Ángel Salvador

ÁNGEL SALVADOR7a66d97ba339bf19951bc57444ab840f

—Se lo ruego, no me deje.

El soldado lo dijo con las escasas fuerzas que aún quedaban en su cuerpo malherido. La mano, despellejada por el fuego que había consumido la mitad de su cuerpo, sujetaba con debilidad la de la enfermera; esta lo miraba con ojos llorosos, entristecida por el hecho de no poder hacer nada que le aliviara el terrible dolor: hacía días que la morfina se había acabado y tenían que lavar con agua hirviendo los vendajes, reutilizándolos una y otra vez para poder cubrir los efectos de balas, metralla y llamas en los pobres hombres.

Passchendaele era el Infierno en la Tierra, y la señorita Madeleine Stonebridge, una pobre alma que rezaba a las alturas deseando que cesara el goteo continuo de soldados que llegaban al hospital de campaña. Dios no solo no respondía: los combates habían aumentado su intensidad y las tropas se lanzaban desde las trincheras contra el fuego graneado pugnando por el control de unos pocos metros, causando una baja tras otra. Los muertos eran los afortunados. Quienes no caían para siempre en el campo de batalla, acababan ahí, junto a la señorita Madeleine, en unos catres que apestaban a sudor, a sangre, a miedo y orina, en los que la mayoría de ellos pasaban sus últimas horas entre estertores de agonía.

Tras un par de minutos acariciando con suavidad el dorso de la mano del muchacho, la señorita Madeleine sintió que la débil presa se aflojaba. Había muerto. Mientras las lágrimas surcaban el polvo que cubría su rostro, la enfermera colocó las manos sobre el pecho del soldado y comenzó a escribir en su libreta para indicar que otro de ellos había muerto.

Hubo una conmoción en el exterior.

Se oyeron gritos y pasos apresurados, una confusión de voces en francés e inglés que asustaron a la señorita Madeleine. Una de las enfermeras francesas entró en el barracón y gritó:

—¡Les allemands! ¡Les allemands!

La señorita Madeleine miró al único médico presente: un hombre mayor, calvo y de aspecto severo, que fumaba en pipa y se había quedado inmóvil, con la sierra de corte encajada en el cuerpo de un soldado rubio que, al despertar, contaría con una pierna menos.

—¿Doctor? —preguntó Madeleine. El hombre meneó la cabeza y siguió con su trabajo de carnicero, hundiendo el serrucho en el hueso del soldado inconsciente y sujeto al catre por gruesas correas.

Fuera, se oía crecer la confusión, pero la señorita Madeleine compuso su rostro más profesional, se recolocó el mandil sobre el vestido blanco y comprobó que la cofia estuviera en su sitio.

Tenía que seguir trabajando.

La tela que cubría la entrada del barracón se abrió de nuevo, pero no era una enfermera quien se asomó al interior. Ni siquiera era un componente del ejército aliado.

A la señorita Madeleine se le aflojaron las rodillas al ver la cara de un boche bajo el casco puntiagudo y negro, que apuntaba con el cañón de su rifle al interior, barriendo la tienda en un arco que podía hacer llover muerte a cualquier momento, cuando el soldado enemigo decidiera apretar el gatillo.

—¡Esto es un hospital! ¡Son heridos…! —gritó el doctor, ofendido y furibundo.

No le sirvió de nada protestar. Un estampido. Una mancha escarlata en el pecho del doctor. El médico se desplomó sobre el paciente a medias operado. Sus sangres se mezclaron y ambos quedaron hermanados en el horror.

La señorita Madeleine chilló y levantó las manos. Observó al alemán, que la miraba con lascivia, y la enfermera supo lo que iba a pasar en breves momentos. Sería incapaz de impedir que la…

Hubo un torbellino de viento, pero la ráfaga de aire no se coló en el interior de la tienda: Se originó en el interior.

