La sombra dorada: La caída del coloso

Como escribí ayer, la compañera Yulia, que desde la Madre Rusia nos deleita con sus magníficas entradas en su blog Voz de Moscú (enlace, aquí), hizo una amable reseña de mi novela de fantasía La sombra dorada. De bien nacido es ser agradecido, como he dicho alguna vez, así que a continuación cuelgo el relato que, con todo mi cariño, le dedico, esperando que resulte un agradable, aunque frío, viaje de vuelta al mundo asolado por el maligno Abaven.

Este relato, como muchos otros que he ido escribiendo bajo el epígrafe de “Relatos de La sombra dorada“, se incluirán en la edición aumentada y corregida que, con motivo de la publicación en breves de Resurge la plata sacaré a principios de diciembre. Yo aviso 🙂

LA CAÍDA DEL COLOSO

La vida, en el confín más al norte de Lorry, no es fácil. La más septentrional de las poblaciones que la humanidad ha levantado, Aurora, es poco más que una acumulación de cabañas de leñadores que reúne a unas diez familias, colonos valientes y aguerridos que desafían las bajas temperaturas y las largas noches de vientos gélidos procedentes de la cordillera cercana, cuyos glaciares parecen ojos siempre atentos, siempre vigilando las tierras a los pies de las montañas. Hay días en los que las nubes grises se arremolinan en torno a las cumbres y los truenos restallan creando un tumulto que llega hasta Aurora con tal fuerza que es difícil mantener una conversación en el propio interior de las casas si no es a gritos.

Con todo, Yilia es feliz. Sus manos, tras años de golpear con el hacha los gruesos y duros troncos de árboles de hierro, están surcadas de callos; su cuerpo, debido a las duras condiciones del lugar, es enjuto, pero muy resistente y siempre camina erguida, a paso vivo; y sus ojos…, sus ojos muestran el fulgor de los topacios, acompañando con su brillo la risa que siempre está presta a acudir a sus labios.

Esa mañana se ha despedido de su esposo y su hijo —quienes se han echado al hombro el arco y el cuchillo de caza, con la esperanza de capturar uno de los renos que se han visto en las cercanías— y se ha encaminado, con otros leñadores de Aurora, al bosque cercano. Como siempre, siente admiración por los enormes árboles que cubren la zona, en un tapiz que continúa más allá de donde le llega la vista: sus troncos, tan gruesos que requieren más de quinientos certeros golpes para ser derribados, se elevan, se elevan, se elevan hasta que las ramas comienzan a surgir de ellos formando una especie de cono verdoso, una punta de lanza digna del padre de todos los gigantes que, según se dice, habita más allá de las montañas y es quien ordena a las nubes descargar su furia sobre el mundo.

Yilia camina junto a su buena amiga, Masha, las dos hablando animadas:

—Mañana llegarán los comerciantes —dice Yilia. Se refiere a la gente que, desde la capital del reino, acuden cada mes para cargar en los enormes transportes tirados por recios bueyes los troncos que suponen la principal fuente de ingresos de Lorry—. Espero que traigan lo que les pedí.

—¿El qué? —pregunta Masha mirándola burlona—. ¿Aceites perfumados? ¿Vestidos de seda?

—¡No seas boba! —replica ella, dándole un golpe juguetón en el hombro—. Hablo de cosas necesarias.

—¿Quién dice tonterías? Yo no: el perfume también es útil… si quieres estar guapa.

Masha da unos pasos de baile sobre la tierra helada, arrancando los aplausos del resto de leñadores. Es unos pocos años más joven que Yilia, no está casada, y es muy hermosa, por lo que muchos hombres —jóvenes y no tanto, con mujer e hijos o sin ellos—, la contemplan con deseo, aunque ella siempre ha dicho que su amor está lejos de Aurora, que algún día se iría a Lorry, que…

—¿Llevas la manteca? —pregunta Yilia, haciendo que Masha interrumpa su danza—. Si queremos acabar con el Padrecito, tendremos que usarla.

