzó en un latido del corazón la distancia que mediaba entre Firdánir y la bestia. El proyectil, con exquisita puntería, se clavó en el ojo izquierdo de la sierpe, que agitó dolorida la cabeza, y solo continuó en línea recta gracias a la velocidad que llevaba: la inercia hizo que no se desviara de su objetivo y el colosal cuerpo escamoso cayó, en un aterrizaje nada elegante, en el punto donde, instantes antes, había estado Firdánir.

Elin, que había echado a correr, se giró al escuchar el tremendo golpe sobre el suelo y, entre las nubes de polvo que levantó el cuerpo al caer, vio que la jinete había caído unos pasos más allá del monstruo agonizante. Se levantó, pero al empezar a moverse, una de sus piernas le falló, cayendo al suelo tras gritar de dolor.

Elin no veía a Firdánir por ningún lado. El enorme cuerpo de la sierpe lo debía haber aplastado en su caída y tuvo que obligarse a sí misma a no llorar: tenían que huir de ese lugar o el sacrificio del elfo habría sido en vano. Acariciando el medallón al que se refería Firdánir, aquel que Merlín le dio en Camelot, se reunió con los dos caballeros, que habían contemplado estupefactos el drama, y les dijo:

—Vamos, caballeros. Bretaña está cerca. ¡Debemos continuar!

Ellos asintieron.

Obligándose a no pensar en el pobre Firdánir, segura de que luego la tristeza por su muerte la golpearía con toda intensidad, Elin guio a los dos caballeros magullados y renqueantes hacia el punto que conectaba el pantano de Genindas, en su mundo, con el páramo desolado por el que escapaban de las hordas de Calau’dar’Onieril. Una y otra vez lanzaba gritos, apremiándolos para que no perdieran la esperanza en la cercana salvación, y echaba miradas de vez en cuando hacia atrás, esperando ver, en cualquier momento, a sus perseguidores.

Aunque ya no contaban con la ventaja de la bestia alada, los elfos no estaban, como ellos, heridos, así que en breves asomarían en lo alto del risco y suprimirían la distancia que habían ganado. Cuando eso ocurriera, Elin no se hacía ninguna ilusión sobre lo que vendría a continuación…

El jirón entre mundos, una fluctuación en el aire cargado de calor mortecino, apareció frente a ellos al tiempo que los aullidos de los sabuesos se oyeron a su espalda. Por fin habían subido por el túnel y el camino pegado al acantilado, y se lanzaban en pos de ellos como bestias salvajes, trotando a toda la velocidad que les permitían sus poderosas patas, las fauces abiertas y babeantes deseando desgarrar la carne de las tres presas.

—Solo un poco más, caballeros. —La joven los animaba sin descanso pese a encontrarse extenuada—. ¡Queda poco, Perceval! ¡Aguantad, Bello Desconocido!

Los dos caballeros trastabillaban y tropezaban, con los ojos semicerrados por el cansancio, y Elin comprendió que no iban a llegar a Bretaña antes de ponerse fuera del alcance de las bestias. Arrugando la nariz y mostrando los dientes, desenvainó la espada y se dio la vuelta, mascullando con fiereza:

—Seguid, amigos. Los retrasaré para que podáis huir.

Entonces, para regocijo de los tres, sintieron una brisa fresca procedente del portal y, al mirarlo, vieron que ondulaba y se retorcía, permitiendo el acceso de caballeros pertrechados para la batalla, a cuya cabeza, sonriente y pletórico, cabalgando una hermosa yegua blanca, se encontraba el hechicero de Camelot.

—¡Merlín! —gritaron los tres al unísono y este hizo un gesto, con lo que sir Gawain, a su derecha, soltó las riendas de los cuatro caballos que guiaba, los cuales trotaron hasta Elin y sus compañeros. Los tres subieron con esfuerzo al lomo de los animales al tiempo que las flechas silbaban para clavarse, más allá de ellos, en los cuerpos de las bestias, que cayeron alfileteados entre gañidos de dolor y agonía. Varios caballeros de Camelot también se adelantaron, formando una cuña protectora en torno a los tres heridos quienes ordenaron a los caballos replegarse hacia el portal. Hacia la salvación.

