La resistencia de Fuerte Hope

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Lo sé. Si hay algo, paradójicamente, que sea una constante estos últimos meses en mi blog, es la inconstancia. No he podido mantener el ritmo de publicación diario que llevé durante bastante tiempo y, la verdad, no puedo comprometerme a recuperarlo porque haría una promesa que no sé si podría cumplir, dados los continuos compromisos y tareas que me van surgiendo…

Lo que sí he mantenido, no obstante, ha sido un ritmo de escritura constante; la prueba es el texto que dejo a continuación, el inicio de una saga de ciencia ficción que se estrena con la novela corta (o novella que dicen por allá fuera, como bien gusta de señalar el compañero Torpeyvago) titulada La resistencia de Fuerte Hope. Como pasa con “Los casos de Lucía Utrilla (compuesta, hasta la fecha, por La semilla y El horror de zarpas afiladas, disponibles en Amazon aquí y aquí), tengo planeada una buena cantidad de acontecimientos, personajes y tramas que ir desarrollando a lo largo de sus volúmenes, prestando, como siempre, interés en el desarrollo de las caracterizaciones y de las relaciones entre la gente que puebla sus páginas. La saga se llama Las guerras mesekh’ali y se encuentra, ya mismo, en proceso de revisión por parte de los amables compañeros que se han ofrecido a ser lectores cero, Francisco Izquierdo (blog, aquí) y Jon Ícaro (blog, aquí).


