Dragones de Stygia: Madre e hijo

El grupo de autores independientes y autopublicados del que formo parte, Círculo de Fantasía, está a punto de publicar la antología de relatos Dragones de Stygia, una colección de textos que son muestra de la calidad que hay entre sus componentes. He colaborado con mi relato Madre e hijo, del que ofrezco las primeras 1000 palabras, como adelanto. Sí, lo reconozco: es una trampa para que, si gusta, se adquiera la antología, pero también es verdad que el mío solo es un texto entre varios de mucha calidad. Para ir abriendo boca, aquí está el booktrailer:

MADRE E HIJO

Los niños se lanzaban agua unos a otros chapoteando en el río y salpicaron sin querer a la mujer mayor, mojándole el sencillo vestido de lino gris.

—¡Perdone, señora! —gritó uno agitando la mano. Una sonrisa pícara se dibujó en su cara, por lo que la mujer pensó que no lo sentía en realidad, que lo hacía por mera cortesía. De inmediato, el chaval volvió a sus juegos de aguadillas y salpicones.

Mayte lanzó un fuerte suspiro mientras retorcía la manga izquierda, donde más agua había recibido. Una pequeña cascada volvió al río mientras pensaba que los niños no tenían ningún tipo de cuidado. Nada que ver con cómo se portaba ella cuando era una cría. O incluso la forma de ser de su hijo en su día. Pero esa generación de jóvenes…

«Te estás volviendo una regañona». La voz del río resonó en su cabeza y Mayte volvió a suspirar, aunque terminó con un bufido. Si a sus sesenta años recién cumplidos no tenía derecho a quejarse del mundo en el que vivía… Se lo había ganado. Había luchado por él. Había sufrido y había vencido. Podía molestarle todo aquello que le diera la gana.

«Regañona», insistió el río, pero Mayte siguió sin contestar, así que el elemental guardó silencio y se centró en las risas de los niños, disfrutando de su compañía. La mujer terminó de hacer la colada y extendió la ropa sobre unas pizarras cercanas, planas y grandes, que facilitarían que las prendas se secasen y no acabaran muy arrugadas.

Al levantarse, tuvo que hacer fuerza con los brazos sobre sus muslos: aunque era delgada y todavía conservaba buena parte de la agilidad de antaño, los años, esos años en los que momentos antes pensó, no habían pasado en balde. Los huesos le crujieron y algún que otro músculo gimió por el esfuerzo, pero su tez morena no mostró signos de molestia. Como en aquellos tiempos pasados, Mayte seguía poseyendo una férrea disciplina mental sobre su cuerpo y no dejaba que el dolor físico la abrumase.

Con los brazos en jarras, sintiendo el hermoso sol de pleno verano en el rostro, contempló un rato a los niños. Parecía que no iban a cansarse nunca de jugar en el agua del río, clara y cristalina, que bajaba de las montañas de Buxita en su curso hacia los Acantilados del Fin, unas leguas al sur del pueblo de Cimaverde, hogar de Mayte desde el final de la guerra, hacía ya… ¿cuántos? ¿Treinta y cinco años?

El tiempo había pasado volando.

Cuando recogió las ropas y se encaminó hacia Cimaverde, el mismo chico que había pedido perdón gritó:

—¡Adiós, señora!

Ella, sin volverse, levantó una mano y la agitó despidiéndose.


La casa de Mayte era grande al compararse con la mayoría de edificios de Cimaverde. Pequeña, cuando se pensaba en los que había en Gemalón, la ciudad a ocho días de viaje que cobijaba más de veinte mil almas entre sus muros. Y ridícula, si a Mayte le daba por recordar las enormes salas de los palacios reales que visitó en sus días de paladín.

En cuanto recogió la ropa en el pequeño armario de nogal, se preguntó en qué ocupar su tiempo. Hacía ya bastante que se sentía inútil, incapaz de aportar nada a un mundo que seguía adelante y del que no parecía formar parte. Ahí, viviendo día tras día en un pequeño pueblo, olvidada por todos como ella había querido, Mayte tenía la impresión de no hacer otra cosa que aguardar una muerte inexorable que acudía arrastrándose con lentitud hacia ella.