Al pasar junto a Merlín, Elin, intrigada, le preguntó:

—¿Cómo habéis sabido…?

Él no respondió. Se limitó a ensanchar su sonrisa y señaló el cuello de Elin. La joven bajó la vista y comprendió a qué se refería. El medallón brillaba con un tenue fulgor rojizo.

—Firdánir… —dijo la joven, sintiendo una honda tristeza entonces—. Ha muerto.

—Que Dios lo acoja, entonces. Fue un buen amigo, y espero que hablarais largo y tendido sobre ti, tu familia y este mundo. —Con un gesto del brazo, abarcó el paisaje. Los cascos de los caballos chacoloteaban sobre el duro suelo pedregoso, pero aun con todo, a Elin le llegó el griterío de los elfos tras ellos, plenos de frustración al ver que se escapaban—. Ahora, volvamos a nuestro mundo. Nada se nos ha perdido aquí.

Elin no pudo estar más de acuerdo.

Aunque ya se sentía a salvo, Elin no quería perder ni un instante más en ese mundo extraño y salvaje, así que se colocó en cabeza haciendo que su caballo recorriera el camino lo más rápido que pudo, dejando atrás a todos. Perceval y el Bello fueron ayudados por otros caballeros, que cuidaron en todo momento de que no cayeran al suelo de lo agotados que estaban, y los jinetes de retaguardia de vez en cuando lanzaban alguna andanada que otra de flechas para así hacer ver a los enemigos que les perseguían que no tenían opción alguna a alcanzarles y, si intentaban cargar, darían con sus huesos en el suelo.

Tras un par de intentos, los elfos del rey Calau’dar’Onieril se dieron por vencidos y refrenaron sus monturas, que piafaron inquietas al sentir la furia y frustración que embargaba a quienes los montaban.

Al atravesar de nuevo el jirón en la realidad, sintiendo lo que ya era un familiar sentimiento de desorientación momentáneo, no se encontraron, para sorpresa de Elin, en el pantano de Genindas, cerca de la casa del fallecido Finárdir, sino al lado de un campo de trigo cuyas espigas se cimbreaban por efecto del ligero aire que soplaba refrescando el mediodía.

—¿Dónde estamos? —preguntó la joven a Merlín cuando este llegó junto a ella desde el mundo de los elfos.

—A pocas leguas de Camelot —contestó, colocando la mano sobre sus ojos para evitar que el Sol lo deslumbrara—. Y si no me equivoco… ¡Ah! ¡Ahí está!

El hechicero, con una gran sonrisa en su rostro enjuto y barbudo, extendió el brazo izquierdo mientras el resto del pequeño ejército aparecía en rededor, y una hermosa rapaz de plumaje caoba se posó sobre él, batiendo con fuerza las alas en el último momento para así hacer que el aterrizaje fuera efectuado con delicadeza.

—¿Qué nos cuentas? —preguntó Merlín al halcón mirando a sus enormes y penetrantes ojos. El animal lanzó un chillido, correspondido con un asentimiento de Merlín, que dijo mirando a Elin—: ¿Hablasteis con Firdánir sobre vuestra peculiar condición, muchacha?

Elin sacudió la cabeza, incapaz de creer lo que estaba pasando. Merlín no solo obviaba la pregunta que le había hecho: Por lo visto, hablaba con el ave y guardaba sus secretos, como siempre. Se preguntó si el hechicero no pensaba que ya era hora de desentrañar algo el misterio, así que, con la cara enrojecida, espetó:

—¡Merlín! ¡Acabamos de escapar por los pelos del castillo de un rey enemigo! Perceval y el Bello están malheridos… y Firdánir… —No continuó. No era necesario—. Estoy cansada de ir de aquí para allá sin saber qué ocurre. Sin saber por qué soy tan especial que todos me buscan… ¡aunque todos me mienten!

Merlín enarcó una ceja y, con un movimiento del brazo, permitió que el halcón echara a volar de nuevo hacia el límpido cielo azul.

