La batalla de Altair 4

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El timonel se gira hacia la capitana Pacheco. En sus ojos se mezcla la adoración con el fatalismo, porque, frente a él, se encuentra la persona que ama más que a su vida, pero, a su espalda, las luces de las explosiones iluminan el frío y negro vacío del espacio.

—La nave ha sido evacuada, capitana —dice.

Ella, sentada en el sillón de mando desde donde domina todo el puente de la nave insignia de la flota, asiente con gravedad, aunque su voz es dulce cuando le habla:

—Entonces, dejémonos de formalismos. —Sonríe, pero hay tristeza en esa sonrisa, provocada por un sentimiento de inexorabilidad debido a lo que está a punto de suceder: el crucero está condenado y los mamparos gimen por todo su interior, incapaces de mantener a raya la presión que los abomba y amenaza con reventar la nave en mil pedazos—. Vladimir, ven —ordena.

Él avanza con pasos cortos, pesados, hasta llegar a su lado y deposita un suave beso en los labios de la mujer cuando esta eleva la cabeza y entreabre la boca. Una nave aliada se convierte en un destello de luz, una floreciente orquídea de fuego y metal, mientras ellos se besan.

Vladimir Tagore y Margaret Pacheco se aman desde hace meses. Contraviniendo las normas de la Flota, han gozado de la compañía y del cuerpo del otro en los escasos momentos que han disfrutado de privacidad. Nadie en la Salvadora, la nave de Pacheco, se ha percatado de su romance, o eso creen. Nadie de los que, ahora, viajan en las cápsulas de escape lanzadas a velocidades de vértigo hacia la base de la Alianza más cercana, confiando en ser rescatados.

—¿Crees que lo conseguirán? —pregunta él fijándose en una de esas vainas, que pasa por delante del grueso mamparo protector de plastiacero.

—Así lo espero. —Lo anhela con todo su corazón. Sin embargo, la batalla no va bien. Han perdido muchas naves, y es probable que sean capturados y retenidos en los crueles campos de prisioneros enemigos…, o, peor, ejecutados en el acto—. Deberías irte. Queda una cápsula monoplaza.

—No. —La negativa de él es tajante, pero la dulcifica con un leve beso en la frente de Margaret—. No abandonaré a mi capitana. No te abandonaré.

Ella niega con la cabeza y replica:

—Es mi deber. Hundirme con la Salvadora. Pero tú… Tú puedes salvarte.

—No —repite Vladimir—. No concibo la idea de una vida sin ti.

Ella ve la determinación, casi obstinación, en la cara de él, esa cara que ha acariciado, que ha besado, esa cara que ama con todas sus fuerzas.

Sabe que no lo va a convencer de lo contario, así que menea la cabeza asintiendo y se levanta, cogiendo la mano de él. Ambos se dirigen al puesto de él, del timonel. Mirándose con ternura a los ojos, colocan la mano sobre la palanca de aceleración de la Salvadora. Desoyen por completo los alaridos ensordecedores que lanzan las alarmas, los cuales levantan ecos por los vacíos pasillos de la masiva nave. También desoyen el mensaje que indica que los escudos están al diez por ciento.

—¿Es el rumbo correcto? —pregunta la capitana.

—Sí —responde él—. La he colocado en un vector de línea recta, como ordenaste. —Sabe a la perfección a qué se debe esa orden: con el sistema de armamento destrozado, la Salvadora no es otra cosa que un cascarón, así que ha decidido convertirla en un gigantesco ariete.

—A toda velocidad, entonces —susurra la capitana.

—A toda velocidad —confirma él, al tiempo que mueven, los dos, con sus manos entrelazadas, la palanca que hace que la nave se encabrite y salte hacia delante con la fuerza que queda en sus motores.

En línea recta hacia la descomunal nave enemiga que ha causado tantas bajas entre las naves aliadas.

En línea recta.

Margaret y Vladimir comparten un último beso y se convierten en uno. Allí, en el frío y negro vacío del espacio.

La batalla de Altair 4

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14 respuestas a “La batalla de Altair 4

  1. Admiro la facilidad con la que incitas a seguir leyendo.

    En el párrafo tercero aparece “… sentada en el sillón de mando desde el que domina todo el puente de la nave insignia de…”, qué te parece si lo cambias por “…sentada en el sillón de mando desde donde domina la totalidad del puente de la nave insignia de…”, o algo por el estilo. Ya sabes lo que opino de los adverbios…

    Saludos

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  2. ¡Qué boda más bonita! ¡Con «cobetes» y fuegos artificiales !Y sin cuñados!
    Me ha encantado. El final era inevitable desde el primer párrafo, pero la anticipación mejora la experiencia lectora, mucho más, en este caso, que un sorprendente giro final.
    Romance, espacio, batallas… podría ser lecturas de fines de los 80, cuando Curtis Garland tenía que hacer frente a los clichés impuestos por una editorial a base de genialidad literaria. De verdad, me ha emocionado, me ha hecho recordar mi ausente flequillo.
    Sólo señalaría la repetición de «fatalismo» en dos párrafos seguidos, y, además, no es tan grave.

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    1. Muchas gracias. De vez en cuando, algo de amor y muerte pasa por mi teclado. Es una fascinación morbosa (no es original, claro: el binomio siempre nos ha atraído a los humanos porque, creo, que ser espectadores del triunfo del Eros-no-sexual y el Tanatos al mismo tiempo nos complace y entristece a un tiempo, pero nos deja satisfechos; digo yo 🙂 )
      Ahora bien, te soy sincero: la génesis del relato no puede estar más alejada del amor romántico. Tiene su base en el videojuego Battlefleet Gothic: Armada, que tiene lugar en el mundo de Warhammer 40.000. Un mundo muy dado a las carantoñas amorosas, sí…
      Tienes razón sobre la palabra repetida. No me di cuenta. Cambio la segunda a “inexorabilidad”.

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      1. Tú tranquila, a tu ritmo, y si no puedes… no pasa nada, María del Mar. A fin de cuentas, todas las entradas, como hice el año pasado, las publicaré en otra antología, así que, si quieres en su momento, las podrés leer con tranquilidad. ¡Gracias por pasarte!

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    1. Gracias, Lídia. Amor romántico y muerte, un binomio que me apetecía tocar. El marco espacial es, por supuesto, un mero escenario, aunque la génesis del texto sea un videojuego de batallitas espaciales (Battlefleet Gothic: Armada, en el universo de Warhammer 40K)

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