La sombra dorada: El jardín

Jon Ícaro, de quien ya hablé al reseñar su novela El sanador del tiempo (en este enlace), me hace, como muchos me han hecho, feliz publicando una entrada en su blog (su enlace, aquí) que versa sobre mi obra La sombra dorada (aquí está la reseña). Como siempre que alguien da una oportunidad a mi libro y que dedica su tiempo a escribir unas amables líneas, he aquí el relato, con un poquito de retraso porque se me han acumulado los textos dedicados, la verdad.

¡Que lo disfrutéis!portadafinal.png


EL JARDÍN

Se preguntó cuál podía ser la causa por la que la campana estaba tocando a rebato. El tañido comenzó cuando sacaba un ejemplar de peonía de su fila para colocarla en una maceta más grande que le permitiera crecer a sus anchas. Limpiándose las manos manchadas de tierra en el mandil, Yonef se irguió cuan alto era y miró en dirección al pueblo.

Aunque la casa de Yonef se encontraba dentro del núcleo poblacional, pasaba mucho más tiempo donde se encontraba ahora, una parcela de tamaño considerable en la cual, junto a productos de la huerta que aseguraban su manutención, cultivaba hermosos ejemplares de flores cuyo variado aspecto y diferentes fragancias componían un precioso tapiz para los sentidos. Era su gran afición, la de elegir las semillas de las flores más bonitas y plantarlas, cuidándolas con mimo, viéndolas crecer bajo sus atentos cuidados y estudiando sus características para elaborar un catálogo botánico, gusto adquirido porque durante muchos años, cuando fue joven, había trabajado como herbolario para el trono de Vetero, de esos que recorren las tierras hasta su confín en busca de plantas con nuevas y magníficas propiedades que aplicar, fuera para tratar heridas y enfermedades, fuera para añadir un toque especial a los guisos.

La campana seguía insistiendo con sus aullidos metálicos y Yonef comenzó a sentirse nervioso. ¿Fuego? ¿Había un incendio en el pueblo? O quizá… ¿un ataque?

El hombre meneó la cabeza negando, deseando que no fuera esto último. A fin de cuentas, se encontraba en el asentamiento imperial más meridional del Imperio vetero, Villaverde, y la posibilidad de un ataque de los salvajes era una realidad para esos valientes colonos de la frontera: tan solo porque hacía años se les hubiera obligado a aceptar la paz tras sufrir una amarga derrota, los bárbaros sureños no se iban a quedar quietos. Por eso la carta poblacional imperial había sido tan generosa, ofreciendo grandes prebendas y subvenciones a quienes quisieran asentarse en Villaverde.

Por otro lado, la presencia de la guarnición que cobijaba a todas las poblaciones fronterizas cercanas era un poderoso elemento disuasorio, y tras la guerra, ninguna partida de salvajes había osado atacar…

Seguía. La campana seguía llenando el ambiente con su sonido y el fino oído de Yonef comenzó a distinguir otro ruido, mucho más ominoso: el de gritos. Comenzó a temblar pensando que, en efecto, se trataba de un ataque de los sureños. ¿Se habían atrevido entonces a desafiar al Emperador? ¿Por fin se lanzaban buscando la revancha? ¿En el ocaso de sus días, pues, iba a tener que sufrir la devastación que producirían esos hombres feroces que más eran alimañas que otra cosa?

Se empezaron a elevar columnas de humo en la distancia, en el pueblo: los incendios habían comenzado. Era la hora del saqueo, del pillaje, del asesinato, y Yonef permanecía paralizado en el sitio junto a la peonía que no había llegado a trasplantar, con ganas de llorar al imaginar qué estarían haciendo esos bárbaros a sus vecinos. En el sufrimiento que estaría desbordando las calles de la tranquila y hacendosa Villaverde. En el dolor de la gente viendo cómo su vida era destrozada en un abrir y cerrar de ojos.

Por desgracia para Yonef, también el horror llegó hasta él.

Un par de hombres fornidos, semidesnudos y de desagradable aspecto se acercaban por el camino que llevaba a su huerto. Reían y hablaban entre sí a voz en grito y el gutural lenguaje sureño llegaba hasta los oídos de Yonef, produciéndole un enorme asco y miedo a un tiempo. Uno de ellos, de melena cogida en un moño alto, paró dando un par de golpes en el musculoso brazo de su compañero y dijo algo señalando a Yonef, quien sintió un temblor en las piernas y miró en rededor por instinto. Cogió una pala con la que —estuvo seguro en el mismo momento de levantarla del suelo— poco podría hacer para defenderse.

Los dos salvajes ni siquiera se molestaron en sacar las espadas que llevaban al cinto y avanzaron riéndose a carcajadas. Cuando llegaron a diez pasos de Yonef, el del moño dijo:

—Tú… morto si no… —Señaló una lechuga cercana mientras hacía gestos que indicaban que quería algo para llevarse a la boca. Yonef no sabía qué pensar. ¿Querían lechugas para comer? Pese al terror que le provocaba la situación, no pudo evitar pensar que los sureños serían más de carne—. ¡Ñam, ñam! —insistió el otro.