—Sois brava, Elin —dijo él con voz profunda—. No se puede negar que la valentía es remarcable en vuestro corazón. Pero me temo que no la acompañáis ni con la prudencia ni con la sabiduría que dan los años. —Elin sacudió la cabeza, viendo que el mago volvía a irse por las ramas y que se iba a quedar sin respuestas. Otra vez—. Ni siquiera yo estoy seguro aun de cuál es la manera correcta de obrar ante este dilema. He pensado en ello mucho y largamente, pero… Es complejo, Elin.

—¿Qué es complejo? —Elin daba rienda suelta a su frustración, al borde de las lágrimas por todo lo acumulado: el dolor, el cansancio, la pena—. Es mi vida. ¡Mi vida!

—Sí, Elin. —Jamás Merlín había hablado con voz tan dulce y, aunque no se movió un ápice, Elin se sintió igual de reconfortada que cuando su madre la acunaba de pequeña entre sus brazos—. Pero tu vida está marcada por acontecimientos que tuvieron lugar muchos años antes de tu nacimiento. Lo siento de veras, pero es así.

»Sin embargo, tienes razón. Vayamos a Camelot, y en el camino te contaré todo lo que sé y lo que pienso que podemos hacer…

Elin se sumió en un hosco silencio: las promesas del mago ya las había oído antes y en ningún momento había obtenido una clara respuesta de qué era lo que pasaba con su vida, por qué esta se había vuelto del revés. Así que decidió callar, enfadada como una niña pequeña, y si Merlín quería decirle algo… bien… que lo hiciera.

Por de pronto, lo que haría cuando llegasen a Camelot sería solicitar una audiencia con Arturo y le contaría todo lo que había vivido, así como lo que creía que había que hacer. Si no estaba del todo en lo cierto cuando expusiese sus pensamientos, la culpa no era de ella. Sabía del peligro que corría el reino, así que a Arturo competía establecer una defensa contra las fuerzas invasoras de Calau’dar’Onieril. Estaba más que dispuesta a…

—¿Qué pensáis? —La dulce, aunque fatigada voz de Perceval interrumpió el curso de sus pensamientos.

—¡Oh! —Giró la cabeza hacia él, algo sobresaltada—. Nada, en realidad, caballero. Bien… —Haciendo una mueca, se corrigió—: En realidad, en esos elfos que casi nos matan.

—Hemos escapado por un milagro…

—Gracias a Firdánir, querréis decir.

Elin replicó de modo más brusco del que había pretendido. Tenía el alma consumida por la pena y la imagen de la serpiente alada cayendo a plomo sobre el elfo era…

—Nos salvó, en efecto —dijo Perceval asintiendo—. Siempre lo tendré en alta estima, aunque no lo conociera más que unos breves instantes.

Elin tragó saliva y sintió los ojos húmedos, pasándose de forma disimulada el dorso de la mano por ellos, diciendo:

—Era amigo de mi abuela.

Perceval abrió la boca sorprendido, sin saber qué decir, ante la revelación que la joven había hecho. Ella continuó:

—Me dijo qué tenía que hacer. Qué buscar. Ahora volvemos a Camelot, pero en breves…

—¡Elin! —El grito de Merlín, que cabalgaba unas cuantas posiciones por detrás, hizo que se callara. Al volverse, lo vio acercándose, diciendo—: Tras este recodo del camino, veremos al fin los muros de Camelot. Es el momento de hablar, muchacha.

«En buena hora», pensó ella, si bien seguía sin creer que el mago le dijera todo lo que esperaba saber.

El camino seguía discurriendo entre los campos de labranza con los que el castillo de Arturo se mantenía, y muchos campesinos agitaron sus sombreros de paja al ver pasar al pequeño contingente de armados y aguerridos caballeros, lanzando vivas al estandarte que encabezaba la marcha, la enseña del rey de Bretaña, el oso, que tremoleaba orgulloso agitado por el suave viento.

—Te necesito en mi taller en cuanto entremos en el castillo, Elin —espetó Merlín mirando al frente con ojos de ave rapaz.

