Cumbre presidencial

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 —¡El Presidente de la República Popular de China, …!

Los altavoces rugieron atronadores el cargo y nombre del hombre que estaba descendiendo, con el cuidado debido a su baja forma física y a haber pasado varias horas sentado en el asiento del avión. La salva de aplausos que siguió al anuncio lo hizo, tras haber bajado unos cuantos peldaños, saludar con la mano y esbozar una sonrisa en su cara redonda.

Una banda de música interpretaba el himno del país de origen del mandatario. Las luces estroboscópicas de los coches de policía daban al ambiente una tonalidad extraña, rasgando la oscuridad de la noche con sus alfilerazos azules y rojos. Los motores del avión parecían no querer terminar de pararse y seguían emitiendo un zumbido grave.

—¿Ha habido problemas en el vuelo?

Fue una pregunta que se oyó sobreponiéndose al ruido existente en el aeropuerto, y el Jefe de Gabinete del Presidente de los Estados Unidos de América volvió la cabeza en dirección a quien la había formulado.

«Por supuesto», pensó clavando la vista en la cara hermosa y dulce de la reportera más aguda e inquisitiva de Washington. No podía ser otra quien empezara a hablar del retraso de más de tres horas en el aterrizaje; era incluso probable que ya hubiera elaborado múltiples teorías al respecto, desde un problema de última hora entre los dos presidentes sobre el tema que iban a tratar —la firma de un protocolo de reducción armamentística con capacidad de destrucción masiva—, a una hipotética amenaza de atentado terrorista.

Esa mujer podía sacar una historia de Pullitzer tan solo observando a un gato trepar a un árbol.

Con todo, tenía serias dudas sobre si ella se habría enterado de la reunión que el Presidente americano había tenido hacía cinco horas. Esa era la auténtica razón de la demora: una reunión no programada en la agenda de la Casa Blanca que el mismísimo hombre más poderoso del mundo dijo que no podía ser interrumpida por nada en absoluto.

«Y si el chino tiene que esperar, que espere». Esas fueron sus palabras exactas.

Así que al chino le tocó esperar, volando en círculos sobre la capital del país.

El Jefe de Gabinete sonrió mientras avanzaba junto al Presidente al encuentro de su homólogo y paró, junto con otros miembros del personal, unos pasos antes de llegar al punto de encuentro de los dos hombres. Todo sonrisas, todo apretones de manos, todo flashes de cámaras fotográficas a punto de desatarse, como siempre en esos casos.

Eso supuso que pasaría: lo de siempre, lo usual.

Sin embargo, un alarido de terror brotó de su garganta al ver qué ocurrió justo delante de sus narices, a escasos cinco pasos de él. El suyo fue un grito entre decenas, el emitido por los espectadores de algo que les resultó inconcebible.

El Presidente de Estados Unidos acababa de apuñalar al de China en el pecho.

Una, otra y otra vez, hasta que su propio Servicio de Seguridad lo redujo y se lo llevó a rastras del lugar.

Muchos salieron corriendo, como si alguien más fuera a empezar a clavar cuchillos en la gente porque sí, porque le venía en gana, pero el Jefe de Gabinete permaneció inmóvil, fascinado por la mancha escarlata que se esparcía por la blanca camisa de seda. Estaba muerto. El Presidente de China estaba muerto.

Y lo había matado…

Las consecuencias iban a ser terribles, e imágenes de guerra salvaje, despiadada y global comenzaron a surcar su mente como tifones. Al mismo tiempo, quiso calcular de qué forma se podría detener ese apocalipsis.

—Impresionante, ¿no cree?

La voz, tan grave que le recordó el sonido que emite el roce de dos piedras, le devolvió a la realidad y contempló a quien había pronunciado esas palabras. Sintió un temblor de miedo atávico, inexplicable, al ver a quien había estado reunido con el Presidente esa misma tarde. Sintió miedo al ver su figura alta, delgada, vestida con un elegante traje de tres piezas negro que, sin embargo, resultaba casi blanco en comparación con la tonalidad de obsidiana de la piel del hombre. Portaba un bastón con cuyo extremo, en el que había labrado la cabeza de algo que parecía un perro deforme y feroz, apuntó al cadáver y preguntó de nuevo:

—¿No es impresionante?

—¿El…? ¿El qué? —Pudo por fin preguntar él.

—Lo fácil que se puede matar a alguien y desatar una crisis de proporciones cataclísmicas, por supuesto. Su jefe lo ha hecho bien.

—Mi… ¿Quién es usted?

—¿Yo? —El extraño sonrió, aunque no había asomo de humor en su rostro, y se señaló el pecho de modo teatral—. Alguien a quien todo esto interesa, por supuesto. Ustedes…, los insectos que gustan autoproclamarse «especie superior», ya han vivido su breve paréntesis en los eones pasados y por pasar.

»Es tiempo de que se echen a un lado.

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21 respuestas a “Cumbre presidencial

      1. De nuevo, Francisco, me permito discrepar. Espero no estar resultando en el espíritu de la contradicción 🙂 .
        La palabra «eón» tiene, desde mi punto de vista más particular y discutible, por supuesto, dos características que la hacen adecuada a este relato. La primera, su sonoridad: bisílaba pronunciada casi como monosílaba, con dos vocales abiertas y esa terminación contundente. Por otro lado, en cuanto a su acepción de tiempo largo pero indefinido, apropiada para crear un abismo temporal inquietante y necesario al final. Insisto de nuevo, es una opinión totalmente discutible.
        Lo de que es muy lovecraftiana —y de sus traductores habituales— eso sí que es objetivo 😀 .

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  1. Entretenido. Una buena forma de acabar con la especie, la verdad. Es curioso cómo mueren miles de personas asesinadas y no pasa nada, pero que sea uno de estos trajeados puede llevar a la extinción.
    PS: “Portaba un bastón con cuya cabeza, en la que había labrada la cabeza de algo que parecía un perro deforme y feroz, apuntó al cadáver y preguntó de nuevo:”
    —Cabeza se repite demasiado seguido. La primera la cambiaría por empuñadura, mango o algo así.
    Besacos!

    Le gusta a 2 personas

  2. Me parece un relato inquietante cuando menos, muy bien estructurado y muy legible. Alguien ha comentado que podría ampliarse. Así es, aunque tal cual está, a mí me basta —ahora bien, si te pones, no seré yo quien deje de leer dicha ampliación 😉 —.
    Sólo un pequeño comentario. La repetición de tiempo en el penúltimo párrafo y en la frase final le resta cierta fuerza a dicho final, que por otro lado es estupendo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias, tendero de los discos que abren portales al multiverso ignoto 😀
      Como siempre, busco, tras el ropaje de la fantasía, reflejar algo de la realidad, así que me gusta que te haya gustado el mensaje 😉

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