Vertidos en el cráter

VERTIDOS EN EL CRÁTERcrater-de-impacto

Un desfile de carros tirados por bueyes, mulas y caballos avanzaba, formando una ordenada línea, despacio por la carretera recién inaugurada por el regidor-alcalde de la ciudad más hermosa, rutilante y rica del reino. Hacía escasas dos horas, el gobernante de esta, con potestad sobre más de un millón de almas, había utilizado unas tijeras de oro puro —si bien el filo lo tenían de acero— para cortar la banda, acto protocolario y solemne con el cual se concedía el derecho de uso y disfrute de la vía, una vía cubierta de asfalto, tan ancha como para permitir el paso holgado de cuatro carretas una junto a la otra, y de firme tan liso que era imposible que ningún animal o humano tropezara al caminar sobre ella.

Luego, satisfecho, el regidor-alcalde se había retirado al palacio desde el que gobernaba la ciudad, ya con la mente ocupada en otras cosas, escuchando los ecos de los vítores que el pueblo había lanzado durante un buen rato tras el corte de la cinta.

Lo cierto era que la ciudad lo necesitaba. El progreso de los últimos cincuenta años, con la proliferación de industrias —repletas de autómatas cuyos pistones, manecillas, ruedas dentadas, tuberías, caños y válvulas—, había provocado un efecto secundario que ninguno de los grandes emprendedores había calculado: los residuos, los elementos inservibles que había que desechar tras todo proceso productivo, habían aumentado de forma alarmante, atestando los patios traseros de las fábricas y provocando una molestia para la población más que evidente.

Además, la prosperidad, la gran prosperidad de la ciudad, hacía que cada día llegaran cientos de personas buscando un trabajo que en muchas otras partes del continente no se encontraba, así que la masa humana provocaba, también, sus propios residuos, atestando las zonas ajardinadas de las viviendas y las calles. El tufo era insoportable, y hubo otros seres que también proliferaron: las ratas medraron y se multiplicaron sin pausa, con el consiguiente problema de salud pública.

El actual regidor-alcalde encontró, al fin, la solución. Tuvo que vencer, en tensas y largas reuniones, las reticencias de la más poderosa orden religiosa de la ciudad, pero, al fin, consiguió lo que deseaba, y el Sumo Sacerdote del Cráter Insondable cedió a sus pretensiones.

El cráter se convertiría en el vertedero municipal.

Así que, esa ventosa mañana de noviembre, la cabalgata maloliente y sucia que cargaba con toda la mierda de la ciudad, se dirigía a tirar la basura de forma ordenada y profesional, como corresponde a toda empresa que consigue una contrata con el palacio del regidor-alcalde. Los caballos relinchaban, los bueyes mugían, y los conductores de los vehículos, con la nariz bien a resguardo tras pañuelos perfumados, cantaban tonadas alegres.

—¡Un poco más! ¡Un poco más! ¡Un poc…! ¡Vale!

El encargado de anotar los nombres de los conductores —en los pliegos de la contrata, aparecían denominados como «técnicos de transporte de residuos»— y de vigilar que ni una sola monda de naranja cayera fuera del cráter, gritaba las indicaciones que permitían a aquellos maniobrar con exactitud y rapidez; de ese modo, al pulsar el botón que permitía a los volquetes elevarse para tirar su contenido, no había que preocuparse por nada más.

La basura desaparecía en la profunda y eterna oscuridad del cráter.

Día tras día tras día, la comitiva vaciaba en el cráter lo que la ciudad no quería, y el encargado de vigilar la operación gritaba carro tras carro tras carro:

—¡Un poco más! ¡Ya! ¡Vale!

Gritaba sin descanso ni interrupción, ocho horas al día, desde poco después del alba. Una vez terminada su jornada laboral, volvía a su casa, en la ciudad, satisfecho del deber cumplido, orgulloso de saber que su trabajo contribuía a mejorar el bienestar de sus vecinos, familiares y amigos. De todas aquellas personas que vivían en la ciudad.

No hubo nadie para ver qué ocurrió. Ningún testigo presencial puede relatarlo, porque nadie quedó con vida. Sin embargo, los detectives taumatúrgicos que fueron destacados al lugar que un día ocupó la ciudad elaboraron una teoría basada en las pocas cosas que se encontraron en el inmenso solar que quedó en la estepa que se extendía en torno al cráter. Esas cosas fueron una mondadura de patata, tres tornillos oxidados y un hueso de pollo medio roído. Eso fue lo que quedó de la hermosa ciudad, y en su informe ante el rey más poderoso del continente, el sabio Guelecín dijo:

—No sé explicar cómo ni por qué, y quizá nunca se pueda explicar, señor, pero mis colegas coinciden conmigo en que las toneladas y toneladas de basura arrojadas al cráter cobraron conciencia y un enorme, gigantesco, horrendo y temible monstruo se alzó una noche. —A Guelecín le gustaba utilizar numerosos adjetivos cuando hablaba, lo que, por regla general, provocaba una mueca de disgusto en quien lo escuchaba. El rey no fue diferente—. No es difícil imaginar que era un coloso como los de la era antigua, esos brutos, salvajes, sangrientos y feroces seres que combatieron a los dioses.

—¿Decís que la basura cobró vida? —lo interrumpió el rey echando una mirada subrepticia al resto de los allí reunidos, tanto nobles de alta alcurnia como altos oficiales del ejército; todos ellos mostraban un rostro de sorpresa debido a lo que oían.

—Eso digo… decimos —rectificó—, señor. Tan imponente, mastodóntica, descomunal criatura avanzó, sin que sepamos el motivo, hasta la ciudad y, sencillamente…, bueno…

—¿La arrasó? —lo ayudó el rey—. Así, ¿sin más?

—Eso creemos, señor.

El rey colocó el mentón sobre su puño cerrado a la par que apoyaba el codo en la rodilla, adoptando una expresión de intensa concentración. La imagen era sugerente, aunque inquietante: un titán de hierros inútiles, restos orgánicos en descomposición, excremento y ropa podrida avanzando con pasos lentos y torpes hacia la ciudad que, sin saberlo ni quererlo, le había dado vida. Descargando sus enormes puños de porquería contra los techos de las casas, destrozando los edificios e incorporando nuevos restos a su masa corporal. Todo ello, mientras los habitantes gritaban, aullaban, lloraban y morían bajo el monstruo de la basura.

El rey no pudo evitar sonreír. «El monstruo de la basura».

Como final para la mejor y más grande las ciudades que había existido jamás, ser devorada por el monstruo de la basura era… bueno, era una mierda.

Vertidos en el cráter

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11 respuestas a “Vertidos en el cráter

  1. Una inesperada reacción química o un cóctel alimenticio con más proteínas de las necesarias. Nada que reseñar, una metrópolis menos en la cuenta y otro vertedero más que rellenar. Me ha encantado, salvo que un día de estos nos puede suceder lo mismo. Un abrazo.

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