Desenfunda esa pistola o traga plomo

DESENFUNDA ESA PISTOLA O TRAGA PLOMODuelo-Supernatural

—No, no estoy seguro, la verdad.

El hombre, apenas un muchacho, mira las dos botellas que el camarero ha puesto sobre la barra, entre charcos de güisqui y salivazos de tabaco.

—No es tan difícil, hijo —dice el camarero, bajo y regordete, con un mostacho enorme que parece proyectarse más allá de sus mejillas—. Este güisqui, o este otro. —Ha señalado a cada una de las botellas, confiando, con impaciencia, que el chico se decida de una vez.

—No sé, no sé…

Lanzando un suspiro y cerrando los ojos con teatralidad, el dueño de la cantina toma la decisión por él y abre la botella de la izquierda. El corcho salta con un ruido que recuerda al muchacho a los golpes que la lluvia da sobre el tejado de su casa; la casa que tiene a un día de viaje de la ciudad y que tanto esfuerzo costó al padre de su padre levantar en la parcela que compró al gobierno gastando la mayor parte de sus ahorros. Como tantos otros cientos, empaquetó sus pertenencias y, con la familia subida en una carreta, se dirigió hacia las grandes llanuras occidentales.

Él era el hijo mayor, y, dado que su padre llevaba dos meses postrado en cama, a él correspondía dejar las cosas claras frente al cacique del lugar: El señor Harrod había logrado hacerse con una gran cantidad de tierras, cada vez más hasta convertirse en el dueño de medio condado, y, si bien la casa del muchacho nunca le había resultado interesante, las lluvias de la pasada primavera habían hecho que el río se desbordara y, cuando las aguas bajaron, este había cambiado su curso de forma tal que buena parte de las tierras cercanas a la casa del muchacho estaban anegadas.

El señor Harrod le había dejado bien claro que su oferta era innegociable. Tomaba o dejaba los dólares que le había ofrecido, pero, si no aceptaba…

El muchacho bebe el vaso de güisqui servido de un trago, confiando en que le dé fuerzas para afrontar lo que sabe que va a ocurrir. El señor Harrod llegaría con una cuadrilla de rufianes malcarados, asesinos piojosos y burdos que se lo llevarían a la enorme mansión del cacique y lo amenazarían, golpearían e incluso, si estaban de humor para ello, lo matarían.

El muchacho tiembla solo de pensarlo y pide al camarero que rellene el vaso, que vacía de nuevo con rapidez.

—¿Estás bien, hijo? —El camarero parece interesado, aunque bien pudiera ser que lo haya preguntado por simple educación al verlo hecho un manojo de nervios.

—He… quedado con el señor Harrod aquí —explica.

—Ya. ¿Tú eres el chico de Jebediah?

—Sí, señor —responde—. ¿Lo conoce?

El hombre ríe y se rascóa la coronilla.

—¡Claro que conozco al bueno de Jebediah! —exclama—. ¡El mejor jugador de cartas de todo el maldito estado!

El muchacho no sabía eso de su padre. Siempre era tan recto, tan temeroso de Dios, siempre hablando de comportarse de modo cristiano y rechazando los peligros de la lujuria, el alcohol y el juego…

—¿Y qué tiene que hablar el señor Harrod contigo, muchacho?

—La finca. La finca familiar. —El muchacho siente que los ojos se le llenaban de lágrimas y se pasa el dorso de la mano como si estuviera rascándoselos, disimulando—. Quiere comprarla y me ha citado aquí para…

—¡Sal de ahí, muchacho! —El grito, proveniente del exterior, hace que dé un respingo. Ha reconocido la voz del señor Harrod, grave, autoritaria y varonil.

Sin pensarlo siquiera, el joven obedece y sale a la calle polvorienta casi dando traspiés. La escena que ve a las puertas de la cantina no le gusta nada: El señor Harrod está acompañado por cinco tipos altos de barbas pobladas y miradas torvas en sus rostros curtidos por el sol y los años.

Todos llevan pistolas al cinto.

—¿Tenéis una respuesta? —pregunta el señor Harrod con impaciencia, como aquel que tiene cosas más importantes que hacer.

