Lisa Tuttle: Recuerdos del cuerpo (III)

Dentro del programa “Adopta una autora”, paso ahora a reseñar dos nuevos relatos cortos de mi escritora elegida, Lisa Tuttle, de quien podéis leer la que hice en su día de su novela Futuros perdidos aquí.

libro
Cubierta de la edición en inglés.

De nuevo, al ser dos relatos breves, romperé mi regla de no destripar el argumento y contaré de qué va. Del principio al final. Insisto en que, a la hora de reseñar estos relatos, lo que menos importa es el argumento que Tuttle cuenta: de qué habla la autora en ellos y cómo lo cuenta es lo fundamental. En castellano, forman parte de la antología Recuerdos del cuerpo, que tiene el bastante clarificador subtítulo de Cuentos de deseo y transformación.

EL DESEO DEL CORAZÓN

Descolocado. Es el adjetivo que me califica a la perfección tras leer este relato de Tuttle. Tras unos minutos digiriendo el contenido del texto, creo que el principal problema que le veo es la escena inicial. No entiendo qué pinta la ingesta de un líquido tóxico (como se dice que es utilizado en la cocina, puede ser desatascador de tuberías, por ejemplo) y la más que comprensible alarma que despierta dicha acción en la madre de la protagonista con el resto de El deseo del corazón. Repito: una niña se bebe un líquido… y en la escena siguiente saltamos varios años y la niña ya es mujer, una mujer que acompaña a su amiga al piso de un hombre, Simon, con el que dicha amiga acaba de romper, para recoger sus cosas.

La cuestión es que a nuestra protagonista, Harriet, le da por, rebuscando los cajones de la casa del tipo (que no está presente), meterse una especie de bola de goma rosada a la boca y se la traga. Por tanto, parece que la idea de Tuttle es describir a la protagonista como alguien que gusta de ingerir cosas… raras. El resto del relato, sin embargo, no tiene que ver con es manía alotrofágica (también llamada pica), por lo que no acabo de entender la razón que lleva a Tuttle a hacer de dicho trastorno el desencadenante de lo que ocurre, como no sea querer indicarnos que la protagonista sufre de problemas mentales aparte de dicha filia.

El caso es que, desde los ojos de Harriet, somos testigos del progresivo obsesionamiento con el ex de su amiga, a quien comienza a seguir y acechar con una compulsión francamente delictiva, llegando a forzar un encuentro y, lanzando excusas, poder entrar en su piso. Ahí se nos vuelve a indicar que quizá la mujer está loca, pues el hombre teme por su vida y la echa con cajas destempladas. Aquí viene otra nota extraña, tan característica de los relatos de Tuttle: la protagonista echa la culpa de su enamoramiento a esa “bola”, al estar segura de que el comerla ha hecho que su corazón y el de él latan acompasadamente, se hayan convertido en uno solo.

Cree que están echos el uno para el otro.

autora
La autora.

Así que sigue tras él hasta que llega un día en el que se da cuenta de que está actuando mal y decide irse de Londres y refugiarse en el pueblo donde viven sus padres. Parece que la lejanía le sienta muy bien y la obsesión desaparece, por lo que Harriet, al final, parece liberada de su problema y que todo ha sido un proceso de locura.

Sin embargo, en el último fragmento del texto, Tuttle nos sorprende gratamente. La narradora se coloca tras el hombro de Simon cuando entra en un tren y ve a Harriet sentada, leyendo un libro, sin percatarse de su presencia, sentada unos asientos más adelante. Siente algo extraño: la ha echado de menos, a tenerla detrás siguiéndole, mirándole, buscándole… Se da cuenta entonces de que, en efecto, había algo en ella… y se sobresalta cuando ve que no se trata de Harriet, ni siquiera de una mujer.

En el asiento que está mirando hay un hombre que es exactamente igual que él.

Así visto, el relato no parece especialmente confuso. El problema es que no me acaba de cuadrar lo que decía anteriormente sobre la inestabilidad mental de Harriet y la escena final vista por Simon quien, según parece, no está aquejado de problemas psicológicos. Por tanto, hay algo mágico, fantástico, en esa “bola” que se tragó la mujer que ha hecho que ambas personas se conviertan en una (siquiera de modo metafórico o por un instante). Es decir, que si aceptamos locura y magia, creo que el relato, su “explicación” se vuelve redundante o contradictorio. En ese aspecto, no me acaba de convencer a la hora de estructurarlo, aunque, por lo demás, tenemos a una Tuttle en plena forma: pinceladas rápidas que crean ambientes y dibujan personajes con diálogos certeros y prosa ágil, conformando un relato que se lee con gusto.

 

MARIDOS

Maridos es una pequeña pieza de carácter netamente feminista. Tuttle divide el texto en dos secciones separadas por varios años entre ellas, en los que ha ocurrido algo… interesante, como se verá.

