Al fondo del callejón, donde no hay luz

AL FONDO DEL CALLEJÓN, DONDE NO HAY LUZ

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El coche se detiene con un brusco frenazo. La rueda delantera ha acabado sobre un charco, provocando una rociada de lluvia y orines sobre las bolsas de basura que se acumulan en la entrada del callejón. Hace muchos meses que el servicio de limpieza municipal no pasa por ahí, así que las ratas y los mendigos tienen un lugar al que acudir para, con suerte, sacar algo, por repugnante que sea, que llevarse a la boca.

El vehículo es grande y la conductora lo ha cruzado de tal modo que bloquea la entrada al estrecho callejón: así, sus ocupantes gozarán de tranquilidad para lo que han venido a hacer.

—¡Vamos, venga, date prisa! —ordena una voz masculina, recia y cazallera. La puerta trasera se ha abierto y un tipo grande, fornido, vestido con un traje hecho a medida para el que se ha utilizado tanta tela como la que haría falta para un boxeador de súper pesados, arrastra del brazo a otro hombre, un alfeñique en comparación, con tan malos modos que el pobre tropieza al salir del coche y se da de bruces contra el suelo.

Él, como el coche antes, también provoca una pequeña lluvia de líquido estancado y fétido.

—¡Que te des prisa, hostia! —lo apremia el tipo duro.

Una de las escasas farolas que aún funcionan en la zona ilumina el rostro del matón: una cicatriz recorre su mejilla derecha y un parche le cubre el ojo izquierdo. Es alguien que a nadie le gustaría encontrarse en el lugar más deprimido y peligroso de la ciudad.

Justo el lugar en el que se encuentran.

En comparación con la brusquedad del hombre, una figura femenina, también vestida con traje caro y negro, abre la puerta delantera y sale con elegancia, con movimientos medidos, casi de danza, encendiendo un pitillo. El humo asciende en espirales hacia el cielo nocturno y los rasgos afilados, crueles, de la mujer muestran una sonrisa de labios finos al ver gemir al hombre que están arrastrando por el sucio asfalto.

—¿No te da pena? —pregunta ella. Llega en pocos pasos, dados con piernas largas, hasta los dos y lo pregunta después de que su compañero haya dado un fuerte puñetazo al otro en la boca del estómago, haciéndolo doblarse por la mitad.

—Por favor… —El pobre diablo la mira, como si ella tuviera la llave de su salvación.

—¿Pena? —pregunta el sicario enarcando la ceja sobre el parche—. Este idiota se lo ha buscado.

—También es verdad —dice ella encogiéndose de hombros. Como rindiéndose a la evidencia, echa mano al interior de su chaqueta y saca una pistola. Es negra, más negra todavía que la oscuridad que rodea al trío, pues están al fondo del callejón, y ni un rayo de luz de las farolas llega hasta ellos.

La situación pinta muy mal para el hombre arrodillado.

—¿A quién se le ocurre intentar hacernos volar por los aires? ¿Eh? —pregunta la mujer inclinando el torso y mirando al tipo a los ojos.

El que parece un boxeador le pega un golpe en la cabeza y ordena:

—¡Contesta!

—Yo no…, yo…, yo no… —dice, temblando. Una mancha se extiende en la entrepierna de sus pantalones.

—Yo, yo, yo. —La mujer se burla con sorna y coloca la boca del arma en la frente del hombre, que comienza a lloriquear. Dice algo, pero entre hipidos, temblores y mocos, no se le entiende.

—Fue una mala idea —dice la mujer—. ¿Verdad que lo fue?

—Sí, sí que lo fue —responde su compañero—. Muy mala idea.

—Sobre todo —continúa ella—, cuando eres tan chapucero que dejas pistas de quién ha montado la bomba.

—Muy chapuceros, sí —coincide el otro. Se ríe y se coloca bien la chaqueta, un tanto descolocada por los bruscos movimientos anteriores.

—En fin, amigo… —La mujer suspira, como si no le gustara lo que está a punto de hacer. Con voz casi triste, sentencia—: Hiciste una elección, y la cagaste.

»Hora de morir.

Aunque empieza a gritar pidiendo que no lo hagan, el estampido lo interrumpe de modo definitivo e inapelable. La bala destroza la frente, rompe el hueso y atraviesa el cerebro, saliendo por la parte trasera del cráneo. El cuerpo se derrumba como un fardo.

La justicia, la dura y salvaje justicia de la Organización, se ha visto cumplida una noche más.

Al fondo del callejón, donde no hay luz

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17 respuestas a “Al fondo del callejón, donde no hay luz

  1. Negro, negro, negro, como el alma de un político.
    Me ha encantado. Sobre todo la «imitación irónica» del aspirante a finado por parte de sus ejecutores. Sí, los personajes muy de «noir», típicos ellos, pero es como la sal: sabes que te la vas a encontrar en todos los guisos; si no, no son guisos.

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  2. Así que callejón oscuro, matón cachas y mala malísima de piernas quilométricas y sin escrúpulos. Vaya, vaya… Me ha gustado. Muy bien puesto en escena, como siempre.
    Un abrazo, Lord! 🙂

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