La ciudad de plata: La senda

LA SENDA751ffa7d6ce558b4723b08a86c809d03.jpg

El bosque ya es un recuerdo casi olvidado. La naturaleza de este lugar onírico es tan volátil, que parece como si la frenética carrera que me ha permitido escapar del monstruo entre los árboles la hubiera llevado a cabo hace años.

Río a carcajadas y continúo andando, esquivando raíces nudosas de los gigantescos árboles que crecen a mi espalda; pienso que se debe a que quieren expandir su nefanda influencia más allá de los límites que un dios antiguo les impuso, y que esa es su forma de desobedecer tal orden, su forma de rebeldía. Mis zapatos producen un ruido repiqueteante y bajo la vista, intrigado; hasta hacía un momento, andaba sobre tierra y hojas que el viento arrebató a los grandes vigilantes de madera que forman el bosque, pero, ahora, me encuentro sobre un camino pavimentado con losas regulares que emiten un brillo fulgurante: parecen hechas con el más bruñido oro.

Me agacho con la intención de verlas de cerca, pero acercar la vista a las baldosas me daña los ojos, pues la luz que reflejan aumenta hasta lo insoportable, en un raro efecto que multiplica los rayos del sol alienígena que cuelga en el cielo. Procurando no mirar al suelo, sigo mi camino, y el sonido de mis pasos es tan fuerte —no se oye nada más, nada en absoluto, como si el mundo se hubiera detenido de repente— que en un principio siento temor de estar provocando que un depredador, tan horrible o más que la bestia del bosque, venga por mí.

No me dejo vencer por el miedo. Silbo una tonada infantil y, casi sin quererlo, hago que mis pasos acompasen el ritmo, convirtiéndome en un hombre orquesta de baratillo, y la imagen me hace reír de nuevo, imaginándome en una feria, de esas que recorrían hace tiempo los pueblos, divirtiendo a los lugareños con mis ocurrencias y mi música de nómada.

—Bonita canción —dice una mujer que está sentada a la vera del camino y en la que no había reparado. Está a mi izquierda, a apenas cinco pasos, y no la había visto.

—Yo… gracias, señora —contesto haciendo una torpe reverencia de agradecimiento, confuso por no entender como no he podido verla, aunque comenzando a asumirlo como algo característico de este lugar—. No conozco muchas más canciones.

—Esa es muy bella. —La mujer tendrá mi edad, más o menos, y es morena, de pelo mal cortado por alguien que no debía tener nociones de peluquería. Aunque, por las facciones del rostro, no pueda decirse que sea guapa, su sonrisa es adorable, dejando entrever unos dientes nacarados tras los labios de cereza. Viste ropas sencillas, un vestido que le llega a los tobillos de color azul suave, pero lo porta con donosura, como si fuera el manto de una reina.

—Si quiere, la canto de nuevo, señora…

—Señorita —corrige—. No he pronunciado mis votos matrimoniales.

—Ya veo. —Asiento con la cabeza—. Señorita entonces.

—Señorita entonces no. Señorita Biharda.

Sonrío ante lo que creo que es una broma, pero ella mantiene el rostro serio a más no poder, por lo que carraspeo y digo:

—¿Vive usted por aquí cerca?

—Sí —responde señalando con un vago ademán tras ella, hacia los campos de cultivo que crecen a los lados del camino, ordenados rectángulos sobre los que los surcos paralelos afanados labriegos vertieron, en su día, la simiente de lo que ahora crece—. En Blektha, a dos días de camino de Ulthar —añade.

La sorpresa asoma a mis ojos. Parece que mis estudios sobre la geografía de las Tierras del Sueño estaban equivocados, dado que creía que la mítica Ulthar, la ciudad de los gatos, se encontraba mucho más lejos, al oeste de las puertas del sueño profundo.

Dado que permanezco unos instantes sumido en mis pensamientos, la señorita Biharda dice, levantándose de la piedra en la que estaba sentada:

—¿Desea acompañarme a mi humilde morada y compartir un pedazo de pan y un trozo de queso?

—Es muy amable por su parte —respondo sintiendo un vacío en el estómago, como si llevara varios días sin comer—. Me encantaría.

Sin otra palabra, la mujer echa a andar por el camino brillante, y sus pies parecen hundirse en un mar de oro. Es tan leve su caminar que no produce sonido alguno, contrastando —y siento vergüenza por ello, aunque es una vergüenza absurda— con los ecos que levanto a cada paso.

Seguimos la senda por espacio de lo que creo es media hora, y veo, para mi sorpresa, que el camino de oro acaba en una plaza cuadrada, enlosada con las mismas baldosas, en torno a la cual se levantan cuatro casas construidas con madera y techumbre de paja. Son pequeñas, y cada una de ellas parece el vértice de una rosa de los vientos: tengo la certeza de que apuntan a los cuatro puntos cardinales. La mujer sigue andando hacia la que está situada en el oeste, y abre la puerta, siendo tragada por el oscuro interior, tan oscuro incluso en pleno día que parece devorarla, deshacerla en el olvido y la muerte de la luz.

Dudo frente al umbral. Siento una desazón que me reconcome y estoy a punto de abandonar el lugar, cuando la señorita Biharda me llama:

—Entre, señor. No tenga miedo.

Sintiéndome entonces cansado como nunca, incapaz de resistirme al tono melifluo de su voz, doy los pasos que me separan de ella.

La ciudad de plata - La senda

Anuncios

9 respuestas a “La ciudad de plata: La senda

  1. ¿Decías que no te gustaba la narración en primera persona? Pues para no gustarte lo has bordado.
    En fin, como ya ha comentado algún compañero y parafraseando a Mortadelo y Filemón:
    —Me invitaron a comer en Bestilandia.
    —¿Como invitado de honor?
    —No, como segundo plato.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s