La muerte.

Pensaba mucho en ella. En realidad, llevaba pensando en ella desde el final de la guerra. Muchas veces se preguntaba por qué no había perecido en la conflagración final, alcanzando así un estatus semidivino al haberse sacrificado por el bien de los reinos coaligados.

Por otra parte, si así hubiera sido, no habría podido compartir unos maravillosos años con Saulo, su compañero de batallas y cama, padre del hijo de ambos.

«Reconócelo, chica», le habló el aire que entraba por las ventanas abiertas. «No has tenido mala vida»

Mayte tampoco hizo caso a este elemental. Tiempo atrás, entablaba conversaciones con todos ellos. Era más joven e ingenua, tal y como definía a su yo del pasado, siempre dispuesta a mantener una charla con el genio de la hoguera que ardía en el campamento militar o con las rocas que con voz grave hablaban de los miles de años que habían contemplado. Eso había cambiado: eran una molestia, una continua injerencia en sus pensamientos y las cosas que decían no resultaban para nada importantes.

Con las manos enlazadas a la espalda, empezó a pensar en qué comería. Iría a la fonda, como todos los días, escucharía lo que Nikós tenía para ofrecer —que sería un cocido de garbanzos y pollo, una sopa de pescado o unas gachas de trigo—, y lo acompañaría con un vaso de vino peleón, el único vino que tenía el hombre. Nunca le había gustado cocinar. A Saulo, sí. Saulo era capaz de pasar horas y horas frente a los fogones y el horno, creando platos deliciosos cuyo aroma ya era, de por sí, capaz de levantar a un muerto. Pero Mayte… Mayte prefería ir a la fonda y comer los platos que, por describirlos de forma generosa, eran pasables. ¿En qué iba a gastar la asignación que los reyes de la coalición le daban al año como recompensa por su victoria en la guerra si no? ¿En caballos, como siempre habían hecho los cachorros de los nobles demostrando la riqueza que poseían? ¿En carruajes, como las señoronas de las grandes ciudades? ¿En tierras, para luego tener que contratar jornaleros que las cuidaran?

No.

Mayte y Saulo decidieron apartarse del mundo tras la victoria y dejaron las alabanzas, los cantos épicos y los desfiles para los generales de los ejércitos reales. A fin de cuentas, también ellos tuvieron un papel nada desdeñable en la guerra pese a que fueron Mayte y Saulo quienes acabaron con Zirglukh.

Sin haberlo pensado, tras dar unas cuantas vueltas por la casa, la mujer había acabado en la pequeña habitación al fondo del piso superior, una salita carente por completo de mobiliario, de apenas dos pasos de pared a pared, iluminada por una ventana redonda por la que pasaba la luz incidiendo sobre las dos armas que Mayte y Saulo portaron en la guerra, colgadas en la pared. Cortahierros, una hermosa espada bastarda de casi cinco palmos de longitud, colgaba con la punta hacia abajo, el filo todavía reluciente gracias a las propiedades mágicas que hacían innecesario su mantenimiento. Barricada, el escudo de torre, liviano pese a su enorme tamaño, pintado con relámpagos de oro sobre campo de gules, reposaba a su lado derecho.

Mayte había esgrimido a Cortahierros.

Saulo, a Barricada.

Los dos eran una pareja temible que se movía en la lid como un único torbellino de acero y carne. Mataron a muchos de los servidores de Zirglukh, encabezando las cargas de los ejércitos reclutados por los reyes humanos.

Para eso estuvieron predestinados.

Mayte sintió un escalofrío al mirar las armas. Comenzó a abrir los ojos, atónita, incapaz de creer lo que veía.

El filo de Cortahierros y el umbo de Barricada refulgían con un tono verde, como cuando la luz es reflejada por una esmeralda de gran pureza.

—Ha retornado… —masculló Mayte llevándose la mano a la boca de finos labios.

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2 respuestas a “Dragones de Stygia: Madre e hijo

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