Una chispa añil para prender el fuego

Como alguna vez he comentado, el grupo del que formo parte, Círculo de Fantasía (web, aquí), publica una revista online llamada Stygia, cuyo número 2 podéis descargar gratuitamente en este enlace. En ella aparece un relato mío que aquí dejo, esperando que sea de vuestro agrado.

UNA CHISPA AÑIL PARA PRENDER EL FUEGOseraph-of-the-end-anime-series-the-underground-vampire-city-part-3.jpg

El mendigo, andrajoso, maloliente, se sentó en el suelo entre orines y desperdicios que los trabajadores del servicio de limpieza aún no habían retirado sintiéndose, como todas las mañanas, parte de la basura acumulada por la enorme casa frente a la que se encontraba. El olor no le molestaba. Era incluso posible que él apestara todavía más que toda la suciedad que lo rodeaba.

Se pasó la palma de la mano por el pelo grasiento y enmarañado con la falsa esperanza de parecer un poco más adecentado y clavó la mirada en la puerta principal de la mansión del Lord Comandante de la ciudad, el máximo representante del Señor Emperador. Quizá esa mañana estuviera de buen humor y, en vez de ordenar a uno de sus múltiples escoltas que lo apartaran y le dieran un par de puñetazos para que no volviera a asomar su cara por ahí, le ofrecía una moneda con la que poder tomar una comida caliente.

La ciudad comenzaba a despertarse justo cuando los rayos rosáceos de la aurora tiñeron las fachadas de las casas circundantes; una pequeña marea de gente salió de sus domicilios y se encaminó apresurada a sus puestos de trabajo, a esos puestos que el Lord Comandante había decretado que eran para cada cual en su suprema sabiduría y haciendo uso del poder absoluto otorgado por el Elegido de los dioses.

El mendigo no estaba atado por esas rutinas diarias. Como había pasado con muchos otros, el Lord Comandante no encontró para él una ocupación apropiada y se le dio a elegir entre el exilio o la mendicidad.

—Ya sale, ya sale… —dijo entre dientes, sus podridos dientes, cuando la gruesa puerta comenzó a abrirse con lentitud. Un escalofrío de emoción le recorrió y miró a un lado y otro para comprobar que ningún otro pedigüeño estuviera cerca dispuesto a hacerse con la probable moneda que le pertenecía.

Con el rabillo del ojo captó algo que llamó su atención. A su derecha, en la azotea de uno de los edificios cercanos, vio un destello de luz azulada que brilló con mayor intensidad que el sol naciente pero, de inmediato, se olvidó de ello: El Lord Comandante hacía acto de presencia.

Cuatro fornidos hombres, de casi dos metros de altura todos ellos, salieron a la calle mirando a un lado y otro, escrutando a los viandantes por si alguien pudiera tener malas intenciones. La gente, al sentirse observada, apretó el paso y bajó la vista para no llamar la atención de los escoltas. Las espadas que protegían al Lord Comandante salían de sus vainas precisando de poca excusa.

Los cuatro se desplegaron formando un arco frente a la puerta y, al fin, el objetivo del mendigo apareció. Alto, aunque no tanto como los hombres que lo acompañaban, vestía ese martes una casaca marfileña con botones de oro macizo sobre unas calzas negras y botas del mejor cuero. La banda tricolor que rodeaba su torso delgado caía a la cadera contraria en la que colgaba el acero con el que, según se decía, había dado muerte al general del antiguo rey Aplión, quien había gobernado esas tierras hasta el alzamiento del Señor Emperador.

El mendigo se levantó y extendió la mano bajando la cabeza con humildad, esperando a que el Lord Comandante pasara, como todas las mañanas, por delante de él. El taconeo de las botas sobre el pavimento le indicó que se estaban acercando…

Volvió a ver, de soslayo, el resplandor azulado en la azotea del edificio cercano. Sin embargo, esa vez creció en intensidad. Miró en su dirección extrañado y abrió la boca, atónito, cuando una esfera más grande que una persona comenzó a descender hacia el suelo a una velocidad pasmosa. Chisporroteaba plena de energía, recordando al mendigo los relámpagos que se desataban en las más furiosas tormentas y, en vez de caer a plomo, bajó hasta el suelo describiendo un arco suave que la llevó a pocos pies del Lord Comandante.

En su interior había una mujer con los brazos extendidos y la melena rubia erizada por efecto de la electricidad que la rodeaba.

—¡Cuidado! —gritó uno de los escoltas sacando su arma al tiempo que los otros se interponían entre la que ya habían catalogado como atacante y el Lord Comandante.

La mujer proyectó sus dos brazos —largos, delgados, de color cobrizo, visibles gracias a que vestía un chaleco— hacia delante y la esfera que la rodeaba se deshizo en cuatro rayos del grosor de las sogas utilizadas en los aparejos de las embarcaciones. Impactaron en cada uno de los cuerpos de los escoltas y un hedor a carne quemada se elevó en el ambiente. Los hombres fueron proyectados hacia atrás con brutalidad, cayendo al suelo con el pecho humeante y ennegrecido junto al Lord Comandante, quien contemplaba la escena con una expresión que mezclaba la sorpresa con la ira.

