El hechizo cronometrado

EL HECHIZO CRONOMETRADO

Gigante_por_Adrian_Smith.jpg
Ilustración de Adrian Smith (vía http://es.warhammerfantasy.wikia.com/wiki/Gigantes)

En el centro del puente, el guerrero se colocó en guardia, con la pierna derecha adelantada y el esbelto torso de perfil, convirtiendo la espada en una prolongación de su brazo. La rodela a su izquierda cubría buena parte de su flanco, y las piezas de buen acero cubrían de modo estratégico zonas de su cuerpo. Una sobrevesta que había visto numerosos días —y numerosas millas— llevaba bordado el emblema de su casa familiar, la otrora poderosa y rica de los Olmosverde, cuya fortuna fue dilapidada por el padre de Beros, obligando a este a lanzarse a los caminos para encontrar piezas de oro con las que ir tirando.

Beros, pues, era un guerrero de fortuna, uno de los muchos que recorrían los vastos territorios del reino samedrí, de castillo en castillo y palacio en palacio, poniendo su espada y habilidad al servicio de los señores locales.

Como en el caso que nos ocupa.

El viento se había levantado hacía escasos momentos, y agitaba el largo cabello castaño de Beros. Su oponente, sin embargo, no tenía pelos que el viento removiera, pues llevaba su cabeza rapada, con bárbaros tatuajes en ella, para aparentar una mayor fiereza. No es que, en realidad, le hiciera falta, dado que sus tres metros y un palmo de altura, sus abultados músculos del color de la piedra —como es bien sabido, los gigantes de pedernal poseen una gruesa capa mineral que los recubre, haciéndolos muy difíciles de herir, no digamos matar— y el enorme mandoble con el que hacía volatines sin esfuerzo eran suficientes para hacer que el más osado quedara babeante y con un hilo de orina corriéndole pierna abajo.

Beros lanzó su desafío, permitiendo así saber qué es lo que le ocurrió ese día en el que gruesos nubarrones colgaban sobre el caudaloso río Verde, amenazando con soltar una tromba de agua en cualquier momento.

—¡Se te ha advertido, criatura! —decía Beros—. El señor Munik te prohibió permanecer en sus tierras, y no has hecho caso, patán.

—¿Patán yo? Patán el mensajero, que tuvo el cuajo de hablarme como si fuera un mendigo. ¡Yo no pido! ¡Yo tomo lo que quiero!

El gigante había rugido las últimas palabras con tal fuerza que Beros sintió la vibración de su voz recorriendo su cuerpo. Permaneció firme: sabía que Teriza estaba a su lado, y había tejido el hechizo que le daría la victoria en la batalla que se avecinaba.

Siguió contando mentalmente: «Treinta y dos, treinta y tres, treinta y…».

Solo tenía que seguir con las bravatas hasta llegar a cincuenta, y el hechizo se dispararía. Al haberlo focalizado Teriza en el cuerpo del guerrero, tenía que estar junto al gigante justo cuando la cuenta llegara a cincuenta y cinco, así que había calculado que tenía cinco segundos para cargar.

—¡Cobarde! —gritó Beros—. El mensajero era apenas un chiquillo, y lo mataste sin pensar en su pobre madre.

—No solo lo maté —replicó lanzando una carcajada—. Me comí su carne y chupé sus huesos.

Beros hizo una mueca al pensar en la escena: «Cuarenta…, no, treinta y ocho, treinta y nueve…». Miró hacia la orilla tras él con un ligero movimiento de cabeza. Ahí estaba Teriza, su compañera de viaje desde hacía tres años, cuando se encontraron en la posada del Dragón Rosa y compartieron cerveza, asado y cama —solo cama, pues le dejó bien a las claras que no estaba interesado lo más mínimo en él en ese sentido—. Estaba concentrada, haciendo que el flujo de energía mágica invisible no se interrumpiera.

«¡Ciencuenta!»

—¡Morirás por ello, canalla! —exclamó Beros, al tiempo que se lanzaba con la espada por delante contra el titán, que se aprestó a recibirlo.

—¡No, idiota! —gritó Teriza a su espalda.

No la oyó. Agachándose con agilidad, Beros esquivó el arma del gigante, pasando por debajo de ella, y golpeó en el abdomen, buscando, con un golpe, rajarle de tal modo que sus entrañas cayeran al suelo.

Acero contra piedra. Sintió como si hubiera golpeado una pared de granito. Gracias a que su espada era de excelente calidad, ni siquiera se melló, pero sintió que el brazo se le adormecía y gruñó de dolor.

El gigante volvió a carcajearse.

—¡Pajarito, pajarito! ¿Por qué luchas con ese palito? —Levantó el mandoble, dispuesto a partir a Beros en dos.

Entonces, el hechizo se desató. Un torrente de fuego azul que no quemaba saltó de su cuerpo hacia delante, buscando un nuevo objetivo que habitar. Por fortuna para Beros, el gigante era mucho más fuerte que rápido, o ya no contaría con la cabeza sobre los hombros. Por fortuna para él, también, se encontraba tan cerca como para que el hechizo, que no podía saltar más allá de medio metro entre cuerpos, pudiera alojarse en el gigante y provocar el efecto deseado por Teriza.

La carne del enemigo de Beros chisporroteó y se volvió, en un instante, de un color rosado. Es decir, más como… Como carne.

Beros se repuso mientras el gigante, atónito, se quedaba embobado con su arma aún en lo alto. El caballero lanzó un nuevo ataque, esta vez de punta, contra la pierna, atravesándola como mantequilla. El gigante gritó, pareciendo que un trueno rasgara el cielo, y, en respuesta, gruesas gotas comenzaron a caer sobre el mundo.

Con un segundo tajo —y un tercero, y un cuarto, y un quinto: a fin de cuentas, el gigante precisaba de muchas heridas para morir—, Beros ganó la batalla. Ya podía decapitar a la bestia y reclamar la recompensa de Munik

Teriza llegó corriendo hasta él y, jadeante, con la cara enrojecida por la ira, le gritó:

—¡Maldito idiota! ¿No sabes contar?

Beros la miró con gesto bobalicón y se encogió de hombros.

—Hablar y pensar al mismo tiempo, Teriza, creo que no es lo mío —se excusó—. La próxima vez, lo mejor será que hagas el hechizo con un detonador manual. O algo así.

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