Un mensaje extraño

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Cuando Pedro Muñoz entró ese día en el bar que se había convertido en el pequeño refugio en el que dejar pasar el rato de la pausa de trabajo, nada hacía presagiar que nunca jamás volvería a tomarse un cortado allí.

Tras saludar con amabilidad a la propietaria y camarera de la cafetería, se encaminó hacia la mesa más alejada de la puerta, cercana a la televisión y al aparador de la prensa diaria. Seleccionó entre un montón de periódicos —unos pasados de fecha, otros del dia— su cabecera favorita y se sentó. Los ojos realizaron una rápida pasada sobre las noticias de portada y comenzó a pasar las páginas; estaba en la cuarta de locales cuando la camarera dejó su cortado en la mesa y cogió la taza del cliente anterior, en la que un pequeño fondo de líquido marrón blancuzco era prueba del consumo de un café con leche.

—Huy, perdona. —Pedro no entendía que tenía que perdonar y miró a la camarera, cuya altura, ya de por sí considerable, quedaba aumentada al contemplarla desde abajo. Con gesto de extrañeza, se fijó en el movimiento de la mano izquierda de ella, que volvía a colocar, apoyado contra la vela ornamental que había en todas las mesas, un sobre.

Un sobre pequeño, en el que había escritas tres palabras:

«Para Pedro Muñoz».

Iba a decir que no era suyo, pero se frenó. A fin de cuentas, estaba dirigido a él, así que sonrió a la mujer e hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza. Clavó los ojos en el sobre mientras rasgaba con cuidado el sobre de azúcar, para que no cayera ni un grano a la mesa, vertiendo su contenido con parsimonia al café. El canto de la cucharilla repiqueteando contra las paredes de la taza acompaño sus pensamientos: ¿Qué puede haber en ese sobre? ¿Quién lo ha dejado? ¿Cómo sabía que iba a ir en ese momento?

La última pregunta tenía fácil respuesta. Aunque solo llevaba una semana en ese trabajo —un trabajo monótono de oficina, pero fácil, lo que significaba una nómina ganada con aburrimiento y sin esfuerzo—, salía siempre a la misma hora, a las once y media, y se había colocado en esa mesa, la mesa que nadie quería por tratarse de una tan pequeña que solo podía ser utilizada por una persona. Dado que el resto de clientes acudían, como mínimo, en parejas, solo Pedro tenía interés en sentarse a ella.

—Quizá es una carta de una admiradora —masculló, olvidado el periódico, sintiéndose de repente henchido de orgullo por su aspecto que, todo había que decirlo, no era nada del otro mundo.

Haciendo chascar los dedos, con decisión, cogió el sobre y rasgó con mimo la parte superior para evitar que el contenido —un papel doblado, según vio al trasluz— se rompiera. Lo desdobló, echó un trago de su taza y leyó las sencillas dos frases que contenía:

Es mi mesa.

Fuera de ahí o te rajo el cuello.

Una sensación de ahogo, de alarma repentina y salvaje, lo poseyó. Con ojos desencajados, notó la frente exudando un sudor frío en gruesas gotas que resbalaron por sus sienes.

—¿Quién…? —Miró a un lado y a otro. De repente, todos parecían asesinos en potencia. Esa pareja que se reía de modo estruendoso… ¿No lo había mirado él de soslayo? O esos tres tipos de traje y corbata que parecían atentos a las noticias… ¿No estaban disimulando y lo vigilaban? Quizá incluso la dueña del bar… Con gesto brusco, Pedro apartó lejos de sí la taza. Podría estar envenenada.

Se rio de su propia paranoia. Sin duda, se trataba de la broma de algún imbécil que había creído oportuno tocarle las narices.

—Grandísimo cabrón —dijo entre dientes—. Lo llevas claro si crees que voy a dejarte esta puta mesa. Es mía —terminó con furiosa determinación.

No iba a dejar que un anónimo de mierda convirtiera su sacrosanto descanso en un viaje a lomos del temor.

Dejó el dinero del café en la mesa. Sin propina.

Y decidió, conforme salía por la puerta, que para el día siguiente el bar de enfrente tampoco estaba mal.

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