—¿¡Cómo te atreves!? —preguntó ofendido echando mano a su espada.

La mujer no dijo nada. Ni una bravata, ni una amenaza. Se impulsó hacia delante con sus esbeltas piernas envueltas por pantalones de montar a la vez que sacaba su propio acero, comenzando de inmediato un baile de chispas al chocar las armas, un baile cuya música era el tintineo del metal percutido.

—¡Debimos mataros a todos, engendro! —gritó el Lord Comandante cuando paró una estocada dirigida a su abdomen y respondió con un arco hacia las piernas de su enemiga, que saltó con agilidad para esquivarlo—. ¡Sois una abominación a los ojos de Dios!

La mujer inclinó el torso a un lado evitando la espada y lanzó una patada que el Lord Comandante no vio venir, impactando contra su rodilla. El aullido de dolor del hombre enmascaró el terrible chasquido que produjo la articulación al partirse.

Incapaz de permanecer en pie, cayó de rodillas y echó mano a tierra a la vez que la mujer, con exquisita puntería, introducía la punta de su espada por el ojo del Lord Comandante, deslizándola sin problemas hasta el cerebro.

Quien hasta hacía unos momentos gobernaba la ciudad se desplomó y la mujer agitó la espada tras sacarla del cráneo del muerto en un movimiento rápido con el que limpió su filo de sangre y materia encefálica. Sonriendo feroz, sin prestar atención a los gritos y carreras de la gente en las cercanías, sacó del bolsillo de su pantalón un papel y lo metió en la boca del Lord Comandante, tras lo que escupió con desprecio a su cara.

Después, sin más, volvió a elevarse rodeada por una esfera similar a la que había utilizado antes y desapareció; el mendigo sacudió la cabeza pensando en si lo que había contemplado no había sido una ilusión.

No. Ahí estaba, en el suelo, el Lord Comandante. Los cuatro escoltas. Todos muertos. Eliminados con magia y acero, un desafío directo a la autoridad del Señor Emperador, el cual leería más adelante el manifiesto que unos rebeldes habían colocado en las bocas de numerosos de sus Lores Comandantes asesinados y que avisaba del incendio que se iba a desencadenar contra su tiránica autoridad.

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14 respuestas a “Una chispa añil para prender el fuego

  1. Leído y disfrutado como amerita alguien bienquisto, a pesar de que en el siguiente fragmento: “Se pasó la palma de la mano por el pelo grasiento y enmarañado con la falsa esperanza…” considero que los adjetivos han de preceder a “pelo”. Con respecto a “Sol”, te dejo esto: http://www.fundeu.es/recomendacion/sol-tierra-y-luna-uso-de-las-mayuscula/ Y en el siguiente fragmento: “Cuatro fornidos hombres, de casi dos metros de altura todos ellos,…” considero que están demás por redundancia “todos ellos”.

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    1. Gracias! Veamos…
      -Sobre los adjetivos, reconozco que me gusta ponerlos al “modo inglés”, es decir, antes del sustantivo, por lo que muchas veces incluso abuso de ello, debiendo refrenarme a veces. Sin embargo, esta vez creo que tienes razón y queda mejor. Lo cambio.
      -Lo del sol… ya sabes que se me escapa muchas veces, como has visto en cierta novelilla… 😉
      -“Todos ellos”, en efecto, es redundante, pero lo hice a sabiendas, creyendo que daba mayor efecto dramático a la descripción.

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    1. Como siempre… no 😛
      Es una escena, simplemente eso. Desarrolla el resto tú si te apetece 😉
      Tengo que reconocer, eso sí, que el relato parte de una idea central de lo que podía ser una novela (fantasía oscura en un mundo orwelliano).
      ¡Un abrazo!

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  2. Me encanta. El ritmo ha sido estupendo. Y la mezcla de magia y esgrima me ha encantado. Sólo una pregunta, si podía matarlo con magia, ¿por qué uso la más torpe y lenta, supongo, espada?
    Un gran relato, sí señor, aunque no lo había leído aún en la revista. —¿Te acuerdas de lo del tren? Ya sabes que hay veces que sí y veces que no.—
    PS.—El mendigo observador me ha cogido desprevenido. Esto del recurso del «testigo» me lo apunto, que algo haré con él.

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    1. Bueno, en otro comentario digo que el relato nace de una idea “germinal” de novela en la que desarrollaría el aspecto que comentas. No obstante, creo que nunca será ampliado, que hay proyectos más claros de aquí a un tiempo de textos largos que este. La magia como algo accesorio, pero no fundamental ni, quizá, agresivo o fuerte como para herir. No sé. Habría que desarrollarlo 🙂
      Y cierto, quería empezarlo con un personajes que fuera una especie de narrador sin serlo (si se entiende lo que quiere decir), y con el que se desplazara el centro de la acción importante luego.

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      1. Algo está bien Milord, otra cuestión es que nos describa vuecencia la jornada final de la conquista de Mallorca por las tropas aragonesas. ¡Que en esa ocasión ya le echaron más inquina de la debida! Un abrazo.

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