Masha asiente con seriedad y dice:

—Sí. Supongo que con esto habrá bastante. —Señala un zurrón que lleva colgado a la cintura.

—Supongo que sí —dice Yilia: si la bolsa está llena, será suficiente para impregnar la corteza del Padrecito facilitando la penetración de los filos de las hachas. El Padrecito es un árbol tan viejo, de corteza tan dura y rugosa, que las hachas, sin ayuda de la manteca, quedarían melladas en cuestión de diez golpes.

—Ese viejo bastardo va a caer hoy —sentencia Masha.

Poco después, las hachas cantan su monótono repiqueteo: Cloc, cloc, cloc. Los gruñidos de esfuerzo acompañan el ruido del acero al golpear la madera y los leñadores comienzan a sudar, pese al intenso frío que hace ese día.

Cloc, cloc, cloc.

Yilia y Masha se abren paso a través del tronco del Padrecito y, cuando llegan a la mitad del mismo, dejan de trabajar y se miran sonrientes. Sí, lo van a derribar.

Masha vuelve a untar de manteca el corte en forma de cuña y retoman la labor.

Cloc, cloc, cloc.

Horas después, agotadas, escuchan cómo el Padrecito empieza a gemir: la cantidad de madera arrebatada a su tronco es ya tal que no se sostiene. Se ladea de forma casi imperceptible, pero patente para unas leñadoras expertas como Yilia y Masha. Aunque sin necesidad de avisarlo, Yilia dice a su amiga:

—¡Cae! ¡Cuidado, que cae!

—¡Árbol va! —grita a pleno pulmón Masha, corriendo en una dirección que la pondrá a salvo de la caída del coloso.

Por desgracia para ella, hay algo con lo que no han contado.

Una terrible y fortísima volada de viento llega desde el norte justo cuando el Padrecito está cayendo y termina de partirlo de cuajo, inclinándolo hacia donde Masha se encuentra.

—¡Masha, cuidado! —exclama Yilia, aterrada.

La mujer no tiene tiempo para reaccionar. El árbol cae con tal velocidad, y es tan masivo, que nadie podría haber evitado ser golpeado por él. Aunque Masha ha corrido, no logra escaparse de su sombra conforme el Padrecito se desploma y, entre un gran estruendo, su cuerpo desaparece sepultado por las ramas que, tras golpear el suelo, se mueven al compás del viento que sigue soplando.

Yilia grita y llora, pensando, mientras corre hacia donde estaba su amiga momentos antes, que ahora es el árbol quien danza feliz, agitando sus hojas, dichoso por haberse vengado de una de las que le han hecho caer. A él, que durante siglos había permanecido, enhiesto y desafiante, en esa tierra agreste y salvaje. A él. Al Padrecito.

Yilia llora y se hiere las manos intentando, en vano, apartar las pesadas y gruesas ramas bajo las que está su amiga.

—¡Masha! ¡Masha! —la llama una y otra vez sin obtener respuesta alguna—. ¡Masha!

El resto de leñadores llega hasta ella y pronuncia palabras que intentan ser de consuelo, pero Yilia no escucha otra cosa que el ulular del viento, el sonido de las hojas y su propia voz desgarrada.

La vida en Aurora es dura, y la muerte puede llegar de improviso, sin que haya una mínima señal de su proximidad. Yilia llora desconsolada en los brazos de un leñador, que por fin ha conseguido que se apartara del árbol derribado.

Levanta la cabeza hacia el cielo y, entre lágrimas, contempla el firmamento despejado hacia el sur, en el que brilla un sol radiante que ha recorrido la mitad de su camino. Yilia ha sido testigo de una terrible tragedia, aunque es imposible que sepa que, esa misma noche, otro ser, movido por la venganza, caerá también a tierra a muchas millas de allí, cerca de Rygita.

