El caso del cadáver de la calle cinco

EL CASO DEL CADÁVER DE LA CALLE CINCOcallejon-manera-en-blanco-y-negro_27637

Rachas de viento soplaban con fuerza haciendo temblar los altos mástiles de las farolas que, con su escasa luz amarillenta, iluminaban las calles de Ciudad Baldía. La primavera no acababa de llegar y el aire ululaba al pasar entre los estrechos callejones, haciendo bailar en un charlestón frenético las hojas de periódico con las que harapientos vagabundos intentaban, sin éxito, cubrir sus macilentos cuerpos.

Mis pasos sonaban con fuerza en la calle cinco, una estrecha vía de cemento rasgado, charcos de agua estancada en el pavimento roto y casas que se cernían amenazadoras e inclinadas, mudos testigos de quién sabía cuántos crímenes se habían cometido junto a ellas. Muchas de las ventanas estaban cubiertas con tablones, aunque sabía que no se debía a que estuvieran abandonadas: los drogadictos y las prostitutas ganaban así una privacidad extrema, cometiendo sus fechorías tras una cortina de madera.

Solté un juramento al mancharme mis zapatos cuando metí el pie en uno de esos asquerosos charcos de color parduzco, esperando que fuera barro y no mierda diluida en un agua legamosa. Eran unos zapatos nuevos, maldita sea, comprados la tarde anterior, y de buena calidad. Demasiado buenos para esa zona repugnante, hedionda y miserable de la ciudad.

—Cuidado con los charcos —avisó, tarde y con guasa, mi compañero, el detective Harson.

—Puta luz de mierda —mascullé—. El ayuntamiento podría arreglar estas farolas. No se ve un carajo.

—¿Aquí? ¿Meter pasta aquí? No sabes lo que dices, Carl…

Tenía razón. Los años pasados habían supuesto una mengua de ingresos acelerada para el consistorio de Ciudad Baldía, y el poco dinero que entraba era sustraído con rapidez por los políticos oportunistas y chanchulleros que tenían acceso a él. Tan solo los barrios de Montecobre y Salidero mantenían una pátina de respetabilidad y casi opulencia, de acuerdo con el nivel de vida de sus habitantes, los más acomodados de la ciudad.

Nos acercamos a la cinta policial que mantenía el lugar reservado para nosotros. No había ni rastro de los agentes que dieron el aviso sobre el cuerpo. Supuse que habían acordonado la zona y se habían ido a seguir con su trabajo. La reducción de efectivos policiales nos obligaba a ir de aquí para allá, con la lengua fuera, intentando llegar a todos los lugares en los que se nos requería.

—Es un pavo —apostó Harson mostrando un billete. Si quería aceptar el reto, no me quedaba otra que decir que el cadáver era el de una mujer. Cuando destapamos la sábana que cubría el cuerpo, vi que mi compañero había ganado. Harson silbó al ver la pulpa a que había sido reducida la cara.

—Le han dado de hostias hasta cansarse —comentó.

Me acuclillé para ver de cerca al muerto mientras Harson maldecía porque íbamos a tener otro caso más del que ocuparnos, uno más en la interminable lista de homicidios que teníamos pendientes.

—Mira esto —le dije tendiéndole la cartera del muerto tras haber echado un vistazo a su interior.

—No le han robado. No lleva mucho dinero, pero no se lo han quitado.

—¿Qué opinas? ¿Una pelea que se descontroló?

—El tío es Michael Frisson —dijo tras encogerse de hombros con mi pregunta—. Carné de conducir, tarjetas de crédito, una foto de una pava… Guapa, rubia, ojos… verdes, creo.

—¿Crees?

—La foto no es buena. Mira.

Negué con la cabeza. No me interesaba, por el momento, ver la foto de la mujer que llevaba el tal Michael en su cartera. Me preocupaba más la causa de la muerte. En principio, parecía causada por múltiples traumatismos, pero había algo que no me cuadraba.

De repente, caí en la cuenta.

—Joder, no hay sangre —dije.

—¿Eh?

Me incliné todavía más, exponiéndome a perder el equilibrio y acabar poniendo una rodilla en ese asqueroso suelo, pero tenía que comprobar algo.

Cuando me levanté, lo hice con una sonrisa de triunfo.

No era un caso para la Brigada de Homicidios.

—Llama a la Central. A este tío le han chupado la sangre —ordené a Harson, señalando el cuello de la víctima, donde tenía una herida provocada, a las claras, por dos puntiagudos colmillos.

Era un caso para la Brigada Sobrenatural.

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6 respuestas a “El caso del cadáver de la calle cinco

  1. Charcos de agua lleva implícito “estancada” (redundancia). En la primera intervención te has olvidado de porner un “do” en –*Cuida. En el noveno parlamento, el que está a la altura de la portada de _Fragmentos mentales_ aparece un arcaismo que “daña” al ojo tanto o más que una esquirla metálica: *Canet ahora se escribe carné,no obstante, a pesar del impacto visial, he de reconocer que el resto está fetén, fetén.

    Saludos

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  2. ¡Qué buenas todas las descripciones! Me sentí caminando por esa calle y sintiendo la misma repulsión de haber metido los zapatos en esa agua. Perfectamente podríamos esperar una segunda parte de esta historia. ¡Me gustó, Lord!
    ¡Un abrazo!

    Le gusta a 1 persona

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