La patrulla SN (I)

NOTA: Los personajes y el escenario ya aparecieron en este relato anterior

LA PATRULLA SNCaptura-de-pantalla-2015-06-07-a-las-23.42.05.png

Llueve. Llueve sin cesar desde que ha amanecido.

Revuelvo el café con mala gana. Su sabor es como el agua de fregar. Si no fuera porque es el bar cercano a la comisaría, ni siquiera pondría un pie aquí.

No creo que hoy sea un día tan bueno como ayer, porque el homicidio no era para nosotros. Tenemos muchos casos sobre la mesa como para tener que ocuparnos de uno más. Menos mal que al pobre diablo se lo había cargado un vampiro. A Jennifer, de la Brigada Sobrenatural, no le hizo gracia cuando se lo pasamos.

Jennifer me miró con el labio superior tembloroso, un tic que le sale cuando está enfadada. Quizá tuviera que ver el que yo se lo dijera con una sonrisa enorme, soltándole algo así como:

—El fiambre es de los tuyos, reina.

Creo que quiso darme una bofetada.

Harson por fin se digna a aparecer. Raro es el día que llega a la hora en que hemos quedado. Sí, entiendo que, para los habitantes de otras ciudades, es extraño pensar que los policías no tengamos turnos asignados: nuestra jornada es… libre. Ciudad Baldía es así.

—¿Has pasado por el taller? —le pregunto a Harson. Su coche es viejo, viejísimo, y el otro día nos dejó tirados en mitad de una persecución.

—Tranqui, no te preocupes —responde—. Era la batería. La cambié y arreglado.

Cada vez que Harson arregla algo, hay problemas, pero…

Aunque no he probado el café, dejo una generosa propina. Betty, la camarera, es amable y siempre luce una amplia sonrisa en su rostro pecoso. El vehículo gime, como si le doliera, cuando mi compañero gira la llave de contacto. Sí. En Ciudad Baldía, usamos nuestros coches para patrullar.

—¿Tenemos algún aviso?

—No —respondo—. Ha sido una noche tranquila.

—Eso es raro. Será por la lluvia.

Harson tiene razón. Ha diluviado, y hasta los criminales han preferido quedarse en casa. Lo normal es comenzar el turno con dos sitios a los que ir para investigar un homicidio en cada uno de ellos.

La alegría me dura poco, muy poco. En el segundo semáforo, me suena el móvil con el tono que tengo asignado a las llamadas de comisaría. La nada hermosa voz del jefe inunda el coche, como si tuviera puesto el altavoz. Siempre parece estar gritando.

—Tres cuerpos —dice—. En la calle Terrence Stomp, número 6, cuarto A.

—¿Tres? —pregunto. No me lo puedo creer.

—Sí, tres. Tres. ¿Está sordo? Vaya cagando leches, que ya hay un par de patrulleros acordonando el piso.

Y cuelga.

Por un momento, me siento un maldito esclavo, como esos que hace un par de siglos dieron forma a la ciudad oscura y sombría en la que vivimos y cuyos huesos, sangre y carne reposan entre innumerables cimientos de los edificios que nos rodean.

Esclavos que, de vez en cuando, lanzan sus aullidos de almas condenadas a vagar para siempre entre este mundo y el otro.

—Siempre es un placer escucharlo —comenta Harson socarrón. Asiento con la cabeza y enciendo un pitillo; le ofrezco otro a mi compañero, que acepta.

El humo forma remolinos en torno a nuestras cabezas, cargando el ambiente. Para cuando llegamos al lugar del crimen, el coche parece un fumadero de opio.

El edificio es sombrío, lo cual tampoco está fuera de lo normal en esta parte de la ciudad. O, mejor dicho, en cualquier parte de Ciudad Baldía, salvo en los Altos Turquesas, la urbanización fortificada y aislada en la que viven los ricos y poderosos.

Esos mismos ricos y poderosos que marcan las reglas que Harson y yo seguimos, por supuesto, porque no queda otra si quieres seguir vivo un día más. Subimos los escalones cubiertos de orín, vómito y mierda.

La suciedad se filtra entre las baldosas rotas y las paredes agrietadas, y solo gracias a que es de día podemos ver algo en las escaleras, evitando que tropecemos y nos rompamos la crisma o acabemos con la cara hundida en algo en lo que es mejor no pensar.

Como ha dicho el jefe, dos policías aburridos, centrados en las pantallas de sus móviles, están junto a la puerta; sobre ella han colocado, de manera desmañada, un par de cintas amarillas. Los saludo con un breve ademán de la cabeza y paso al interior, seguido por Harson.

Mi compañero ahoga de inmediato una arcada al oler la terrible peste que reina en el minúsculo apartamento.

—¡Por Dios! —exclama—. ¿Cuánto tiempo llevan muertos estos tipos?

Se refiere a los tres cadáveres desmembrados y podridos, cuyas partes se encuentran desperdigadas por la habitación como si hubieran sido serrados y esparcidos por un demente. La sangre domina la escena. Un trueno retumba en el exterior, añadiendo fantasmagoría al macabro cuadro.


8 respuestas a “La patrulla SN (I)

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