Vida y muerte junto al cráter

VIDA Y MUERTE JUNTO AL CRÁTERcrater-de-impacto

—¡No me cogeréis con vida, bellacos!

El desafío del hombre —alto, musculoso, vestido con ropas de viaje que habían conocido el polvo de incontables caminos— retumbó en el paraje estepario por el que habían estado persiguiéndolo durante varias horas. El comandante de la guardia de la ciudad había emitido la orden de busca y captura de todo forastero que hubiera estado implicado, siquiera de forma remota, en el asesinato del barón Sallaro, lo que implicaba que todos aquellos no nacidos en Triajoses, y que hubieran estado en las cercanías del lugar donde se cometió el atroz crimen, eran sospechosos.

Como el hombre que ahora se volvía, fatigado, dispuesto a plantar cara a los tres soldados que buscaban detenerlo.

—¡Tira el arma, rufián! —ordenó uno de los guardias al ver que el extranjero desenvainaba su acero y se colocaba en guardia—. ¡Tendrás un juicio justo!

—Conozco vuestra justicia —replicó él—. ¡No me hagáis reír, por los dioses! ¡La única ley para la gente como yo es la que está en el filo del hacha del verdugo! —Soltó un escupitajo en el que mezclaba, a partes iguales, odio y tierra tragada las últimas millas.

—¡Es tu último aviso! —Los guardias se abrieron en arco, amenazadores y fieros, respondiendo al desafío también con sus espadas. El cansancio de la larga carrera dio paso a la tensión previa al combate, y los músculos parecieron desentumecerse por efecto de la lid que todos ellos estaban a punto de librar.

El extranjero miró hacia atrás, comprobando el terreno a su espalda, por si tenía que retroceder al defenderse. Hizo un mohín al ver que la loca carrera lo había llevado junto al famoso cráter, maravilla y pavor del mundo, sobre el que tanto se había especulado. No se había dado cuenta de la dirección en que había huido, tan solo preocupado por poner cuanta más tierra de por medio pudiera con sus perseguidores; por desgracia para él, eran tenaces y resistentes, por lo que no tenía otra opción que enfrentarse a ellos y confiar en su habilidad como luchador.

—¡Venid! ¡De uno en uno o todos a la vez! —Con la voz más firme que pudo poner, los desafió y ellos se lanzaron hacia delante con ganas de hincar las puntas de metal en su cuerpo.

Los gruñidos y los gritos de esfuerzo pronto se adueñaron del quieto, misterioso y solitario paisaje.

El guardia más delgado se lanzó con mayor impetuosidad que sus compañeros y su golpe fue el primero en intentar traspasar la carne del prófugo. Este desvió con facilidad el filo del otro y contraatacó con un tajo en paralelo al suelo que no alcanzó su objetivo por muy poco, ya que el otro se echó hacia atrás en el último instante. Dispuesto a no perder su ventaja, viendo que la guardia del enemigo se había abierto, el forastero lanzó una estocada y clavó su espada en el pecho del otro, notando satisfecho la escasa resistencia que el cuerpo humano ofrece al acero afilado. El arma atravesó músculo y grasa, habiendo con fortuna pasado por entre las costillas, y perforó un pulmón; el hombre cayó al suelo gritando y tosiendo una espuma rojiza.

Sin perder un instante, se concentró en los otros dos enemigos, pero no fue rápido: sintió un dolor lacerante en el brazo izquierdo. Lo habían herido y notó la sangre manar a borbotones. Supo que pronto dejaría de sentir el brazo, y si bien no había sido alcanzado en aquel con el que sujetaba el arma, un brazo inútil lo desequilibraría en sus movimientos.

Paró un tajo dirigido a su cabeza dado con torpeza y lanzó una finta mientras intentaba moverse de tal modo que uno de los guardias estorbara las acciones del otro.

No funcionó.

Esos dos sabían combatir juntos y contrarrestaron sus pasos de forma tal que cualquiera de ellos podía alcanzarle con su arma. No pintaba nada bien para él.

Otro corte.

Otro más.

Ya lo habían herido tres veces, y comenzaba a sentir un ligero mareo producido por la pérdida de sangre y el cansancio. Él, sin embargo, no había podido alcanzar a ninguno de los otros dos.

Supo que iba a perder el combate.

Lanzando un grito de rabia que le salió de lo más hondo del alma, el forastero barrió el espacio frente a sí con la única intención de obtener un pequeño respiro. Sus oponentes retrocedieron y él aprovechó para girarse y, con las últimas reservas de fuerza que tenía, comenzó a correr hacia el borde del cráter.

Antes de lanzarse al oscuro interior, antes de ser tragado por la densa negrura, aún tuvo tiempo para lanzar un último desafío:

—¡Seguidme si queréis, bastardos!


16 respuestas a “Vida y muerte junto al cráter

  1. Jjajaja, si hombre, para que la lava me trague, claro que a lo mejor el volcán ni tiene lava ni nada y, sí, un camino por donde escapar.
    Muy interesante Lord.
    “notó la resistencia que el cuerpo humano ofrece cuando se le clava una espada en el pecho” esta frase me choca un poco.
    No sé noto extraño en el contexto tanta explicación.

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    1. Sí, quizá sea una frase un poco extraña. Ahora que la leo de nuevo la veo rebuscada, creo que queda mejor dándole la vuelta: “el forastero lanzó una estocada y clavó su espada en el pecho del otro, notando satisfecho la escasa resistencia que el cuerpo humano ofrece al acero afilado”
      En cuanto a lo que hay en el cráter… pues… pues… 😀

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  2. Ante la certeza de la muerte, la esperanza del cráter.
    Besacos, Lord!
    PD: A mí la frase que indica Elficarosa me llamó la atención pero no por parecerme rara, sino porque es una forma diferente de expresar la dureza que sentiría el prófugo al rasgar la carne.

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    1. ¿De Guatemala a Guatepeor? No sé, no sé…
      He cambiado la frase. En efecto, es lo que dices, pero es un tanto rebuscada. Creo que está mejor así: “el forastero lanzó una estocada y clavó su espada en el pecho del otro, notando satisfecho la escasa resistencia que el cuerpo humano ofrece al acero afilado”

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  3. No sé si te lo creerás, pero me he dado cuenta de que la mano sobre la que apoyaba la barbilla mientras leía estaba en tensión hasta que he terminado. El final predecible; pero, como ya te he dicho varias veces, no importa porque el camino es agradable. De hecho, es un recurso que me encantaría dominar, eso de anunciar lo que va a pasar y no dejar de leer hasta que pasa.
    El cambio de frase que has hecho, estupendo: lo veo más adecuado que el original al ámbito en el que está.
    Tan solo señalaría el exceso de «acero» en: «El guardia más delgado…»

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    1. Creo, y es mi opinión, que los textos de ficción carecen de algo que es consustancial a la vida: la aleatoreidad más absoluta. De hecho, la ficción vendría a ser una especie de sustituto ordenado que conforta ante el caos de la existencia: el relato como algo ordenado que deja pistas, de forma más o menos visible, para llegar a un fin. Es decir, que opino que todos los finales, al estar en principio más o menos proyectados de antemano (incluso los que se cambian sobre la marcha: la narración tiene que conducir de forma lógica a ese final), son, en esencia, “predecibles”. Que sea predecible a priori o a posteriori, casi es lo de menos. No sé si me explico…
      Sobre tanto “acero”, tienes razón: al cambiar la frase, me quedan dos metales muy juntos, así que el segundo lo cambio por “arma” y a correr 🙂

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