Renato, el agente castrato: El salteador de caminos

EL SALTEADOR DE CAMINOSillus-005.jpg

—¡Un gran invento, este del carruaje de pasajeros!

La exclamación de la oronda mujer hizo que Renato mirara al pasajero sentado junto a ella encogiéndose de hombros. Estaba claro que la señora no había salido jamás de su Viena natal, y miraba por las ventanillas con la ilusión de una niña, corriendo de tanto en tanto el visillo para poder apreciar el paisaje que recorrían. Los tres pasajeros se habían conocido mientras esperaban que llegara su transporte en una de las postas de la más hermosa ciudad del Sacro Imperio.

—En realidad —comentó Renato, con voz amable—, los coches de caballos hace muchos siglos que se usan.

—Pero sí que hay que reconocer —sentenció el otro hombre, joven, bien parecido, de pelo del color de la paja, con fuerte acento germano—, que el buen rey Matías Corvino ha hecho que el viaje a Budapest sea tremendamente rápido.

—Cierto es —concedió Renato—. Aunque siga pecando de lo mismo que pecan todas las rutas de coches.

—¿Y de qué se trata, señor Stromboli? —inquirió la mujer llamándolo por el nombre falso que el genovés había dado al presentarse.

—De la espera. De la tardanza. Nunca llegan a la hora programada y los viajeros tenemos que aguardar hasta que al cochero le apetece venir de una santa vez.

—¡Vamos, amigo mío! —dijo el otro hombre—. Tan solo han sido unos minutos de nada. ¿Qué es eso en un viaje de varias horas?

—Puede significar… Nada, en realidad. —Renato calló de forma abrupta, llevándose los dedos a los labios, como si se guardase algo de importancia.

La mujer quedó intrigada y, echando el torso hacia delante, lo apremió:

—No me deje así, signore. Le ruego que me diga por qué es tan importante…

—Por el bandidaje —respondió Renato cortante. Un brillo feroz asomó a sus ojos.

—¿Bandidos? —La mujer se sobresaltó y llevó una mano a su pecho, sufriendo un sofoco—. ¿Salteadores?

—No hagáis caso, señora —terció el joven—. Como digo, el buen rey Matías ha hecho de este trayecto el más seguro de cuantos…

Como si el destino quisiera llevarle la contraria, en ese momento se escuchó un estampido de arcabuz que interrumpió sus palabras. El cochero soltó un juramento y se oyeron palabras gruesas que hicieron sonrojar a la mujer. El joven, sobresaltado, apretó con fuerza el zurrón de piel oscura que portaba contra su pecho.

Pronto quedó claro el origen del revuelo: La puerta se abrió sin ceremonias y un hombre embozado, del que solo se veían los ojos aviesos, se asomó al interior. Los apuntó con una espada brillante. Olía a pólvora recién disparada.

—¿Qué decíais? —Renato no pudo evitar permitirse un momento de recochineo.

—Silencio y rapiditos —ordenó el bandido—. Las bolsas. Las faltriqueras. Los anillos y las joyas. ¡Venga!

Sacudió, con la mano libre, un saco de arpillera en el que los pasajeros comenzaron a verter sus pertenencias de valor y el rufián pareció satisfecho. Sin embargo, Renato se dio cuenta de que el joven no soltaba su zurrón.

Y era, de hecho, lo que a Renato le interesaba que robara su compinche, al que había pagado para que, con la excusa de un robo, se hiciera con los documentos que el mensajero llevaba. Hizo un gesto casi imperceptible con el dedo, señalando el objeto por el que todo aquel paripé se había montado, y el bandido lo entendió.

—¡Eh, piojoso! —exclamó, provocando una reacción ofendida del joven del pelo de paja—. Ese zurrón también.

El joven se quedó blanco, pero toda resistencia quedó vencida cuando la punta de la espada se acercó con gran peligro para su gaznate.

Poco después, el muy canalla los dejaba, asustados y furiosos, un poco más pobres y humillados que antes de salir de Viena.

Aunque Renato no cabía en sí de gozo.

El viaje continuó tras las excusas presentadas por el cochero, que veía venir que las culpas las iba a pagar él en cuanto llegaran a Budapest, y no hubo pasado mucho cuando otro arcabuz resonó en la espléndida tarde de primavera.

Se repitió la escena. La puerta que se abrió. El bandido que se asomó al interior. Las órdenes que dio para que soltaran todo…

Sin embargo, esta vez el muy villano no cubría su rostro. Renato sintió que le faltaba el aire y farfulló unas palabras incoherentes, sin entender qué había pasado.

Porque este bandido sí era el que había contratado en Viena para que los asaltaran.

El salteador de caminos


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