La caída del coloso

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13 respuestas a “La sombra dorada: La caída del coloso

  1. ¡Qué perfecto el relato! ¡Bien, pero que muy bien, Luis! Todo el ambiente, la naturaleza severa, la gente… y la imagen del Padrecito me encanta. Me gusta muchísimo. Por supuesto, pobre Masha, y pobres todos los demás. 🙂 Voy a rebloguearlo y además quiero traducir este relato al ruso y colgarlo en mi otro blog donde escribo en ruso sobre España (por supuesto, con tu permiso, si me lo darás). ¡Muchas gracias por tal dedicación generosa! Un abrazo enorme.

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    1. La mejor recompensa, como siempre, que te haya gustado 😉 Con el mayor de los cariños lo he hecho intentando dar un “ambiente ruso” dentro de mi mundo de fantasía, y, en efecto, con una referencia al Padrecito que tantas muertes y sufrimientos causó en tu país.
      ¡Por supuesto que tienes mi permiso! Y, aunque no entienda ni papa cuando lo hagas, lo miraré, solo por el gustazo de ver mi texto convertido en caracteres cirílicos 🙂 🙂

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      1. ¡Muchas gracias, Luis! El ambiente ruso lo reconozco, eso sí. Y si supieras cómo odio el frío y todo eso, jajaja. 😀 Pero mira, nunca he oído del Padrecito, ahora buscándolo he encontrado sólo una pelí mejicana de 1964, y todavía no sé de que se trate, por ausencia ni un artículo en Wiki o algo así. Me interesa mucho a qué o mejor dicho a quien te refieres.
        Por desgracia, voy a tener un fin de semana fatal porque me espera el examen DELE, y la parte oral me da muchísimo miedo. Por eso voy a hacer todas las cosas del blog después de todo eso, en la semana que viene. Ahora a estudiar mucho, aunque poco hay que se puede tragar con la última boqueada, jejeje.

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      2. Bueno, el “Padrecito” era uno de los motes de Stalin. He ahí la razón de lo de las muertes y tal, una metáfora que, por supuesto, se aleja mucho de la realidad, pues Stalin causó muchos más desastres que una mera leñadora…
        ¡Suerte con ese examen, seguro que lo haces fenomenal!

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      3. Luis, es ¡genial! lo de imagen de leñadores con tal referencia. Porque aunque nunca he oído que lo llamen “el Padrecito”, pero sí lo llamaban “el Padre de los Pueblos”. Y una de sus refranes faforitos fue: “Cuando talan un bosque se hacen añicos (o astillas)”, cuyo sentido corresponde a los dichos españoles “donde hay teja, hay pelleja” o “donde pan se come migajas caen”, referiéndose, por supuesto, a las pérdidas humanas durante su “rastrillaje”. Mira que interesante sale todo de una solo imagen que me impresiona tanto. Así espero con impaciencia para empezar a traducir este relato tuyo.
        ¡Muchas gracias por un buen deseo! Ahora tengo un poco más de esparanza que salga bien. 🙂

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      4. Bueno, a lo mejor es una cuestión de traducciones: tenía entendido que era llamado por el pueblo “el padrecito” (sin comentarios al respecto, que la realidad…), imagino que, en la traducción al castellano, se habrá perdido parte. En fin, que ya sabemos a qué nos referimos 😉

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  2. Reblogueó esto en vozdemoscuy comentado:
    Muy buenas a todos.
    Este relato de Luis M. Núñez lo reblogueo desde su blog Lord Alce lee y escribe, con todo mi agradecimiento, porque está dedicado a una humilde servidora que hace tiempo se atrevió a redactar y publicar una especie de reseña de La sombra dorada, un magnífico libro de Luis, que ya está disponible en su versión corregida y aumentada en Amazon. Según Lord Alce, el ambiente que eligió para este relato refleja las realidades severas de mi país, y la imagen de El Padrecito se refiere a la de Stalin que en su tiempo causó muchas desgracias para los pueblos de la URSS. El relato me ha gustado mucho hasta que me atreví a traducirlo en ruso (por supuesto, con el permiso de su autor), y lo publiqué en mi otro blog, donde escribo en ruso, principalmente sobre España y mis experiencias en el conocimiento de mi país favorito.

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