LA RESISTENCIA DE FUERTE HOPE

El suave susurro de las puertas neumáticas al abrirse vino acompañado de un ligero olor que mezclaba desinfectante, aromatizador con trazas de limón y un toque de sudor. Flotaba en el ambiente una calma marcial, la propia de las instalaciones del ejército confederal, que contrastaba con la locura desquiciante de los organismos administrativos civiles, en los que personal de apoyo, ejecución, gestión y decisión solían corretear de un lado para otro agitando carpetas, hablando por sus comunicadores personales o bebiendo café aguado para aguantar jornadas largas y fatigosas.
Ahí no. La estación espacial Prisma era la atalaya desde la que se vigilaban los movimientos de fuerzas desconocidas y potencialmente hostiles presentes en el cuadrante X-62b-I, un cuadrante que pivotaba sobre el pequeño, frágil y hermoso mundo que se veía desde las gruesas ventanas de la estación. Al capitán siempre le habían llamado la atención las tonalidades azules y blancas de esa esfera, tan diferentes del verdoso reinante en la atmósfera de su planeta natal; las imágenes del tercer planeta de ese sistema estelar eran de una hermosura apabullante, y su mente, por lo general dada a la dureza y a la reflexión pragmática, quedaba como en estado de cortocircuito cada vez que contemplaba la joya que era ese mundo.
El corazón le había dado un vuelco cuando le dijeron que su próximo destino era la estación espacial que orbitaba en torno al mismo.
No hizo caso del mensaje grabado que, con voz metálica, le daba la bienvenida a la estación Prisma y le advertía de ciertos detalles a tener en cuenta: eran los mismos que regían en todas las bases militares confederales, así que conocía las instrucciones de memoria. Esperó a que el soldado de la barraca de acceso comprobara su identificación y este le entregó un cilindro que brillaba con una suave luz anaranjada, al tiempo que le indicaba la puerta a la derecha y decía:
—Bienvenido, capitán. La mariscal lo está esperando.
—Gracias. —Sonrió con amabilidad mostrando su perfecta dentadura y caminó con decisión y firmeza hacia el corredor que llevaba al ala de despachos de la oficialidad. Comparado con la sobria funcionalidad del puesto de acceso, el pasillo era un compendio de exquisitez arquitectónica, con suelo de madera sintética y lámparas decorativas de forja situadas a intervalos regulares.
Mientras caminaba por el desierto pasillo —en el que resonaban tanto sus pasos como las voces de aquellos que se encontraban en las oficinas y que no habían cerrado del todo sus puertas—, desenrolló el cilindro y, tras colocarlo frente a su retina para que el control de seguridad lo identificara como el legítimo destinatario, leyó las letras que se desplegaron, como mariposas doradas, frente a él, en el aire.
Hizo una mueca de disgusto. No le gustaba que lo personal colisionara con lo profesional, y la mariscal le daba la bienvenida con un mensaje en el que, pese a cierta rigidez, se adivinaba un tono amistoso que remitía a los años que ambos pasaron juntos en la 227ª Academia Militar.
Meneó la cabeza, pensando en que no se habían vuelto a ver desde su graduación: ella había escogido la senda de los ascensos, él, la de estar en primera línea de fuego. Se habían despedido como colegas y, aunque había sabido de la carrera de la mariscal —era difícil no hacerlo, cuando la suya se trataba de una de las más fulgurantes formas de ascender en el escalafón—, no habían cruzado ni una sola palabra.
Sus encontronazos románticos, ciertas confidencias susurradas en el lecho y alguna que otra tarde con más alcohol del recomendable en el organismo eran cosa del pasado, de un pasado que había tenido lugar hacía muchos años y que, sin embargo, ahora la mariscal parecía querer sacar de nuevo a la luz, como si ello tuviera el poder de recrear un lazo entre los dos ya perdido.
El capitán no era insensible, pero prefería, en cuanto se colocaba el uniforme, convertirse en alguien dado al hieratismo, a la inexpresividad y la eficiencia.
Llamó a la puerta de la mariscal con algo más de brusquedad de la que pretendía.
—¡Adelante! —respondió ella desde dentro. El capitán se sorprendió al ver que un alto mando no tenía personal auxiliar que filtrara las visitas, pero, aparte de un pequeño arqueamiento de cejas, no lo traslució.
El despacho era amplio, con un enorme ventanal a la espalda del banco de trabajo de la mariscal en el que parecía flotar el gran satélite rocoso que albergaba una gran cantidad de población minera y agrícola, convirtiéndolo en un granero de gran importancia estratégica para el cuadrante. También se veía parte de la curvatura del planeta bajo ellos, con su azul sobre el que remolineaban las turbulencias atmosféricas blanquecinas…
—¡Capitán Serghi!
Tal y como se había temido, la mariscal avanzó hacia él dejando lo que estaba haciendo y abrió los brazos con la intención de darle un abrazo. Él intentó cortar la escena con un rígido saludo militar.
Sin éxito.
Olió el perfume de cítricos y hierba recién mojada que rodeaba su cuerpo como una segunda piel y, a su pesar, respondió al afectuoso abrazo de la mariscal, de su antigua amiga, de su amante en tiempos pasados, y dijo:
—Es un placer verla de nuevo, Pasgar. Mariscal Pasgar —se corrigió.
—Sin formalidades. —Ella separó su cuerpo del del capitán, pero le cogió las manos con cariño y siguió mirándolo sonriente, con esos enormes ojos de esmeralda—. Hacía años, Serghi. Muchos años.