El alemán pareció extrañarse, pero dio un par de pasos hacia la señorita Madeleine, que se encontraba inmóvil, contemplando lo que había aparecido tras el soldado. Sin un solo sonido, un cuerpo de color rojizo, que parecía poseer una consistencia gomosa, algo más alto que el alemán, extendió sus garras hacia los hombros del hombre. La señorita Madeleine no sintió miedo al ver el cuerpo desnudo en cuyas espaldas nacían unas alas coriáceas que desplegó con la elegancia de un pavo real. Ni siquiera cuando vio que el rostro de la criatura era un óvalo plano, sin ningún tipo de facciones, coronado por un par de cuernos. Sí que sintió algo —quizá satisfacción— en su interior cuando la criatura dio un tremendo zarpazo que atravesó la espalda del hombre a la altura de los riñones y salió por su abdomen, destrozando las entrañas y arrojándolas al suelo de tierra. La garra del ser asomó por completo de la tripa del alemán, quien miró hacia abajo, vio su cuerpo reventado, y murió.

La señorita Madeleine no tuvo miedo. No lo tuvo porque recordaba lo que su madre siempre le cantaba cuando tenía miedo en las noches de tormenta, arrullándola hasta que se dormía:

No temas, mi pequeña,

Que nadie te dañará.

Y si alguien mal te desea,

Surcando el viento vendrá papá.

Ángel salvador

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22 respuestas a “Ángel Salvador

  1. ¡Brutal relato de la Gran Guerra! Y una de las batallas más tremebundas.
    Sólo dos comentarios tan pequeños, que si se caen se rompen:
    «Orín» personalmente lo habría sustituido por «orines» u «orina» para evitar la confusión con el óxido. Pero esto es muy personal.
    Y por otro lado, aunque no sé mucho de francés, ¿no debería ser «les allemands»? Lo mismo estoy metiendo la pata.
    Me encantan los relatos de terror de la Gran Guerra, tanto si el origen del miedo es natural —bueno, artificial, porque los metralleros no crecen en los árboles ni la yperita la da ningún manantial— como sobrenatural.
    Me permito aconsejar:

    de Jenaro Aranda.

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    1. Tanto la II como la I fueron horribles (partiendo de que todo conflicto bélico lo es, claro, pero estas escalas fueron…), pero cada una con un tipo de horror diferente.
      Quería aquí meter algo de esperanza entre tanta tragedia, aunque fuera con un “monstruo”.
      Tienes razón. Cambio a “orina” por lo que dices. Y sí, es “les”, debe ser el catarrazo que llevo, que me ha hecho un poco más tonto de lo normal.
      Echaré un vistazo al consejo 😉

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  2. Pues me vas a permitir que mi lado chonipoligonero salga a la luz: “Joder, Lord, eres un crack”.
    Y ahora encierro a la choni y sigo: La descripción del hospital de campaña es brutal (la imagen del serrucho espeluznante). Por otro lado me ha encantado como muestras la profesionalidad de la enfermera y el doctor. Y por último la aparición del papaito, impresionante.
    Besacos!

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    1. Cuando te pones choni, tú sí que eres una crack 😀 😀 😀
      Como siempre, en pocas palabras, intento mostrar lo más que puedo; me satisface haber logrado reflejar de nuevo el horror de la guerra… y otros horrores más cósmicos 🙂

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  3. He podido ver al “ángel” y el hospital de campaña como si estuviera ahí, me he sobrecogido con el detalle de la mezcla de sangres del médico y el soldado y me he alegrado con la enfermera al ver morir a su agresor sin escrúpulos.
    Cómo siempre un 10, ya tenía ganas de incarle el ojo a otro de tus afilados relatos.
    Cómo va todo amigo? Hace tiempo que voy perdido. Espero que bien. Un saludo!!

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      1. Bueno, si te sirve de consuelo, yo estoy en una etapa similar, en la que, sencillamente, no tengo tiempo para escribir ficción (estoy escribiendo, pero otras cosas nada “novelescas”, y se podría decir que ni siquiera divertidas :D), y, sí, se echa de menos…

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