Renato, el agente castrato: Infancia

INFANCIA

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“Niños jugando a pídola”, de Goya.

Renato contemplaba con una sonrisa bobalicona jugar a los niños en la plaza. Una bandada de palomas aleteó ofendida y levantó el vuelo cuando el más pequeño de ellos pasó corriendo junto a ellas, fastidiándoles su rutinaria tarea de picoteo.

—Míralos, ¡qué inocentes! —comentó.

A su lado, Pietro asintió y dijo:

—Cierto, amigo Renato. Pagaría por volver a pasar un día como ellos: puro, feliz, despreocupado…

En irónica respuesta a tal deseo, otro de los niños, un mozalbete grueso y paticorto, tropezó y cayó en un charco de barro, salpicando como si hubiera caído en una tina. De inmediato, se echó a llorar y se frotó la rodilla.

—No tan puros. —Renato centró su atención en un molesto grano que le había salido en el cuello, apretándolo con fuerza entre las yemas de su pulgar e índice—. Al menos, el gordito.

—Nada que no solucione una buena colada —replicó Pietro—. Lo que sí es posible es que le caiga una tunda de su madre.

Nada más mentarla, la madre del chiquillo apareció corriendo, gritando sulfurada y con la cara enrojecida, agarró al niño con fuerza, lo levantó del suelo y se lo llevó a rastras mientras seguía lanzando improperios que, por fortuna, eran ininteligibles al ser tal la velocidad y la cerrazón del dialecto que hablaba la mujer.

—No me gustaría estar en su pellejo. —Satisfecho, Renato contempló la gota que mezclaba pus y sangre en su dedo; había logrado su objetivo con el maldito grano.

—O en sus posaderas —añadió Pietro.

Los demás, dos niños y tres niñas, continuaron jugando a perseguirse como si nada hubiera pasado. Una de ellas cantaba ceceando y reía con alegría cuando esquivaba a sus compañeros, pues era mucho más ágil y rápida.

—A esa niña le deben faltar dientes. Por como habla, digo —explicó Pietro.

—¿Y eso? —Renato lo miró alzando una ceja—. A ti te faltan unos cuantos y no hablas que pareces andaluz.

—¿Has oído hablar a muchos del sur de las Españas? —preguntó Pietro molesto.

—Pues sí, mira.

—¡Ah, claro! —Pietro se palmeó la frente con exageración—. De cuando fuiste legado en la corte de Felipe, ¿no?

Por toda respuesta, Renato asintió con la cabeza. Había sido tan solo un año el que pasó en la corte del monarca más poderoso del orbe, pero lo recordaba con cariño. Pese a esa vez en la que tuvo que gastar todo lo que tenía para escapar de la cárcel. O esa otra en la que lo persiguieron, desnudo como estaba, desde la mancebía en la que estaba solazándose hasta el refugio de un compatriota genovés en Toledo. O esa, cuando…

—¿Nos vamos, digo? —Por el tono de Pietro, debía habérselo preguntado varias veces.

—Sí, el bueno de Federico nos estará esperando.

Se levantaron del banco y comenzaron a andar con paso lento hacia el soportal que cerraba uno de los lados de la plaza. Nuevas palomas levantaron el vuelo, zureando sin gracia. Una de ellas soltó lastre y estuvo a punto de alcanzar a Renato en el hombro, que agradeció a Dios por esos pequeños momentos favorables que impiden que la mierda le caiga a uno encima.

Pareció que los niños hubieran estado esperando a que los dos se movieran, pues, al unísono, se dirigieron hacia ellos siguiendo líneas de movimiento que confluyeron de forma tal que les impidieron seguir avanzando. No era cuestión de dar empellones a unos pequeños diablillos que les miraban con ojos enormes y peticionarios.

—¡Una moneda, señores! —Extendían sus manchadas manos con pillas sonrisas que mostraban unos dientes pequeños y aún blancos—. ¡Una moneda, por caridad! —repetían una y otra vez.

—Dales algo para que nos dejen en paz, Pietro —pidió Renato.

—¿Yo? —El hombre se golpeó el pecho de modo teatral y adoptó un aire ofendido—. ¿Acaso no eres tú quien lleva la faltriquera?

—¿Qué? —Renato ladeó la cabeza, confuso. De manera inconsciente, echó mano a su cinto para cerciorarse de lo que ya sabía: él no llevaba la bolsa con los florines que el consulado genovés les había proporcionado para pagar a Federico. Temiéndose lo peor, preguntó—: ¿No la has cogido tú, Pietro?

—No, por cierto —respondió, todavía más ofendido—. Ayer por la noche quedamos en que serías tú quien llevara el dinero encima, Renato. Tú mismo aseguraste que estaría más seguro contigo…

—¡Oh, por la sangre de…! —No terminó el juramento. Se había acordado, más o menos, de dónde podía estar la bolsa de florines: en la mesa de la taberna donde había estado cenando.

Sin explicar más, Renato salió corriendo, arrastrando tras de sí a la nube de pequeños pillos que tomaron su acto como una invitación a perseguirlo.

Cualquiera que viera la escena, pensaría que el hombre, arrastrado por la nostalgia de la infancia, había decidido jugar un rato con los niños.


8 respuestas a “Renato, el agente castrato: Infancia

  1. Me da en la nariz que Federico se quedó sin su mordida…
    Chulo el paralelismo, con muchos detalles, del mozalbete regordote caído en el charco y la situación de Renato.
    También la escena del grano, tan asquerosa y cotidiana.
    Eso sí, si tiene trampa, como habitualmente, no la he encontrado —¿007 en San Marcos con su góndola amfibia?—
    Sólo un pequeño comentario: en la —estupenda— situación con la caca de la paloma, aparece una redundancia con «gracia».

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    1. No, esta vez no hay trampa. La idea central era, en efecto, una especie de juego circular de corre que te pillo, uno por diversión, y otro por obligación (que Renato encuentre la bolsa es otro cantar…)
      Bien visto lo de la repetición. Voy a hacer que sean “pequeños momentos favorables”, mil gracias 😉

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  2. Francamente bueno, como siempre. La infancia es el momento más bello de la vida. Aunque haya dolor, que siempre es inevitable, la inexperiencia permite que las esperanzas y las ilusiones rebosen en nuestro interior; aún tenemos toda la vida por delante, y desconocemos toda la mierda que aún ha de caernos y las responsabilidades que hemos de adquirir. Sólo el paso de los años nos hace añorar que no se precipiten sobre nuestras cabezas grandes excrementos de palomas, en vez de los duros avatares de nuestra existencia.

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    1. Estupenda reflexión. Me voy a centrar, sin embargo, en la parte más “terrenal” de lo que dices. La más terrenal y la más escatológica. Porque hace cosa de dos semanas también tuve que agradecer un pequeño momento en el que la mierda de una paloma no me cayó en la cabeza… tan solo en la manga de la cazadora 😀 😀 😀

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  3. Vaya cuanto lo siento por Renato, siempre dando preguntando por la cena y para una vez que no ayuna, pierde las monedas. Un abrazo.
    Qué tal? ¿Hacia los soportales que cerraban, en lugar de hacia el porche que cerraba?

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