—¿Ni siquiera podré acercarme a una jofaina para quitarme el polvo del camino? —preguntó molesta—. ¿Ni tomar un bocado? ¿Un sorbo de agua? ¿Tratar mi herida?

—Bueno… —Merlín pareció avergonzado ante su falta de tacto, tan dolida había sido la expresión de la joven al hablar—. Sí, por supuesto.

—¿Y qué hay de lo que ibais a contarme?

Merlín asintió y dijo:

—He dado con una forma de utilizar tu…—Carraspeó bajando la vista, como si le diera vergüenza lo que iba a decir—. Tu cuerpo para cerrar las grietas.

—¿Mi…?

—No, no me malinterpretes —explicó con premura Merlín—. Tu energía vital. La que portas en el interior de la carcasa física. No es nada… pecaminoso. —Volvió a carraspear.

Elin lanzó una carcajada alegre y cantarina al ver al mago sumido en tal azoramiento. Con esa risa, Elin parecía lavar su fatigado ser de las terribles aventuras, pruebas y tragedias por las que había pasado en los últimos días, y no pudo evitar parar de reír durante un buen trecho, haciendo que muchos de los caballeros se preguntaran si no habría perdido la cabeza.

Merlín permitió que la joven se aseara y descansara, tal y como Elin había pedido, y no fue hasta un buen rato después que un criado llegó a sus aposentos para decirle que Merlín la estaba esperando. Sin embargo, el hombre se quedó con un palmo de narices, pues Elin no estaba en sus dependencias: se había lavado, vendado la herida y cambiado de ropa con premura, para poder, como había planeado, mantener una audiencia con el rey Arturo, que la recibió en uno de los gabinetes de uso protocolario que mantenía en el castillo.

Tras los saludos de rigor y las preguntas corteses con las que una conversación educada se inicia, Arturo dijo, con gesto preocupado:

—Creo que algo os aflige, dama Elin. Y supongo que no estaré equivocado si digo que es debido a vuestras recientes desventuras.

—Así, es, señor —asintió ella—. Mas no es tanto el pesar lo que ha sucedido, sino el temor por lo que está por ocurrir. Un gran peligro acecha al reino.

—Lo sé. —Arturo asintió con vehemencia agitando la cabeza y se acarició la barba castaña, recortada a la perfección, que resaltaba su rostro cuadrado, poderoso y viril—. Merlín me ha contado sus sospechas sobre un ejército invasor… que no es de este mundo —añadió con un cierto tono escéptico.

—Merlín no se equivoca, señor. He viajado a otro lugar en compañía de Perceval y el Bello Desconocido… y alguien a quien me hubiera gustado conocer más. —Arturo se dio cuenta del pesar que afligió a Elin al decirlo, pero no habló—. Viajamos al mundo de donde salen todos los monstruos que últimamente campan por el reino, señor. Viajamos al mundo de los elfos, gobernado por un rey llamado Calau’dar’Onieril.

Elin contó entonces al rey con detalle todo lo que había vivido desde que dejó Camelot, hacía lo que parecía una vida, y Arturo la dejó hablar sin interrumpirla en ningún momento, subyugado por un relato fantástico y terrible, preñado de dolor y sacrificio, pero también lealtad, camaradería y honor. Al terminar, Arturo dijo con una sonrisa paternal:

—Sois brava, dama Elin. No tenía duda de ello, pero todo esto que decís… Es digno de ser considerado una de las mayores gestas ya no de Camelot, sino de toda la historia de la humanidad. Contáis, como supongo que sabréis, con todo mi apoyo para dar vuestro siguiente paso.

»Porque no dudo que ya habéis pensado cuál será. ¿Me equivoco?

—No os equivocáis, señor —contestó Elin—. Debo ir allá donde Firdánir, en sus últimos momentos, me dijo. Estoy segura de que ahí se encuentra la clave para lograr la victoria en la guerra que se avecina.

