Charla de arqueología

CHARLA DE ARQUEOLOGÍA

Bajorrelieve-egipcio
La batalla del Delta: Ramsés III vence a los pueblos del mar.

El decano de la Facultad de Arqueología había consumido unos cinco minutos hablando con su habitual tono monocorde y aburrido, lo que no era nada bueno para la persona a la que estaba a punto de ceder la palabra. En el fastuoso salón de actos de la Universidad de Oxford, una audiencia inquieta de estudiosos y aficionados a los estudios de campo realizados en el Mediterráneo oriental se removía en las butacas esperando a que acabara de una vez.

—… a hombros de titanes como sir Arthur Evans. Sin más preámbulo, les presento al doctor Richard Font.

Por fin dejaba la tarima y se apartaba del micrófono. Un pequeño y cortés aplauso acompañó los movimientos de los dos hombres en el estrado, que se dieron la mano sonrientes. Font, un joven de aspecto un tanto engreído con pelo oscuro engominado y caro traje de tres piezas, hizo una seña y las luces bajaron su intensidad para permitir que las diapositivas se apreciaran con claridad.

—Buenas tardes, damas y caballeros. Déjenme darles en primer lugar mi más efusivo agradecimiento por su presencia en esta fresca y lluviosa tarde de noviembre. —Cuando la nombró, me percaté de que el agua repiqueteaba con más fuerza sobre los ventanales. Siguió con una pequeña perorata de más agradecimientos y presentaciones de tipo cordial antes de entrar en materia—: Como bien saben, queridos amigos, el siglo doce antes de Cristo en el Mediterráneo oriental fue una época convulsa que concluyó con la desaparición o, cuando menos, la erosión de los sistemas estatales e imperiales hititas, mitanios o egipcios, por citar tan solo tres ejemplos.

»La presencia de los denominados “pueblos del mar” ha sido siempre considerada como el factor fundamental de desequilibrio de la zona en base a una serie de migraciones e invasiones en masa que…

Sabía a la perfección lo que el doctor iba a decir a continuación. Había seguido con interés sus artículos, llegando a la conclusión de que entre sus investigaciones había algo más de lo que decía; me figuraba que había logrado desentrañar un secreto que podía por fin, tras tantos decenios de misterios en torno a los desconocidos “pueblos del mar”, arrojar luz sobre la verdad de lo ocurrido en aquel remoto pasado.

Mientras garabateaba en mi cuaderno, prestaba el mínimo de atención necesaria a la disertación de Font para no perder el hilo y, cuando llegó al momento que estaba esperando, volví a fijar mi vista en el estrado.

El doctor estaba alterado y excitado —el pelo incluso se le había movido un tanto arruinando su peinado perfecto—, agitando los brazos con énfasis y la voz un tanto más aguda que al principio de su charla. Señalaba una y otra vez a la diapositiva proyectada, la cual había hecho que un coro de murmullos indignados y susurros de “falso, es falso” recorrieran la sala.

Se mostraba en ella un fragmento de tableta recuperado del fondo del Nilo gracias a una venturosa casualidad, dado que había sido recogida por unos pescadores. Si bien la esquina superior derecha había desaparecido, la imagen no daba lugar a ningún género de dudas: era una losa de cerámica cuyo bajorrelieve había sido erosionado por el agua, pero en el que se veía a las claras una ciudad amurallada que se defendía arrojando flechas y lanzas contra unos invasores que no eran los conocidos como sherden, akawasha, shekelesh, peleset o demás ralea.

No. Los invasores eran unas criaturas antropomorfas de cuyas cabezas parecían surgir apéndices tentaculados como los de los pulpos, gigantescos en estatura y que disparaban unas armas cuadradas sujetas entre sus garras de las que surgían rayos.

Me envaré en el sitio.

El doctor Font, en efecto, había encontrado la prueba de lo que ocurrió en realidad en esos convulsos años, pero el público comenzaba a levantarse entre risas, acusaciones de fraude y gritos indignados al pensar que estaban escuchando una mala historia de fantasía.

Sin embargo, todo era verdad.

No podía salir a la luz.

Como agente de los Antiguos, era mi deber acabar con él y esconder las pruebas.

Charla de arqueología

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12 thoughts on “Charla de arqueología

  1. Supongo que hay cosas que deben permanecer ocultas por extrañas e increíbles que parecen, otras veces por injustas que puedan ser a los ojos de los demás. Saco una moraleja de este relato tuyo t un refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”.A veces es más sencillo creer en una mentira, porque la verdad puede ser demasiado destructiva para el alma. Te felicito Lord, me encanta leerte, amigo. Besos a tu alma.

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    1. Bueno, tienes razón. Si se trata de sacar a la luz una verdad de monstruos y criaturas de pesadilla… el refrán viene que ni pintado. Menudo tambaleamiento de todo nuestro sistema de creencias y tal 🙂
      ¡Gracias por pasarte, como siempre!

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  2. Muerte, muerte, todo se rige a través de ella. Lo que no nos gusta lo hacemos desaparecer y quien no nos gusta lo matamos (siempre en la ficción y desde el punto de vista del escritor) Aunque en la vida real a veces también sucede.
    Interesante comienzo.

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    1. Que se lo digan a Hatsepshut (aunque la “damnatio memoriae” no surtió los efectos deseados y sabemos mucho de ella), que es la primera que me viene a la cabeza. En efecto, parece que, si se olvida (o se hace olvidar), no haya existido…
      ¡Un saludo!

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