Una mañana cualquiera

UNA MAÑANA CUALQUIERAtranvia.jpg

Los sábados por la mañana aprovecho para quedarme un rato más en la cama; como es lógico, no madrugo tanto como de lunes a viernes, cuando tengo que entrar a trabajar. Así que saco a pasear a mis perros a la hora en la que la ciudad ya ha despertado. Es decir, que ya hay gente por la calle que coge el autobús o el tranvía, y el tráfico, sin llegar a las acumulaciones de media tarde, comienza a ser apreciable.

Ahogando bostezos, con el sabor del zumo todavía en la boca, presencio una escena extraña, aunque, al principio, no la proceso en mi mente casi dormida. Entre parada y parada junto a los alcorques donde Fido lanza su chorro de orina, voy tomando conciencia de la situación: un hombre de unos cincuenta años, no muy alto y de pelo escaso, gruesas gafas de pasta y tripa prominente apenas cubierta por una camisa roja descolorida en la que se adivinan las letras pertenecientes al nombre de una empresa de la ciudad, se encuentra en mitad de la rotonda, levantando la mano a cada coche que pasa. Les está pidiendo que paren y le escuchen. Aguzo el oído y escucho mientras los perros siguen a sus cosas. Le dice a la conductora:

—… perdido el tranvía y tengo que llegar… trabajo… salido tarde y esto… ¿puedes llevarme?

No he captado todo. Es decir, tengo buen oído, pero la distancia y el ruido del tráfico impiden que oiga todo con claridad, así que relleno los huecos. Parece ser que el tipo tiene que llegar con urgencia a un barrio que se encuentra en el recorrido del tranvía, quizá para poder llegar al autobús de empresa que le llevará adonde trabaja. Supongo que tendrá que estar a una hora determinada y, con lo que le cuesta llegar al tranvía el fin de semana —la frecuencia es el triple de la que tiene en días laborales—, lo perderá. Y no está el tema como para faltar al trabajo, claro.

La conductora hace un gesto con la mano de negación y sigue su camino.

La verdad, pienso que, en su lugar, yo hubiera hecho lo mismo. A ver, quiero decir, no soy una persona desconfiada por naturaleza y, de hecho, suelo tender a ver la parte positiva y luminosa de la gente, pero de ahí a dejar que un desconocido suba a mi coche. Y eso, contando con que yo también soy un hombre. Ni por todo el oro del mundo aceptaría si fuera una mujer.

Mi imaginación se desboca. Mientras meto la mano en la bolsa con la que recogeré la maloliente deposición de Fido, pienso en que ese coche azul que para ahora para escuchar al tipo abre la puerta y deja que se siente en el lugar del copiloto. Arranca mientras suenan las noticias de las ocho en la radio y el tripudo sonríe agradecido… con demasiados dientes.

Se da la circunstancia de que mi barrio es residencial, alejado de lo que podría denominarse el casco urbano, así que, para llegar a lo que sería propiamente dicho la ciudad, el tranvía tiene un par de paradas atravesando campos y solares. Un sitio perfecto para una emboscada —si viviéramos en la época de los salteadores de caminos— o para cometer un delito. Y, en efecto, el tipo lo aprovecha. Saca una navaja, clava la punta en la pierna de la conductora, la cual lanza un grito de terror y pega un volantazo sin querer, provocando el furibundo pitido de otro coche. La amenaza:

—Para en el arcén. Ahora mismo.

Y, luego… el horror…

No. El coche arranca dejando al hombre con cara de decepción. Ahora que estoy más cerca, me doy cuenta de que sus facciones son algo infantiloides, como si tuviera una tara genética. Caigo en la cuenta: su voz es algo gangosa e indica un leve retardo.

Me encojo de hombros. Tanto pensar mal, y resulta que es posible que sea uno de los muchachos que viven en el centro de rehabilitación psicosocial cercano. Y las letras de su camisa lo confirman, pues son las de una escuela taller municipal.

Cuando el quinto coche para y le deja subir, incluso suspiro agradecido, pensando que, a fin de cuentas, va a llegar bien al trabajo.

Anuncios

8 respuestas a “Una mañana cualquiera

    1. 😀 😀 😀 😀
      ¡Me has pillado! La situación es más o menos verídica, en serio. Es decir, bajé a los perros y vi al hombre pidiendo que lo llevaran en coche en la rotonda… El resto, por supuesto, es imaginación pura y dura 😉

      Le gusta a 1 persona

    1. Gracias, Javi. Intento, por lo general, mezclar pensamientos de narrador y personaje, lo cual, por supuesto, tiene el problema de poder resultar confuso para el lector, pero me gusta escribir así, más que marcar los pensamientos de forma “externa” al discurso del narrador. A mi juicio, le da mayor agilidad al texto y cercanía, saltando de la realidad objetiva (narrador puro) a la subjetiva (narrador viendo los pensamientos del personaje, aunque, en este caso, también sea el narrador, ya me entiendes…)

      Le gusta a 1 persona

      1. Así es, mi lord. Coincido plenamente con tus palabras. T estilo surte el doble efecto de fluidez y de desconcertar al lector con los giros bruscos.

        Me gusta

  1. Hola:

    A veces me quedo pensando en este tipo de cosas, en cómo nos hemos hecho de desconfiados, luego recuerdo las noticias y se me pasa, pero vamos, que yo tampoco me fio…

    Hace algunos meses iba caminando por mi ciudad, cerca de una parada de bus un chico pedía dinero para el bus (vete tú a saber), yo le di largas, en parte por desconfianza en parte porque me estaba dando una bajada de tensión que me hizo buscar un asiento para evitar caerme (el chaval se dio cuenta, pregunto, pero pasó de mí en cuanto le dije que no le iba a dar dinero). No podía moverme, así que pedí a unas señoras de las de la parada que, por favor me fueran a comprar agua, me miraron con desconfianza hasta que solté las palabras mágicas “tengo dinero” y, para confirmarlo, saqué el monedero y les tendí una moneda, ahí ya reaccionaron y me ayudaron, se percataron del blanco de mi cara… La verdad es que fueron muy amables una vez que demostre la solvencia de una “persona normal” aunque me pregunto que hubiera pasado si hubiera sido una de esas veces en las que salgo sin dinero.

    Nos hacemos desconfiados, pero es que en la mayoría de las ocasiones, estas situaciones son propicias para la picaresca…

    Saludos!

    Me gusta

    1. Muy buena reflexión. Este texto tiene una base real, una mañana de sábado en la que vi a un hombre como el descrito pedir que lo llevaran en coche. Lo cierto es que, si bien yo no me defino como alguien desconfiado (a veces, soy incluso demasiado felizón :D), no lo hubiera dejado subir a mi coche. Lo siento. Y sí, coincido contigo en que “el aspecto”, “las pintas” o “tener dinero” son fundamentales como parámetros a la hora de juzgar a personas desconocidas. Es nuestro baremo, nos guste o no.
      Por cierto, al hombre “real” de mi historia, al final lo dejaron subir a un coche 🙂

      Le gusta a 1 persona

Responder a Javi Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s