En territorio enemigo

EN TERRITORIO ENEMIGO

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No es fácil avanzar por esta maldita espesura. Me he descuidado de nuevo y la rama que ha apartado mi compañero me golpea en la cara, produciendo una línea sangrante en mi mejilla.

—¡Escuece, maldita sea! —exclamo dolorido. Las hojas que han entrado en contacto con mi piel poseen una sustancia irritante que se infiltra de inmediato en mi torrente sanguíneo. Todo en esta asquerosa jungla parece tener un único objetivo: acabar conmigo.

Mi compañero, Patrius, se gira entre un chirrido de anillas de su cota, me mira con gesto a medias cansado, a medias molesto y dice:

—Cállate, joder. No necesitamos que nos descubran.

No, claro que no. Tiene toda la razón: llevamos dos días en este infierno verde buscando algún rastro del batallón «Puño de Glur’takh», cualquier señal de que siguen existiendo y que podrán reagruparse con el resto del ejército antes de lanzar nuestra ofensiva contra el enemigo. Se supone que están por esta zona de las Tierras de Jade, como las conocemos nosotros, con la misión de arrasar una pequeña guarnición.

Ya deberían haber vuelto al campamento general.

Como no ha sido así, el comandante en jefe de nuestras fuerzas nos ha elegido, a nosotros en persona —todo un honor, por supuesto—, para contactar con ellos y saber qué estaba pasando, por si los planes debían ser cambiados.

—¿Lo hueles? —pregunta Patrius subiéndose la tela con la que nos protegemos la piel del cuello del roce con la cota hasta cubrirse la nariz.

—Sí, por la lengua de Xijtach. —La invocación a la divinidad tutelar de mi patria me sale del alma—. Es… asqueroso.

Un pequeño soplo de aire trae un hedor fétido, nauseabundo, que me provoca arcadas. Es el olor de la carne corrupta tras ser descuartizada. Lo conozco a la perfección tras meses de combate contra nuestros inclementes adversarios. El horror, que aún no vemos, oculto tras el denso follaje, es incrementado cuando, al seguir avanzando, escuchamos el rumor de cientos, miles de moscas zumbando.

Patrius aparta otra rama —que esta vez esquivo— y, entonces, lo vemos. La horrible imagen parece surgida del más repulsivo de los infiernos: colgados boca bajo de los árboles, en un inmenso claro alfombrado de hierba teñida por la sangre escarlata, hay decenas de los nuestros que han sido cortados por la mitad. No hay ni rastro de las piernas. Los insectos zumban con mayor intensidad, como molestos por nuestra interrupción, y se elevan en densas nubes de negrura. A mi derecha, veo la cara lacerada por numerosas heridas pequeñas de un soldado, cuyas cuencas han sido vaciadas. Me siento como si estuviera mirando al interior de un abismo, a una oquedad antinatural y terrible.

Patrius cae de rodillas y vomita con violencia.

Respirando con dificultad, siento que el mundo da vueltas, pero me sobrepongo como puedo y avanzo. Me fijo en que hay un riachuelo un poco más adelante, y que quizá pueda remojarme la cara en él para mitigar la impresión.

No tengo suerte.

A lo lejos, veo una montaña de cuerpos putrefactos y desgarrados como por fieras salvajes, destrozados por armas frías y asesinas. Su sangre, la sangre de tantos y tantos compañeros del ejército, es transportada por el agua del riachuelo, y es tanta que este baja teñido por completo de carmesí, convertido en una especie de sopa coagulada que arrastra trozos de órganos.

Hemos encontrado al batallón, por desgracia. Imagino que han debido caer en una emboscada…

Me giro con rapidez al escuchar el grito de Patrius. ¿Cómo hemos podido ser tan estúpidos y no hemos salido corriendo al ver los cadáveres? Mi compañero muere agujereado por innumerables flechas que traspasan su cuerpo, y yo…, yo sé que tengo pocas posibilidades de escapar.

Ni siquiera llego a dar un paso en dirección a los árboles, donde podría, con suerte, perderlos. El siseo de las flechas al surcar el aire resuena en mis oídos con una fuerza cien veces mayor que el zumbido de las moscas.

Una se clava en mi pecho. Otra, en el abdomen. Una tercera me traspasa el brazo. Otra acaba cerca de la primera. Otra más. Otra. Otra.

