Volar sobre el cráter

VOLAR SOBRE EL CRÁTERcrater-de-impacto

—Asdinasio fue el mejor tecnólogo de su época. —El profesor Trute, conocido entre los alumnos de la Universidad Tecnológica como «Tritón» por sus ojos saltones, calló por unos segundos, perdido en sus recuerdos. Había sido uno de los discípulos del eminente Asdinasio, y todavía sentía fascinación cuando hablaba de él y de sus inventos. Continuó, corrigiéndose—: De todas las épocas, en realidad. El número de invenciones que nos legó supera al de cualquier otro alquimista, filósofo o mago que haya vivido jamás en este mundo.

»No es una exageración. —Miró con seriedad a uno de los estudiantes de la primera fila, que había puesto los ojos en blanco al escuchar el halago—. En vuestras tabletas aparecerá la lista de invenciones completadas, de uso factible y convenientemente registradas en las oficinas de patente reales, así como otra de trabajos parciales. Os animo a estudiarlas y, ¿quién sabe? En un futuro, quizá alguno de vosotros pueda terminar ese carro blindado autónomo, o ese mecanismo de extracción de metal que no precisa horadar la tierra.

Realizó una serie de pases con la mano sobre la gran pizarra que presidía el aula magna en la que estaba dando la clase que, para él, era la más emotiva de todo el curso. Un rastro de luz rojiza apareció, como una estela que siguiera a sus dedos, formando un diseño geométrico que indicaba a las terminales de los estudiantes que tenían que hacer aparecer las listas indicadas por él. Hubo un breve zumbido y, de inmediato, en los papiros que los jóvenes tenían enfrente titiló una luz que se unió a todas las que en su superficie había. Varios la tocaron, y las listas quedaron proyectadas en el aire sobre la tableta, gracias a una astuta combinación de magia y alquimia.

Una muchacha rubia, de cara pecosa, levantó la mano, requiriendo la atención del profesor. Cuando este le dio permiso para hablar, se levantó y dijo:

—En esta lista no aparece el pajariacero. —Señaló, para remarcar su queja, la lista de inventos no completados ante ella.

Trute frunció el ceño y replicó:

—Si no está, es por algo. Si los dioses hubieran querido que voláramos, nos habrían dado alas —sentenció.

El gesto hosco del hombre no disuadió a la estudiante, que volvió a hablar:

—Pero usted fue quien le ayudó a construirlo, ¿no es así?

Trute bufó y taladró con la mirada a la joven.

—Elisa, ¿verdad? —La aludida asintió con la cabeza—. Si está pensando en retomar ese funesto proyecto, déjeme advertirla: Trabajar en el pajariacero solo puede tener un fin. —Para ilustrar lo que quería decir, levantó la mano en vertical, para luego hacer una especie de simulación del vuelo de un ave, moviéndola hacia delante… y haciéndola descender de improviso, golpeando la mesa. Añadió—: Muerte.

La clase se quedó en completo silencio y la joven no tuvo arrestos para seguir con la discusión, por lo que prefirió sentarse y continuar escuchando la lección que Trute dio sobre algunas de las máquinas más famosas de Asdinasio, sin saber que, en el fondo de su alma, el profesor estaba llorando al recordar a su maestro y amigo. Lo visualizaba subiendo, con una sonrisa de oreja a oreja, en el pajariacero, trasteando en el panel de control y comprobando que todas las luces indicaran que el experimento podía comenzar.

Había hecho un último gesto taumatúrgico y Trute llenó el depósito del ingenio con mitiderio, el mineral que permitía llevar a cabo proyectos híbridos de alquimia y magia. El corazón de metal de la bestia comenzó a rugir y hubo un pequeño temblor que recorrió la estructura de cabo a rabo.

—¿Es eso normal, maestro? —le había preguntado, pero Asdinasio, por toda respuesta, sonrió, levantó el pulgar y se caló el casco, diciendo las palabras que hicieron que el pajariacero comenzara a rodar, ganando velocidad, por la pista de tierra batida.

Cuando se elevó, cuando comenzó a surcar los cielos, fue el momento más maravilloso en toda la vida de Trute. En cuanto Asdinasio, a lomos de su invento, se convirtió en un pequeño punto en el firmamento azul, echó mano de su observalejos, lo activó, y vio la evolución sobre las corrientes de aire de su maestro como si estuviera justo a su lado. Vio su sonrisa, su expresión de completo arrebatamiento, mientras contemplaba el panel de instrumentos y, con gesto extasiado, echaba un vistazo hacia el suelo, a la estepa que rodeaba la ciudad.

Trute también vio que, tras un rato, su cara mostraba la extrañeza, dando paso, de inmediato, al horror. Ajustó el observalejos para ganar más detalle: Asdinasio miraba, extrañado y asustado a un tiempo, a un indicador que parpadeaba de forma alarmante. Trute supo que se trataba del que marcaba la cantidad de combustible.

Señalaba que el tanque estaba vacío.

Y si no había mitiderio, la máquina no podía continuar con sus prestaciones mágicas.

Trute lanzó un grito de terror al ver, sin poder hacer nada en absoluto por evitarlo, al pajariacero caer como una piedra. Se preguntó, en esos horrorosos instantes, si se había equivocado en la cantidad necesaria, si había sido él quien tenía la culpa al rellenar el depósito de manera errónea, si…

Preguntas que jamás obtendrían respuesta: El pajariacero fue devorado por el inmenso cráter que, desde hacía incontables años, se encontraba en esas tierras. Fue engullido por la insondable oscuridad del agujero, pues el azar había querido que estuviera ahí cuando el mitiderio se agotó en las tripas de la máquina.


7 respuestas a “Volar sobre el cráter

    1. Me has pillado. Leonardo da Vinci, sí, aunque, luego, más bien parece un relato sobre esos pioneros que se daban unas hostias fenomenales dignas de las mejores películas de slapstick 😀 😀 😀
      Y recuerda, si miras al fondo del cráter, quizá este te devuelva la mirada…

      Le gusta a 2 personas

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