Gusanos y tierra

GUSANOS Y TIERRA4765aa8dab49e0046476643e7dfb4e3f.jpg

—¿De verdad que nunca has estado en Onuba?

El que hacía la pregunta era un hombre no muy mayor, pero de aspecto avejentado debido al fatigoso trabajo en las minas. Desde que los publicanos venidos de Roma se habían hecho cargo de la gestión y explotación del lugar, el antiguo asentamiento de trabajadores que bajaban cada día a los corredores excavados en la roca no había hecho otra cosa que crecer.

Roma conquistaba y, tras pacificar, se dedicaba a sacar beneficio de cada grano de arena, brizna de hierba y gota de agua. Todo era susceptible de convertirse en denarios, y las minas que desde hacía mucho habían sido excavadas por los indígenas pertenecían ahora al Imperio, cuyas estructuras de madera sobre la tierra —para dar cobijo a los trabajadores y albergar los aperos— y bajo ella —apuntalando las galerías que la horadaban—. El metal fluía y fluía sin descanso.

—Que no —respondió el otro, harto porque ya era la tercera vez que lo decía—. Nací en Iptucci, y no he salido jamás de ahí.

—Excepto para venir a las minas.

—Sí, excepto para eso.

—No es que esté muy lejos… —comentó con sorna, haciendo referencia a que entre dicha ciudad y las minas no mediaba ni media jornada de viaje.

El otro no se ofendió. Lo único que hizo Marius fue poner los ojos en blanco y seguir caminando, como si no hubiera oído a su compañero.

—¿Qué ocurre ahí? —preguntó Titus tras un rato, haciendo referencia a la confusión que se veía delante de ellos, cerca de los cobertizos de los esclavos.

—Imagino que será el revoltoso de siempre —contestó Marius.

—El tartesio, ¿no? —aventuró Titus—. Por muchos latigazos que le den, no aprende.

Cuando se acercaron, se dieron cuenta de que se habían equivocado. Lo que ocurría era algo más que un mero castigo a un esclavo revoltoso y protestón. Los soldados a sueldo del concesionario de la mina habían sacado las espadas y miraban a un grupo con cara de pocos amigos.

—¿No va a ser una rebelión esto?

Los dos pararon en seco. Ellos, como la mayoría de los que trabajaban en las minas, eran contratados libres, porque vigilar y controlar a los esclavos requería demasiado personal y, por tanto, un mayor coste. El rendimiento económico era menor si a cada esclavo debía vigilarlo un soldado para procurar que no haraganeara en las estrechas galerías mineras.

Marius aguzó el oído. El tartesio, famoso por su altura y su espalda llena de cicatrices, decía:

—¡Los gusanos de Baal están llegando! ¡Los gusanos!

—¿Qué dice ese loco? —preguntó Titus—. ¿Los gusanos de Baal?

—Creo… creo que se refiere al dios fenicio —dijo Marius, sintiendo un escalofrío de terror. Hacía muchos años que había escuchado hablar de los gusanos de Baal, en una historia acongojante que hubiera preferido no haber oído jamás.

—¡Están ahí! —El tartesio seguía gritando y los esclavos se agitaban cada vez más, asintiendo con fiereza ante sus palabras, dándole la razón. Los soldados se inquietaban y agitaban los filos con nerviosismo—. ¡Vienen! ¡Lo sabemos! ¡Los tenemos aquí! —añadió señalándose la cabeza.

Entonces, se produjo un temblor que se inició como un sordo rumor, una ligera vibración que llegó a Marius a través de las suelas de sus sandalias e hizo que todo su cuerpo temblara. El rumor se convirtió en un trueno procedente del subsuelo, creciendo en tal intensidad que ahogó los gritos asustados de los hombres.

Cuando parecía que el ruido no podía ser mayor y que el cielo mismo iba a quebrarse, pareció que la tierra explotara y una ingente cantidad de tierra se elevó en una titánica columna. El polvo inundó el ambiente e hizo difícil ver más allá de las propias narices. Todos empezaron a correr buscando huir de aquel lugar maldito por los dioses, sabiendo que, de quedarse, se enfrentaban a una muerte cierta.

Pero, antes de dar media vuelta y escapar a toda velocidad, Marius contempló algo que lo dejaría marcado para todo lo que le quedaba de vida. Una repentina brisa aclaró el ambiente saturado de tierra y le permitió vislumbrar, por un corto lapso de tiempo, al artífice del terremoto y el géiser de roca.

Era como un enorme tubo de carne rosada rematada por unos tentáculos, cada uno de los cuales tenía el tamaño de un caballo. Una visión de pesadilla, un enorme gusano que vivía bajo el suelo reclamado por los humanos como propio, titánicas lombrices que devoraban la tierra y habían sido despertadas de su letargo por la faena minera de la zona.

Habían invadido su morada, y las malignas y antiguas criaturas surgían para defender su territorio, como ya hicieron en el cuento que el viajero había narrado hacía años a Marius.

El denso velo de polvo volvió a tapar el campo de visión de Marius y salió corriendo en pos de los demás.

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12 respuestas a “Gusanos y tierra

    1. Sip. Tienes razón. Lo cambio.
      De hecho, con ese último párrafo de marras, me lié mogollón y lo redacté cien mil veces… y mira que son dos frases la mar de simples, pero entre el polvo, la visión, el correr y demás, se me hizo un nudo en el cerebro… 🙂

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      1. jeje. Muchas gracias; lo tendré en cuenta, compañero de letras y de historia. Si vienes por Valencia, avisa.
        Por cierto, te envié solicitud de amistad al libro facial.

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  1. Es una descripción magnifica Milord, pero a la vista de esas gruesas patitas, calculo que vamos a necesitar algunos kilos de más de pimentón y diez fanegas de patata. O el guiso saldrá crudo. Un abrazo.

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    1. Bueno, visto que son unos bicharracos de impresión, lo mejor será hacer una de esas comilonas para todo el pueblo, porque, de lo contrario, se echará a perder un montón de comida.
      Aunque, según me han dicho, los chthonian tienen la carne bastante correosa 🙂

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