Cambaral

Nota: Que nadie me acuse de plagio. Este texto es un homenaje (clarísimo) a la canción del grupo Avalanch, del mismo título, la cual, a su vez, se basa en la leyenda asturiana. Si a alguien le apetece escuchar la canción (es heavy metal, que lo sepáis :D) dejo un vídeo con montaje de imágenes, que quedan resultonas, de la usuaria de YouTube Dana Sara.

CAMBARAL

Es una noche fría de diciembre, de esas que consiguen que el alma se te hiele y cuelguen carámbanos en tu espíritu, con un viento gimiente y estremecedor volante entre los hermosos chopos y los altos álamos, cuyas ramas bailan y se contonean al son de una música inaudible. La luna cuelga majestuosa en un cielo tachonado de estrellas titilantes y me acompaña, me vigila, hasta que llego allá donde los mayores dicen que ocurren portentos.

Lo noto, lo percibo en mí sin saber de qué manera: estoy en el lugar exacto y me tumbo sobre la baja hierba cercana al curso del río que da de beber al pueblo que está no muy lejos. Cierro los ojos y presto atención. Pronto, el rumor del agua, el soniquete ululante que me rodea, las llamadas de una solitaria lechuza, dan paso a un susurro que me habla:

Escucha… Escucha…

Veo, con los ojos cerrados, a un hombre apuesto y joven, vestido con ropas antiguas, propias de un cuento de hadas, cuyo pelo moreno recoge en una larga coleta trenzada. Su tez morena está curtida por la humedad y la sal del mar; sé que se trata de un marino de tiempos pasados, de siglos ya olvidados. En su cinto cuelga una espada y un puñal, pero sé que no corro peligro. Me habla:

Las tropas del rey cercaron a mis compañeros tras hacernos desembarcar y nos acorralaron como a ratas. A fe mía que jamás había esperado tal comportamiento deshonesto y salvaje por parte de nuestros enemigos: las alimañas de las más oscuras cuevas no habrían sido tan despiadadas, pues cortaron nuestra carne, derramaron nuestra sangre, atravesaron nuestros cuerpos con sus aceros sin parar de reír un momento, obviando nuestras súplicas y gritos de rendición.

»No quisieron darme muerte y, tras herirme en brazos y piernas, me cargaron de cadenas y condujeron ante el rey, quien observaba la matanza con una sonrisa de cruel satisfacción. Me arrojaron a una pútrida celda y me daban el alimento y agua apenas necesario para mantenerme con vida, esperando que mis heridas se infectaran y la sangre envenenada corriera por mi cuerpo dándome gran tormento.

El hombre calla y desaparece del mismo modo que un jirón de humo desaparece al ser soplado. Una mujer lo sustituye, la más hermosa que jamás haya visto. Su rostro es dulce y, aunque sus labios de rubí muestran una amable sonrisa, en los ojos posee una honda melancolía. La voz de la mujer, tan embriagadora como el mejor vino, tan preciosa como el canto de un ruiseñor, me dice:

Escucha…

»Desobedecí a mi padre, el rey, y descendí a las celdas, pues quería ver el rostro del fiero pirata que durante años había asolado las costas del reino. Sin embargo, tras la puerta de la celda no encontré a alguien que moviera a odio o miedo, sino a compasión y tristeza. Me pregunté por qué mi padre era tan cruel como para mantener a un ser humano en tan horribles condiciones y, sin que él lo supiera, lo curé, lo cuidé y lo hice revivir.

»Vi en él de nuevo la esperanza, y supe que había nacido el amor en el sitio más inesperado: la celda del castillo pareció iluminarse con el fuego que ardió en nuestros corazones y mi amigo recuperó las fuerzas que antes había poseído hasta volver a ser el mismo que fue, aunque aún encadenado.

»Por supuesto, lo liberé.

El hombre vuelve a aparecer ante mí, y los dos entrelazan sus manos con suavidad y ternura, tanta que me conmueve hasta el punto de hacerme llorar de tristeza por su trágico final. Me miran y es él quien habla primero para relatar el desenlace de su historia:

—Huimos. ¡Por Dios que aún no sé cómo lo logramos, pero así fue! Mi amada me salvó de la prisión y la muerte, y me condujo a la libertad tomando mi mano y guiándome entre las sombras de la noche, una noche como esta, para escapar y vivir una vida en común hasta el fin de los tiempos.

—Mas los caballos de mi padre eran veloces y corrieron como demonios hasta que nos dieron caza junto a la ribera del río, bajo un pequeño bosque de chopos y álamos que gemían cuando el viento movía sus hojas.

—Los ballesteros mataron nuestras monturas y caímos a tierra. Pronto, los soldados nos rodearon y supimos que la escapatoria era imposible. Todo estaba perdido y el rey avanzó hacia nosotros, espada en mano, con un brillo asesino en los ojos.

—Lo abracé.

—La abracé.

Y, ahora, las voces de ella y él hablan a la vez, aunque el resultado no es una cacofonía: los sonidos se entremezclan y conforman una hermosa tonada.

—Nos besamos, un beso que supimos que sería el último que jamás nos daríamos y sonreímos sin dejar de mirarnos. Ni siquiera sentimos el filo de acero traspasando a la vez nuestros dos cuerpos. No escuchamos el grito cargado de hiel del rey que nos acusaba de traidores. Ni siquiera sentimos el golpe al caer a tierra.

»Morimos fundidos en un abrazo eterno.

Se callan entonces y miran al suelo, justo al lugar que fue su lugar de reposo para siempre, pues el rey no quiso darles sepultura y dejó que se pudrieran y fueran devorados por los animales. Entonces, una hermosa flor brota surgiendo del suelo con prodigiosa rapidez. Su tallo verde y fuerte está coronado por un bulbo que se abre y parece reflejar, en su maravillosa corola de tonos anaranjados y amarillos, el brillo plateado de la luna.

Me muerdo los labios para no prorrumpir en sollozos que rompan el mágico momento y observo a las dos figuras vaporosas, cuya flor brota en esta noche para celebrar la pasión de su corazón y ser prueba de su eterno amor.

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6 respuestas a “Cambaral

    1. Gracias, Javi.
      Sí, lo es. La canción duele al escucharla, aunque ese final de “amor para la eternidad” da un aire de dicha. Si, como es mi caso, no crees en el más allá, aún resulta más desgarrador, pues a un nivel racional entiendes que ese amor eterno es, a fin de cuentas, una fantasía irrealizable e imposible.
      Y lo dejo, que me estoy deprimiendo 🙂

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      1. Estupenda vuelta de tuerca a la frase de Santa Teresa de Jesús 😀
        Bueno, no es por ponernos filosóficos, pero el aceptar el caos y la accidentalidad de todo lo que hay es el primer paso para, creo, no perderse en la vacuidad de la existencia. La existencia, per se, es un fin en sí mismo, finita y breve, así que no hacen falta más sentidos que, en realidad, son accesorios.

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  1. Creo recordar que Nietzsche trató de superar el nihilismo con el arte. Es una posibilidad, pero, de verdad se supera? La vida tiene el sentido que uno le quiera dar; pero, a la hora de la verdad, cuando uno muere, todo lo que ha hecho desaparece. En apenas un instante toda su existencia, sus actos, sus ilusiones… Todo se va a la mierda. Y no queda rastro.

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    1. Sip. Y flaco consuelo es pensar que se “sobrevive” en la memoria de los que quedan, porque, en efecto, tú ya no estás, ya no estarás jamás. Además de que esa memoria será sesgada, subjetiva e incompleta.
      E incluso el Universo se irá a la mierda, así que…

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