—Sea entonces. —Arturo se levantó y la joven hizo lo propio, recibiendo con agrado el gesto del rey, que posó sus manos con fuerza sobre los hombros de Elin, como dándole su bendición—. Decid lo que necesitáis para vuestra búsqueda, y se os proveerá. Contáis con todo el apoyo de Arturo, rey de los britones. Mientras tanto, en Camelot se organizará el ejército que repela a las fuerzas invasoras, si acaso tienen la osadía de acudir a nuestro mundo.

—¡La tendrán, oh, rey! —Merlín había entrado en la cámara sin que ninguno de los dos se diera cuenta, sobresaltándolos con su vozarrón—. Por supuesto que la tendrán…

»En cuanto a vos, Elin… —La señaló con el bastón—. Si esta reunión ha acabado, quizá podríamos hablar. ¿Os parece bien, mi dama? —concluyó con evidente sarcasmo.

Elin asintió reprimiendo una sonrisa de chiquilla rebelde y siguió al hechicero.

Una vez en el laboratorio de Merlín, donde matraces, redomas, botellas, libros y legajos se amontonaban a diestra y a siniestra ocupando todo el espacio visible sin ningún orden aparente, el mago preguntó, pasando la mano con delicadeza sobre un hermoso búho semidormido:

—Antes de nada, quiero decirte que has sido muy valiente. También has tenido mucha suerte, pero eso no quita lo otro. —El búho movió la cabeza y clavó sus enormes ojos en los dos, como molesto porque interrumpieran su sueño diurno con la conversación—. Podrías haber muerto y Bretaña estaría perdida, pero eso ya lo sabes.

—Sí —asintió ella—. Entre Morgana, Firdánir y las amenazas del rey de los elfos, me he hecho una idea de lo que pasa. De lo que me pasa —concretó.

—Ahora, lo fundamental es encontrar una forma de canalizar tu peculiar condición para cerrar las brechas en el reino. —Merlín adoptó un aire pensativo, cruzando los brazos y mirando al techo mientras se golpeaba la barbilla oculta tras la espesa mata de pelo cano—. Eso era lo que te decía: con el poder que fluye por ti, debo desarrollar un hechizo que…

—Merlín, esperad. —El mago calló de repente, boquiabierto: no se acababa de acostumbrar a que la joven lo interrumpiera—. Todo esto que decís está muy bien, pero… debo hacer algo antes.

—¿Qué? —inquirió él meneando la cabeza confuso, y repitió—: ¿Qué?

—Prometí a Firdánir que… haría algo por él.

—¡Ya lo harás cuando termine todo esto, Elin! —explotó el mago, incapaz de creer lo que estaba oyendo.

—No. —La negativa fue tajante, acompañada de un envaramiento de la pose de Elin para remarcarla.

—¿No? ¿No? ¿Pero qué piensas que es esto, Elin? ¿Un juego?

—No, Merlín —replicó ella con voz dura—. Sé perfectamente cuál es la amenaza que afronta Bretaña. Y sé que tengo que hacer esto antes de nada. Mi honor de caballero lo exige.

—¿Hon…? ¿Honor de caballero, dices? —La cara de Merlín enrojeció por la ira— ¿Todas esas patochadas que son el código de vida de los miembros de la Tabla Redonda? ¿Ese código que, cuando no conviene, cualquier caballero se salta con alegría?

—Ese mismo, sí —respondió Elin con una sonrisa sarcástica. Cruzó las manos a la espalda y continuó—: Os propongo algo, sabio Merlín. Tomad algo de mi sangre y estudiadla. Seguro que podéis encontrar una solución de este modo al problema que nos acosa.

—¿Sangre? —Los ojos del mago parecían a punto de salirse de las órbitas—. ¿Se puede saber qué te hace pensar que voy a llevar a cabo un hechizo de sangre?

—¡Oh, vamos, Merlín! —bufó ella, airada—. No me hagáis creer que no domináis cualquier tipo de magia pagana. No os deis ahora de cristiano piadoso, pues hasta casa de mis padres llegaron noticias de quién era vuestro padre.

La invectiva hizo que el mago callara apretando los labios convirtiéndolos en una fina línea. Entrecerró los ojos, enfadado, y tras un momento, dijo con voz gélida:

—Bien. Dame tu sangre. Haz la estupidez que tengas que hacer. Y vuelve lo antes posible. ¡No te retrases, o no tendrás un Camelot al que regresar!