—Sí. —Él asintió, algo azorado por sentir que estaba traicionándose a sí mismo, al estar devolviéndole la sonrisa como un colegial en vez de mostrar un rostro frío y serio—. Éramos unos críos.
—No tanto. ¡Los años te han tratado bien! ¡Estás estupendo!
—Tú… tú también, Pasgar. —De nuevo, se maldijo por mostrarse titubeante e intentó desviar el tema diciendo—: Felicidades por tu exitosa carrera.
Ella le soltó las manos y ensanchó aún más su sonrisa. Había algo de condescendencia en su voz cuando dijo:
—Mezcla de suerte y trabajo, a fin de cuentas. Nada que no pueda conseguir quien se lo proponga…
Serghi no respondió. Desvió la mirada hacia el ventanal y se perdió en el negro telón sobre el que brillaban unos puntos de luz.
—Supe lo de… Lo siento mucho, Serghi.
—Gracias. —La mariscal se refería, por supuesto, a la muerte de su pequeño. Tampoco su matrimonio había podido aguantar la pérdida. Volvía a sentirse desarmado y vulnerable.
—¿Una copa?
—Por favor. —El capitán esperó que ella no siguiera en lo personal y buscó impulsar la conversación hacia el terreno que quería, en el que estaba seguro—: ¿Qué tenemos ahí abajo?
—¿En el planeta? —Le tendió un vaso lleno hasta la mitad de un líquido amarillo, de fuerte olor a almizcle—. Movimientos extraños desde los puntos más fríos del globo. No creíamos que fuera posible la existencia en esos sitios, pero… las lecturas satelitales no mienten.
El capitán echó un trago y guiñó un ojo. Era una bebida fuerte, muy fuerte.
—¿Ha habido algún reconocimiento sobre el terreno?
—No. Para eso te he mandado llamar.
—¿Has sido… tú? ¿Tú me has pedido?
Ella asintió. El capitán se quedó boquiabierto, incapaz de saber qué pensar. ¿Era posible que Pasgar se acordara de las conversaciones que habían tenido en la Academia, en las que él le hablaba del hermoso planeta azul, y que deseaba visitarlo al menos una vez en la vida? Lo desechó como algo ridículo. A fin de cuentas, estaba ahí para trabajar, no para hacer turismo, así que…
—¿Qué piensas? —La mariscal le ofreció rellenar el vaso, pero él no quiso, tapándolo con la mano.
—¿Por qué a mí? —preguntó.
—¿Por qué a ti? —Ella sí se sirvió—. Porque eres bueno en tu trabajo: tu expediente es intachable. Y porque eres alguien en quien puedo confiar.
Serghi se rascó el párpado derecho, una costumbre que tenía cuando se encontraba confuso y no podía evitar pese a que lo había intentado. Como oficial de enlace diplomático del ejército, sabía que ese tic conllevaba una desventaja en cualquier negociación.
—¿Confiar? —preguntó el capitán. Ella asintió—. Han pasado años desde que fuimos… amigos.
—En lo esencial, sé que sigues siendo ese chico abierto de mente y curioso del que me enam… —Dio un trago rápido con el que acabó su segundo vaso y rectificó—: El chico con el que compartí horas en la Academia.
Él carraspeó, incómodo, y desvió la mirada para evitar los ojos de ella. ¿Cuántos años habían pasado? Demasiados. Demasiadas cosas habían pasado en su vida para que fuera el mismo: su carrera, su matrimonio y lo que vino después, el terremoto existencial más duro que cualquiera podía sufrir, su… su hijo… muerto…
—La verdad, Pasgar, no entiendo nada —dijo con dureza—. Ni siquiera sé si quiero entender algo de lo que me quieres decir. —Se envaró y concluyó con el aire más marcial del que fue capaz—: Deme la orden, mariscal, y la cumpliré como mejor pueda.
Ella pareció dolida ante el tono de Serghi, pero asintió y se encaminó hacia su banco de trabajo, comenzando a teclear en la holopantalla táctil, mientras decía:
—Esta estación orbital no es solo un puesto de vigilancia, como puede suponer. —La mariscal había vuelto también al trato formal—. Estar en un sector pacificado de la Confederación supone una labor burocrática, atendiendo a cuestiones logísticas, y diplomática. Solicité un enlace para tratar unos asuntos de orden menor.
Pasgar aprovechó que la impresora, con su ligero zumbido, escupía un pliego de instrucciones codificadas para interrumpirse y mirar con detenimiento al capitán. Este se removió, incómodo, ante el escrutinio y alzó una ceja, inquisitivo, animándola a continuar. Estaba seguro de que estaba a punto de llegar una revelación. Ella recogió el papel recién impreso, lo enrolló para meterlo en un pequeño tubo y se lo tendió con gesto severo:
—Estas son las auténticas órdenes de su misión, capitán —dijo. Él cogió el papel, pero la mariscal no lo soltó. En su voz había una mezcla de orden y súplica—. Olvídese del expediente que se le proporcionó en su base. Por lo que más quiera, no las comparta con nadie.
»Y no las lea hasta llegar al planeta.


7 respuestas a “La resistencia de Fuerte Hope

  1. ¡Chan, chan, chaaaaaaaaaán! Tres acordes a tutti para terminar el capítulo y una voz en off que dice «…continuará. No se pierdan el próximo capítulo de “Las guerras mesekh’ali”».
    La verdad es que me parece muy interesante. Buen material, sí señor.

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  2. He leído con detenimiento el borrador de La resistencia Fuerte Hope. Ha sido empezar y no parar hasta llegar al final, y como le he dicho en privado a Luis: “Al finalizar la lectura tengo la sensación de que es lo mejor que has escrito hasta ahora.

    Le gusta a 1 persona

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