La primera parte del relato es una disección de los diferentes (tres) maridos con los que ha estado la protagonista. Todos ellos son animalizados en base a sus características, a sus formas de ser, en una graciosa inversión de las cosificaciones realizadas por la cultura androcéntrica. Es muy interesante la pequeña reflexión que hace sobre el mito de Pasifae (1), que le permite hablar, en pocas líneas, con bastante lucidez del sexo, el amor y el papel de la mujer en las relaciones sentimentales.

A los hechos de la segunda parte llegamos de improviso, y, sin darnos tiempo a reflexionar, nos cuenta que el mundo se ha quedado sin hombres. No queda nadie con cromosomas XY (2) en el planeta, aunque no nos dice por qué (ni tampoco hace falta, lo miportante en el texto es otra cosa). De este modo, Tuttle nos da bosqueja una sociedad femenina a la fuerza, en la que lo se destaca es un aspecto particular que llevan a cabo las “historiadoras revisionistas” de nuevo cuño (que no conocieron o no se acuerdan de los hombres por ser jóvenes), que señalan que, al no existir pruebas físicas reales del sexo masculino, este no existió, sino que fue un constructo mental creado por las mujeres, una especie de fallo biológico que hacía que estas necesitaran de una contrapartida… hasta que ya no los necesitaron y dejaron de existir. Los hombres, pues, eran una ilusión innecesaria.

A fin de cuentas, la reproducción seguía dándose, tal y como nos muestra la presencia de la recién nacida sobrina de la protagonista.

A mi juicio, Tuttle vuelve a lanzar un dardo contra el androcentrismo al criticar la inexistencia casi total de las mujeres a lo largo de la historia: la presencia de nombres femeninos en todos estos milenios es muy escasa, casi tanto que pareciera que el mundo llegó al siglo XX gracias, y solo gracias, a los hombres, como si las mujeres no fueran necesarias.

De todos modos, a la protagonista siempre le queda el consuelo de saber que su nuevo marido será, por fin, el adecuado. Eso piensa mientras lo ve nadando al otro lado del cristal del acuario…

Hilarante. En serio.

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La autora, en una fotografía reciente.

 


1: El mito griego de la reina de Creta que se obsesionó con un toro blanco y que dio a luz al minotauro.

2: Al hilo, es muy recomendable la serie de comics Y, el último hombre, del guionista Brian K. Vaughn.

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10 respuestas a “Lisa Tuttle: Recuerdos del cuerpo (III)

  1. Interesantes relatos. Es curioso, pero «la bola rosa» se me hace sospechosamente parecida al «tapete mágico» de La Celestina. Seguro que estoy equivocado, pero ya no me queda más remedio que leerlo para ver si es cierto. —Y de paso releerme La Celestina, que ya hace siglos… ¡Jó, qué viejo que soy!—

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    1. La Celestina… lo mismo por aquí, hace mucho leída 🙂
      Fíjate que ni me acuerdo de lo del “tapete”. Tuttle es interesante, cuando menos, sí. Te puede o no gustar, no por su estilo (muy claro y ameno), sino por lo que cuenta (jodidamente raruno por lo general), que obliga a llevar el pacto de credibilidad hasta más allá de sus límites.

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  2. Me encantaaaa!!! 😍😍😍 Sobre todo el segundo, claro!! Pero déjame matizar el mito de Pasifae, pues la pobre desgraciada fue víctima por un pecado cometido por su marido, Minos. Resulta que el dios Poseidón le pidió a Minos, rey de Knosos que sacrificara un toro en su honor, pero no un toro cualquiera, sino un toro blanco (albino, vamos). Minos, al ver el toro se negó a sacrificarlo porque era único; prefirió esconderlo y sacrificar a uno “normal”. Evidente era que Poseidón, más pronto que tarde, se enteraría de tal atrevimiento y su ira se dejaría oír más allá de Creta. Y así fue, castigó a Minos haciendo que su esposa se “enamorara” (por decirlo de alguna manera) del toro en cuestión y mantuviera relaciones sexuales con él. El caso es que de esa unión imposible (y asquerosa, por otro lado), naciera el minotauro. En fin, como ves, las mujeres en la antigua Grecia llevaban el peso del honor de su familia encima de sus hombros y pagaban por cosas que ellas no hacían o hacían obligadas.
    Hasta aquí la clase de mitología jajajaja
    Un abrazo, Lord!! 🙂

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    1. Mira! Ya salió la friki de la mitología! 😀
      Gran puntualización. Tuttle aprovecha, precisamente, la misoginia griega (no olvidemos que la civilización helena está en los cimientos de la nuestra) criticando un mito (no se va hasta los antecedentes del capricho de Minos, arranca con el acto sexual en sí) en el que la mujer, al loro, es adúltera (y zoófila ná’menos) y madre de un horror…

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