Aúllo de dolor. Estoy muriendo. Y mi último pensamiento es que ojalá nunca, nunca, mi señor rey hubiera dado orden de acabar con toda la gente, incluyendo mujeres y niños, de la aldea fronteriza que supuso el primer acto en esta guerra.

En territorio enemigo

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19 respuestas a “En territorio enemigo

  1. Una vorágine bélica más cercana a la realidad que ñoños cuentos de princesas, caballeros y dragones. Estupendo para leer después del café de media mañana.
    Tan solo comentar:
    «y es tanta que este baja teñido por completo teñido de carmesí». Ese doble «teñido» que supongo residual de un cambio de orden en la frase.

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    1. Después del café quizá, pero… tras comer, no sé yo. O esa era la intención, de hacer algo realmente truculento (te confieso que tenía en mente al compañero Carlos, que siempre me echa en cara tanta sangre :D)
      Cierto, cambio de orden que se me ha pasado eliminar, lo arreglo 😉

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  2. Excelentemente truculento, sangriento y desgarrador. Una pequeña orden que lleva a la desgracia/muerte de miles de personas, vamos, el pan nuestro de cada día.
    Iba a apuntar lo de “teñido”, pero ya lo ha hecho el compi Torpeyvago.
    Besacos!

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  3. En esta ocasión he observado un par de detalles, uno me ha encantado tanto como decepcionado el otro…

    Me ha encantado que en esta ocasión has cambiado el narrador habitual. Me ha deceocionado que “comandante en jefe” aparezca en minúscula cuando deberías haber puesto “Comandante en jefe”, ya que según este enlace es así como se ha de escribir: http://www.fundeu.es/consulta/comandante-en-jefe-357/

    Saludos

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    1. Me alegra que te haya gustado el cambio de narrador. El uso del presente al escribir (que no me gusta mucho, todo hay que decirlo) para el narrador-protagonista creo que queda más “cercano” y permite una mayor empatización al lector.
      Lo del cargo militar… no me carga la página, así que miraré la consulta más adelante y hablamos 🙂

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      1. Escribir en primera persona, como todo, tiene sus pros y sus contras. Pero siempre que se tenga en cuenta que hay que estar atentos para evitar hacer un cambio sin ser conscientes, puesto que es mucho más sencillo escribir en tercera persona. En mi caso, cuando termine un par de novelas o tres que tengo en distintos estados, intentaré aventurarme a escribir alguna intercambiando los distintos narradores y tiempos narrativos, si es que soy capaz, claro.

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  4. Un merecido castigo para los asesinos, al menos por esta vez no han escapado indemnes. Por desgracia la historia real supera en mucho vuestra imaginación y ha dejado cicatrices indelebles en nuestra memoria. Lea su merced, si le place conocerla, como fue la toma de Beziers por las huestes del papa Inocencio al mando de Simón de Monfort que asesino a 17.000 inocentes a la orden de: “Matadlos a todos que dios reconocerá a los suyos”. Un abrazo.

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    1. La Cruzada contra cátaros, albigenses y demás… toda una demostración de locura fanática religiosa junto con una buena dosis de intereses políticos en la Edad Media. La sangre de muchos se ha vertido a lo largo de la historia por intereses de unos pocos, creo que eso es de dominio público, sí, por desgracia 😦
      Me gusta que hayas captado el detalle que descubro al final: el protagonista es parte de un grupo nada inocente. Eso sí, creía que “protestarías” un poco por tanta sangre y entrañas (lo he escrito pensando en ti, muahaha! :P)

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  5. De lujo, asquerosamente fabuloso, eres tan genial que parece que las imágenes llegan a mis retinas. Estoy desayunando, Lord y tengo mal cuerpo, jajajajajaja, deberias poner en este tipo de relatos “SI LEES NO COMAS”, jajajaja. Y me pregunto ¿Terminaste la semilla 2? Estoy a la espera, mi querido amigo, Avísame. Besos a tu alma.

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    1. En efecto, la idea era hacer un relato truculento, así que me alegra haberlo conseguido y darte el desayuno 😛
      me quedan unas 10000 palabras (calculo) para terminar la segunda parte de la saga iniciada con “La semilla”, luego tocará revisión y todo eso… El plan es publicarla en febrero, marzo a más tardar. Ya iré diciendo 😉

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