Último asalto, todavía en pie

ÚLTIMO ASALTO, TODAVÍA EN PIE

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Suena la campana que indica el final del noveno asalto y el boxeador —calzón rojo con franja blanca y guantes negros— busca tambaleándose su rincón. En él, el equipo que le anima a gritos ya ha colocado el taburete, y el hombre, una mole de casi ciento diez quilos fatigada y machacada, se derrumba, sintiendo un nuevo dolor que castiga su cuerpo cuando la columna choca contra el poste de la esquina.

—¡Vamos, campeón! —grita su entrenador, mientras siente un picotazo ácido cuando el médico aplica el bastoncillo a su ceja partida—. ¡Tienes que aguantar este asalto! ¡Solo este asalto y todo se acaba! ¡Vas ganando, no te arriesgues! ¿Me oyes? ¡No te arriesgues!

El boxeador escupe agua y sangre en el pozal que alguien sujeta a su derecha y asiente de modo mecánico, entendiendo lo que su mentor le dice a un nivel más instintivo que racional. Desvía la mirada y, forzando a su párpado hinchado a abrirse para captar más detalles en su campo de visión, observa a su oponente: Es unos diez centímetros más bajo, pero pesa más, con pectorales y abdominales que parecen labrados en piedra, una piedra masiva y rocosa envuelta por una carne dura que ha resistido a todo lo que le ha lanzado hasta el momento. El boxeador sabe encajar los golpes —a lo largo de su carrera, han sido muchos, y nunca le han noqueado—, pero no está seguro de poder aguantar los minutos que tiene por delante. Intentará, como le dice su entrenador, mantenerse alejado de esos puños que golpean con la fuerza de un martillo neumático, pero las piernas… las nota débiles, y cree que quizá llegará un momento en que no le respondan, que se le doblen, que le traicionen y no pueda esquivar un último directo a su rostro…

Sacude la cabeza y el sudor salpica a los miembros de su equipo. Desecha el miedo. El miedo es el peor enemigo en el cuadrilátero. El miedo es el auténtico adversario.

No está dispuesto a dejarse vencer por él.

Abre la boca para que le pongan el protector.

El público ruge, emocionado y excitado ante el salvaje y estupendo combate que están presenciado esa noche. Han pagado por un espectáculo que no les está defraudando. Los destellos de las cámaras de prensa y los móviles de la gente haciendo fotografías son como estrellas titilantes en un mar de terciopelo oscuro, ya que la luz solo reina, en el vasto palacio de deportes, en la zona del ring, donde dos hombres van a retomar la lucha, van a sudar y sangrar, todo en pos del título.

Los dos boxeadores avanzan hacia el centro, asienten a las palabras del árbitro y comienzan, de nuevo, una danza violenta y desgarradora.

El hombre que viste calzón amarillo y franja verde lanza una serie de jabs destinados a romper la guardia —y la concentración— del boxeador. Él no se deja engañar y se cubre con los puños levantados, moviendo el torso a un lado y otro en un movimiento pendular para evitar que tantee su cara. Retrocede un par de pasos, aunque sus movimientos son pesados, lentos y cansinos, que no tienen nada que ver con los gráciles pasos que daba al inicio del combate.

Un golpe lanzado al costado. Otro. Un tercero. Ninguno de ellos alcanza su blanco.

El cuarto, por desgracia para el boxeador, sí.

El cuerpo se le dobla siguiendo la trayectoria del puño y gruñe. La respiración se le corta por un instante y la visión se le nubla. Su oponente aprovecha y lanza un directo que le alcanza en el pómulo izquierdo. La carne se abre y la sangre vuelve a salir, un pequeño río escarlata que mancha la mejilla y cuyo gusto salobre llega hasta su boca.

Aplausos y aullidos.

Trastabillando, el boxeador choca con las cuerdas del lateral, que lo acogen como una amante traicionera al hacer que su cuerpo no se detenga en una posición adecuada para intentar parar el tren de mercancías que se le viene encima.

El terrible golpe lo han tenido que sentir hasta en la quinta fila.

Es un gancho tremendo que ha impactado de modo brutal en el mentón del boxeador, quien gira como una peonza sin control sin saber dónde está el cielo y dónde la tierra.

Las luces se apagan poco a poco.

El boxeador cae a la lona.

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26 respuestas a “Último asalto, todavía en pie

  1. Si el miedo es el peor adversario para el boxeador, los errores gramaticales lo son del escritor, ¿que a santo de qué viene este comentario? Pues que me ha llamado la atención , y mucho, ver “*quilo” en lugar de “kilo”. Me has dejado noqueado con el brutal impacto…, aunque he de reconocer que en lo demás has estado brillante.

    Saludos

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      1. Entiendo que cada persona es libre de utilizar lor términos que considere en sus escritos y obras, pero ello conlleva implícito que haya quien se quede con la duda de si él es el errado al escribirlo con “k”. De hecho, hasta me ha sorprendido que las dos formas sean reconocidas como válidas.

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      2. Me permito meter baza donde no me llaman.
        Aunque la RAE da por buenas ambas formas, la correcta —y así lo era hasta hace algunas ediciones— en el ámbito científico y técnico ha sido siempre «quilo». Es cierto que en las últimas décadas se ha ido introduciendo, hasta hacerse mayoritaria, la forma con «k», pero las distintas comisiones lingüísticas, y me viene a la memoria la coordinada por Don David Galadí Enríquez, Comisión de Terminología Astronómica, insisten en separar los «signos» de las unidades de los sistemas de medida, en este caso el internacional, del nombre que en cada idioma se le da.
        Por tanto, desde el ámbito científico y técnico se nos recomienda emplear las abreviaturas kg o km —ojo a las minúsculas y a la ausencia de punto— y los nombres quilogramo y quilómetro. Un clarísimo ejemplo de uso habitual es la palabra «vatio» que tiene como símbolo «W»; no se usa la palabra «watt», sino «vatio» en concordancia con lo dicho anteriormente.

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      3. Eso es: algo así decía yo, pero más parcamente. Ortográficamente, lo correcto sería con “qu”, pero el uso en notaciones científicas y el ineludible acoso y derribo del idioma inglés, han generalizado el uso de la “k” 😉

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