Renato, el agente castrato: Mancebo

MANCEBO

mancebía

Renato caminaba con cuidado, mucho cuidado, confiando en que los suaves botines de piel de cervatillo no hicieran ruido alguno. Por desgracia para el espía, las tablas del suelo de la planta superior estaban algo sueltas, y cada paso provocaba, más que quejidos, gruñidos de la madera que se confundían con los susurros de placer y manifestaciones algo exageradas de aquellos que, tras las puertas, gozaban de los placeres de la carne.

La casa de mancebía estaba situada a las afueras de Roma, para que ni el Santo Padre ni los eminentes cardenales se molestaran con la visión de tan pecaminoso edificio. Y para gozar, disfrazados a conveniencia, de las mujeres que ofrecían sus cuerpos por unas cuantas monedas.

No era un lupanar cualquiera, no obstante: el regentado por madama Mariposa —una mujer mayor, enjuta y malcarada, que gobernaba el local con mano de hierro aplicando lo que, según ella, eran las formas más adecuadas de llevar el negocio, importadas de su París natal— ofrecía a sus clientes los estilos más clásicos de mercenarismo sexual junto a otros más… exóticos. Era, de hecho, la única casa de este tipo que contaba con una mujer venida de las Indias, lo que hacía que muchos eclesiásticos desearan salvar su alma salvaje pasando por el catre.

Renato empujó la puerta que, tal y como había quedado, no estaba cerrada del todo. Hizo una mueca de fastidio al escuchar el ruido de las bisagras. Seguro que no habían conocido la grasa en su vida.

—¿Qué…? —Los oídos del cardenal Ambroglio resultaron ser muy finos, pero la mujer fue muy rápida y astuta: en cuanto el hombre comenzó a preguntar, Rosetta hizo chasquear el látigo sobre la espalda de él, que gimió con gusto al recibir la mordedura del cuero.

—¿Te he dicho que hables, gusano? —preguntó Rosetta con furia teatral.

—No. No…

—¿Qué pasa? —La mujer se inclinó junto al oído del cardenal y Renato sonrió al ver que se había colocado de tal modo que tapaba el campo de visión del hombre. El espía podía dedicarse a lo suyo mientras ella exigía saber—: ¿No te gusta esto? —Latigazo— ¿No te gusta?

—Sí, sí…

No dejaba de tener su gracia la escena. Renato echó un vistazo rápido y vio al cardenal, ya entrado en años —y carnes, muchas carnes—, desnudo por completo, a cuatro patas sobre el lecho y con las extremidades extendidas y atadas a los postes de la cama, mientras Rosetta vestía una suerte de vestido de cazador, con su arco y todo a la espalda. Ella siguió lanzando preguntas que, en otro contexto, el cardenal hubiera considerado una ofensa pero que, a lo que se veía, allí le gustaban.

Renato se acercó al montón de ropas del hombre y rebuscó entre ellas hasta encontrar lo que deseaba. El sello del cardenal Ambroglio relució al captar la trémula luz de las velas que iluminaban la habitación y lo tomó para aplicarlo con rapidez al documento en el que, poco antes de entrar, había vertido cera que, por fortuna, aún no se había endurecido.

Luego, en casa, con mayor tranquilidad, redactaría el texto falso que implicaría al cardenal en una conspiración a la vera del rey francés. Con suerte, se le expulsaría de Roma. Si rodaba su cabeza… bien, en todas guerras hay bajas.

Vio que Rosetta, entre orden y orden, miraba de reojo hacia el genovés. Renato le dedicó un ademán de cabeza agradecido y salió del lugar tras depositar una bolsa de oro con el precio acordado en una mesa cercana.

Que el cardenal disfrutara esa noche. Las pesadillas —políticas— le alcanzarían mañana.

Mancebo

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22 respuestas a “Renato, el agente castrato: Mancebo

  1. ¡Uaaaaala!, enorme relato… sobre el enorme cardenal, jajaja.
    Sólo me ha chirriado una cosa —y no son ni las bisagras ni la madera del piso—:
    había vertido cera que, por fortuna, aún no se había secado.
    ¿Quizá mejor, solidificado?
    La verdad es que cuántos han caído por el vicio carnal sin comerlo ni beberlo. Pero es el precio que hay que pagar… además del del amor mercenario, por supuesto. Ya sabes, Dalila, Matahari… y un sinfín de ellas que supieron hacer valer sus talentos.
    Por cierto, que qué coincidencia, acabo de poner uno con otro crucificado tumbado. Bueno, ahí acaba la coincidencia.
    Enhorabuena por el relato: Renato nunca defrauda.

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    1. Tienes razón: secado no pega bien aquí, y tu siguiente propuesta, la de “endurecido”, al relato le viene de perlas. Ya sabemos por qué… 😀 😀 😀
      Y ya se sabe que los hombres, con esa manía de pensar que tenemos con el segundo cerebro (y no me refiero al del estómago), la cagamos bien cagada.
      En cuanto pueda, echo ojo a tu relato 😉
      ¡Muchas gracias por tus palabras!

      Le gusta a 1 persona

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