—Sí, sí —respondió Yonef, aunque no sabía qué hacer. ¿Arrancaba unas zanahorias y se las daba? Era tan absurdo…

Entonces, el otro sureño dijo algo en voz baja que sonó como un juramento y dio una patada a una hortensia, destrozando maceta y planta con el golpe. La tierra se desparramó y los pétalos de la flor quedaron desparramados.

—¡No! —gritó Yonef. Sin pensarlo siquiera, se lanzó con la pala en alto para golpear al sureño, quien se giró atónito al verlo acercarse con intención de golpearlo.

Pero el otro fue rápido y, cuando Yonef pasaba a su lado, agarró el mango de la pala e interpuso su pierna haciéndolo tropezar. El hombre se desequilibró, quedando la herramienta en manos del sureño; tras un par de pasos, dio con sus huesos en tierra provocando la risa de los salvajes, que bromearon entre sí al tiempo que se acercaban al caído con ojos relampagueantes.

Morto —decía una y otra vez el sureño del moño y Yonef sintió la primera patada en el torso. La primera de muchas.

Lo apalearon golpeándole cuerpo y piernas y Yonef no pudo hacer otra cosa que cubrirse la cabeza con las manos tan fuerte como fue capaz, esperando que se cansaran y lo dejaran en paz, malherido pero vivo. Era una mínima esperanza, por supuesto, ya que en el fondo no creía que lo fueran a perdonar…

—¡Ugh! —El del moño emitió un sonido a medio camino entre el dolor y la sorpresa. Retrocedió como un borracho unos cuantos pasos hacia atrás y volvió a soltar otro quejido. Yonef no se atrevía a levantar la cabeza y, entre los dedos con los que tapaba su rostro, vio las piernas temblorosas del sureño que, al fin, se arrodilló y quedó tendido cuan largo era, con un par de astiles de flecha sobresaliendo del pecho.

Yonef, un tanto menos acobardado ahora, miró al otro sureño y, pese a que la sangre le caía sobre los ojos por una brecha que le habían hecho en la frente de una patada, vio cómo este echaba mano a la espada y gritaba algo desafiante… justo antes de ser atravesado por una flecha que impactó en su oscuro corazón.

Se atrevió a incorporarse sintiendo el cuerpo destrozado por dentro, como si lo hubieran pasado por entre dos piedras de molino, pero sonrió al ver un pequeño destacamento de la caballería fronteriza veteresa.

La salvación de Villaverde, y de Yonef, había llegado en buena hora.

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13 thoughts on “La sombra dorada: El jardín

    1. ¿Sangriento? No tanto, no tanto 🙂
      Tienes razón con la indicación. Lo que he escrito es lioso sin necesidad, así que lo cambio basándome en tu sugerencia a “pasaba mucho más tiempo donde se encontraba ahora, una parcela (…)”. ¡Gracias!

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  1. Muy interesante episodio, como siempre. Pero todavía no entiendo lo de lechugas: ¿tenían hambre de verdad esos sureños? ¿Y si Yonef se las hubiera ofrecido, habrían hecho lo mismo a pesar de eso, peleándolo? En todo caso, leí disfrutando. 🙂

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    1. Bah, tú date cuenta de que eran unos salvajes. Esos que van por ahí arrasándolo todo por el placer de destrozar.
      Seguro que lo que querían era que el pobre Yonef arrancara la lechuga, la lavara, la troceara en juliana (mira, como tu nombre 😉 ) y se las sirviera… para luego matarlo. ¡Además de bárbaros, vagos!

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  2. ¡Pero bueno! Decir que me ha hecho ilusión es decir poco. Muy poco. Qué honor y qué placer ser el destinatario de un relato tuyo, de formar parte de Vetero.
    Yo en el universo de La sombra dorada me vería precisamente así, cultivando hierbas jaja. De hecho, lo primero que escribí era una novela breve histórica ambientada en la ciudad íbero-romana de Lucentum (la antigua Alicanta), donde el protagonista era un botánico que mediante el uso de las plantas autóctonas iba solucionando problemas.
    Me ha encantado el relato, me encantan esos spin-off de universos que he leído. Bravo, y ¡gracias! Ya me has dado una idea para escribir la próxima entrada, que titularé “La cercanía del autor”. Utilizaré este enorme detalle que has tenido conmigo como punto de partida, con tu permiso.
    Muchas gracias, de corazón. ¡Un saludo!

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    1. En primer lugar, gracias a ti. Estos textos, a fin de cuentas, son posibles gracias a vosotros, así que… si además os gustan, miel sobre hojuelas 🙂
      Me alegra haber acertado con lo de cultivar hierbas 😀 A fin de cuentas, trato de que los personajes incorporen parte de vosotros, y dados tus estudios, me decanté por hacerlo botánico…
      Y mi permiso no es necesario para nada 😉 Me parece perfecta esa nueva sección, adelante con ella!

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