Elin sonrió triunfal agachando la cabeza mientras se subía la manga del brazo para mostrar su blanca carne y las venas que la recorrían.

Ahora bien, la sensación de haber logrado un éxito frente al hechicero pronto se diluyó cuando pensó en que no había obtenido aún la explicación que Merlín había prometido darle. Quizá, en venganza por haberle obligado a tal concesión lograda, no quería ahora contarle nada. Se recriminó por su tendencia natural a la precipitación, cualidad que, aunque le daba un aura arrojada, a veces podía meterla en problemas.

—En cuanto a lo otro… —dijo Merlín, y Elin ahogó un suspiro de alivio al escuchar al mago hablando de lo que había estado temiendo no oír—. Pienso que tu cuerpo mismo es un canal, un conducto de energías entre el mundo de los elfos y el nuestro, así que, si encuentro la forma, podrás actuar a modo de llave para cerrar la puerta que los comunica. —Se giró hacia un banco de trabajo y rebuscó entre los instrumentos, cogiendo al fin un afilado cuchillito y una pequeña escudilla de plata. Mirando el brazo de la joven, aún extendido, continuó—: Mientras tú estás en esta… misión… haré las pruebas que necesito para confirmar mi teoría. Te va a doler un poco.

En cuanto lo dijo, realizó un rápido movimiento que cortó la suave piel de Elin. Esta se mordió el labio por la sorpresa más que por el dolor; la sangre brotó de inmediato, pura, brillante, y el mago la recogió en la escudilla, tendiendo luego una gasa que ella se colocó presionando con fuerza para restañar la herida.

—Con esto me vale —sentenció el mago—. Ahora, déjame. Ve allá donde tengas que ir. Pero… —Merlín levantó el índice y su mirada se volvió dura, como la de un padre severo—. Ni se te ocurra no volver.

—Regresaré a Camelot lo más rápido que pueda —prometió ella. Merlín hizo un despreocupado ademán de despedida y se concentró en su trabajo, murmurando algo por lo bajo. Aunque Elin no llegó a oírlo, supuso que sería algún comentario sobre ella, nada halagüeño, pero, sin importarle lo más mínimo, salió de la estancia y se dirigió a sus aposentos.

A la puerta de estos se encontraba sir Kay, el senescal, que la miró con unos ojos que habían abandonado la condescendencia con la que la miraron hasta hacía pocos días: el relato de las aventuras de Elin había corrido de boca en boca y todos los habitantes de la corte sabían de sus hazañas.

—Sir Kay —saludó ella.

—Dama Elin. —El hombre saludó con la cabeza y dijo—: El rey me ha pedido que os pregunte qué necesitáis para vuestra búsqueda.

—Sois muy amable, sir Kay. En realidad, poco preciso, si os soy sincera. Mas desearía que Perceval y el Bello Desconocido me acompañaran, si ello fuera posible. Sin embargo, sus heridas…

—He estado con ellos hace poco, señora, y me satisface deciros que la gran fortaleza de ambos juega en su favor. Las heridas no fueron graves, y los bálsamos de la herboristería, junto con las pócimas curativas de Merlín, han obrado maravillas. Nuestras galenas dicen que con una noche de descanso, se encontrarán listos para…

—¡Eso es maravilloso! —lo interrumpió Elin—. Entonces… ¿Podrían mañana partir?

—Pues… sí. Imagino. —Kay se rascó la cabeza dubitativo.

—Entonces, ¡no preciso más, senescal! —Elin estaba que no cabía en sí de gozo e incluso se permitió dar una palmada amistosa en el hombro de Kay, que la miró enarcando una ceja.

Sin más, una contentísima Elin se despidió de Kay, agradeciéndole sus palabras, y se metió en su cuarto, deseando por fin obtener una noche de ganado descanso.

Antes de partir hacia una nueva aventura.

Anuncios

12 thoughts on “El romance del falso caballero: capítulo 7

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s