La ciudad de plata: La habitación del gigante

LA CIUDAD DE PLATA: LA HABITACIÓN DEL GIGANTE00107227515744___HA1_600x600

Venzo el temor que me ha producido la pregunta de la señorita Biharda con una sacudida de cabeza. Con fiera determinación en los ojos, respondo:

—Saldré de esta casa, no le quepa duda.

Sin más, comienzo a andar hacia la arcada que se abre a mi derecha, una arcada de la que no me había percatado antes. No lanzo ni una mirada a la señorita Biharda, que ha quedado inmóvil junto a la pira agonizante, por completo convencido de no necesitar a nadie ni nada para encontrar el camino que me permita salir de esta morada oscura, lúgubre, siniestra.

Un pasillo largo y ancho, tan ancho como para permitir el paso a la vez de cuatro adultos que extendieran los brazos, me sumerge en una visión extraña, casi cómica. Sin embargo, no siento ganas de reír al contemplar al malabarista que juega, intrépido, con cuchillos de punta afilada, vestido con un taparrabos del color de la sangre y cuyo cuerpo está pintado de un blanco tan puro que contrasta con la oscuridad apenas disuelta por las tenues lámparas que cuelgan del techo. Atónito, miro al pasar a la joven contorsionista junto al acróbata de los cuchillos, cuyas extremidades se retuercen en ángulos imposibles, como si no poseyeran huesos en su articulación, como si fueran solo cartílago; por un momento, me parece ver que sus brazos y piernas son serpientes, de manos y pies de forma triangular, que se mueven recordándome a la cabeza de un ofidio asesino y letal.

Dos enanos, a los que en un principio tomo por niños, caminan en dirección contraria a la mía dando tumbos, ebrios o drogados, con ojos velados por lo que hayan ingerido, y de vez en cuando se dan empellones, cada vez más fuerte, hasta que acaban rodando por el suelo convertidos en pequeños púgiles que se golpean en la cara con brutalidad, rompiéndose cejas y narices, partiéndose labios y escupiendo dientes.

Me pego a la pared lo más que puedo para esquivar a tan extrañas personas y continúo mi camino: Nada tengo que ver con esta gente, nada se me ha perdido en ese pasillo de lamentables criaturas circenses.

El final del pasillo me conduce a una sala cuadrada, de suelo, techo y paredes pintados de verde oscuro, en el que una mesa del tamaño de un elefante domina la escena. Vestida con un mantel rojo —que, por un momento, creo que puede ocultar horrores inenarrables en su interior—, en su superficie hay un juego de café. El olor que surge de las enormes tazas, tan grandes como mi cabeza, es delicioso, y me llega en vaharadas densas, pero sutiles a un tiempo.

Sin embargo, lo primero que pienso es en el monstruo que puede beber de ellas. Prefiero que no me encuentre en sus dominios si acude, por lo que recorro la pared con ojos ansiosos, descubriendo, a más de tres metros del suelo, una especie de ventanuco que es la única salida posible del lugar.

A mi espalda, viniendo por el pasillo que acabo de recorrer, resuenan unas pisadas poderosas, como las que haría un gigante al andar.

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12 respuestas a “La ciudad de plata: La habitación del gigante

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