—Señor Harrod… —comienza el muchacho, nervioso.

—¡Sin monsergas! —advierte el otro, provocando las risotadas de sus malcarados secuaces—. ¡Sí o no!

—Yo…

El muchacho aspira una profunda bocanada de aire. En su mente destellan imágenes fugaces de lo que pasará si hace tal y como su padre le ha dicho, si actúa salvaguardando el orgullo familiar y la propiedad levantada por su abuelo: él, con un tiro en las tripas ahí mismo, su madre y sus hermanas, arrastradas por la tierra y deshonradas, su casa, destruida.

Sabe lo que tiene que responder. Levanta la voz todo lo que puede, pero le sale un grito desmayado que, sin embargo, hace sonreír al señor Harrod.

—¡Sí! ¡Aceptamos su oferta!

Ante la alternativa de muerte segura, el muchacho opta por no sacar el viejo revólver. A fin de cuentas, ni siquiera sabe disparar.

Su padre no estará contento, pero con el dinero que les dará el señor Harrod, quizá puedan empezar en otro sitio de nuevo. Aunque tenga que escuchar insultos y recriminaciones, al menos seguirá vivo para escucharlas.

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12 respuestas a “Desenfunda esa pistola o traga plomo

  1. Estupendo relato. Me ha recordado la escena del viejo con la pepita de oro en ¿«El jinete pálido»? O la del otro viejo en «Gran duelo al amanecer». Pero con un final distinto, claro.
    Un par de mínimos comentarios.
    El primero, de nuevo, los dos puntos.
    El segundo, personalmente cambiaría la frase así:
    El señor Harrod estaba acompañado por cinco tipos altos de barbas pobladas, vestidos con levitas negras y miradas torvas en sus rostros curtidos por el sol y los años

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    1. Lo cierto es que el final cambió cuando empecé a teclear las últimas líneas. Tenía prevista una pequeña ensalada de tiros (con no muy buen resultado para el pobre muchacho), pero… le he dejado vivir. Será que me estoy ablandando.
      Leche con los dos puntos… cuando se mete algo entre ceja y ceja 😦 Lo cambio, gracias.
      Lo de las levitas, las barbas y las miradas, no me gusta. Ni me convence como lo he dejado yo, ni tu proposición, dado que, al introducir las levitas entre las barbas y las miradas en los rostros, parece que la descripción queda rara (rasgo corporarl-ropa-rasgo corporal, no me gusta ese esquema). Por tanto, tiro por la calle de enmedio y, directamente, me cargo las levitas y a correr: “cinco tipos altos de barbas pobladas y miradas torvas…”

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  2. Los tiempos verbales evidencian que este relato se te ha ido de las manos. No es normal escibir en presente y pasado a la vez, aunque sí que es cierto que poder se puede intercalar cuando el narrador comienza en presente y nos cuenta anécdotas pasadas o recurre al flashback…

    Saludos

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  3. Es un relato tan actual… Esas extorsiones del XIX son más o menos como las actuales llevadas a cabo por los bancos o las grandes empresas. El estilo, como de costumbre, me encantó. Yo no veo las incompatibilidades de los tiempos verbales que apunta Fran. Un saludo, mi lord.

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    1. Bueno… la historia de la humanidad es, por desgracia, una continua sucesión de métodos de explotación que, en el fondo, son idénticos en su funcionamiento, cambiando las formas y los protagonistas.
      Fíjate: empiezo narrando en presente (en la cantina), utilizo luego el pasado para los sucesos que nos narran la historia del muchacho y su familia y vuelvo a la narración del presente (en la cantina)… ¡pero usando el pasado! Sí, se me ha ido la pinza, así que lo he corregido poniendo esta “tercera parte” del texto en presente.

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    1. Gracias, María. Si te soy sincero, a mí el oeste tampoco ni fú ni fá 😀
      El apunte ortográfico… si te refieres a los dos “dé”, date cuenta que son del verbo “dar” y, por tanto, llevan tilde diacrítica para diferenciarlo de la proposición. ¡Gracias por el comentario!

      Le gusta a 2 personas

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