Billete a Cored

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No podía creer lo que estaba ocurriendo.

Lo que le estaba ocurriendo a ella.

Esa mañana, se había levantado pletórica, descansada y llena de energía, dispuesta a reencontrarse con su familia tras largo tiempo separada de ellos. Camino de la estación de autobuses, Rosa había imaginado la escena de abrazos y besos seguida de una opípara comida compartiendo mesa con su padre, su madre y su hermano pequeño, riendo mientras escuchaba con atención las historias que le contarían, de todo aquello que había pasado en el pueblo desde que se fue.

Gracias a eso, dejaría atrás las vivencias entre arena, viento ardiente y sol inmisericorde. Los tres últimos años en los campos de batalla de Iraq habían sido los más horrendos de su vida. No se había alistado para lo que vio, el sufrimiento que contempló.

El viaje en autobús, sin embargo, no había sido lo que esperaba. O, mejor dicho, el destino al que había llegado no era el correcto. Se había adormilado —como el resto del pasaje, aunque Rosa no lo supiera— y solo se había despertado cuando el vehículo se detuvo con un chirrido de frenos y un último ronroneo del motor. Al abrir los ojos, miró por la ventanilla y supo de inmediato que algo estaba mal. Sus instintos de guerrera la hicieron reaccionar y se levantó con la intención de pedir aclaraciones al conductor, de que explicara dónde estaban, porque ese no era Cored. No era su pueblo.

Al conductor no se le veía por ningún lado.

Movida por la costumbre adquirida en territorio hostil, echó mano a su petate y rebuscó con rapidez entre la ropa hasta encontrar la pistola que llevaba escondida entre pantalones y camisetas. El tacto del acero frío la reconfortó mientras el resto de pasajeros despertaba entre bostezos.

Se había hecho con rapidez con el control del grupo y los quince —una pareja con tres niños, dos matrimonios de ancianos y un grupo de cinco jóvenes más ella— aceptaron de modo tácito que Rosa llevara la iniciativa. Aunque alguno había meneado la cabeza cuando Rosa les dijo que estaban en problemas, incapaces de creer del todo que algo malo pudiera ocurrirles, la siguieron fuera del autobús. El volante había sido arrancado, así que no les quedaba otra que buscar a alguien en el pueblo que les aclarara qué estaba ocurriendo.

Cualquier duda que pudieran tener de la idoneidad de Rosa para guiarlos fue desechada cuando abatió al primer lugareño que se les acercó.

El hombre, de unos cincuenta, vestido con ropas ajadas y mugrientas, se abalanzó desde la oscuridad estigia que reinaba en la zona porticada que rodeaba la amplia plaza adoquinada en la que se encontraban. Gritaba algo incomprensible, desquiciado y con ojos inyectados en sangre, agitando una horca herrumbrosa con la que pretendía golpear a alguno de los del grupo.

Rosa ni siquiera se lo pensó. Sacó la pistola soltando las asas del petate y, antes de que este cayese al suelo, la detonación asustó a sus compañeros todavía más que la visión del frustrado aspirante a asesino.

El silencio sepulcral que siguió a su muerte fue abrumador.

Desde entonces, Rosa los había guiado por las callejas retorcidas y estrechas del pueblo desconocido, desorientados y abrumados por la oscuridad de una noche sin luna en la que muy escasas farolas arrojaban algún que otro cono de luz amarillenta y pálida. Tenían miedo, pero ella los espoleaba e intentaba que, centrándose en el continuo caminar, no desfallecieran.

Había frustrado dos ataques más, pero uno de los ancianos había caído, víctima de un cuchillo que esgrimía una mujer que salió de no se sabía muy bien dónde, atravesándole el corazón.

Como los demás, la soldado no entendía qué estaba pasando, en qué maléfica locura se habían metido, pero lo importante, como en Iraq, era sobrevivir. A cualquier coste. Debían encontrar un vehículo, cualquiera, y huir como pudieran de ese lugar macabro y terrible, en el que las casas, construcciones endebles y descuidadas con aspecto de ir a derrumbarse de un momento a otro, parecían esconder enemigos sin cuento.

—Silencio —ordenó en un susurro. Miró a la niña más pequeña, que lloriqueaba cansada y hambrienta.

El padre la miró con gesto avergonzado y dijo:

—Lo siento.

Rosa asintió, aceptando la disculpa, y volvió a centrarse en lo que tenían por delante. Su pensamiento volvió al número de balas que tenía a su disposición. Le quedaban siete en la pistola, y un cargador de repuesto. Podría frenar a unos cuantos, pero, si lanzaban un ataque coordinado, y no de elementos aislados como hasta el momento, la situación sería insostenible. Había que seguir avanzando.

Salieron a una plaza que parecía gemela de aquella en la que había parado el autobús. Por fin, Rosa se permitió una sonrisa al ver una fila de turismos aparcada en el extremo más alejado. Ahí estaba la vía de escape: Rosa, entre otros conocimientos que había adquirido en el ejército, sabía hacer un puente, así que apremió a los demás para que sacaran fuerzas y llegaran hasta la salvación.

Por desgracia para el grupo, parecía que los habitantes de ese demoníaco lugar sabían de antemano el lugar al que se dirigían.

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6 respuestas a “Billete a Cored

  1. Deduzco que, por lo que me consta y el nivel que evidencias en el resto del relato, el fárrago de este fragmento se deba a que has corregido algo y se te ha pasado por alto: “O, mejor dicho, el destino no el que había llegado no era el correcto”. Supongo que lo que querías trasmitir sería: “O, mejor dicho, el destino al que había llegado no era el correcto.

    Me quito la boína y hago una reverencia.

    Saludos

    Me gusta

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